GUANHUMARA.--Te esperaré á media noche.

OTBERTO.--¿Dónde?

GUANHUMARA.--Frente la torre de la bandera negra.

OTBERTO.--Es un sitio pavoroso por donde nadie pasa. Dicen que la roca

conserva siniestra huella.

GUANHUMARA.--Un rastro de sangre que desde una ventana desciende por el

muro hasta la orilla del torrente.

OTBERTO (_con horror_).--¡Sangre!... Ya lo ves: la sangre mancha y

quema.

GUANHUMARA.--La sangre lava también y apaga la sed.

OTBERTO.--Ea, pues: manda á tu esclavo. ¿Á quién encontraré en el sitio

designado?

GUANHUMARA.--Á un encubierto, solo.

OTBERTO.--¿Qué más?

GUANHUMARA.--No hay sino seguirle.

OTBERTO.--En buen hora.

(_Guanhumara le arrebata el puñal y mirándole con ojos fulgurantes

exclama_:)

GUANHUMARA.--¡Oh Cielos! ¡oh profundidades sagradas! ¡triste serenidad

de las azules bóvedas! ¡Oh noche cuya tristeza tiene tanta majestad!

Y tú, que en mi largo destierro me acompañaste siempre, vieja argolla

de mi cadena, sedme testigos. Y vosotros, muros, torres, encinas que

derramáis sombras sobre los pasos del viajero, oídme: ¡Yo, yo condeno

á morir bajo este cuchillo vengador á Fosco, barón de los bosques, de

las rocas y de los llanos; sombrío como tú, noche; viejo como vosotras,

encinas!

OTBERTO.--¿Quién es Fosco?

GUANHUMARA.--El que ha de morir por tu mano. (_Le devuelve el puñal._)

Hasta media noche.

(_Sale por la galería del fondo sin ver á Job ni á Regina que entran

por el lado opuesto._)

OTBERTO.--¡Cielos!

ESCENA IV

OTBERTO, REGINA, JOB

(_Entra corriendo Regina y se vuelve luégo hacia Job, que la sigue

lentamente._)

REGINA.--Sí, sí; ya puedo correr. Ved, señor. (_Á Otberto preocupado._)

Somos nosotros, Otberto.

OTBERTO.--Condesa... Señor.

JOB.--Esta mañana sentía aumentarse mi melancolía; lo que el mendigo

nos dijo ayer, pasaba por mi cabeza á cada instante como un relámpago.

(_Á Regina._) Después pensaba en ti, á quien veía moribunda; en tu

madre, sombra triste que vaga entre nosotros. (_Á Otberto._) Cuando

de pronto entra en mi aposento esta niña, fresca, sonrosada, alegre...

Pero ¡qué milagro! Yo, al verla, río y lloro y vacilo. Vamos á dar las

gracias á Otberto, me dice. Vamos, contesto yo. Y hemos atravesado el

desierto castillo y...

REGINA.--Y vednos corriendo á los dos.

JOB.--Pero ¿qué misterio es éste? ¿Cómo se ha curado mi Regina? No me

lo ocultes. ¿Qué has hecho para salvarla?

OTBERTO.--Señor, todo se ha obrado por la virtud de un filtro, de un

secreto que me ha vendido una esclava de aquí.

JOB.--Esa esclava es libre. Le doy además cien libras de oro...

campos... viñas. Perdono á los condenados á muerte que gimen en este

burgo y concedo la franquicia á mil campesinos á elección de Regina.

(_Tomándolos de las manos._) Mi corazón está henchido de júbilo. Me

gusta veros así. Pero... (_Da unos pasos y queda pensativo._) Es

verdad... estoy maldito y solo y... soy viejo. ¡Oh dolor! Oculto vivo

en el castillo que habitan mis mayores, y aquí, taciturno, inmóvil,

triste, sombrío, miro pensativo en torno de mí y... ¡ay! ¡qué negro

me parece todo!... Tiendo á lo lejos la vista sobre Alemania y no veo

más que envidiosos, tiranos, verdugos, compitiendo en insensatez é

iniquidad. ¡Pobre país, empujado hacia el abismo por cien brazos...

