enemigo; yo, irritado en la pelea, os marqué en otro tiempo con un
hierro. Os odio ciertamente; pero deseo que Alemania sobreviva. La
patria se hunde. Señor, salvadla. Yo me postro de rodillas ante mi
emperador, que Dios me envía. (_Se arrodilla ante Barbaroja. Luégo se
vuelve á los príncipes._) ¡De rodillas todos! ¡Á tierra las espadas!
(_Todos tiran las espadas y se arrodillan, menos Magno._) Vos, señor,
sois necesario á las naciones quebrantadas; sólo vos; sin vos, el
Estado toca en sus últimos momentos. Todavía hay en Alemania dos
alemanes, vos y yo. Los dos bastamos, señor: reinad. En cuanto á
éstos, los he dejado hablar. Perdonadlos por sus pocos años. (_Ve á su
hijo aún de pié._) ¡Magno! ¡De rodillas! (_Magno vacila, pero al fin
obedece._) En todo tiempo, los barones y los siervos, los cazadores
y los labriegos, se han odiado; las montañas han hecho siempre la
guerra á las llanuras; bien lo sabéis. Sin embargo, convengo sin
esfuerzo en que los barones han hecho mal y las montañas no han tenido
razón. (_Levantándose. Á los soldados._) Poned en libertad á los
cautivos. (_Los soldados obedecen en silencio y quitan las cadenas
á los presos, que durante esta escena han venido á agruparse en la
galería._) Vosotros, burgraves, tomad sus hierros. César lo quiere
así. Yo el primero. (_Hace seña á un soldado para que le ponga una
cadena al cuello. El soldado baja la cadena y desvía los ojos. Job
insiste ofreciendo el cuello. El soldado obedece. Los demás burgraves
se dejan encadenar sin resistencia. Job, con la cadena al cuello, se
vuelve al emperador._) Augusto emperador, míranos como querías. En
su propio palacio el anciano Job es esclavo y te ofrece su cabeza.
Ahora, si frentes que han resistido la tempestad, merecen clemencia,
óyeme. Cuando vayas á combatir á las fronteras, permite que te sigamos;
haznos esta gracia. Como fuerza armada, y sin embargo prisionera,
conservaremos nuestros hierros; pero ponnos frente á frente de tus
enemigos ante los más audaces, los más bárbaros; y cualesquiera que
ellos sean, húngaros, vándalos, magiares, por grande que sea su número,
nos verás con ese amargo pesar que se trueca en odio, barrer á tu vista
esas hordas, sumisos por nuestros hierros, pero héroes por nuestras
espadas.
(_Avanza hasta el conde Job el capitán de los arqueros del burgo para
recibir órdenes._)
CAPITÁN.--Señor... (_Job mueve la cabeza con despecho y le indica al
emperador, inmóvil y silencioso en medio de la escena. El capitán se
inclina profundamente ante el emperador._) Señor...
EL EMPERADOR (_designando á los burgraves_).--¡Á las prisiones!
(_Los soldados se llevan á los barones, excepto Job, que permanece en
la escena á una seña del emperador. Cuando quedan solos, Federico se
acerca á Job y le quita la cadena. El anciano observa con estupor.
Silencio pavoroso._)
EL EMPERADOR (_mirándole á la cara_).--¡Fosco!
JOB (_estremeciéndose_).--¡Cielos!
EL EMPERADOR (_con el dedo sobre los labios en expresión de
reserva_).--¡Silencio!
JOB (_aparte_).--¡Tengo miedo!
EL EMPERADOR.--Vé á esperarme hoy donde vas todas las noches.
[Ilustración]
[Ilustración]
PARTE TERCERA
LA CUEVA SUBTERRÁNEA
Una cueva sombría, cimbrada y baja, de aspecto húmedo y pavoroso.
Algunos girones de tapicería roída por el tiempo penden de las
paredes. Á la derecha una ventana, en cuya reja se distinguen tres
barrotes rotos y como violentamente separados. Á la izquierda una
mesa y un banco de piedra, groseramente labrados. En el fondo, á
lo oscuro, una especie de galería, cuyos pilares sostienen las
arquivoltas. Es de noche: un rayo de luna entra por la ventana y
dibuja una forma recta y blanca en la pared opuesta. Al levantarse
el telón, Job está solo en la cueva sentado en el banco de piedra,
y sumido en profunda meditación. Una linterna encendida á sus piés.
