voy, como ciego fantasma, al fin propuesto: tengo sed de sangre.
¿Qué me pides tú? ¿Que tenga piedad, que salve á los vivos? Me río
pensando en ello. Dices que tienes necesidad de mí. ¡Qué imprudencia!
¿Y si helando de espanto tu corazón yo te dijera á mi vez que tengo
necesidad de ti? ¿Y si te dijera que te he criado para mis proyectos y
que retrocedo ante tu inocencia? Retrocede tú, pues, ante mi soledad
y desventura. Acabo de contarte mi historia. ¡Qué infamia! Pero sólo
mataron al amante; la mujer... era yo. El asesino vive aún, y tú puedes
servir á mi designio. ¡Oh! ¡cuánto tiempo he gemido! Toda el agua
de las nubes ha caído sobre mi cabeza y he llegado á ser horrible y
formidable á fuerza de sufrir. Sesenta años he vivido de lo que causa
la muerte, del dolor; hambre, miseria, destierro, abatían mi frente;
he visto el Nilo, el Indo, el Océano, la tempestad, y las inmensas
noches de los polos; se han marcado en mis carnes duras argollas de
hierro; veinte amos diferentes me han echado á latigazos, miserable,
enferma. Ahora todo acabó: ya no tengo nada de humano, ni siento nada
aquí. (_Llevándose la mano al corazón._) Soy una estatua y habito una
tumba. Un día del mes pasado llegué entre dos luces á este castillo
perdido y aún me admiro de que al rumor del huracán no oyeran mis piés
de mármol en este suelo fatal. Pues bien, yo, cuyo odio nunca duerme,
hoy, si quisiera, tendría en mis manos á mi enemigo: le tengo... basta
que marque su hora con una sola palabra para que vacile, y con un solo
paso, para que muera. ¿He de repetirlo? Tú eres el único que puedes
facilitarme la venganza que quiero. Pero al llegar á este momento
fatal me he dicho: No, no, sería horrible. Yo, próxima al infierno, me
siento vacilar. No vengas á tentarme; porque si entráramos en tratos
semejantes, te contaría cosas horribles. Dime ¿querrías sacar de la
vaina tu puñal? ¿Querrías ser asesino, verdugo? ¡Te estremeces! ¡Débil
corazón y débil brazo! Vete y déjame en paz.
OTBERTO (_bajando la voz_).--¿Qué exigirás de mí?
GUANHUMARA.--Guarda, guarda tu inocencia: márchate.
OTBERTO.--Por salvarla daría toda mi sangre.
GUANHUMARA.--Vete.
OTBERTO.--Hasta cometería un crimen.
GUANHUMARA.--Me tienta... ya veis que me tienta. Pues bien, te cojo
la palabra. Vas á pertenecerme. En adelante, suceda lo que quiera, no
pierdas el tiempo en rogarme. Mi alma está llena de sombras y el ruego
se pierde en estas tinieblas. Ya te lo he dicho: no tengo piedad ni
remordimiento, á no ver vivo al que ví muerto, á Donato á quien tanto
amé. Y ahora escucha, te advierto al principio de este horrible camino
por la última vez. Todo te lo he dicho. Es preciso matar á alguien,
matar como en el cadalso, sin piedad ni perdón, á quien yo quiera y
cuando quiera.
OTBERTO.--Prosigue.
GUANHUMARA.--Cada soplo que pasa empuja á Regina al sepulcro. Sin mí
moriría irremisiblemente: yo sola puedo salvarla. Toma este pomo. Beba
de él una gota cada noche y vivirá.
OTBERTO.--¡Gran Dios! ¿No me engañas? ¿Vivirá?
GUANHUMARA.--Escucha: si por virtud de este licor, la ves venir mañana
á ti, como un ángel resucitado, con la luz de la salud en los ojos y la
alegría en el corazón ¿me pertenecerás?
OTBERTO.--Dicho está.
GUANHUMARA.--Júralo.
OTBERTO.--Te lo juro.
GUANHUMARA.--La misma Regina me responderá de ti... ella pagaría tu
perjurio. Bien lo sabes; conozco de antiguo esta morada, sé todos sus
secretos y á todas horas puedo entrar en ella.
OTBERTO.--¿Dices que con ese licor se salvará?
GUANHUMARA.--Sí; piensa en tu juramento.
OTBERTO.--¿Se salvará?
GUANHUMARA.--Sí. Pero piensa en que ha de pertenecerme tu alma.