caerá al fin en él; caerá, si Dios no envía algún gigante que le tienda

la mano! Me aflijo en esta consideración. Miro mi raza, mi casa, á mis

hijos... Y ¿qué veo? Odio, bajeza, procacidad... Hatto contra Magno;

Gorlois contra Hatto; ya bajo el lobo enseña los dientes el lobezno. Mi

raza me da miedo. Miro en mí mismo, en mi vida, y ¡oh Dios! palidezco

y tiemblo, pues cada recuerdo que evoco espantado, se reviste de

horrible aspecto al pasar ante mis ojos. Sí, todo es negro. Demonios

en mi patria, monstruos en mi familia y espectros en mi alma. Por

eso, cuando mi turbada vista que sigue la triple visión de esta triple

sombra, buscando la luz y á Dios, se levanta al fin, tengo necesidad

de veros cerca de mí como dos puros rayos, como dos apariciones en la

puerta del infierno, á vosotros, niños cuya frente brilla con tanta

claridad; á ti, bravo mozo, y á ti, casta doncella, que parecéis,

cuando convertís á mí los ojos, dos ángeles indulgentes inclinados

sobre Satanás.

OTBERTO.--Señor...

REGINA.--¡Por Dios!...

JOB.--Hijos, quiero estrecharos á los dos entre mis brazos. (_Á

Otberto._) Tu mirada es sincera; se reconoce en ti al caballero fiel á

su palabra, como el águila al sol, como el acero al imán... Todo lo que

este mozo ofrece, eso cumple. (_Á Regina._) ¿No es verdad?

REGINA.--Le debo la vida.

JOB.--Antes de mi caída, era yo como él: grave, puro, casto y bien

templado como una virgen, como una espada. (_Va á la ventana._) ¡Ah!

Este aire es grato, el cielo sonríe y el sol alienta. (_Volviendo._)

Regina mía, este noble semblante (_Indicando á Otberto_) me recuerda á

un niño... mi último hijo. Cuando Dios me lo dió, me creí perdonado.

Pronto hará veinte años. Un hijo en mi vejez. ¡Qué dón del cielo! Sin

cesar iba á su cuna y hasta cuando estaba durmiendo le hablaba muchas

veces, porque los viejos nos volvemos niños. Por la noche le sentaba

en mis rodillas y... te hablo de un tiempo... tú no habías nacido

aún. Aunque apenas tenía un año, balbuceaba ya graciosamente algunas

palabras; tenía mucha inteligencia y me conocía muy bien. Y reía; y

cuando le veía reir yo, ¡pobre anciano, sentía un sol en el corazón! Yo

quería hacer de él un valiente, un vencedor: habíale puesto el nombre

de Jorge. Un día... ¡amargo recuerdo! estaba el niño jugando en el

campo y... ¡Oh! cuando seas tú madre, no pierdas de vista nunca á tus

hijos... ¡Me lo robaron! Unos judíos, una gitana... ¿Para qué? ¡Horror!

¡Para degollarlo en sus aquelarres! Lloro desde hace veinte años, como

desde el primer día. ¡Ah! ¡Le amaba tanto!... Era mi reyezuelo; yo

estaba loco, ebrio con él, y sentía en mí todo lo que siente un alma

abierta al cielo, cuando sus manecicas tocaban mi blanca barba. No he

sabido más de él y... el corazón se me parte. Ahora tendría tu edad y

tu hermosa frente y sería inocente como tú. ¡Oh! sí. Á veces digo para

mí, cuando te miro: «¡Es él!» (_Le abraza. Guanhumara aparece en el

fondo y observa con cautela._) Por un milagro extraño y piadoso á la

vez, tu candor, tu porte, tus ojos, tu voz, todo en ti, recordándome

aquel hijo perdido, hace que lo tenga presente y que no lo olvide. Sé

tú mi hijo.

OTBERTO.--Señor...

