CAP. XVII

Ahora, a uno y otro lado del camino, aparecen campos cubiertos de

cruces: Se agrandan sus brazos en el vaho de bruma que llena los ámbitos

de la noche, y toda su forma se difunde en un halo. Sobre el talud de la

carretera reposa larga fila de muertos: Cavan cuatro azadones y se

percibe el olor de la tierra removida. Anda un grupo de soldados

identificando los cadáveres, y los rostros lívidos surgen de pronto bajo

el cono de luz de las linternas. Habla una voz en la sombra:

--¡Aquí hay quien no tiene cabeza!

Y otra voz lejana interroga:

--¿Es un zuavo?

--Un zuavo.

--Le habrá rodado... Yo recuerdo que se la puse sobre la tripa.

Entre la niebla y las estrellas, las figuras, las luces y las voces,

guardan el acorde remoto que enlaza la vida y los sueños. Un camillero

que pasea la luz de su linterna cateando por la cuneta de la carretera,

da una voz hablando a los del otro cabo:

--¡Ya pareció aquello!

Y levanta la cabeza trunca manchada de tierra y de sangre. Otro soldado

clava el zapapico en el borde de una cueva que casi le cubre, y salta

fuera:

--¡Está abierta la cama para otros tres boches!

Responden del camino:

--¡Allá van!

Los llevan suspendidos por pies y por hombros; los brazos, les cuelgan

rígidos; las manos, arañan el suelo. Descansan los azadones, cantan los

sapos en el fondo de los prados, y los muertos van al fondo de la fosa.

Un capellán castrense bendice la tierra. La tropa se descubre y hace la

señal de la cruz. Entre la niebla y la luna danzan las siluetas confusas

de dos soldados que apisonan la tierra, y el camillero que ha recogido

la cabeza trunca, se limpia en la yerba las manos pegajosas de sangre.

Luego, para disipar las ideas tristes, todos trincan aguardiente

esparcidos sobre la orilla del camino.

La media noche: visión estelar de un momento de guerra · 第 21 / 45 题