OTBERTO.--Dame ese licor y tómala.
GUANHUMARA (_Entregándole el pomo._)--Hasta mañana.
OTBERTO.--Hasta mañana. (_Sale la vieja._) ¡Gracias, mujer!
Cualesquiera que sean tus proyectos, aceptados están, á trueque de
salvar á Regina. Pero huyamos de aquí. (_Deteniéndose en la puerta
falsa._) ¡Oh! ¡Trágueme el infierno; pero... viva ella!
(_Entra precipitadamente por la puertecita que cierra tras sí. Entre
tanto óyense por el lado opuesto cantos y risas que al parecer se
acercan, y luégo se abre la puerta principal de par en par._)
(_Entran con ruidosa alegría los príncipes y burgraves conducidos por
Hatto, coronados de flores, vestidos de seda y oro y con los vasos
del festín en la mano. Hablan, beben y ríen por grupos, por entre los
cuales circulan pajes con ánforas de vino, jarros de oro para el agua
y bandejas cargadas de fruta. En el fondo partesaneros silenciosos é
inmóviles. Músicos, trompetas, clarines, heraldos de armas._)
[Ilustración]
[Ilustración]
ESCENA V
LOS BURGRAVES
Hatto, Gorlois, el duque Gerardo de Turingia, Platón, Gilisa, Zoaglio
Giannilaro, noble genovés; Darío, Cadwalla; Lupo, muy joven, como
Gorlois. Otros burgraves y príncipes, personajes mudos; entre otros,
Uther, pendragón de los bretones, y los hermanos de Hatto y de Gorlois.
Algunas mujeres engalanadas. Pajes, oficiales, capitanes.
EL CONDE LUPO (_Cantando._)
_Frío es el invierno,_
_fuerte el aquilón_,
_y el cielo en los montes_
_la nieve cuajó._
_Mas ¿qué importa el frío_
_si es fuego el amor?_
_Estoy condenado,_
_mi madre murió,_
_y al cielo me llama_
_del cura el sermón._
_Mas ¿qué importa el cielo_
_do reina el amor?_
_Llamando á mi puerta_
_cerrada al temor,_
_Satán con sus diablos_
_también me llamó._
_Los diablos me lleven_
_con vino y amor._
GILISA (_mirando por la ventana lateral á Lupo_).--Conde, desde aquí se
ve la puerta del burgo y el camino que sube á él.
PLATÓN (_examinando el local_).--¡Qué desolación y qué vetustez!
GERARDO (_á Hatto_).--Diríase una habitación de espectros.
HATTO (_Indicando la puerta._)--Allí está mi abuelo.
GERARDO.--¿Solo?
HATTO.--Con mi padre.
PLATÓN.--¿Y qué has hecho para desembarazarte de ellos?
HATTO.--Harto vivieron ya. Ambos están locos. Más de dos meses hace que
el abuelo no habla: preciso es que al fin la vejez lo acabe, pues tiene
ya más de cien años... Ellos se han retirado... yo he debido ponerme en
su lugar.
GIANNILARO.--¿Pero lo cedieron de buen grado?
HATTO.--Casi, casi.
(_Entra un capitán._)
CAPITÁN (_á Hatto_).--Señor...
HATTO.--¿Qué ocurre?
CAPITÁN.--El platero judío Pérez no ha pagado aún su rescate.
HATTO.--Que lo ahorquen.
CAPITÁN.--Además, los mercaderes de Linz, cuyo miedo es grande, os
piden cuartel.
HATTO.--Saqueadlos. Es país conquistado.
CAPITÁN.--¿Y los de Rhens?
HATTO.--Saqueadlos también.
(_Sale el capitán._)
DARÍO (_á Hatto_).--Tu vino es excelente, marqués.
(_Bebe._)
HATTO.--¡Pardiez! Es de escarlata. La ciudad de Bingen, que me teme y
lisonjea, me envía todos los años dos toneles.
GERARDO.--Pero es mejor tu novia Regina.
HATTO.--¡Oh! Cada cual se contenta con lo que tiene.
GERARDO.--¡Parece que está enferma!
HATTO.--No es nada.
GIANNILARO (_bajo á Gerardo_).--Se está muriendo.
(_Entra un capitán._)
CAPITÁN (_bajo á Hatto_).--Mañana han de pasar por aquí unos mercaderes.