JOB.--Sí, sé mi hijo. Tú, honrado mozo, de oscuro linaje, ya lo sé,

y huérfano, pero gran corazón que persigue una noble quimera, ¿sabes

lo que quiero decirte cuando te digo que seas mi hijo? Pues quiero

decirte... escuchad los dos... que pasar el día al lado de un pobre

anciano ya á las puertas del sepulcro, y vivir como en prisión desde la

mañana hasta la noche, cuando la moza es bella y buen mozo el galán,

sería odioso y hasta fuera del orden natural, si no pudieran por encima

del anciano, que bien comprende el juego, mirar y sonreir y hacerse

alguna seña. Y digo que el anciano es sensible á vuestro amor; que veo

con buenos ojos que os amáis, y os echo la bendición.

REGINA y OTBERTO (_con júbilo_).--¡Ah!

JOB.--Yo quiero acabar de curarte. Tu madre era sobrina mía, y al morir

te dejó bajo mi guarda y cuidado. ¡Ay! he visto desaparecer como ella

siete hijos, los más valientes acaso; Jorge mi último hijo, mi última

mujer y todo lo que amaba. Estos pesares guarda el tiempo á los que

viven mucho... Tú, á lo menos, sé feliz. Hijos, yo os uno en el amor,

porque Hatto... Hatto deshojaría mi pobre flor querida. Cuando estaba

para espirar tu madre, le dije: Muere en paz, tu hija es ya mi hija, y

si fuere menester daría mi sangre por ella.

REGINA.--¡Oh! ¡Padre mío!

JOB.--Se lo juré. (_Á Otberto._) Tú, hijo, vé, crece, pelea. No tienes

nada, pero yo te daré en dote mi feudo de Kammerberg, dependiente de mi

burgo de Heppenheff. Vé, pues, como fueron Nemrod, César, Pompeyo...

Yo de mí sé decir que tengo dos madres: mi madre natural y mi espada;

soy bastardo de un conde, pero hijo legítimo de mis hazañas. Hay que

hacer lo que yo hice... (_Aparte._) ¡Ah! Menos mi crimen. (_Alto._)

Hijo, sé valiente y honrado. Hace ya tiempo que llevo entre cejas este

casamiento. Bien puede emparentar el franco arquero Otberto, con Job,

franco caballero. Tú dirías para ti: Siempre he de ser ¡qué vergüenza!

el perro del viejo león, el paje del anciano conde, sujeto á su lado

mientras viva. No; te quiero mucho, hijo; mas por ti, no por mí. ¡Oh!

los viejos no son tan malos como se cree. Ea, arreglemos esto. Yo le

temo á Hatto. ¡Silencio! Nada de rompimiento aquí; saldría á relucir

el puñal. (_Bajando la voz._) Mi palacio se comunica con los fosos

del castillo, y yo tengo las llaves. Esta noche, con buena escolta,

partiréis los dos: lo demás te toca á ti.

OTBERTO.--Pero...

JOB (_sonriendo_).--¿Rehusas?

OTBERTO.--¿Cómo he de rehusar, señor, si me ofrecéis el paraíso?

JOB.--Entonces, haz lo que te digo. ¡Mucha reserva! Y luégo á la puesta

del sol huyes, y quedo yo al cuidado de evitar que te persiga Hatto, y

os casaréis en Caub. (_Guanhumara, que lo ha oído todo, sale._) Ahora,

hijos míos, decidme que sois felices. Yo voy á quedarme solo...

REGINA.--¡Padre mío!

JOB.--¿Qué será de mí cuando hayáis partido, cuando mis males me

abrumen otra vez? Porque, blanca paloma, después de un momento de

alivio, el peso recae sobre mí otra vez. (_Á Otberto._) Gunther, mi

capellán, os seguirá de cerca, y espero que todo salga á pedir de

boca. Después volveréis á verme un día. No lloréis... dejadme entero

mi valor. Sois felices y... cuando se ama á vuestra edad, ¿qué importa

un anciano? ¡Ah! Tenéis veinte años; yo... Dios no puede querer que yo

padezca ya mucho. (_Á Otberto._) Conque esperadme aquí. Tú conoces bien

la puerta ¿eh? Voy á traerte las llaves.

(_Sale por la puerta de la izquierda._)

ESCENA V

OTBERTO, REGINA

OTBERTO.--¡Santo cielo! Todo se confunde en mi turbado espíritu. ¡Huir

con Regina, huir de este siniestro burgo!... ¡Oh! si estoy soñando,

no me despertéis, por piedad. ¿Conque es verdad, alma mía, que me

perteneces? Huyamos sin aguardar á la noche; huyamos desde luégo. ¡Ah!

