Lento cañoneo del lado de Ipres. Por el fondo de la trinchera corre un
arroyo de fango; los centinelas se agazapan con los fusiles apoyados
sobre el talud; pequeñas escuadras de soldados dormitan en los abrigos
cavados a lo largo del foso. De tiempo en tiempo, los pasos del oficial
que recorre la línea se detienen a la entrada:
--¡Ánimo, muchachos!
Los soldados se remueven en la sombra haciendo marea, responden
runflando, palpan a tientas los fusiles. El oficial se aleja, sigue
recorriendo las avanzadas. Muchos peludos, cubiertos con encerados,
descansan echados en el fondo de la trinchera, y sobre las cajas de
granadas de mano reclinan la cabeza. El oficial pasa entre ellos
despacio y tentando con el bastón. De pronto, algún centinela que
dormita, se despierta sobresaltado y dispara su fusil. Corre la alarma.
Hay fusiladas caprichosas; vuelan los cohetes, y los peludos que reposan
en el fondo de la trinchera se incorporan, metiendo la mano en las cajas
de granadas. El fuego se extingue lentamente; la línea vuelve a quedar
en sombra, estremecida y vigilante, en una espera tensa, que agota más
que la lucha.