No tiene término en la noche la lívida llanura, y, en medio de la bruma,
al claro lunar, se revela el espectro de una ciudad bombardeada: La
ciudad de Arras. Negras y destripadas humean las casas; la catedral es
un montón de piedras; los sillares desbordan por las bocas de cuatro
calles y las ciegan: Rosetones y cruces, gárgolas y capiteles mutilados
asoman entre los escombros. Las bombas caen abriendo grandes hoyos sobre
la plaza de los porches, llena del recuerdo español, y muchas casas, con
las puertas abiertas y las ventanas batiendo al viento, muestran la
hondura tenebrosa del zaguán, donde se amontonan los ajuares. Se aleja
un carromato: Bambolea su carga de huchas, cacerolas y colchones: En lo
alto va una cuna. La ciudad parece abandonada: Hay parajes donde las
casas se aplastaron y esparramaron por tierra como los castilletes que
levantan los niños, y calles enteras donde los esqueletos permanecen en
pie, con las fachadas en escombros, mostrando los interiores burgueses,
en una angustia de abandono, llena de gritos de mujeres y llanto de
niños asustados que se agarran a las faldas. En una costanilla, al
abrigo del bombardeo, cargan otro carromato. Hay un grupo de mujeres que
se besan. El mayoral pone prisa, y al cabo montan en el carro los que se
van: Una viuda con dos hijas, dos muchachas pálidas, el cabello
despeinado, los ojos llorosos. Llegaron poco hace huídas de Combles. El
padre se fué a la guerra, y las dos muchachas están encintas de un
soldado alemán.