Las trincheras son zanjas barrosas y angostas. Amarillentas aguas de
lluvias y avenidas las encharcan. Se resbala al andar. Los ratones
corren vivaces por los taludes, las ratas aguaneras por el fondo
cenagoso, y ráfagas de viento traen frías pestilencias de carroña. En el
talud de las trincheras los zapadores han cavado hondos abrigos donde se
guarecen escuadras de soldados, y en los lugares más propicios para las
escuchas y centinelas, silos con miraderos disimulados entre pedruscos y
ramajes. Desde estas atalayas se hace la descubierta de las líneas
enemigas, y los artilleros, comunicándose por sus teléfonos, regulan el
tiro de los cañones, siempre emplazados más atrás que las primeras
defensas. Ante los dos fosos enemigos se tienden campos de espinosas
alambradas, y hay esguevas donde los muertos de las últimas jornadas se
pudren sobre los huesos ya mondos de aquellos que cayeron en los
primeros días de la invasión. La tierra en torno está como arada. La
metralla taló los árboles y abrasó la yerba. Del fondo de las trincheras
surgen cohetes de luces rojas, verdes y blancas, que se abren en los
aires de la noche oscura, esclareciendo brevemente aquel vasto campo de
batallas. Corre un alerta desde los cantiles del mar norteño, hasta los
bosques montañeros que divisan el Rhin.