¡Si pudieras tú saber!... Allá el edén radiante... detrás de mí el

abismo. Huyo hacia la felicidad; huyo delante del crimen...

REGINA.--¿Qué estás diciendo?

OTBERTO.--No, no temas nada; huiré... Pero mi juramento ¡gran Dios!

Regina, he jurado... ¿Qué importa? Huiré, me escaparé... Dios mío,

juzgadme. Ese anciano es tan bondadoso como augusto, y debo obedecerle

en todo. Ven, partamos: todo nos favorece y nada puede impedir nuestra

fuga.

(_Durante estas últimas palabras Guanhumara ha vuelto por la galería

del fondo conduciendo á Hatto que ve á los amantes abrazados. Hatto

hace una seña y se acercan tras él los príncipes, burgraves y

soldados. El marqués les indica los amantes, los cuales no echan de

ver nada en su amoroso éxtasis. Al volverse Otberto para salir con

Regina, se alza el celoso Hatto ante él. Guanhumara ha desaparecido._)

[Ilustración]

ESCENA VI

OTBERTO, REGINA, HATTO, MAGNO, GORLOIS, los BURGRAVES, los PRÍNCIPES,

GIANNILARO, SOLDADOS, luégo el MENDIGO, luégo JOB

REGINA.--¡Hatto!

OTBERTO.--¡Ah!

HATTO.--Arqueros, prended á este hombre y á esta mujer.

OTBERTO (_sacando su espada y teniendo á raya á los

soldados_).--Marqués Hatto, sé que eres un infame, un traidor, un impío

abominable y bajo. Quiero saber ahora si se encuentra en tu corazón

el miedo, fango vil que deja siempre el vicio. Sospecho que eres un

cobarde, y que todos estos señores, mejores que tú, van á tener ocasión

de verlo. Yo represento aquí, por su elección soberana, á Regina,

doncella noble y condesa del Rhin, que á ti te rechaza y me ama á mí.

Hatto, yo te desafío á pié con toda suerte de armas, en campo cerrado,

sin dilación, sin cuartel, á cara descubierta, á la orilla del río,

á donde se arrojará al vencido. Mata ó muere. (_Regina cae desmayada

y se la llevan sus doncellas. Otberto corta el paso á los arqueros

que intentan acercársele otra vez._) ¡Cuenta con dar un paso! Hablo á

estos señores. Escuchad todos, duque de Turingia, pendragón de Bretaña,

barones y marqueses y burgraves, yo abofeteo á vuestra vista á este

barón é invoco aquí para castigarlo el derecho de franco arquero ante

vosotros.

(_Tira su guante al rostro de Hatto. Entra el Mendigo y se confunde

con los circunstantes._)

HATTO.--Te he dejado hablar, y sabe Dios que mi espada tiembla aún en

su vaina. Ahora te digo: ¿quién eres tú,... tan bravo? ¿Eres hijo de

rey, duque, conde ó margrave para que así te atrevas á retarme? Dime

siquiera tu nombre. Pero ¿lo sabes tú tampoco? Te llamas el arquero

Otberto. (_Á los señores._) Miente. (_Á Otberto._) Mientes. Tu nombre

no es Otberto. Yo voy á decirte de dónde vienes y lo que vales. Tu

nombre es Yorghi Spadaceli. No eres ni siquiera hidalgo. Tu abuelo era

corso y eslava tu madre. Mira si te conozco: eres un vil falsario,

esclavo é hijo de esclava. ¡Atrás! (_Á los otros._) Si alguno de

vosotros quiere batirse por él, acepto el desafío, á brazo partido,

aquí, en la avenida, puñal en mano y á pecho descubierto. Pero, tú,

vil aventurero, escapado de los hierros, vé á tirar tu guante á los

criados.

(_Le da con el pié al guante de Otberto._)

[Ilustración: OTBERTO.--_Marqués Hatto, sé que eres un infame, un

traidor, un impío..._]

OTBERTO.--¡Miserable!

EL MENDIGO (_á Hatto_).--Marqués, tengo noventa y dos años, pero yo os

haré frente. Una espada.

