El grito enorme de la batalla estremece toda la tierra picarda. Las
aldeas están llenas de soldados, de caballos, de carros de municiones:
En las esquinas hay puestos de café caliente, y los ventorrillos de las
carreteras, iluminados por una luz de petróleo, rebosan de uniformes: La
lumbre de las pipas abre rojos reflejos en las caras que gesticulan en
un vaho de humo, y se enraciman delante del mostrador. De tarde en tarde
un soldado sale a la puerta, mira al cielo y tiende la mano para
cerciorarse de la lluvia. A lo largo del camino, carros de
ametralladoras, carros de forrajes, carros de municiones, carros de
artillería, esperan la orden de ruta: Cruzan automóviles con oficiales,
y se pierden rápidamente en la niebla: Cruzan ciclistas con el fusil en
banderola, jadeantes, obstinados sobre los pedales, y patrullas de
caballería, y escuadras de infantes. Canta en la noche una gaita de
escoceses; los cohetes abren sus rosas en el aire; los reflectores
exploran la campaña, y los carros vuelven a rodar deshaciendo las
carreteras. Tres hogueras, tres grandes hogueras, rojean sobre la
llanura: Tres aldeas que los alemanes, al retirarse, han puesto en
llamas.