Viste un saco pardo.
ESCENA I
JOB, solo
¿Qué me dijo el emperador?... ¿Qué le contesté?... No, no lo
entendería... Sin duda lo comprendí mal... Desde ayer no siento en mí
más que dudas y sombra, ando vacilante y como á la ventura, bajo mis
plantas se borra mi camino, y los objetos reales, perdidos entre las
nieblas de mis turbados ojos, tiemblan detrás de un velo, como en un
sueño. (_Pausa._) El demonio juega con el espíritu de los desgraciados.
Sí, es sin duda un sueño... pero horrible. ¡Ah! cuando la virtud duerme
en nuestro herido corazón, el crimen forja los sueños. Cuando jóvenes,
soñamos con el triunfo; viejos, con el castigo. Dos sueños á los dos
extremos de la suerte. El primero miente. Y el segundo ¿dice la verdad?
(_Pausa._) Por de pronto, lo que sé es que todo se ha hundido en mi
alta mansión. Federico Barbaroja es el amo de mi casa. ¡Oh dolor!... En
fin, bien hice: he salvado mi país, he salvado el reino. (_Pausa._) ¡El
emperador! Éramos fantasmas el uno para el otro, y nos mirábamos con
ojos casi deslumbrados, como los dos gigantes de un mundo desvanecido.
Quedamos en efecto los dos solos sobre el abismo; somos de lo pasado
la doble y sombría cima; el nuevo siglo lo ha sumergido todo; pero
sus olas no han cubierto nuestras frentes, porque están muy altas...
El uno de los dos va á caer... yo soy... la sombra me envuelve. ¡Oh!
¡qué acontecimiento, la caída de mi montaña! Mañana, el Rhin mi padre,
contará al viejo mundo alemán este prodigio y este hundimiento, y cómo
acabó el gran duelo del anciano Job y Barbaroja. Mañana no tendré ya
hijos ni vasallos... ¡Adiós, inmensa lucha! ¡adiós, nocturnos asaltos!
¡adiós, gloria! Mañana oiré cómo se burlan y ríen de mí los pasajeros;
y todos verán á aquel Job que cien años soberanos defendió palmo á
palmo cada roca del Rhin, á Job que á pesar de César y de Roma respira,
vencido, roído vivo por el águila del imperio, y enclavado, último
burgrave, á su última roca. (_Se levanta._) ¡Cómo! El conde Job...
¿soy yo quien sucumbe?... ¡Silencio, orgullo! Calla á lo menos en esta
tumba... Aquí, bajo estas bóvedas que se diría palpitantes; aquí, una
noche igual á ésta... ¡Oh! cuánto tiempo hace... y siempre es ayer.
¡Horror! Bajo esta bóveda, desde aquel día, ha sudado mi crimen, gota
á gota, ese sudor de sangre que se llama remordimiento. Aquí hablo al
oído de los muertos. Desde entonces, Dios mío, el insomnio de noches
enteras depuso sus dedos de plomo sobre mis párpados, ó si he dormido,
dos sombras chorreando roja sangre atravesaban sin cesar mi sueño. El
mundo me ha creído grande; olvidado del rayo, estos montes han visto
encanecer á su centenario bandido; la Europa me admiraba de pié en
nuestras cumbres, pero por más que haga un asesino, su negra conciencia
no se deja engañar nunca por la gloria. Los pueblos me creían ebrio
con mis triunfos; pero de noche, durante sesenta años, aquí doblaba yo
mis rodillas penitentes, y estas paredes, negro pliegue de este burgo
tan famoso, veían la falsedad de mi grandeza. Los clarines resonaban
delante de mí; yo con mi bandera en alto era conde en el imperio,
y león en mis montañas, pero mientras á mis piés todo era nada, mi
crimen, odioso enano, vivía en mí como un gigante, se reía cuando me
alababan y mordiéndome el corazón gritaba: ¡Miserable! (_Alzando las
manos._) ¡Donato! ¡Ginebra! ¡Oh víctimas! ¿no perdonaréis á vuestro
verdugo, cuando Dios nos llame á todos? ¡Oh! no basta, no, golpearse
el pecho de rodillas, llorar, arrepentirse, orar. Nada me ha perdonado;
¡me siento maldito y condenado! (_Siéntase._) Tenía descendientes y
ascendientes, pero ya mi burgo está muerto: mi hijo es viejo; sus
hijos son viciosos; mi Benjamín, mi último tesoro, se perdió; Otberto
y Regina, á los que amaba aún... que el alma ama siempre porque es
divina... se dispersaron sin duda al viento de mi última caída. Vengo á
buscarlos y han desaparecido. Harto es: muramos. (_Se saca el puñal del
cinto._) Mi corazón ha creído que alguien me espera aquí. (_Vuélvese
hacia las profundidades del subterráneo._) Ea, yo te lo ruego en esta
hora suprema; perdóname, Donato, antes que muera. Job no existe ya.
