Palidecen las estrellas del alba, y comienza el relevo de tropas en todo
el frente de batalla. Las columnas de soldados avanzan por cientos de
caminos. Los que van a las trincheras fuman ahincadamente la pipa, y
distraen los ojos sobre la campaña, hablan con ingenua sonrisa, tienen
el rostro encendido del frío, y el mirar sereno. Por las carreteras se
perfilan los largos convoyes: Unas veces, inmóviles, tendidos a lo largo
de los pueblos bombardeados; otras, rodantes; otras, descansando a la
sombra de las alamedas. Los soldados que tornan de las trincheras
caminan en silencio, dispersos, rezagados, cubiertos de barro, el
rostro en gran palidez, y los ojos atónitos bajo el ceño obstinado. Las
formas de las cosas se revelan en la luz indecisa del alba. Negros
trenes cargados de tropas cruzan sobre puentes de bruma, con gran
estrépito de hierros: Huyen por las llanuras, aparecen y desaparecen
entre boscajes, jadean por altos terraplenes. A retaguardia del enorme
foso que ondula desde el mar a los montes alsacianos, los pueblos
bombardeados salen de la noche con la expresión trágica de la guerra.
Ciudades cercadas por serenos ríos, villas sobre provinciales
carreteras, aldeas entre prados, levantan sus ruinas frente al campo de
batalla. Las casas, negras del incendio, con la techumbre hundida entre
los cuatro paredones, y desmoronándose las tripas de cascote, son ruinas
de una emoción árida y acongojada. Muchas ya tienen su recinto lleno de
ortigas y lagartos. Los cementerios militares se tienden a la vera de
los caminos, entre los pueblos quemados y saqueados.--¡Campos de cruces,
húmedos campos de aquel verde triste y cristalino que tiene la emoción
remota y musical del divino sollozo con que se ama!--Los cementerios
marcan la línea de las batallas, y las tumbas francesas y las alemanas
están cavadas a la par. La bruma del alba se sutiliza sobre las ruinas,
se desgarra en las cruces, vuela ingrávida sobre el enorme foso desde
los montes alsacianos a las marinas flamencas, y en este lívido tránsito
de la noche al día comienzan a perfilarse las formas de los muertos. Hay
parajes donde se amontonan, y otros de muchas leguas llenos del canto
de los pájaros, como olvidados de la matanza. Este momento frío y gris,
en que el soldado al salir de las tinieblas de la noche, mira en torno
suyo los compañeros muertos, las ametralladoras rotas, la trinchera
desmoronada, es el más deprimente de la guerra. Las tropas vuelven de
las trincheras a sus alojamientos con una expresión de trágica demencia.
Y al ventero, delante de la puerta donde se detienen a beber un vaso de
vino; y a los viejos que labran los campos; y a las mujeres que guían un
carricoche; a todos cuantos preguntan de la batalla, responden con el
mismo gesto obstinado, con la misma voz apasionada:
--¡No pasarán!