¡Las Argonas! ¡Lluvia y viento! ¡Lluvia y viento a todo dar de Dios! Una
silenciosa escuadra de peludos avanza en fila india chapoteando en el
barro de la trinchera. El cabo explora el camino con una linterna sorda
que abre ráfagas de luz en la negrura del foso. Son diez y seis hombres
tristes y entumecidos, diez y seis voluntades sumisas al destino de
Francia. Avanzan por la trinchera anegada, resbalando, cayendo,
levantándose cubiertos de cieno, resignados al viento, a la lluvia y a
la muerte. De tiempo en tiempo, entre el sordo rumor de su marcha, se
percibe el entrechoque de palas y zapapicos. En algunos parajes, la
tufarada de podredumbre escalofría las carnes. En otros, el fuego de los
cañones alemanes ha removido la tierra a tal extremo, que de la
trinchera no queda el más leve vestigio, y los soldados se extravían en
un lago de barro. Tomin, el cabo de la escuadra, explora el campo, y en
voz baja da órdenes para abrir el desagüe. Los soldados trabajan con una
resignación sombría, y un poso de odio para aquellos que invaden la
tierra francesa: ¡Aquellos soldados chatos y brutales que cantan como
salvajes, que combaten borrachos, que soportan el látigo de los
oficiales, que son esclavos en una tierra donde aun hay castas y reyes!
Para los soldados franceses, el sentimiento de la dignidad humana se
enraíza con el odio a las jerarquías: La Marsellesa les conmueve hasta
las lágrimas, y tienen de sus viejas revoluciones la idea sentimental de
un melodrama casi olvidado, donde son siempre los traidores, príncipes y
reyes.