Nieblas espesas en la costa del mar.--Ya cantó dos veces el gallo.--Las
estrellas tiemblan sobre la gran plana inundada de las Flandes. Cerca de
Furnes, en un estero, la marinería desembarcada de la escuadra forma la
vanguardia. Sopla el viento del mar, y la resaca arrastra hacia la
orilla los cadáveres amoratados e hidrópicos de algunos soldados
alemanes: Flotan entre aguas: Una ola los levanta en la espumosa cresta,
otra ola los anega. Sus botas negras y encharcadas se entierran en la
arena, sus grandes cuerpos hinchados tumban sordamente. La escuadra de
marineros que acordona la playa permanece silenciosa, mirando al
horizonte rizado y sin fondo. Son pescadores de Normandía y de Bretaña,
mozos crédulos, de claros ojos, almas infantiles valientes para el mar,
abiertas al milagro, y temerosas de los muertos. Muchos rezan en voz
baja, acordándose de las apariciones en los cementerios y en los pinares
de sus aldeas; otros trincan aguardiente y humean la pipa; tal vez
alguno prueba a cantar. La luna navega en cerco de nieblas, y los
cuerpos hidrópicos de los soldados alemanes vienen y van con la resaca.