Cuando entra el médico, la monjita se retira a la puerta y espera allí,
bajos los ojos y las manos en cruz. El médico es un viejo enjuto, con el
gesto apasionado y expresivo de los grandes habladores. Saluda al
entrar:
--¿Qué tienen estas niñas?
Luego, viéndolas afligirse, murmura con la voz conciliadora y simpática:
--¡Bueno, ya sé lo que tienen! ¡No se apuren, hijas mías!
Se sienta cerca de la madre:
--Primero será bien que nosotros dos celebremos consejo.
La madre mira obstinadamente sus manos cruzadas, y alza las cejas:
--Sí, señor, sí... ¿Usted ya está enterado...?
--De todo, hijas, de todo... Dicen que es la guerra... ¡Mentira! Nunca
el quemar y el violar ha sido una necesidad de la guerra. Es la barbarie
atávica que se impone... Todavía esos hombres tienen muy próximo el
abuelo de las selvas, y en estos grandes momentos revive en ellos. Es su
verdadera personalidad que la guerra ha determinado y puesto de relieve,
como hace el vino con los borrachos.
Una de las muchachas murmura crispada:
--¡Es el odio a Francia!
El médico la mira lleno de simpatía y le estrecha la mano:
--Es el odio al mundo clásico, hija mía. Odio de incluseros a los que
tienen abolengo.
Aquel viejo enjuto, de ojos hundidos, velados por largos párpados como
las águilas, tenía en la voz una sinceridad apasionada que comenzaba a
ganar el corazón de las tres pobres mujeres. La madre es blanca, pesada,
con el rostro enrojecido por las lágrimas: Hace recordar esas muñeconas
ajadas y maltratadas que deshechan los niños. De las dos hijas, sólo la
más pequeña tiene los rasgos de la madre. Carolina, la mayor, es alta,
delgada, con una palidez lunaria, y los ojos negros, cargados de
tristeza. Aun no ha desaparecido por completo la sonrisa de su boca, que
debió ser llena de gracia. Tiene el cabello fosco, y cuando lo aparta
de la frente, descubre sobre las sienes dos rincones de locura.
Enriqueta, la menor, es rubia, muy infantil, y tan blanca y fina de tez,
que toda la cara tiene escaldada de llorar. El médico se levanta, mira
de cerca el rostro de las dos muchachas, las pulsa, y, finalmente, las
ruega que se pongan en pie. Con una mirada seria y profunda las recorre
de arriba abajo:
--¡Bueno! Ya estoy enterado... Ahora no conviene molestarlas más. Ahora
que descansen. Mañana haremos un reconocimiento detenido...
La mayor de las muchachas se dejó caer en la silla, tapándose la cara
con las manos:
--¡Doctor, yo no quiero tener un hijo de los bárbaros!... ¡No quiero
llevar este contagio conmigo! ¡Si usted no me liberta de esta cadena,
yo me mataré!
Acabó en una crisis nerviosa, torciendo los ojos, rechinando los
dientes, y levantándose con grandes botes de la silla, entre los brazos
de la madre y la hermana, que habían acudido a sostenerla. Salió de
aquel estado pálida, ojerosa, contrita, hablando en voz muy tenue, con
una expresión de dolor desvalido, de vida miserable que se acaba:
--¡Haber nacido para esto! ¡Haber vivido para esto!