Entre Thann y Metzeral el cañoneo de tarde en tarde se enrabia, pero
luego decae en su terca y lenta medida. Los dos fosos enemigos galguean
por negros bosques y resonantes quebradas, cuándo despeñados, cuándo
cimeros. Cruje astillado el tronco de los abetos, y al doblarse bajo la
tempestad de nieve y de metralla, el ramaje ciega los caminos. Metzeral
está ardiendo, y la vislumbre de las llamas corre sobre las aguas del
río: A una y otra orilla, las casas muestran sus esqueletos rojos y
humeantes: Caen sordamente los muros y las techumbres. Desde el comienzo
de la guerra resplandecen todas las noches las hogueras de Metzeral. En
los pórticos de las iglesias, bajo las rotas arcadas, se guarecen
mujeres y niños. Las vacas de un establo andan perdidas sonando las
esquilas. En las calles abandonadas, se amontonan huchas, camas y ropas.
Un matrimonio con dos niños mira arder su casa, acurrucado al abrigo de
otras casas en ruinas. El hombre tiene en brazos al más pequeño, y la
mujer llora con los dedos enredados en la mata despeinada. El infante se
queja con un balido, y el padre le contempla sin hablar, llenos de
tristeza los ojos. A su lado, con la cabeza sobre un cesto boca abajo,
duerme una niña: El padre la ha cubierto con su chaquetón, y asómanle
los pies calzados con zuecos y medias azules. La madre se levanta con un
repente, y descubre el rostro pálido del pequeño:
--¡Se muere! ¡Se muere! ¿No ves que se muere? ¡Ya no tenemos hijo!
El hombre calla, y la mujer mira al marido:
--No puede ser que le tengas constantemente... Debes estar muerto...
¡Dámele!
El hombre mueve la cabeza. Entonces la mujer llora:
--¡Qué horror de guerra! ¡Éramos tan felices!
La pequeña se revuelve bajo el chaquetón, se incorpora sobresaltada,
dando gritos:
--¡Se murió nuestro bebé! ¡Se murió nuestro bebé!
El padre murmura sombriamente:
--¡Aun no!
También responde el balido triste. La madre arrebata al niño de los
brazos del padre: El niño tuerce los ojos, tiene una sacudida, y de la
nariz afilada le afluye un hilo escaso de sangre negra. La hermana sigue
gritando:
--¡Se murió nuestro bebé! ¡Se murió nuestro bebé!
El padre la toma en brazos y pega su rostro contra el rostro de ella:
--¡Calla, hija mía! ¡Calla!
La pequeña comprende, y, sofocando los sollozos, besa suave, suavemente,
la barba del padre. Pero luego torna a suspirar:
--¡Se murió nuestro bebé!
Y comienza la madre:
--¡Se lo llevó Dios! ¡Se lo llevó Dios! ¡Se lo llevó Dios!
Tiene el gesto obstinado, y los ojos secos. Con dos dedos oprime los
párpados rígidos de su niño muerto. Los cazadores alpinos desfilan hacia
las trincheras, pasan sin verlos, encorvados bajo la borrasca de nieve.
Se hunde el techo de una casa, y en las calles desiertas resuena el
galope de las vacas perdidas, con el tolón, tolón de los cencerros. El
cañoneo, terco y lento, no cesa entre las dos hogueras de Thann y
Metzeral.