TEUDON.--Los ancianos, el padre y el hijo. Cuidado, te digo. Excepto

Regina, que reza con ellos alguna vez,--lo sé por la nodriza

Eduvigis,--excepto ese Otberto, joven aventurero que vino el año pasado

á prestar servicio en el castillo y á quien el abuelo, castigado en su

descendencia, estima por su lealtad, nadie abre esa puerta ni entra

nadie aquí. El anciano está allá solo en su antro. En otro tiempo

enviaba carteles de desafío al mundo entero; veinte condes y otros

tantos duques, sus hijos, sus nietos, cinco generaciones cuyo reino es

la montaña, rodeaban como á un rey al patriarca bandido. Pero ya la

edad le ha quebrantado y está fuera de combate. Allá está aislado y

triste bajo su dosel de brocado, si bien su hijo el viejo Magno, de pié

y respetuoso ante él, le tiene su antigua lanza. Se le pasan los meses

enteros en silencio, y por la noche se le ve entrar pálido y abrumado

de pesares en un corredor secreto cuya llave él mismo guarda. ¿Á dónde

va?

SWAN.--Extraños pesares le atormentan.

HAQUIN.--Sus hijos le pesan como ángeles malos.

KUNZ.--Por algo le llaman el Maldito.

GONDICARIO.--Tanto mejor.

SWAN.--Tuvo el último hijo siendo ya muy viejo y amaba á este renuevo.

Dios hizo el mundo así: siempre las barbas blancas se inclinan á los

cabellos rubios. Apenas tenía el Benjamín un año, cuando le fué robado.

KUNZ.--Por una egipcia.

CINULFO.--Á orillas de un campo de trigo.

HAQUIN.--Pero yo sé que este burgo construído sobre una cima, después

de haber abrigado un gran crimen, quedó muy grande espacio desierto y

fué luégo demolido por la Orden Teutónica. En fin, los años y el olvido

todo lo borran, y un día el dueño, hombre fantástico, cambió de nombre

y volvió. Desde entonces está enarbolada en el castillo esa triste

bandera negra.

SWAN (_á Kunz_).--¿No has observado por debajo del torreón redondo que

domina el torrente, una ventana estrecha, abierta á pico sobre los

fosos, donde se ven tres barrotes torcidos y casi arrancados?

KUNZ.--Es la Cueva Perdida, de que hablaba poco há.

HAQUIN.--¡Qué albergue tan sombrío! Dicen que está habitado por un

fantasma.

HERMAN.--¡Bah!

CINULFO.--Diríase que en otro tiempo corrió por allí la sangre.

KUNZ.--La verdad es que nadie podría entrar allí: el secreto de su

entrada se ha perdido; lo único que se ve es la ventana.

SWAN.--Pues por la noche suelo ir al ángulo de la roca, y allí oigo

siempre pasos.

KUNZ.--¿Estás seguro de ello?

SWAN.--Segurísimo.

TEUDON.--Variemos de conversación: lo más prudente es callar.

HAQUIN.--Este burgo está envuelto en negro misterio.

TEUDON.--Hablemos de otra cosa. Lo que ha de suceder sólo Dios lo sabe.

(_Vuélvese á un grupo que no ha tomado parte en esta conversación,

aunque presta atento oído á lo que más allá dice un estudiante._)

Carlos, acaba de contarnos tu historia.

(_Viene Carlos al proscenio; todos los grupos le rodean y le prestan

atención._)

CARLOS.--Sí, pero no olvidéis que el hecho es notorio, que la aventura

ocurrió el mes pasado y que han corrido... más de veinte años desde que

Barbaroja murió en la cruzada.

HERMAN.--En hora buena. Tu Max estaba pues en un sitio muy desagradable

¿eh?

CARLOS.--Muy lúgubre, Herman, hasta espantoso. Una multitud de

siniestros cuervos gira eternamente al rededor de la montaña. Por la

noche sus pavorosos graznidos ahuyentan hasta Lautern al cazador. Gotas

de agua caían de esta montaña abrupta como lágrimas de un horrible

rostro. Una sombría caverna de pavorosa forma se abría en el barranco.

