¡Qué cólera magnífica! ¡Qué chocar y rebotar, qué mítica pujanza tiene
el asalto de las trincheras! ¡Y qué ciego impulso de vida sobre el fondo
del dolor y de la muerte! ¡Cómo la gran batalla se quiebra y disloca en
acciones parciales, en marchas, en flanqueos, en sorpresas, hasta
desvanecer por completo su visión estelar en el tumulto del cuerpo a
cuerpo, y acabar en un grito que es como el canto victorioso del gallo!
Pero el pensamiento matemático, más fuerte que las vidas y las muertes,
permanece inmutable en todas las formas de la batalla; es una ley en el
tumulto de la trinchera, como en el tiro de la artillería. Todas las
acciones diversas e imprevistas que sobrevienen, hallan un enlace
armonioso en este formidable acorde. La guerra tiene una arquitectura
ideal, que sólo los ojos del iniciado pueden alcanzar, y así está llena
de misterio telúrico y de luz. En ninguna creación de los hombres se
revela mejor el sentido profundo del paisaje, y se religa mejor con los
humanos destinos. Por la guerra es eterna el alma de los pueblos. La
lujuria creadora se aviva por ella, como la antorcha en el viento que la
quiere apagar. Sólo la amenaza de morir perpetúa las formas terrenales,
sólo la muerte hace al mundo divino. Si en las claras entrañas de los
cristales no se engendran hijos es por su ilusión de eternidad, y las
entrañas de la mujer son fecundas porque son mortales. Los monstruos
gigantescos que rugieron ante la caverna del adamita, y fueron amenaza
para todos los seres vivos, perecieron porque la lujuria se enfrió en
ellos. Como eran llenos de fuerza y de dominio, estaban libres del
terror de la muerte, y ninguna voz de la naturaleza pudo advertirles que
no eran eternos. La muerte es la divina causalidad del mundo. ¡Y qué
mística iniciación de esta verdad tan vieja se desvela en la guerra!
Aquella ciega voluntad genesíaca que arrastra a los héroes de la
tragedia antigua, ruge en las batallas.