¡Queda Fosco! ¡Perdón para Fosco!
UNA VOZ.--¡Caín!
(_Sordamente._)
JOB (_con turbación_).--Creo que me hablan... No, es el eco. Si alguien
me hablara sería del otro mundo, porque nadie, sino yo, sabe hoy el
modo de entrar en esta cueva, en este corredor secreto en que jamás ha
brillado luz. Los que lo sabían, murieron hace más de sesenta años.
(_Da un paso hacia el fondo._) ¡Mártir, perdón para Fosco!
LA VOZ.--¡Caín!
JOB (_con espanto_).--¡Es singular! Han hablado, no hay duda. Pues
bien. ¡Sombra! ¡Fantasma! ¡Yo te imploro! ¡Hiéreme! Quiero morir
antes que oir otra vez cómo me llama el eco horrible de este oscuro
subterráneo, cada vez que nombro á Fosco.
LA VOZ.--¡Caín! ¡Caín! ¡Caín!
JOB.--¡Gran Dios! Me flaquean las rodillas... estoy soñando. El dolor,
trocándose en locura, acaba por embriagar como vino del infierno. Oigo
dentro de mí la amarga risa del remordimiento. Sí... ¡sueño pavoroso
que me sigue y abruma y más y más horrendo en este seno de tinieblas!
¡Oh voz que sales del sepulcro! ¡Aquí estoy, pues! ¿Á qué pregunta debo
contestar? ¿Qué explicación quieres? Habla: yo contestaré.
(_Una mujer velada y vestida de negro sale por detrás del pilar de la
izquierda y aparece en el fondo con una lámpara en la mano._)
ESCENA II
JOB, GUANHUMARA
GUANHUMARA.--¿Qué has hecho de tu hermano?
JOB.--¿Quién es esta mujer?
GUANHUMARA.--Una esclava allá arriba; una reina aquí. Conde, á cada
cual le llega su vez. Sabes que este burgo es doble y sus colosales
torres tienen más de una caverna por debajo de sus cuadras; todo lo que
el sol alumbra está bajo tu ley; todo lo que llenan las tinieblas es
mío. (_Acercándose._) Me perteneces pues, y no puedes sustraerte á mi
tenebroso poder.
JOB.--¿Quién eres?
GUANHUMARA.--Voy á contarte una breve y triste historia. Érase el
año... ¡Cuánto tiempo ha pasado y cuántos han muerto desde entonces!
Los que tienen ahora cien años, tenían entonces treinta. Dos amantes
estaban allí. (_Indicando un ángulo de la cueva._) Era como ahora una
noche de Setiembre. Un rayo de luna dibujaba un sudario en la blancura
de la pared. (_Se vuelve y le indica la pared alumbrada por la luna._)
Así. De repente, con la espada en la mano...
JOB.--¡Por favor, basta, basta!
GUANHUMARA.--¿Sabes esta historia? Pues bien, Fosco, el sitio en que
Donato cayó muerto es éste. (_Indica el banco de piedra._) El brazo del
asesino este es. (_Le coge el brazo á Job._)
JOB.--Mátame también; mátame, pero calla.
GUANHUMARA.--Por esa ventana... Ven. (_Le arrastra á ella._) Por esta
ventana, fueron arrojados al torrente el escudero Sfrondati y Donato
su señor; y para que pudieran pasar los cuerpos, uno de los verdugos
rompió estos tres barrotes con su mano de acero. (_Cogiéndole la
mano._) Aquella dura mano, hoy impotente, es esta, conde.
