Cerca del amanecer llega un convoy de heridos. Bajo las acacias
desmochadas se tienden cuarenta carros de la Cruz Roja. Falta sitio, y
las monjitas belgas, refugiadas en aquel hospital de una villa francesa,
ofrecen sus celdas y sus lechos, blancos como altares, para los soldados
de la República. Los corredores rebosan de heridos. Yacen las camillas a
uno y otro rumbo del muro, formando una vía dolorosa llena de quejas y
largos ayes. Algunos heridos leves, pálidos y soñolientos, con los
vendajes salpicados de sangre y de barro, descansan en los bancos del
locutorio. La escalera está llena de soldados dormidos, con las mochilas
por cabezal: Se arrebujaban en pardas mantas, exhalaban un vaho húmedo:
Son bisoños aspeados, y tan rendidos de fatiga, que, al entrar bajo
techado, tiran la mochila por delante y se tumban.--Los corredores están
llenos de movimiento, de voces y de lodo. En el camino que forman las
dos hileras de camillas, los clavos de las fuertes botas militares dejan
su impronta. Al ruido de los pasos, una mano, que muestra su lividez
bajo la suciedad del barro y de la pólvora, levanta el hule del
cabecero:
--¡Me muero de sed! ¡Me muero de sed!
Es una voz sofocada. Se ve la frente envuelta en vendajes de gasa con
roeles de sangre fresca, y todo el rostro desaparece bajo los vendajes.
De otras camillas se escapa una queja débil, de otras palabras
acalenturadas, estertores, gritos de delirio, también hay algunas en
silencio profundo, como féretros. Los gritos, las suplicaciones, las
frases caóticas devanadas sin tregua, hacen babel. Un herido no cesa de
gritar:
--¡Los ingleses! ¡Los ingleses!
Retiembla la camilla, saca los brazos agitando las manos:
--¡Los ingleses! ¡Los ingleses!
Y siempre lo mismo, el mismo sopor inexpresivo en el grito, el mismo
pensamiento oscuro dando vueltas como la piedra de un molino. Era más
angustioso de oír que una queja desgarrada. Otro herido da voces
heroicas; otro, ríe con gran jolgorio:
--¡No te vayas, Juana! ¡Escucha, Juanita!... ¡Ja, ja!... ¡Si no te
pellizco!