¡Los ecos de la guerra se enlazan desde la costa norteña hasta los
montes alsacianos! Al estampido de las bombas surgen las llamas de los
incendios: Arden las mieses, y las sobrecogidas aldeas, y las ciudades
que lloran al derrumbarse las torres de sus catedrales. Caen miles y
miles de soldados en la gran batalla nocturna, y quedan rígidos y fríos
bajo el temblor de las estrellas. Las escuadras se aclaran de pronto: A
veces, rompiéndose por el centro para buscar el ataque de flanco, a
veces bajo una bomba que estalla y abre en ellas brecha como en el
fuerte muro de un castillo. Las ametralladoras cruzan sus fuegos
haciendo raya, desgranan sus tiros sobre anchos espacios, arrasan las
líneas de soldados: Unos, caen al modo de peleles recogiendo
grotescamente las piernas; otros, abren los brazos y quedan aplastados
sobre la tierra; otros, se doblan muy despacio sobre el hombro del
camarada. Y entre tan diversos modos de morir, se arrastran los heridos
oprimiéndose las carnes desgarradas, sintiendo fluir por entre los dedos
la sangre tibia, dilatados los ojos con el horror de ser hechos
prisioneros. Miles de cañones hacen fuego en batería, y bajo el impulso
de los grandes proyectiles, se abre el aire con aquella queja dilatada y
profunda que tienen las gatas al parir.
Por caminos que cavaron los zapadores, y alcanzan hasta la línea de
fuego, los camilleros conducen a los heridos. El primer socorro se les
prestó en la trinchera al amparo de profundas casamatas que tienen
charcos de sangre en el piso terreño, y el aire impregnado de olor a
cloroformo. Sobre la cuneta de las carreteras, procurando el socaire de
bosques y colinas, esperan inmóviles, en largas hileras, los carros de
la Cruz Roja. Las ambulancias están en la retaguardia, repartidas por
los graneros y establos de las quintas, en las salas de los castillos,
en los cafés con espejos rayados y tules para las moscas, en las cuevas
de los pueblos aun ardiendo. ¡El dolor de la guerra estremece y conforta
el alma de Francia!