JOB.--¡Por piedad!
GUANHUMARA.--Alguien también pedía piedad entonces; una mujer que se
retorcía de dolor, mientras sonriendo el asesino la hizo maniatar y
con su propia mano le puso al pié la férrea argolla de la esclavitud:
mírala. (_Se alza la túnica y enseña la anilla remachada á su pié._)
JOB.--¡Ginebra!
GUANHUMARA.--Frente muerta, mano fría, ojos hundidos, sí, mi nombre es
bello, en corso, Ginebra. Estos duros países del Norte, han hecho de él
Guanhumara; y la edad, ese otro Norte que nos hiela y arruga, convirtió
la hermosa joven en lívido espectro. (_Álzase el velo._) Vas á morir.
JOB.--Gracias, ¡qué beneficio el tuyo!
GUANHUMARA.--No me las dés todavía. Tu hijo menor, tu Jorge vive aún.
JOB.--¡Cielos! ¿Qué has dicho?
GUANHUMARA.--Yo soy quien te lo robó.
JOB.--¡Ah!
GUANHUMARA.--Llevaba puesto este collar.
(_Se saca del seno y le tira un collar de oro y perlas que recoge el
anciano y besa muchas veces, cayendo luégo de rodillas á los piés de
la esclava._)
JOB.--¡Piedad! ¡Véanle mis ojos antes de cerrarse á la luz! te lo
suplico de rodillas.
GUANHUMARA.--Le verás.
JOB.--¿Le veré?
GUANHUMARA.--Sí; él es quien ha de venir á darte el golpe mortal.
JOB (_levantándose horrorizado_).--¡Oh Dios! Pero ¿has hecho de él un
monstruo, en tu enojo impío, para creer que un hijo quiera matar á su
padre?
GUANHUMARA.--Es Otberto.
JOB (_juntando las manos en alto_).--¡Dios mío, bendito seas! Lo había
soñado yo. Pero en su corazón todo es noble; no hay una sombra de mal
en su alma inocente y pura. No cuentes con él; no me matará mi Otberto.
GUANHUMARA.--Escucha. Gozabas tú de la luz del día, mientras yo hacía
en las sombras mi camino y no me has visto avanzar en mi rastrero paso.
Despierta, Fosco, preso en los anillos de la serpiente. Mientras el
emperador robaba tu atención, poco há, estaba yo con Regina, á quien he
dado á beber un filtro de poderosa virtud. Mira...
(_Entran por el fondo de la galería, por la derecha, dos enmascarados
trayendo un ataúd cubierto con un paño negro. Job corre á ellos, que
se detienen._)
JOB.--¡Un ataúd! (_Levanta el paño con temor y ve un rostro pálido._)
¡Regina! (_Á Guanhumara._) ¡Monstruo! ¡Tú le has dado la muerte!
GUANHUMARA.--Aún no. Estoy acostumbrada á estos juegos. Está muerta
para todos; para mí sólo dormida. En cuanto yo quiera, despertará.
JOB.--¿Qué quieres por despertarla?
GUANHUMARA.--Tu vida. Otberto lo sabe y él será quien elija.
(_Extendiendo la mano derecha sobre el féretro._) ¡Juro por el eterno
enojo que nos deja el agravio, por la Córcega de cielo dorado y sol
devorador, por el frío esqueleto que yace en el torrente, por este seno
de sombras que se tragó su sangre... juro que este ataúd no saldrá de
aquí vacío! (_Los dos encubiertos que llevan el ataúd siguen su camino
hacia la izquierda. Á Job._) Él ha de elegir, ó á ti ó á ella. Si
quieres huir lejos de ellos, huye en buen hora: entonces morirán los
dos que están en mi poder.
JOB (_tapándose el rostro con las manos_).--¡Qué horror!
GUANHUMARA.--Muere tú, y entonces ellos vivirán.
