En la retaguardia velan los Cuarteles Generales. Suena de continuo el
timbre del teléfono: Llegan soldados ciclistas cubiertos de lodo con un
vaho de niebla: Se reciben noticias del frente de batalla, se transmiten
órdenes, y los oficiales se encorvan consultando las grandes cartas
geográficas. Cuando alguna vez nombran a los alemanes, lo hacen sin odio
y sin jactancia, pero con aquel íntimo menosprecio que tuvo el latino
por los pueblos extraños.--Para el alma francesa, armoniosa y clásica,
el teutón continúa siendo el bárbaro--. Los timbres eléctricos no dejan
de sonar, y todo se hace despacio, con mesura, sin nervios. De tarde en
tarde aparece en la puerta de la vasta sala un oficial que saluda
cuadrándose: Viene de la obscuridad, del barro, de la lluvia y trae un
pliego. El general le estrecha la mano y le ofrece una taza de café
caliente. Después le ruega que hable, con esa noble cortesía que es
tradición de las armas francesas. Y otra vez los timbres, y las órdenes
breves, y el esperar, el esperar atentos.