Y la luna navega por cielos de claras estrellas, por cielos azules, por
cielos de borrasca: Sobre las doscientas leguas de foso cenagoso, los
cohetes abren sus rosas, tiembla la luz de los reflectores, y en la
tiniebla del cielo bordonean los aviones que llevan su carga de
explosivos para destruir, para incendiar, para matar... Ocupan la
carlinga alegres oficiales, locos del vértigo del aire, como los héroes
de la tragedia antigua del vértigo erótico. Vestidos de pieles, con
grandes gafas redondas, y redondos cascos de cuero, tienen una forma
embrionaria y una evocación oscura de monstruos científicos. Vuelan
contra el viento y a favor del viento, les dicen su camino las
estrellas. Unos van perdidos atravesando cóncavos nublados, otros
planean sobre el humo y las llamas de los incendios, otros van en la luz
de la luna, tendidos en escuadrilla. Aquel que zozobra entre ráfagas de
agua y viento del mar, es de un aerodromo inglés, en la Picardia. Y
estos que retornan y aterrizan en silencio, son franceses: Partieron en
el anochecido, eran siete y no son más que cinco: Tras ellos queda
ardiendo un tren de soldados alemanes. Los pilotos saltan sobre la
yerba, y se alejan entumecidos, mientras algunos soldados con linternas,
empujan los aviones bajo los cobertizos, y vierten cubos de agua en los
motores recalentados. Es un campo de aviación a retaguardia de las
líneas donde se batalla, en un paraje llano revestido de céspedes.
Ligeras tiendas, grandes cobertizos, alpendes y galpones, hacen ruedo
sobre la yerba, tienen el color de la noche y se desvanecen en ella:
Sólo realza sus siluetas la luna cuando navega por claros cielos
estrellados.