De pronto el carro se detiene bamboleante, y el mayoral salta a tierra.
Vacía la pipa, renegando la golpea contra la llanta de una rueda, y se
la guarda en la zamarra. Las tres mujeres se miran asustadas. La madre
interroga a las muchachas:
--¿Qué sucede, hijas mías? ¡Ay, qué sueño malo! ¡Qué sueño malo! ¿Pero
qué sucede?
El mayoral levanta la lona y saca una pértiga del fondo del carro:
--¡No hay que asustarse, señoras! Es un caballo muerto.
Estaba tendido en medio de la carretera, casi llenándola de lado a
lado, rígido, negro, enorme. Tenía rasgado el vientre, y el bamdullo
fuera, en un charco de sangre pegajosa. El mayoral, metiéndole la
pértiga y apalancándola por debajo del costillar, le arrumba a un lado
del camino. Queda medio enterrado en la cuneta, con el cuello torcido y
las cuatro patas en alto:
--¡Lástima de bestia!
El mayoral salta al pescante y empuña de nuevo las riendas. Las tres
mujeres, como al comienzo del viaje, se santiguan y rezan. Cruza una
tropa de jinetes indios, los rostros oscuros, los turbantes blancos. Hay
largas hileras de carros inmóviles sobre un lado del camino, carros de
ametralladoras, carros de municiones, carros de forraje. Son tantos que
no se pueden contar. Dos automóviles pasan veloces; dejan un rastro de
polvo y gasolina; conducen oficiales del Estado Mayor. Nueva tropa de
jinetes indios, nuevos carros inmóviles a lo largo del camino, y una
difusa fila de infantes, nebulosos, encorvados, taciturnos: Se apoyan en
herrados bastones y llevan la mochila a la espalda. Al atravesar una
aldea se oye una gaita de escoceses. Dos viejos rurales detienen el
carro; el mayoral les entrega la orden de ruta, y se la devuelven tras
de leerla a la luz de un farol. El carro torna a rodar. Una de las
muchachas no cesa en su queja:
--¡Ay, Virgen Santa!... ¡Se me rompe el cuerpo de dolor!