HATTO (_alto_).--¡Pues acechadlos! (_Sale el capitán. Hatto continúa
volviéndose á los príncipes._) Mi padre hubiera ido allá; yo me quedo
aquí. En otro tiempo se guerreaba; ahora nos divertimos; antes imperaba
la fuerza, ahora la astucia. El pasajero me maldecía, diciendo:
«Hatto y sus hermanos causan terror en ese sombrío castillo, palacio
misterioso rodeado de tempestades. Á los margraves y duques da festines
Hatto y hace que los príncipes convidados sean servidos por príncipes
cautivos.» Enhorabuena: la suerte es excelente. Me temen, me envidian,
me maldicen y yo me río. Mi castillo lo arrostra todo. De la vida,
hasta la hora de Satanás, hago yo un paraíso. ¡Como un cazador sus
perros, suelto yo mis bandidos y vivo tan contento! Es bella mi futura,
¿eh? Á propósito, ¿no te casas tú con la condesa Isabel?
GERARDO.--No.
HATTO.--Pues tú le tomaste su ciudad el año último prometiéndole tu
mano de esposo.
GERARDO.--No recuerdo... (_Riendo._) ¡Ah! sí; me lo hicieron jurar por
los Evangelios y... nada más. Dejo en libertad á la dama y conservo la
ciudad. (Ríe.)
HATTO (_Riendo._)--Y ¿qué dice á eso la dieta?
GERARDO (_Id._)--La dieta calla, que es no decir nada.
HATTO.--¿Y tu juramento?
GERARDO.--¡Bah!
(_Sigue riendo._)
(_En esto la puerta de la derecha se ha abierto dejando ver los
primeros peldaños de una escalera en que han aparecido dos ancianos,
el uno de más de sesenta años y el otro mucho más viejo. Los dos
visten camisa de hierro, espada al cinto y encima una cimarra blanca,
forrada de rico tisú, el uno, y el otro una gran piel de lobo,
cuyas fauces se ajustan á su cabeza.--Detrás del más viejo, de pié
é inmóvil, un escudero de larga y blanca barba, vestido de hierro,
y alzando por encima del anciano una bandera negra sin escudo.--En
la sombra, más adentro, se vislumbran otros dos escuderos vestidos
también de hierro como sus señores, y con barbas igualmente largas y
blancas. Estos escuderos traen en coginetes de terciopelo rojo los
dos cascos de los ancianos, grandes morriones de forma extraordinaria
cuyas cimeras figuran fauces de animales fantásticos.--Los dos
ancianos escuchan en silencio: el menos viejo apoya la barba en ambas
manos y estas en el mango de una enorme hacha de Escocia.--Otberto,
con los ojos bajos, está cerca del más viejo que apoya el brazo en su
hombro.--Los convidados no echan de ver la presencia de los nuevos
personajes._)
ESCENA VI
Los mismos, JOB, MAGNO, OTBERTO
MAGNO.--En otro tiempo, los juramentos que se hacían en la noble
Alemania, eran de acero, recios y lucientes como nuestra armadura, que
no se mellaba sin lucha ni batalla; con ella se medía la estatura de
un hombre; colgábala el noble á la cabecera de su cama, y aun mohosa
era buena y servía. Muerto el valiente, dormía en su fosa humilde,
cubierto con su juramento como con su armadura, y el tiempo que roe los
vestidos de los muertos, consumía aquella, nunca el juramento. Pero hoy
la fe, el honor y las palabras han tomado el nuevo giro de las modas
españolas. ¡Oropel! ¡Seda!... Un juramento con testigos ó sin ellos,
dura lo que un jubón, y á veces menos; se rompe pronto y no es ya sino
un harapo incómodo que se tira diciendo: ¡Moda vieja!
(_Todos se han vuelto con estupor al oir las palabras de Magno. Pausa
de imponente silencio._)
HATTO.--Señor...
MAGNO.--Mucho ruido estáis haciendo, muchachos. Dejad á los viejos
meditar en las sombras y el silencio. El resplandor de los festines
hiere nuestros severos ojos. Los viejos chocaban las espadas; vosotros,
gente moza, chocad los vasos; pero lejos de nosotros.
HATTO.--Señor... (_Viendo vueltos los retratos._) Pero ¿qué veo?
¿Quién, padre, ha tenido la audacia de volver los retratos?
MAGNO.--Yo.
HATTO.--¿Vos?
MAGNO.--Sí.
HATTO.--Pero, padre...
