Filo del amanecer, la infantería de los aliados se lanzó fuera de sus
trincheras, asaltando las defensas alemanas. Los soldados, tendidos en
ala, corren con la cabeza baja, alentados por el fuego de la artillería;
resbalan, caen, chapotean, salvan las zanjas, se desgarran en las
alambradas. Alguna vez, en los socavones de las balas desaparecen,
sumiéndose lentamente, y el agua fangosa hace remolino en torno de los
cascos. Sólo las manos asoman pidiendo auxilio, tan hondo cavaron las
balas en la tierra. Hay parajes que son verdaderos tremedales. Las
ametralladoras alemanas cruzan sus fuegos, y filas enteras caen como si
se doblasen. En medio de la humareda, algunos soldados, muy destacados,
siguen avanzando a la carrera, la granada en el puño. Las columnas de
asalto se suceden en oleadas: Los muertos quedan atrás, aplastados sobre
la tierra, medio desnudos, desgarradas las ropas por las explosiones:
Los heridos se arrastran por las esguevas, buscan dónde cobijarse, y,
hallado el seguro, levantan sus clamores pidiendo socorro:
--¡Nadie me vale! ¡Nadie me vale!
--¡Una gota de agua!
--¡Camilleros! ¡Camilleros! ¡Camilleros!
--¡Y me dejáis morir!
--¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!
--¡Nadie me vale! ¡Nadie me vale!
La niebla está llena de estas voces perdidas, empañadas de dolor; pero
las olas de soldados siguen atravesando la llanura, corren de cara a las
trincheras alemanas atuídas de muertos, y arrojan sus granadas, y dan
voces con la dramática alegría de la guerra. La llamarada de las aldeas,
flameando sobre el cielo negro, pasa sobre sus ojos, y les cubre el
alma de un impulso de ira resplandeciente.
--¡Boches! ¡Bárbaros boches!