(_Tira su báculo y toma una espada de una panoplia._)

HATTO (_riéndose_).--Faltaba un bufón á este paso de comedia, y aquí

está ya, señores. ¿De dónde sale tan digno defensor? Hemos pasado del

gitano al mendigo. ¿Tu nombre?

EL MENDIGO.--Federico de Suabia, emperador de Alemania.

MAGNO.--¡Barbaroja!

(_Asombro y estupor. Apártanse todos formando una especie de círculo

al rededor del Mendigo, que saca de entre sus andrajos una cruz

pendiente de su cuello y la levanta con la mano derecha teniendo la

otra sobre la espada hincada en el suelo._)

MENDIGO.--He aquí la cruz de Carlomagno. (_Pausa._) Yo, Federico, señor

del monte en que nací, rey electo de los romanos, emperador coronado,

rey de Borgoña y de Arlés, portaestandarte de Dios, profané el sepulcro

en que duerme Carlomagno. Pero hice penitencia; he pasado veinte años

en el desierto orando y gimiendo de rodillas, viviendo del agua del

cielo y de las yerbas de las rocas. Fantasma de que huían con espanto

hasta los pastores, el mundo entero me ha creído entre los muertos.

Pero oigo la voz de mi patria que me llama y salgo de las sombras á

que voluntariamente me había desterrado. Tiempo es ya de levantar la

cabeza. ¿Me reconocéis?

MAGNO (_acercándose_).--Tu brazo, César.

MENDIGO.--¡Ah! ¿buscas la marca del hierro candente que me hizo uno de

vosotros? Hela aquí.

(_Presenta el brazo á Magno, que lo examina atentamente._)

MAGNO.--La verdad me obliga á declarar aquí que, en efecto, es el

emperador Federico Barbaroja.

(_El estupor sube de punto; el círculo se ensancha. El emperador

apoyado en la espada les dirige á todos una mirada terrible._)

EL EMPERADOR.--En otro tiempo me oíais andar por estos valles, cuando

la espuela de oro sonaba en mis talones. ¿Me reconocéis, burgraves?

Soy el que subyugó Europa é hizo renacer la Alemania de Otón; el que

eligieron por juez soberano como buen emperador y buen caballero tres

reyes en Marseburgo y dos papas en Roma, y dió, tocando sus frentes con

el cetro de oro, la corona á Suenon, á Víctor la tiara; el que derribó

el viejo trono de Herman y venció sucesivamente, en Tracia y en Icona,

al emperador Isaac y al califa Arslan; el que obligando á Pisa, á Milán

y á Génova, y ahogando guerras, gritos, furores, viles traiciones, tomó

en su amplia mano la Italia de cien ciudades... Él es quien os habla,

surgiendo ante vosotros. (_Da un paso y todos retroceden._) Yo supe

juzgar á los reyes y batir á los lobos; hice ahorcar á los jefes de las

siete ciudades de Lombardía, derrotando las diez mil alabardas que me

opuso Alberto el Oso; mis huellas están en todos los caminos; desmembré

con mis manos á Enrique el León, le arranqué sus ducados, le arranqué

sus provincias, y después hice con sus despojos catorce príncipes. En

fin, con mis dedos de bronce y por espacio de cuarenta años desmenucé

piedra á piedra vuestros castillos del Rhin. ¿Me reconocéis ahora,

bandidos? Vengo á deciros que veo con dolor los males del imperio; que

voy á borraros del número de los vivientes y á aventar vuestras infames

cenizas. (_Volviéndose á los arqueros._) Vuestros soldados me oirán.

