CAP. XVI

De pronto el carro se detiene bamboleante, y el mayoral salta a tierra.

Vacía la pipa, renegando la golpea contra la llanta de una rueda, y se

la guarda en la zamarra. Las tres mujeres se miran asustadas. La madre

interroga a las muchachas:

--¿Qué sucede, hijas mías? ¡Ay, qué sueño malo! ¡Qué sueño malo! ¿Pero

qué sucede?

El mayoral levanta la lona y saca una pértiga del fondo del carro:

--¡No hay que asustarse, señoras! Es un caballo muerto.

Estaba tendido en medio de la carretera, casi llenándola de lado a

lado, rígido, negro, enorme. Tenía rasgado el vientre, y el bamdullo

fuera, en un charco de sangre pegajosa. El mayoral, metiéndole la

pértiga y apalancándola por debajo del costillar, le arrumba a un lado

del camino. Queda medio enterrado en la cuneta, con el cuello torcido y

las cuatro patas en alto:

--¡Lástima de bestia!

El mayoral salta al pescante y empuña de nuevo las riendas. Las tres

mujeres, como al comienzo del viaje, se santiguan y rezan. Cruza una

tropa de jinetes indios, los rostros oscuros, los turbantes blancos. Hay

largas hileras de carros inmóviles sobre un lado del camino, carros de

ametralladoras, carros de municiones, carros de forraje. Son tantos que

no se pueden contar. Dos automóviles pasan veloces; dejan un rastro de

polvo y gasolina; conducen oficiales del Estado Mayor. Nueva tropa de

jinetes indios, nuevos carros inmóviles a lo largo del camino, y una

difusa fila de infantes, nebulosos, encorvados, taciturnos: Se apoyan en

herrados bastones y llevan la mochila a la espalda. Al atravesar una

aldea se oye una gaita de escoceses. Dos viejos rurales detienen el

carro; el mayoral les entrega la orden de ruta, y se la devuelven tras

de leerla a la luz de un farol. El carro torna a rodar. Una de las

muchachas no cesa en su queja:

--¡Ay, Virgen Santa!... ¡Se me rompe el cuerpo de dolor!

La media noche: visión estelar de un momento de guerra · 第 20 / 45 题