GERARDO (_á Hatto_).--Se chancea.
MAGNO.--Los he vuelto para que no vieran la vergüenza de mis hijos.
HATTO (_con cólera_).--Barbaroja castigó á su tío Luís por una afrenta
menos grave. Pues que se me tienta...
MAGNO (_con desdeñoso tono_).--Me parece que se ha hablado de
Barbaroja; me parece que se le ha alabado... ¡Que delante de mí no se
vuelva á pronunciar ese nombre!
LUPO (_riendo_).--¿Qué os ha hecho para proscribirle así?
MAGNO.--¡Oh, mayores nuestros! Permaneced velados. ¡Qué me ha hecho!
¿Quién habló así? ¿el condesillo de Mons? Baja las orillas del Rhin,
desde el lago hasta los Siete Montes, y cuenta los castillos derruídos
á una y otra margen. ¡Qué me ha hecho! Nuestras hermanas y nuestras
hijas cautivas; patíbulos imperiales levantados para cuervos y buitres,
sobre nuestros peñascos y con las piedras de nuestras torres; asaltos,
pillaje y carnicería, todo lo hemos sufrido... argollas y cadenas de
esclavitud al cuello de nuestros mejores caballeros... He aquí lo que
me ha hecho y lo que os ha hecho á vosotros. Treinta años bajo el
poder del César que triunfaba siempre, el incendio y el destierro, los
hierros, los jueces, los calabozos, los tormentos... Sí, todo esto
padecimos nosotros; como judíos, ¡gran Dios!, como esclavones pasamos
por aquella grande afrenta, por aquella gran victoria suya, y nuestros
degenerados hijos no saben esa historia. Todo cedía ante él. Cuando
Federico primero, enmascarado, pero cubierto de oro desde la cabeza
hasta los piés, surgiendo sobre una brecha inflamada, arrojaba su
guantelete á nuestro ejército, todo temblaba y todo huía de espanto.
Sólo mi padre un día cortándole el paso en un estrecho patio, con un
hierro candente le marcó el brazo derecho. ¡Oh recuerdos! ¡Oh tiempos!
Todo pasa y se desvanece. El rayo se apagó en nuestros ojos, los
barones cayeron, los burgos cubren de ruinas las llanuras, de todo
el bosque no queda más que un roble, y ese roble sois vos, ¡oh padre
venerado! ¡Barbaroja! ¡Mal haya su nombre aborrecido! Nuestros blasones
están ocultos bajo la yerba; el Rhin corre deshonrado entre ruinas.
Pero yo os vengaré, y esta será mi grandeza; sin tregua, sin piedad,
sin perdón, en él, si no ha muerto, y si murió, en su raza. Plegue
á Dios que antes de caer en el sepulcro se alivie mi corazón, ¡y no
muera antes de haberme vengado! Porque para tener en fin esta suprema
alegría, para salir de la tumba y caer sobre mi presa, para volver á
la tierra después de mi muerte, creed que he de hacer algún esfuerzo
execrable. Sí, quiera ó no quiera Dios, con la frente alta y firme el
corazón, quiero romper la puerta que me encierre, sea la del paraíso,
sea la del infierno, con este puño de hierro. (_Pausa._) ¿Qué he dicho,
anciano solitario?
(_Se abisma en su pensamiento. Poco á poco renace la alegría entre
los convidados, circula el vino y resuenan las risas. Los dos
ancianos parecen dos estatuas._)
HATTO (_bajo á Gerardo_).--La edad les ha turbado la razón.
GORLOIS (_bajo á Lupo_).--Un día estará mi padre como ellos y yo haré
lo que él.
HATTO (_á Gerardo_).--Pero todos nuestros soldados le son afectos y...
(_Gorlois y algunos pajes se han acercado á la ventana y miran
afuera._)
GORLOIS.--¡Ah! Padre, ven á ver á ese viejo de blanca barba.
LUPO (_corriendo á la ventana_).--¡Con qué lentitud sube la cuesta!
GIANNILARO.--Viene muy fatigado.
LUPO.--El viento silba en los agujeros de su capa.
GORLOIS.--Parece que pide hospitalidad en el castillo.
GILISA.--Algún mendigo.
CADWALLA.--Ó algún espía.
DARÍO.--¡Cuidado!
HATTO (_en la ventana_).--Echadme lejos de aquí á pedradas á ese
miserable.
LUPO, GORLOIS Y LOS PAJES (_tirando piedras_).--Afuera, perro, afuera.