JOB.--Oye... un ruego. Morir es nada: toma mi sangre, toma mi vida;
pero no obligues á cometer un crimen á un inocente. Conténtate, mujer,
con una sola víctima. Un mundo extraño se revela en mí; ¡oh! mi crimen
ha hecho germinar aquí en la sombra, bajo estos montes, un infierno,
cuyos demonios voy á remover, horrible nido de serpientes, nacidas
de las gotas que de mi puñal cayeron. El asesino es un sembrador que
recoge el mal; lo sé. Tú me has cogido en un círculo de hierro. ¿Qué
más quieres? ¿No soy tu presa? Es justo, haces bien; te acojo con
alegría, maldito en mis hijos, maldito en mis nietos; pero respeta al
niño. ¿Quieres que éntre aquí puro, noble y sin mancha y que salga
marcado con la horrenda señal que yo, Caín, llevo en la frente?
Ginebra, pues que juzgaste bueno arrebatármelo á mí, anciano cuya
esperanza era él... No, no te hago aquí ningún reproche... En fin, te
lo llevaste y lo conservaste á tu lado, sin hacerle ningún daño al
pobre niño ¿no es verdad? Tú viste ¡oh dicha que yo envidio! viste
abrirse sus ojos de águila interrogando á la vida, viste cómo su frente
buscaba el calor de tu seno, viste nacer su bella alma... Pues bien, es
tu hijo también, tuyo como mío... ¡Oh! he sufrido mucho, te lo juro;
bien castigado estoy... El día en que me dijeron que el niño se había
perdido, creí que deliraba. No te exagero, ya te lo habrán dicho. No
pude decir más que estas palabras: «¡Perdido mi hijo!» Pero caí al
suelo como muerto. ¡Pobre niño! ¡Cuando pienso en ello!... Estaba
jugando entre las rosas. ¿No es verdad? ¡Oh recuerdos que atormentan!
Juzga si habré sufrido. Pues bien, no cometas una maldad peor que la
mía; no manches esa alma pura y divina. ¡Oh! si sientes latir en tu
pecho un corazón...
GUANHUMARA.--No tengo corazón: me lo arrancaste tú.
JOB.--Bien, quiero morir en este oculto sepulcro; pero no por su mano.
[Ilustración: JOB.--_¡Regina!_]
GUANHUMARA.--El hermano mató aquí al hermano: el hijo matará aquí al
padre.
JOB (_arrastrándose de rodillas á los piés de su enemiga_).--Concede
por Dios otra muerte á mi miseria; te lo ruego.
GUANHUMARA.--¡Ah! ¡maldito! Yo también te rogaba de rodillas,
golpeándome el desnudo seno, loca y desesperada. Recuérdalo bien:
al levantarme grité en mi despecho: ¡Soy corsa y me vengaré! Y tú
te reíste de mi amenaza, y rechazándome con el pié, me contestaste
fieramente: «Véngate si puedes.» Pues bien, puedo vengarme, me vengo.
JOB.--Mi hijo no te ha agraviado en nada. ¡Perdón! (_Llorando._) Piensa
en que te amaba y estaba celoso.
GUANHUMARA.--¡Calla! Es cosa impía que entre tantos crímenes te atrevas
á invocar el sagrado nombre de amor. Y bien, devuélveme mi amor,
fratricida.
JOB (_levantándose con sombría resignación_).--¿Sabe Otberto que ha de
matar á su padre?
GUANHUMARA.--No. Por salvar á Regina, sin saber tu verdadero nombre,
herirá en la sombra.
JOB.--¡Otberto! ¡Oh lamentable noche!
GUANHUMARA.--Sabe lo que un verdugo, que castiga á un criminal, y nada
más. Muere encubierto, no hables. Si lo quieres así, te lo permito.
(_Se quita el negro velo y se lo tira._)
JOB (_recogiéndolo_).--Gracias.
GUANHUMARA.--Oigo pasos. Encomiéndate á Dios. Es él. Me retiro; pero lo
oiré todo. Tengo á Regina en mi poder. Daos prisa en acabar.
(_Sale por el fondo en la dirección que llevó el ataúd._)
JOB.--¡Dios justo!
(_Cae de rodillas ante el banco de piedra, se cubre la cabeza con el
velo y permanece inmóvil en actitud de orar. Entra por la derecha
de la galería un hombre vestido de negro y enmascarado como los
otros, trayendo en la mano una antorcha. Hace una seña para que
éntre alguien que le sigue y aparece Otberto pálido, descompuesto,
extraviado. El guía se retira en silencio._)
ESCENA III
JOB, OTBERTO
OTBERTO.--¿Adónde me han conducido? ¿Qué sombrío lugar es este?