El conde Max sin temor alguno á las tinieblas del viejo monte, se

arriesgó á entrar en la espantable gruta. Una luz siniestra iluminaba

las sombras y en esta media oscuridad andaba, cuando de súbito, bajo

una bóveda en lo hondo del subterráneo, vió sentado en un sitial de

bronce, con los piés envueltos entre los pliegues de sus ropas, y con

un cetro á la derecha y un globo á la izquierda, un anciano espantoso,

inmóvil, encorvado, vestido de púrpura, coronado y con espada al cinto.

Estábase de codos el anciano sobre una mesa hecha con un peñasco de

lava, y bien que Max fuera muy valiente, como que había guerreado al

mando de Juan el Batallador, palideció ante el anciano casi hundido

en el musgo y la yedra...: era el emperador Federico Barbaroja.

Estaba durmiendo á la sazón: su barba, de oro en otro tiempo, blanca

entonces, daba tres vueltas á la mesa de piedra; sus largas y también

blancas pestañas cerraban sus pesados párpados y su traspasado corazón

manaba sangre sobre el rojo escudo. Á veces, inquieto en medio de su

sueño, llevaba la mano vagamente á su espada. ¿Qué sueño era aquel que

embargaba su alma? Sólo Dios lo sabe.

HERMAN.--¿Has acabado?

CARLOS.--No, escuchad todavía. Á los pasos del conde Max en el sombrío

corredor, hubo de despertarse el dormido, levantó su calva frente y

fijando en el conde una mirada siniestra:--Caballero, le dijo, ¿se

han ido los cuervos?--Señor, no, le contestó el conde. Sin decir una

palabra más volvió el anciano á inclinar la cabeza, y Max poseído de

espanto vió dormirse otra vez al fantasma emperador.

(_Todos los grupos le han escuchado con curiosidad creciente y en

particular Josio que se le acercó más que todos al oir el nombre de

Barbaroja._)

HERMAN (_echándose á reir_).--¡El cuento es sabroso!

HAQUIN (_á Carlos_).--Si ha de darse fe á la fama, Federico se ahogó

delante de todo el ejército en el Cidno.

JOSIO.--Sí, se perdió en la corriente; yo lo ví. ¡Oh! Fué cosa

terrible y grande: nunca se borra de mi corazón este recuerdo. Otón

de Wittelsbach odiaba á Barbaroja; pero cuando vió á su príncipe á

discreción de la corriente y que los turcos además le arrojaban sus

azagayas, obligó á su caballo á entrar en el río y ofreciéndose solo

á las hostilidades: «¡Comencemos, gritó, comencemos por salvar al

emperador!»

HERMAN.--Pero fué en vano.

JOSIO.--En vano acudieron los mejores: sesenta y tres soldados y dos

condes perecieron en la inútil empresa.

CARLOS.--Eso no prueba que su cetro no esté en el Valle de Malpas.

SWAN.--La fábula es un campo sin límites. Hay quien dice que, salvado

milagrosamente, se había hecho eremita y que vivía aún.

GONDICARIO.--¡Pluguiera á Dios que así fuera, y que viniera á libertar

á Alemania antes de 1220, año fatal en que, según se dice, ha de caer

el imperio!

SWAN.--Ya por todas partes espira nuestro valor.

HAQUIN.--¡Oh! Si Federico viviera, emprendería otra vez la guerra

contra los burgraves, para sacarnos de aquí á sus leales súbditos.

KUNZ.--¡Bah! El mundo entero padece tanto como nosotros, pobres

esclavos. Alemania no tiene cabeza ni freno Europa.

HAQUIN.--No hay pan.

GONDICARIO.--Por todas partes se ve, á orillas del Rhin, el negro

hormiguero de los bandidos que renacen.

KUNZ.--Los electores se mantienen de malos manejos.

HERMAN.--Colonia está por Suabia.

SWAN.--Erfurt por Brunswick.

GONDICARIO.--Maguncia elige á Bertoldo.

KUNZ.--Tréveris quiere á Federico.

GONDICARIO.--Y entre tanto, todo muere.

HAQUIN.--Las ciudades están cerradas.

SWAN.--No se puede viajar sino en bandas y con armas.

CARLOS.--Están los pueblos pisoteados por los tiranuelos.

TEUDON.--¡Cuatro emperadores!... ¡Mucho es! Y sin embargo, no bastan:

tratándose de reyes, Carlos, uno vale más que cuatro.

KUNZ.--Se necesita un brazo de hierro para luchar. Pero ¡ah! Barbaroja

está muerto, bien muerto, Suenon.