MAGNO (_Como despertándose._)--¡Dios poderoso! ¡En qué tiempos vivimos!
¡Se echa y apedrea á un anciano que suplica! (_Encarándose con todos._)
En mi tiempo teníamos también nuestras locuras, nuestros festines y
canciones. Éramos al fin jóvenes. Pero cuando un anciano vencido por
la edad y por el hambre, venía á tender su yerta mano en medio de un
banquete, cesaba el vaniloquio y luégo al punto se le daba una buena
moneda y un buen vaso de vino. Después volvíamos á nuestro júbilo,
porque el anciano seguía confortado y alegre su camino. Por lo que
hacíamos nosotros, juzgad de lo que vosotros hacéis.
JOB (_enderezándose y tocando á Magno en el hombro_).--Callad, joven.
En mi tiempo, cuando bebíamos en nuestros festines cantando más recio
que vosotros al rededor de un buey entero puesto en una fuente de oro,
si sucedía que un anciano pasaba por la puerta, pobre, andrajoso y
suplicante, iba á buscarlo una escolta. Luégo que entraba, se tocaban
los clarines, se levantaban los barones, los mozos se inclinaban
sin hablar, sin cantar, sin sonreir siquiera, así fueran príncipes
del sacro Imperio; y los ancianos tendían la mano al desconocido
diciéndole: «¡Señor, bien venido seáis!» (_Á Gorlois._) Vé á buscar al
forastero.
HATTO (_inclinándose_).--Pero...
JOB.--¡Silencio!
GERARDO.--Excelencia...
JOB.--¿Quién se atreve á hablar, cuando yo he dicho «¡silencio!»?
(_Todos retroceden y callan. Gorlois obedece._)
OTBERTO (_aparte_).--¡Bien, conde! ¡Oh viejo león! contempla con
asombro á estos odiosos tigres que descienden de ti; pero si al fin te
hacen algún agravio, sacude tu melena y estremézcanse todos.
GORLOIS (_volviendo_).--Señor, ya sube.
JOB (_á los príncipes que permanecen sentados_).--¡De pié! (_Á
sus hijos._) ¡Á mi lado! (_Á Gorlois._) ¡Aquí! (_Á los heraldos y
trompetas._) Tocad como si entrara un rey.
(_Entra por la puerta del fondo un mendigo casi tan viejo como el
conde Job; su blanca barba le llega á la cintura. Viste túnica parda
con capucha y una capa también parda y derrotada. Trae descubierta la
cabeza, un rosario pendiente de la cuerda con que se ciñe, y calzado
de cáñamo, sin medias. Detiénese en el fondo apoyado en su nudoso
báculo. Los partesaneros le saludan y suenan de nuevo los clarines.
Guanhumara aparece en el piso superior y asiste á la escena._)
[Ilustración]
[Ilustración]
ESCENA VII
Los mismos, UN MENDIGO
JOB (_de pié en medio de sus hijos, al mendigo inmóvil_).--Quienquiera
que seáis ¿habéis oído decir que hay en el Tauno, entre Colonia y
Espira, sobre enormísima roca, un castillo, famoso entre todos los
castillos, y en él un burgrave, famoso entre todos los burgraves?
¿Sabéis que este príncipe sin leyes, cargado de atentados y de hazañas,
excluído del sacro Imperio por la dieta de Francfort, y de la santa
iglesia por el concilio de Pisa, aislado, excomulgado, pero de pié
todavía en su montaña y firme en su voluntad, persigue, provoca y bate
al conde palatino, al arzobispo de Tréveris, y que con pié seguro y
de sesenta años atrás, viene rechazando la escala del imperio puesta
en sus muros? ¿Sabéis que protege á todos los valientes, hace del
rico un pobre y del amo un esclavo y que por encima de los duques,
reyes y emperadores, á vista de Alemania, víctima y presa de ellos,
enarbola en su torre, como un reto de odio, cual fúnebre llamamiento á
los encadenados pueblos, una bandera negra, formidable girón siempre
agitado al soplo de las tempestades? ¿Sabéis que cuenta ya un siglo y
arrostrando la ira del cielo y del destino desde que se alzó sobre su
roca, ni la guerra arrancando los castillos, ni César furioso, ni Roma
omnipotente, ni el peso de los años, nada en fin, ha podido vencer, ni
domar al viejo titán del Rhin, Job el excomulgado? ¿Sabéis todo eso?
