Algunos artilleros duermen sobre el heno, en el establo de una granja, y
el imaginaria da voces golpeando en la puerta:
--¡Orden de partir! ¡Orden de partir!
Se saca el ganado tirando de las colleras, y se engancha a tientas.
Llueve. Los artilleros, malhumorados, van de una parte a otra como
sombras:
--¡Cochino tiempo!
Se tropiezan, se injurian, hacen estallar los látigos sobre las ancas de
los caballos. Una voz interroga:
--¿Se sabe adónde vamos?
Y otra voz responde:
--¡Al baile de las peladillas!
--¡Qué noche de aguas!
Los caballos alargan el cuello sacudiendo las orejas bajo la lluvia. En
la oscuridad, los hombres y las bestias con su halo de niebla, tienen
una lentitud incorpórea. No puede distinguirse quien habla, y las voces
están llenas de vaguedad, como si viniesen de muy lejos:
--¡Cochino tiempo y cochina guerra! ¡Cuándo acabará esto!
--¡Esto no acaba nunca!
Un soldado grita enfurecido:
--¡Sooo!... ¡El diablo tiene este ladrón! ¡Sooo, Fanfan!
Los conductores en el pescante de los carros, templan las bridas y
restallan el látigo. La batería está formada sobre la carretera
fangosa. En una esquina, al abrigo de la iglesia, brilla el anafre de
una vieja que vende café y aguardiente a los soldados, que, inclinados
sobre el cuello de sus caballos, le tienden los vasos. La vieja va de
unos en otros con la mano puesta sobre la faltriquera llena de
calderilla:
--¡Buena suerte, mocines!
La batería rueda por la carretera llena de baches, entre ráfagas de
lluvia, y ráfagas de viento que aborrasca la crin de los caballos. La
oscuridad es tan densa, que los artilleros, sentados sobre los armones,
no alcanzan a ver el tiro delantero, y la silueta del guía aparece
apenas como una sombra indecisa y movediza. Los soldados guardan
silencio, entumecidos y desalentados. De tarde en tarde, un gruñido:
--¡Cochino tiempo!
--¡Cochina guerra!
--¡Y esto no acaba nunca!
--Esto lo acabarán las mujeres.
Un soldado destapa la cantimplora del aguardiente, y se la ofrece al que
va a su vera en el armón. El otro trinca:
--¡Es un viaje de recreo! ¿Y adónde nos llevarán los señores?
--Adonde no hagamos falta. En llegando, nos mandarán retirarnos.
--¡Si tuvieran goteras los autos del Estado Mayor!
Los armones rebotan en los baches. El barro salpica la espalda de los
artilleros. El látigo estalla sobre las grupas de los caballos que
galopan contra el viento y la lluvia, levantada la ola de la crin.
A lo largo de las líneas hay un silencio lleno de recelos. Se oye el
resoplar de un tren que derrama su cabellera de chispas en la cerrazón
de la noche.