El sargento de un retén, en lo alto de la montaña, destaca dos
centinelas de pérdida: Salen cautelosos, arrastrándose sobre la nieve,
se sumen en la noche. La trinchera alemana, toda bardelada y defendida
por espinosa red de alambre, está al otro lado de un calvero, no más
lejos de cien pasos. Las grandes balas cruzan silbando, y, de tiempo en
tiempo, un abeto viene a tierra con sordo rumor de marejada. Los
soldados corren en pequeños grupos, la cabeza vuelta, los hombros
levantados. Cruje otro tronco. La metralla está segando el bosque: Donde
cae una bomba fulmina una llama. Los dos centinelas de pérdida se
arrastran cautelosos, y, cuando el lostrego de los reflectores explora y
revela el campo, quédanse aplastados: Con las carnes estremecidas, pisan
sobre un montón de cadáveres medio enterrados en la nieve: Al pisar,
parece que se les incorporan bajo los calcañares. Los dos centinelas
pasan sobre los muertos llevándose su olor: Ya tocan las alambradas, y
en aquel momento una violenta sacudida los echa por los aires con las
ropas encendidas: El repuesto de cartuchos que llevan en las cananas
estalla como una cohetada: Caen ardiendo, simulan dos peleles. De los
cascos sale una llama azul. Los soldados franceses, desde sus
trincheras, miran el suceso con pena. En el Observatorio de
Langenfeldkopf, un teniente murmura hablando con su compañero:
--Los boches han reforzado sus defensas con un cable eléctrico, imitando
lo que hicimos nosotros en la Indo-China.