CAP. XI

Un teniente de navío, acompañado de un condestable, baja por la ribera

redoblando las guardias. Saluda la marinería, y todos, como niños,

sienten que se disipa en presencia del jefe aquel miedo a los difuntos

que les hace rezar y cantar. Un cabo de cañón sale de la fila y se

destaca sobre el camino, la mano a la altura de la sien:

--Con licencia, mi teniente. ¿Nos autoriza usía para ponerles velas?...

Y señalaba los cadáveres de los boches embarrancados en la playa. El

teniente comprende y sonríe:

--¿No será mejor enterrarlos?

--Salvo su parecer, mi teniente, mejor es ponerlos velas, y que se los

lleve el viento.

De un grupo de marineros salen diferentes voces:

--¡Que se los lleve el viento! ¡Que se los lleve el viento!...

Son voces graves, temerosas y atónitas: Su murmullo tiene algo de rezo.

Un marinero de la costa bretona se santigua:

--¡Los vivos y los muertos no deben dormir juntos!

El oficial hace un gesto de indiferencia:

--Pues que se los lleve el viento.

--¡A la orden, mi teniente!

El grupo de marineros se dispersa por la playa, y los unos a los otros

se van diciendo de quedo:

--¡Hala! A ponerles velas.

Alguno pregunta:

--¿Y el teniente?

--Es el teniente quien lo manda.

La media noche: visión estelar de un momento de guerra · 第 15 / 45 题