CAP. XXII

Desde hace muchos días, ingleses y franceses bombardean sin tregua las

líneas alemanas, en tierras de Flandes y Picardía. Todos los caminos de

la retaguardia están llenos de carros y de tropas: No cesan de cruzar

automóviles del Estado Mayor. En algunos parajes el barro es tanto, que

los soldados se entierran hasta la cintura, y los carros no pueden

rodar. Largos convoyes quedan horas y horas detenidos sobre la cuneta de

las carreteras, al socaire de los árboles que desmocha la metralla:

Horas y horas, hasta que llega una orden con el cambio de ruta.--La

vasta línea del horizonte se abre con el relámpago de los cañones, son

tantos, que su claridad se enlaza, y parece un enorme pestañeo de la

tierra en tinieblas. Desaparecen los ejércitos en el silo de sus

parapetos, y en la negra llanura sin hombres, el estruendo de las bocas

de fuego tiene la resonancia religiosa y magnífica de las voces

elementarias en los cataclismos. Las tropas acantonadas en la

retaguardia, sienten el impulso unánime de correr hacia delante: Los

soldados abren el corazón a la victoria, y los caballos saludan con

sensuales relinchos el caliente olor de la pólvora. En medio del horror

y de la muerte, una vena profunda de alegría recorre los ejércitos de

Francia. Es la conciencia de la resurrección.--Los artilleros,

enterrados en sus casamatas, regulan el tiro de los cañones con un

sentido matemático y devoto, como artífices que labrasen las piedras de

un templo. Es la religión de la guerra, y como las almas tienen

hermandad, sus palabras son breves: Por la virtud de la sonrisa y la luz

de los ojos se comunican en el silencio: Cuando asomados a las troneras,

contemplan el incendio de las granadas, cobran aquella expresión

radiante que las santas apariciones ponían en el rostro de los místicos.

La media noche: visión estelar de un momento de guerra · 第 26 / 45 题