(_Mirando al rededor._) El enmascarado no está aquí ya. ¿Dónde estoy?
¿Será aquí? Me estremezco... Siento vértigo... (_Vislumbrando á
Job._) ¿Qué veo allá en la sombra?... Nada: la oscuridad me engaña.
(_Se adelanta y pone la mano en la cabeza de Job._) ¡Cielos! Es un
sér viviente. Me siento helado por el sudor del crimen. ¿Está aquí
el cadalso? ¿Es esta la víctima? Desgraciado Fosco, á quien he de
inmolar, ¿eres tú?... Contesta... Calla: es él. ¡Oh! Quienquiera que
seas, háblame. No te quiero mal, lo ignoro todo... ignoro por qué
permaneces inmóvil y por qué no te levantas airado y terrible ante mí.
Te soy desconocido como para mí lo eres tú. ¿Conoces á lo menos que mis
manos no se hicieron para esto? ¿Conoces que soy instrumento de fiera
venganza y de negro castigo? ¿Conoces á Regina, la amada mía, ángel que
es la luz de mi alma? Pues envuelta en un sudario, está aquí; muerta,
si flaqueo; viva, si mato. Tened piedad de mí, anciano. ¡Oh! habladme;
decidme que veis mi turbación y espanto y que me perdonáis vuestro
horroroso martirio. Una palabra de perdón, anciano, una sola. ¡Ah! se
me parte el corazón.
JOB (_se levanta y quita el velo_).--¡Otberto! ¡Hijo! ¡Hijo mío! (_Le
abraza._)
OTBERTO.--¡Ah! ¡Señor!
JOB.--Todo mi sér se iba hacia él; era insufrible tortura el silencio.
Soy un pobre anciano, flaco, abatido, triste, y no quiero morir sin
haberle abrazado. Ven á mi corazón. (_Le besa._) Deja, deja que te
vea. No lo creerás; aunque he tenido el placer de verte todos los
días por espacio de seis meses, no te he visto bien. (_Mirándole con
embriaguez._) ¡Es la primera vez! ¡Tan mozo!... veinte años. ¡Qué
hermoso es! Déjame que bese tu frente y que te contemple á mi sabor.
Hablabas ahora y yo guardaba silencio; pero tú mismo ignoras hasta qué
punto removían mis entrañas tus palabras. Otberto, encontrarás colgada
en mi aposento mi espada: te la doy. Y mi casco y mi pendón tantas
veces triunfante, también te los doy, hijo. Quisiera que pudieras ver
mi corazón y entonces verías cuánto te amo. ¡Bendito seas! ¡Dios mío!
colmadle de beneficios y largos días como á mí, pero menos amargos.
Señor, haced que tenga una vida tranquila, ilustre y pomposa, y que
numerosos hijos, buenos como su padre, sean el báculo de su vejez.
OTBERTO.--Señor...
JOB (_imponiéndole las manos_).--¡Cielos y tierra! Yo bendigo á
este mancebo en todo lo que ha hecho y en lo que haya de hacer. ¡Sé
feliz!... Ahora, Otberto mío, escucha: yo no soy ya ni padre ni rey: mi
familia está cautiva y mi castillo cayó. He debido entregarlo todo por
salvar Alemania. Pero debo morir... y me tiembla la mano... es preciso
ayudarme. (_Saca de la vaina el puñal de Otberto y se lo ofrece._) De
ti espero este supremo servicio.
OTBERTO (_horrorizado_).--¡De mí! ¿Sabéis que busco aquí mismo á
alguien?
JOB.--Á Fosco: soy yo.
OTBERTO.--¡Vos! (_Retrocediendo._) ¡Espectros que me rodeáis, demonios
que nos veis, es él! ¡es el anciano á quien yo amo, honro y respeto!
¡Piedad, compasión de los dos en esta hora suprema!... ¡Silencio
espantoso! ¡Dios mío, es el conde Job! ¡Oh! ¡Nunca, jamás levantaré la
mano contra ti, oh anciano venerable, semidiós del Rhin! tu cabeza es
sagrada.
