Sobre la gran llanura picarda, la batalla se encrespa. Por el laberinto
de zanjas cavado a retaguardia de la primera línea de trincheras, y
camino para llegar a ellas, avanzan escuadras de infantes ingleses y
franceses, que corren en fila india, resbalando y chapoteando en el
barro, anhelantes por llegar. Las bombas alemanas ruedan, encendiendo
los aires en el caos gris de la niebla, y estallan, desmoronando los
taludes. En algunas ocasiones queda cegado el paso, y la tropa desfila
bajo la descubierta del fuego enemigo, ligera y dispersa. El vasto campo
de la batalla se les aparece de pronto, nebuloso y profundo, estremecido
de instante en instante por las lumbres y el trueno de los cañones.
Agazapándose, entran otra vez en el laberinto de zanjas, y caminan
enterrados en el barro hasta las corvas, pero con un aliento nuevo.
Pelotones de infantes arriban a la primera línea de trincheras por
diversos caminos y en distantes parajes; el laberinto de zanjas es un
hormiguero de hombres. Sobre el talud que da vista al campo enemigo, las
escuadras alínean sus fusiles, y hacen fuego por descargas. Los
torpedos, al estallar, destruyen los parapetos y sepultan a los hombres;
trazan en el cielo su lenta curva; caen humeantes; abren hoyos
profundos. Y, en el fondo de la llanura, flamea sobre el cielo negro el
resplandor de tres aldeas en llamas, rodeadas de clamores:--Un cerco de
mujeres trágicas que abrazan a sus hijos, y de viejos que levantan los
brazos.