Son míos y cuento con ellos, que antes de ser de la vergüenza, eran

de la gloria, y á mí me servían antes que llegaran tan desdichados

tiempos. Muchos de ellos se acordarán de su antiguo emperador. ¿No

es verdad, veteranos? ¿No es verdad, camaradas? (_Á los burgraves._)

¡Ah! ¡Incrédulos, traidores, opresores de pueblos! Mi muerte os hace

renacer. Pues bien, tocad, ved, oíd: soy yo. (_Anda á paso largo por

en medio de ellos, que se apartan ante él._) Sin duda creéis ser

caballeros. Nosotros, diréis, somos hijos de los grandes barones y

caballeros, y por consiguiente, lo somos. ¡Lo sois! Vuestros padres,

siempre orgullosos, luchaban con nobleza, se ponían en marcha, saltaban

los puentes cuyo arco se les destruía, arrostraban el ataque de los

piqueros, lo mismo que al escuadrón, hacían frente á todo un ejército,

sosteniendo la campaña, y para tomar un castillo sólo necesitaban una

escala ó una cuerda de nudos que balanceaba en el abismo á aquellos

guerreros más bien demonios que hombres. Si alguien condenaba tales

asaltos nocturnos los capitanes desafiaban al emperador á la luz del

día en la llanura y esperaban de pié, uno contra veinte, á que saliera

el sol y el emperador viniera. Así es cómo ganaban tierras, castillos,

ciudades; de tal modo que, después de treinta años de guerra, cuando

se buscaba con la vista á los que hicieran tales hazañas, los pequeños

eran duques y los grandes, reyes. Vosotros, como los chacales y

los quebrantahuesos, ocultos entre los matorrales, viles, mudos,

acurrucados, con el puñal en la mano, á orilla de un camino, temiendo

que un perro os muerda, espiáis en las sombras de la noche el paso de

un viajero ó el cascabel de una mula, y salís ciento para sorprender

á un hombre solo. Dado el golpe, huís apresuradamente á vuestras

madrigueras. ¡Y os atrevéis á nombrar á vuestros padres! Vuestros

padres, audaces entre los más fuertes, grandes entre los más nobles,

eran conquistadores; vosotros sois facinerosos. (_Los burgraves bajan

la cabeza con despecho._) Si tuviérais corazón, si tuviérais alma, os

dirían: Sois en verdad infames. ¿Qué momento elegís, señores barones,

para hacer tan cobardemente ese oficio de bandidos? ¡La hora en que

espira nuestra Alemania! ¡Oh ignominia! ¡Hijos malvados! saqueáis á la

madre en la agonía. Anegada en llanto, alza los brazos al cielo, y os

dice con voz débil: ¡Malditos seáis! Lo que ella os dice en voz baja,

yo os lo digo en alta voz: ¡Malditos seáis! Yo soy vuestro emperador,

no vuestro huésped, y entro desde hoy en el ejercicio de mis derechos

para castigaros. (_Ve á los burgraves Platón y Gilisa y se va derecho

á ellos._) Marqués de Moravia y marqués de Lusacia ¡vosotros á orillas

del Rhin! ¿Es este vuestro sitio? Mientras estos bandidos os festejan,

se oyen relinchar caballos hacia el Oriente, y las hordas de Levante

están á las puertas de Viena. ¡Á las fronteras, señores! Acordaos de

Enrique el Barbudo, y de Ernesto el Acorazado. Nosotros guardamos la

almena; guardad vosotros el foso. (_Á Giannilaro._) Y tú, Giannilaro,

¿qué vienes á hacer aquí? Tu cara me repugna. Vuelve á Génova, genovés.

(_Al pendragón de Bretaña._) ¡Cómo! ¡Bretones también! ¿Qué quiere el

señor Other? ¡Todos los aventureros del mundo se han dado cita aquí!

(_Á Platón y á Gilisa._) Los margraves pagarán cien mil marcos de

multa. (_Á Lupo._) Tan joven, como perverso. Tú no eres ya nada: queda

libre tu ciudad. (_Á Gerardo._) La condesa Isabel perdió su condado: el

ladrón eres tú, duque de Turingia. Vete á Basilea, donde convocaremos

la cámara imperial. Allí, públicamente, andarás camino de una legua

llevando á cuestas á un judío. (_Á los soldados._) Devolved la libertad

á los cautivos y que ellos con sus propias manos pongan sus cadenas

al cuello de los burgraves. (_Á estos._) ¡Ah! Vosotros no esperabais

este fin de fiesta. Con el vaso en la mano cantabais al amor, alegres y

dichosos, clavabais las uñas en vuestra presa, desgarrabais á mi pueblo

y os repartíais su carne y sangre... De repente, el vengador indignado

aparece en el antro inaccesible... el emperador pone el pié en vuestra

fortaleza y el águila viene á posarse en medio de los buitres.