JOB.--¡Ah! Es preciso, Otberto, que me allanes la entrada del
sepulcro. ¿He de decírtelo todo? Pues oye: soy un gran criminal. Tu
esposa en este mundo y tu hermana en el cielo, Regina, está aquí,
pálida, fría, siempre bella. Le prometiste hacerlo todo por ella,
salvarla, aunque tuvieras que dar en cambio tu alma á Satanás: así lo
prometiste. Pues bien, la muerte tiene levantado su maldito brazo sobre
Regina, y cada instante que pasa se condensan más y más sobre su vida
las sombras de la muerte. Cumple tu promesa; sálvala.
OTBERTO (_extraviado_).--¿Y creéis que debo salvarla á tanta costa?
JOB.--¿Puedes dudarlo? Aquí, yo, viejo condenado, á quien todo convida
á morir, más bien bandido que héroe, más bien gavilán que águila, cuya
vida impura y sanguinaria ha hecho bramar con frecuencia la ira de
Dios en el seno de las nubes; allí, inocencia, virtud, juventud, amor,
belleza; una mujer que ama, una niña que espera en ti. ¡Qué insensato
es el que duda y vacila aún entre el andrajo manchado y sin honor, y
la blanca túnica del ángel! Ella quiere vivir y yo morir. ¿Vacilas
todavía, cuando de un solo golpe puedes librarnos á los dos?
OTBERTO.--¡Santo cielo!
JOB.--Si nos amas, no vaciles más; hiere, hiéreme. San Segismundo mató
á Boleslao para librarle de una úlcera maligna y asquerosa. Y ¿quién lo
condena? Otberto, el remordimiento es la úlcera del alma: líbrame del
remordimiento.
OTBERTO (_tomando el puñal_).--Pero...
JOB.--¿Qué te detiene?
OTBERTO (_envainando el cuchillo_).--Me ocurre una idea espantosa. Vos
tuvisteis en vuestra vejez un hijo, que os robó una gitana. Lo habéis
dicho hoy... Y una mujer me robó siendo muy niño. ¡Si fuera yo aquel
hijo perdido! ¡Si fuérais vos mi padre!
JOB (_aparte_).--¡Cielos! (_Alto._) El dolor te extravía, Otberto. No,
tú no eres aquel niño: te lo aseguro.
OTBERTO.--Sin embargo, me llamáis hijo.
JOB.--La costumbre... y luégo es tan dulce esta palabra, porque... bien
sabes cuánto te amo.
OTBERTO.--Siento aquí una voz... (_En el corazón._)
JOB.--No, no.
OTBERTO.--Una voz que me dice...
JOB.--Esa voz te engaña.
OTBERTO.--¡Señor! ¡Señor! ¡Si fuera yo vuestro hijo!...
JOB.--No lo creas. Puedo probarte... ¿Qué quieres que haga? Unos judíos
mataron al niño en un festín, y me fué presentado su cadáver. ¿No te lo
he dicho esta mañana?
OTBERTO.--No.
JOB.--Sí, repasa la memoria. No, no eres tú mi hijo, Otberto; créeme.
Sin las pruebas que de ello tengo, á mí también pudiera haberme
ocurrido la misma idea. Me alegro que la hayas suscitado ahora para
arrancarla de tu corazón. Si cuando yo esté muerto, algún impostor te
dijere, para turbar tu conciencia, que Job era tu padre, no le dés
crédito. ¡Oh sería una infamia en él! No, no eres mi hijo, Otberto mío.
En la vejez suele perderse la memoria; pero la noche del sábado, bien
lo sabes tú, degüellan algún niño. Así murió mi Jorge. Tengo pruebas
de ello; tranquilízate, hijo mío... ¿Ves? Otra vez te llamo hijo...
la costumbre... Créeme; la lucha á mi edad es muy ruda. No dudes ni
vaciles, obedece sin temor. Ve como beso tu frente y estrecho contra
mi corazón la mano que va á herirme, y, sin embargo, quedará pura.
Reflexiona, Otberto. ¿Me prestaría yo á tan horrible misterio? Sería
preciso suponer... No es posible. En fin, yo te lo aseguro y debes
estar convencido ya de ello: no, no eres mi hijo.
LA VOZ (_en las sombras_).--Regina no puede esperar más de un cuarto de
hora.
OTBERTO.--¡Regina!
JOB.--¡Desgraciado! ¿Quieres que muera ella?