MENDIGO.--Sí.
JOB.--Pues estáis en casa de ese hombre. ¡Bien venido, señor! Yo soy
el que llaman Job el Maldito. Este es mi hijo... Estos los hijos de mi
hijo, que valen menos que nosotros. Así es engañada á menudo nuestra
esperanza. Ahora bien, tengo la vieja espada de mi difunto padre, por
mi espada un nombre terrible, y por parte de mi madre este castillo.
Nombre, espada y castillo, todo es vuestro, huésped mío. Ahora
habladnos libremente y en alta voz.
MENDIGO.--Príncipes, condes, señores, yo os saludo, y á vosotros
también, esclavos. Escuchadme: si todo es reposo en lo hondo de
vuestras almas, si meditando en lo pasado nada turba vuestros
corazones, puros, como el cielo es azul, vivid, reíd, cantad... si no
pensad en Dios. Mozos, ancianos de grandes y altos destinos, vosotros
coronados de flores, vosotros coronados de canas, si hacéis mal á la
faz del cielo, mirad adelante y sed prudentes. Son breves y dudosos
nuestros instantes: la vejez amaga á los unos; el sepulcro á los otros.
Así pues, gente moza, orgullosa de vuestro poder y fuerza, pensad en
los ancianos; y vosotros, ancianos, pensad en los muertos; sed, sobre
todo, hospitalarios: la hospitalidad es la más dulce ley. Cuando se
rechaza á un pasajero ¿se sabe á quién se rechaza? ¿Se sabe de dónde
viene? Sea sagrado el pobre para vosotros, siquiera seáis reyes. Á las
veces, Dios, que de un soplo arranca y barre los centenarios robles,
llena de acontecimientos, de relámpagos y truenos la mano que un
mendigo oculta bajo sus andrajos.
[Ilustración]
PARTE SEGUNDA
EL MENDIGO
LA SALA DE LAS PANOPLIAS
Á la izquierda una puerta. En el fondo una galería almenada que
permite ver el cielo. Paredes de basalto desnudas. Armaduras
completas en los pilares. Al levantarse el telón, el mendigo está de
pié en el proscenio, apoyado en su báculo y como poseído de dolorosos
pensamientos.
ESCENA I
EL MENDIGO, solo
Ha llegado el momento de dar este gran golpe. Todo podría salvarse;
pero es preciso arriesgarlo todo... ¿Qué importa, si Dios me ayuda?
¡Alemania! ¡oh patria mía! ¡cómo han degenerado tus hijos! y qué
maltratada te encuentras después de este largo destierro. Han matado á
Felipe, expulsado á Ladislao, envenenado á Enrique y vendido á Corazón
de León como hubieran vendido al mismo Aquiles. ¡Qué abatimiento tan
profundo! No hay ya unidad; se deshacen los nudos de los Estados.
Veo en este país, tierra de bravos cuando Dios quería, loreneses,
flamencos, sajones, moravos, franceses, bávaros... y... ni un solo
alemán. El oficio de cada uno es cómodo en verdad: el fraile canta,
predica el sacerdote, el paje lleva la lanza de su señor, el barón
saquea y el rey duerme. Los que no pillan no saben más que gemir,
y temblando como en tiempo de los emperadores sálicos, adorar un
relicario y besar santas reliquias. Son feroces, ó cobardes; viles ó
malvados. El conde palatino, como escudero trinchante tiene el primer
voto en el colegio de Tréveris, y lo vende; se desconoce la tregua
de Dios, y el rey de Bohemia, ¡un eslavo! es elector. Todos aspiran
á engrandecerse; por todas partes impera la fuerza, el horror, la
violencia. La reja del arado viéndose pisoteada, se transforma en
cuchilla; las hoces van á la guerra abandonando las mieses. El incendio
prende por doquiera: entonando sus cantares, todo gitano que pasa por
la puerta de una cabaña, oculta bajo su capa su pedernal y eslabón. Los
vándalos han tomado á Berlín. ¡Ah, qué cuadro! Los paganos en Dantzig,
los mogoles en Breslau... Todo esto invade mi espíritu en tropel. ¡Oh
vergüenza! Todo está muerto, país, ciudades, aldeas, recursos... ¿Cómo
se acabará la aguja de Strasburgo? ¿Quién llevará el pendón de las
ciudades? Alguno de los judíos enriquecidos en las guerras civiles. ¡Oh
abyección!... El imperio tenía grandes pilares, Holanda, Luxemburgo,
Cléveris, Gueldres, Juliers... y cayeron. ¿Qué fué de Polonia? ¿Qué
fué de Lombardía? para defendernos el día de una invasión atrevida,
sólo tenemos á Ulma y Augsburgo cerradas con malas estacas: la obra
de Carlomagno y de Otón el Piadoso no existe ya. Bórrase al occidente
nuestra frontera, porque la alta Lorena es de los condes de Alsacia y
la baja de los condes de Lovaina. La Orden Teutónica ha muerto: apenas
quedan á Gauvain veintiocho caballeros y cien escuderos de armas...
