Ahora, a uno y otro lado del camino, aparecen campos cubiertos de
cruces: Se agrandan sus brazos en el vaho de bruma que llena los ámbitos
de la noche, y toda su forma se difunde en un halo. Sobre el talud de la
carretera reposa larga fila de muertos: Cavan cuatro azadones y se
percibe el olor de la tierra removida. Anda un grupo de soldados
identificando los cadáveres, y los rostros lívidos surgen de pronto bajo
el cono de luz de las linternas. Habla una voz en la sombra:
--¡Aquí hay quien no tiene cabeza!
Y otra voz lejana interroga:
--¿Es un zuavo?
--Un zuavo.
--Le habrá rodado... Yo recuerdo que se la puse sobre la tripa.
Entre la niebla y las estrellas, las figuras, las luces y las voces,
guardan el acorde remoto que enlaza la vida y los sueños. Un camillero
que pasea la luz de su linterna cateando por la cuneta de la carretera,
da una voz hablando a los del otro cabo:
--¡Ya pareció aquello!
Y levanta la cabeza trunca manchada de tierra y de sangre. Otro soldado
clava el zapapico en el borde de una cueva que casi le cubre, y salta
fuera:
--¡Está abierta la cama para otros tres boches!
Responden del camino:
--¡Allá van!
Los llevan suspendidos por pies y por hombros; los brazos, les cuelgan
rígidos; las manos, arañan el suelo. Descansan los azadones, cantan los
sapos en el fondo de los prados, y los muertos van al fondo de la fosa.
Un capellán castrense bendice la tierra. La tropa se descubre y hace la
señal de la cruz. Entre la niebla y la luna danzan las siluetas confusas
de dos soldados que apisonan la tierra, y el camillero que ha recogido
la cabeza trunca, se limpia en la yerba las manos pegajosas de sangre.
Luego, para disipar las ideas tristes, todos trincan aguardiente
esparcidos sobre la orilla del camino.