Esta misma hora es de nieve y ventisca en los montes alsacianos, de
niebla espesa en el mar, de fría lividez en la Champaña... Pero en las
doscientas leguas de foso cenagoso, lleno de ratas y de resplandores,
donde el peludo tirita con las manos doloridas sobre el fusil, estallan
las bombas desmoronando los parapetos, desgranan las ametralladoras sus
truenos, se abre el eco profundo de las minas. Hay parajes llenos de
ardor, de ira y de tumulto, que repentinamente quedan en silencio con
sus largas hileras de muertos aplastados sobre la tierra. Grandes vuelos
de cuervos se abaten bajo el cielo del alba. Se queja el herido oculto
en la maleza, y el que se arrastra por el borde del camino, y el otro
cubierto de sangre, que se recuesta sobre el talud de la trinchera, y
aquellos tan pálidos, con la frente vendada, que abren los ojos sobre el
cabezal de las camillas. Las patrullas exploran el campo, y por las mil
trochas que arriban a la línea de fuego, van los soldados en difuso
deslayo. Para no resbalar en el lodo se apoyan en fuertes maquilas, y
por distintas trochas los camilleros vienen y van. En alguna casamata, a
la redonda de la estufa donde hierve el agua del café, los oficiales
conversan de guerra y de mujeres. Son jóvenes, y para la vida y para la
muerte tienen una sonrisa llena de gracia inconsciente, como en el
tiempo de la gran Revolución.