El carro se detiene delante de un hospital con tres hileras de ventanas
iguales, a la entrada de la villa de San Dionisio. Muchas casas tienen
hundida la techumbre; otras, derribado algún esquinal; las acacias de la
plaza también muestran las huellas del bombardeo, y son tantas las ramas
desgajadas, que cubren el camino como una alfombra. En el hospital,
todas las ventanas están sin cristales. Las tres mujeres penetran
tímidamente en el zaguán, y una monja halduda, con grandes tocas y gran
rosario pendulando de la cintura, les sale al encuentro. Las dos
hermanas, al verla, comienzan a sollozar con extrema congoja, y la
monja las toma de las manos y las lleva por un corredor blanco,
alumbrado, a grandes trechos, por lamparillas de petróleo. Sobre el muro
se desenvuelve un vía crucis, y en el vasto silencio de la santa casa,
resuena el alarido de una mujer doliente. Las dos niñas, con el pañuelo
sobre el rostro, sofocan su congoja, y la monjita habla consolándolas
con una voz balsámica. La madre va detrás, atónita, deshecha, agotada.
Pasa presurosa una mandadera con ropa blanca:
--¡Ave María Purísima!
--¡Sin pecado concebida!
Empuja la puerta que hay entornada hacia el final del corredor, y
brevemente se ve a otra monja vieja, sentada en una silla baja, poniendo
los pañales a un recién nacido. Las dos hermanas vuelven los ojos a la
madre y se abrazan a ella crispadas y dando gritos. La profesa las
empuja suavemente, las lleva a una sala grande, blanca, cuadrada, fría
en fuerza de limpia y desnuda.