En las sombras de la noche, largos convoyes que llevan municiones al
frente de batalla, ruedan por los caminos. Los cohetes de las trincheras
abren sus rosas en el aire, los reflectores exploran la campaña y la
esclarecen hasta el confín lejano de bosques y montes. Se muestra de
pronto el espectro de un pueblo en ruinas, quemado y saqueado, mientras
por la carretera, en el lostrego del reflector, corre cojeando algún
perro sin dueño. Al abrigo de los bosques, filas y filas de carros
esperan inmóviles la orden de ruta, con los soldados de la escolta
descansando al borde del camino y fumando una pipa de tabaco belga. Se
oye el cañón, cuándo lento, cuándo en vivo fuego de ráfagas, y los
soldados hacen conjeturas con palabras breves, casi indiferentes. Llega
un ciclista sonando el timbre tercamente: Trae la orden de ruta que el
sargento deletrea a la luz de una linterna, y el convoy se pone en
marcha. Todos los caminos de la retaguardia sienten el peso de los
carros de municiones, que, escoltados por veteranos, se bambolean con
estridente son de hierros. Ruedan con los faroles apagados, informes
bajo las estrellas, sumidos unas veces en la sombra de las arboledas, y
otras destacando su línea negra por alguna carretera blanquecina y
desnuda. Son tantos que no se pueden contar, son cientos y cientos.
Ruedan hacia las trincheras lentamente, pesadamente. Cuando pasan cerca
de alguna aldea, ladran los perros y alborean los gallos.