CAP. XXXIII

¡Qué cólera magnífica! ¡Qué chocar y rebotar, qué mítica pujanza tiene

el asalto de las trincheras! ¡Y qué ciego impulso de vida sobre el fondo

del dolor y de la muerte! ¡Cómo la gran batalla se quiebra y disloca en

acciones parciales, en marchas, en flanqueos, en sorpresas, hasta

desvanecer por completo su visión estelar en el tumulto del cuerpo a

cuerpo, y acabar en un grito que es como el canto victorioso del gallo!

Pero el pensamiento matemático, más fuerte que las vidas y las muertes,

permanece inmutable en todas las formas de la batalla; es una ley en el

tumulto de la trinchera, como en el tiro de la artillería. Todas las

acciones diversas e imprevistas que sobrevienen, hallan un enlace

armonioso en este formidable acorde. La guerra tiene una arquitectura

ideal, que sólo los ojos del iniciado pueden alcanzar, y así está llena

de misterio telúrico y de luz. En ninguna creación de los hombres se

revela mejor el sentido profundo del paisaje, y se religa mejor con los

humanos destinos. Por la guerra es eterna el alma de los pueblos. La

lujuria creadora se aviva por ella, como la antorcha en el viento que la

quiere apagar. Sólo la amenaza de morir perpetúa las formas terrenales,

sólo la muerte hace al mundo divino. Si en las claras entrañas de los

cristales no se engendran hijos es por su ilusión de eternidad, y las

entrañas de la mujer son fecundas porque son mortales. Los monstruos

gigantescos que rugieron ante la caverna del adamita, y fueron amenaza

para todos los seres vivos, perecieron porque la lujuria se enfrió en

ellos. Como eran llenos de fuerza y de dominio, estaban libres del

terror de la muerte, y ninguna voz de la naturaleza pudo advertirles que

no eran eternos. La muerte es la divina causalidad del mundo. ¡Y qué

mística iniciación de esta verdad tan vieja se desvela en la guerra!

Aquella ciega voluntad genesíaca que arrastra a los héroes de la

tragedia antigua, ruge en las batallas.

La media noche: visión estelar de un momento de guerra · 第 37 / 45 题