La marinería se arremanga y entra chapoteando por el agua llena de
fosforescencias. A lo largo de la playa flotan más de cien cadáveres
alemanes inflados y tumefactos. Uno hay que no tiene cabeza; otros
descubren en el vientre y en las piernas lacras amoratadas, casi negras.
Comienza la faena de ponerles velachos con las pértigas y lienzos de las
tiendas. Valiéndose de los bicheros, les hacen brechas en la carne
hidrópica, y clavan los astiles donde van las lonas. Luego,
supersticiosos y diestros, los empujan hasta encontrar calado: Sesgan la
vela buscando que la llene el viento, y, al tobillo o al cuello, les
amarran las escotas. Los muertos se alejan de la playa como una
escuadrilla de faluchos: Se les ve alinearse bajo la luna, y partir
hacia el horizonte marino empujados por la fresca brisa que sopla del
tercer cuadrante. Pasa un aliento de alegría sobre aquellas almas
infantiles y crédulas. Un grumete, con la gorra en la mano, y las luces
de las estrellas en los ojos fervorosos, clama en su vieja lengua
céltica:
--¡Madre del Señor! ¡Ya no tengo miedo a los muertos!