En la sala de operaciones, blanca e iluminada, médicos y enfermeros con
delantales, no se dan reposo lavando heridas, restañando la sangre,
rasgando vendajes. Sobre los tableros de mármol, las lámparas de alcohol
levantan sus lenguas azules; los ayudantes desinfectan tijeras y pinzas;
el olor del cloroformo, olor a manzanas, satura el aire. El Doctor
Verdier murmura mientras desnudan a un herido:
--Me temo que seamos desbordados... Habrá que ver de habilitar la
iglesia, porque aquí pronto nos faltará sitio. ¿Y paja? ¿Tendremos paja
para hacer camastros?
Está librándose una gran batalla; se oye el bombardeo lejano y
constante. Patrullas de caballería, carros de ametralladoras, convoyes
de municiones escoltados por tropas de infantes, desfilan sin intervalo
por la única calle de la villa, para ir a perderse en la bruma del
Suroeste.