Las bombas caen en lluvia sobre las trincheras alemanas, las desmoronan,
las escombran, las arrasan: Es un ciclón de fuego. Y la artillería
teutona, si responde rabiosa en unos parajes, en otros calla impotente
para cubrir la extensa línea que los aliados atacan. Sus parapetos están
llenos de muertos, y los soldados atónitos, huraños a los jefes, esperan
el ataque de la infantería enemiga, sin una idea en la mente, ajenos a
la victoria, ajenos a la esperanza. Eran los dueños de la fuerza, y
advierten oscuramente que otra fuerza superior ha nacido contraria a
ellos, contraria a los destinos de Alemania. Una sima profunda se abre
en aquellas almas ingenuas y bárbaras, otro tiempo llenas de fe. Los
jefes sienten la muda repulsa del soldado, el desasimiento de la tierra
invadida, el anhelo pacífico por volver a los hogares: Y a los que están
en las trincheras se les emborracha para darle bríos, y a los que sirven
las ametralladoras se les trinca con ellas porque no puedan desertar, y
el látigo de los oficiales que recorren la línea de vanguardia, pasa
siempre azotando.