Á la vez, amenaza Dinamarca, agita Inglaterra á güelfos y gibelinos,
hace traición la Lorena, ruge el Brabante, se enciende Turín, Felipe
Augusto crece, Génova quiere dinero, continúa el entredicho, el Padre
Santo vacila... ¡Oh Dios! ¡Y ni un caudillo ante tales y tantas
complicaciones! Los electores dispersos, ahondando más y más la herida,
coronan cada cual por su lado, á quien le paga, y como el que muere
descuartizado por cuatro caballos, de Amberes á Ratisbona y de Lubeck á
Spira, tiran del imperio cuatro emperadores. ¡Alemania! ¡Alemania!...
(_Inclina la cabeza y sale pausadamente por el fondo, perdiéndose
entre los arcos de la galería. Otberto que apareció algunos momentos
antes, le sigue con la vista. Regina, radiante de salud y de dicha,
entra por el fondo sin encontrarse con el mendigo._)
[Ilustración]
[Ilustración]
ESCENA II
OTBERTO, REGINA
OTBERTO (_con júbilo_).--¡Regina! ¿Es posible? ¿Sois vos?
REGINA.--¡Otberto! ¡Ya vivo, ya hablo, ya respiro! Ya no padezco ni me
derrito, soy feliz y os pertenezco.
OTBERTO (_contemplándola_).--¡Oh dicha!
REGINA.--Esta noche he dormido y no he tenido fiebre. Si hablaba, sólo
vuestro nombre entreabría mis labios. ¡Qué sueño tan dulce! Cuando
la luz del sol me ha despertado, me pareció que nacía á nueva vida.
Los alegres pajarillos cantaban en mi ventana, las flores se abrían
enviando al cielo sus aromas, yo me sentía llena de júbilo, y buscaba
con la vista lo que me enviaba un aliento tan puro y llenaba mi alma
de tan dulces armonías, y arrasados de lágrimas los ojos decía para
mí: «Yo soy el canto de los pájaros, y el aroma de las flores, yo.»
Otberto, Otberto mío, te amo. (_Se echa en sus brazos sacándose del
seno el pomo._) Este licor es la vida. Tú me has dado la salud, tú me
has arrancado á la muerte. Ahora defiéndeme de Hatto.
OTBERTO.--¡Regina, hermosa mía! ¡Oh! yo sabré acabar mi obra. Pero no
me admires; yo no tengo valor, no tengo virtud; sólo tengo amor. Vives
tú y veo ya nueva luz; vives, y siento en mí como una nueva alma. Pero
mírame. ¡Dios mío! ¡qué hermosa está! ¿No padeces?... ¿de veras?
REGINA.--Nada absolutamente: estoy ya buena.
OTBERTO.--¡Bendito seáis, Dios mío!
REGINA.--¡Bendito tú también, Otberto! (_Permanecen abrazados y en
silencio. Luégo y de pronto se desase Regina y dice:)_ ¡Ah! El buen
conde Job me está esperando. Bien mío, adiós. Sólo quería decirte que
te amo.
OTBERTO.--¿Volverás?
REGINA.--Muy luégo.
OTBERTO.--¡Gracias, Dios mío, gracias! Regina vive.
(_Aparece en el fondo la siniestra figura de Guanhumara._)
ESCENA III
OTBERTO, GUANHUMARA
GUANHUMARA (_poniéndole la mano en el hombro_).--¿Estás contento?
OTBERTO (_con espanto_).--¡Ah! ¡Guanhumara!
GUANHUMARA.--Ya lo ves: te he cumplido mi promesa.
OTBERTO.--Yo cumpliré mi juramento.
GUANHUMARA.--¿Sin piedad?
OTBERTO.--Sin flaqueza. (_Aparte._) Después... me suicidaré.