CAP. XXVIII

Palidecen las estrellas del alba, y comienza el relevo de tropas en todo

el frente de batalla. Las columnas de soldados avanzan por cientos de

caminos. Los que van a las trincheras fuman ahincadamente la pipa, y

distraen los ojos sobre la campaña, hablan con ingenua sonrisa, tienen

el rostro encendido del frío, y el mirar sereno. Por las carreteras se

perfilan los largos convoyes: Unas veces, inmóviles, tendidos a lo largo

de los pueblos bombardeados; otras, rodantes; otras, descansando a la

sombra de las alamedas. Los soldados que tornan de las trincheras

caminan en silencio, dispersos, rezagados, cubiertos de barro, el

rostro en gran palidez, y los ojos atónitos bajo el ceño obstinado. Las

formas de las cosas se revelan en la luz indecisa del alba. Negros

trenes cargados de tropas cruzan sobre puentes de bruma, con gran

estrépito de hierros: Huyen por las llanuras, aparecen y desaparecen

entre boscajes, jadean por altos terraplenes. A retaguardia del enorme

foso que ondula desde el mar a los montes alsacianos, los pueblos

bombardeados salen de la noche con la expresión trágica de la guerra.

Ciudades cercadas por serenos ríos, villas sobre provinciales

carreteras, aldeas entre prados, levantan sus ruinas frente al campo de

batalla. Las casas, negras del incendio, con la techumbre hundida entre

los cuatro paredones, y desmoronándose las tripas de cascote, son ruinas

de una emoción árida y acongojada. Muchas ya tienen su recinto lleno de

ortigas y lagartos. Los cementerios militares se tienden a la vera de

los caminos, entre los pueblos quemados y saqueados.--¡Campos de cruces,

húmedos campos de aquel verde triste y cristalino que tiene la emoción

remota y musical del divino sollozo con que se ama!--Los cementerios

marcan la línea de las batallas, y las tumbas francesas y las alemanas

están cavadas a la par. La bruma del alba se sutiliza sobre las ruinas,

se desgarra en las cruces, vuela ingrávida sobre el enorme foso desde

los montes alsacianos a las marinas flamencas, y en este lívido tránsito

de la noche al día comienzan a perfilarse las formas de los muertos. Hay

parajes donde se amontonan, y otros de muchas leguas llenos del canto

de los pájaros, como olvidados de la matanza. Este momento frío y gris,

en que el soldado al salir de las tinieblas de la noche, mira en torno

suyo los compañeros muertos, las ametralladoras rotas, la trinchera

desmoronada, es el más deprimente de la guerra. Las tropas vuelven de

las trincheras a sus alojamientos con una expresión de trágica demencia.

Y al ventero, delante de la puerta donde se detienen a beber un vaso de

vino; y a los viejos que labran los campos; y a las mujeres que guían un

carricoche; a todos cuantos preguntan de la batalla, responden con el

mismo gesto obstinado, con la misma voz apasionada:

--¡No pasarán!

La media noche: visión estelar de un momento de guerra · 第 32 / 45 题