Desde hace muchos días, ingleses y franceses bombardean sin tregua las
líneas alemanas, en tierras de Flandes y Picardía. Todos los caminos de
la retaguardia están llenos de carros y de tropas: No cesan de cruzar
automóviles del Estado Mayor. En algunos parajes el barro es tanto, que
los soldados se entierran hasta la cintura, y los carros no pueden
rodar. Largos convoyes quedan horas y horas detenidos sobre la cuneta de
las carreteras, al socaire de los árboles que desmocha la metralla:
Horas y horas, hasta que llega una orden con el cambio de ruta.--La
vasta línea del horizonte se abre con el relámpago de los cañones, son
tantos, que su claridad se enlaza, y parece un enorme pestañeo de la
tierra en tinieblas. Desaparecen los ejércitos en el silo de sus
parapetos, y en la negra llanura sin hombres, el estruendo de las bocas
de fuego tiene la resonancia religiosa y magnífica de las voces
elementarias en los cataclismos. Las tropas acantonadas en la
retaguardia, sienten el impulso unánime de correr hacia delante: Los
soldados abren el corazón a la victoria, y los caballos saludan con
sensuales relinchos el caliente olor de la pólvora. En medio del horror
y de la muerte, una vena profunda de alegría recorre los ejércitos de
Francia. Es la conciencia de la resurrección.--Los artilleros,
enterrados en sus casamatas, regulan el tiro de los cañones con un
sentido matemático y devoto, como artífices que labrasen las piedras de
un templo. Es la religión de la guerra, y como las almas tienen
hermandad, sus palabras son breves: Por la virtud de la sonrisa y la luz
de los ojos se comunican en el silencio: Cuando asomados a las troneras,
contemplan el incendio de las granadas, cobran aquella expresión
radiante que las santas apariciones ponían en el rostro de los místicos.