(_Todos parecen poseídos de terror. Job ha entrado y se ha confundido

silenciosamente entre los caballeros. Sólo Magno escucha al emperador

sin turbación, y mirándole ahora de arriba abajo dice con expresión

de alegría y furor_:)

MAGNO.--Sí, es él... ¡Vivo! (_Ábrese paso con ademán formidable entre

caballeros y soldados y va al fondo, baja de un salto la escalera de

seis gradas y grita con voz tonante en las almenas de la galería_:)

¡Triplicad los centinelas! ¡Al torreón los arqueros! ¡Los honderos

á los muros! ¡Armad la catapulta! ¡Mil hombres á la quebrada! ¡Mil

hombres á las almenas! ¡Soldados! ¡Corred al bosque, arrancad granito

y árboles y en este monte que da terror al mundo haced un patíbulo

digno de un emperador! (_Bajando._) Él mismo se ha entregado, y queda

preso en sus mismas redes. (_Cruza los brazos y mira al emperador

con insolencia._) ¡Te admiro! Pero ¿dónde están los tuyos? ¿Dónde

los secuaces del imperio? ¿Oiremos sonar pronto tus clarines? ¿Vas á

sembrar en las ruinas de este castillo sal como en Lubeck, ó cáñamo

como en Pisa? Estás solo, César, no tienes ya ejército. Sé que sueles

hacerlo así, que solo y con la espada en la mano, rompiendo una

puerta y anunciando tu nombre, tomaste á Tarso y á Cori; y un paso,

un grito te bastó para forzar á Génova, á Utrecht y á Roma; Iconio

cedió á tu poder, y la Lombardía tembló cuando á tu soplo infernal

vió estremecerse en Milán el árbol de las hojas de hierro. Todo

esto sabemos; pero ¿sabes tú quiénes somos nosotros? (_Indicando

los soldados._) Hace poco hablabas á esos hombres y les decías:

_¡Veteranos! ¡Camaradas!_... Ni uno se ha movido. Y es que aquí no

tienes nada; á mi padre temen y aman y obedecen, porque son del conde

Job, antes que de Dios mismo. Sólo el huésped, César, sólo el huésped

es sagrado para el bandido; y tú no eres nuestro huésped: tú mismo lo

has dicho. (_Indicando á Job._) Escucha, este anciano que aquí ves, es

mi padre. Él fué quien te marcó con el hierro, y se te conoce mejor por

las marcas de la humillación que por el óleo sagrado que se borró ya en

tu frente. El odio entre los dos es tan viejo como vosotros mismos. Tú

pusiste á precio su cabeza y él puso á precio la tuya. Aquí la tiene

ya. Solo y desnudo estás entre nosotros. Federico de Hohenstaufen,

míranos bien á todos. ¡Eres digno de lástima! Antes de haber entrado en

este círculo de hierro, más te valiera entrar en una cueva de tigres y

leones, allá en África.

(_Mientras ha hablado Magno, se ha ido estrechando el círculo de

burgraves en torno del emperador. Detrás de los burgraves, ha venido

á colocarse triple línea de soldados, armados hasta los dientes, por

encima de los cuales se alza la bandera del burgo, mitad roja y mitad

negra, con un hacha bordada de plata en campo de gules y esta leyenda

debajo_: MONTI COMAM, VIRO CAPUT. _El emperador, sin retroceder

un paso, los tiene á raya. De repente algunos burgraves sacan sus

espadas._)

CADWALLA.--¡César! ¡Devuélvenos nuestras fortalezas!

DARÍO.--¡Devuélvenos nuestros burgos, César!

HATTO.--¡Nuestros amigos por ti sacrificados!

MAGNO (_empuñando su hacha_).--¡Has salido del sepulcro! Pues bien, yo

te hundiré en él de nuevo. ¡Tiembla, tiembla, insensato, que amenazabas

nuestras cabezas!

(_Los burgraves con las espadas levantadas dan gritos formidables.

Sale Job de entre ellos y levanta la mano. Todos callan._)

Dramas (1 de 2): Hernani; El Rey se divierte; Los Burgraves · 第 17 / 19 段