El carro comienza a rodar, y las tres mujeres se santiguan. Poco después
la madre dormita. El carro rueda por una carretera toda en claro de
luna: Las muchachas miran con recelo al camino, levantan las lonas, y
sus ojos tristes siguen la luz roja de los aviones, que cruzan el cielo
como estrellas errantes. Se oye lejano bombardeo, y se siente en torno
la fragancia húmeda del heno. De tiempo en tiempo, al borde de la
carretera, aparece confusamente una gran mancha de ganado que acampa en
el fondo de las praderas; otras veces es una aldea en ruinas. La
carretera se alarga sobre la llanura, se alarga infinitamente: Grandes
molinos de viento, con las aspas quietas, la miran desde lejos enhiestos
sobre los alcores. Se columbran las granjas entre ramajes de un negro
vaporoso, rayos de luz se filtran por los resquicios de los postigos, y
se adivina el interior lleno de soldados. Una de las muchachas asoma la
cabeza por entre las lonas del carro, e interroga al mayoral con la voz
llena de pena:
--¿Falta mucho, amigo?
El mayoral responde confusamente, con la pipa entre los dientes:
--Menos que al principio.
La niña sonríe apenas, cierra los ojos y se oprime la cintura:
--¡Se me abre el cuerpo de dolor!