SWAN (_á Josio_).--¿Se encontró su cuerpo en el Cidno?

JOSIO.--No; lo arrastró la corriente.

TEUDON.--Swan, ¿tienes tú idea de la predicción que se hizo á su

nacimiento: «Este niño cuya ley acatará el mundo un día, se tendrá por

muerto dos veces y dos veces resucitará»? Ahora bien, dígase lo que se

quiera, parece haberse cumplido una vez.

HERMAN.--Barbaroja ha dado asunto á cien cuentos.

TEUDON.--Yo digo lo que sé. Hacia el año noventa, ví en el hospital

de Praga, en una casamata, á un tal Sfrondati, caballero dálmata, muy

viejo, que había perdido el juicio, según decían. Aquel hombre refería

en voz alta en su prisión, que siendo joven había sido caballerizo

del gran Federico, padre de Barbaroja. Al duque hubo de consternarle

la predicción. Fuera de esto, el niño crecía para una doble guerra,

como quiera que, gibelino por su padre y güelfo por su madre, ambos

partidos podían reclamarlo un día. El padre le educó al principio en

una torre, lejos de la vista de todos, teniéndolo como invisible, como

para ocultarlo á la suerte cuanto pudiera. Más tarde, todavía hubo de

buscarle otro abrigo. Había tenido un bastardo de una dama nobilísima,

el cual nacido en el monte ignoraba que su padre fuera el duque de

Suabia, conociéndolo sólo por el nombre de Otón. El bueno del duque

le mantenía en este error temiendo que el bastardo aspirara un día al

principado y se alzara con alguna provincia. El bastardo tenía por

su madre, muy cerca del Rhin, un burgo de que era señor feudal, un

castillo de bandido, un nido de águilas, una madriguera, en fin. El

asilo hubo de parecer de perlas al padre y fué á ver al burgrave y le

confió el niño bajo un nombre supuesto diciéndole solamente: «Hijo

mío, este es hermano tuyo.» Y luégo partió.--Á su suerte no puede

sustraerse nadie. Ciertamente, el duque creía á su hijo y su secreto á

buen recaudo, tanto más cuanto que el niño se desconocía á sí mismo.

Así llegó el joven Barbaroja á la edad de veinte años bajo el techo del

burgrave. Y sucedió, aquí viene lo importante, que un día, en medio

de un jaral, al pié de una roca y á orillas del torrente que lamía

los cimientos del castillo, unos pastores que al amanecer pasaban por

allí encontraron dos cuerpos ensangrentados y desnudos, que palpitaban

todavía; ambos habían sido apuñalados sordamente en el castillo y

arrojados al torrente, al abismo, á las tinieblas; pero no estaban

muertos. Fué un milagro sin duda, y aquellos dos hombres milagrosamente

salvados eran Barbaroja y su compañero, aquel mismo Sfrondati, el

único que sabía su nombre. Los curaron á los dos, y después, con gran

misterio, llevó Sfrondati el joven príncipe al padre, el cual en

recompensa prendió al escudero. El duque retuvo á su hijo, y sólo se

cuidó de echar tierra al asunto. Pero no volvió á ver al bastardo.

Cuando se sintió próximo á la muerte, llamó el padre á su hijo y le

hizo besar de rodillas un Cristo, y Barbaroja juró solemnemente no

tomar venganza de su hermano, sino el día en que éste cumpliera cien

años, esto es, nunca. De manera que el bastardo morirá sin saber que su

padre era duque y su hermano emperador. Sfrondati se ponía pálido

y tembloroso de espanto, cuando se quería ahondar en este secreto de

familia. Los dos hermanos amaban á la misma joven: el mayor se creyó

agraviado, mató al otro y vendió la joven á no sé qué fiero bandido que

atándola al yugo sin piedad como á un hombre, la condenó al remo en

las galeras que van de Ostia á Roma. ¡Qué destino!--Sfrondati decía:

¡Todo se olvidó! Por lo demás lo había visto y sentido todo. Pero nada

flotaba ya en las sombras de su alma; ni el nombre del bastardo, ni el

de la mujer; no sabía cómo ni dónde habían ocurrido las cosas. En Praga

ví á este hombre encerrado como un loco; pero el pobre ha muerto ya.

[Ilustración: _...unos pastores, que al amanecer pasaban por allí,

encontraron dos cuerpos ensangrentados y desnudos..._]

HERMAN.--¿Y qué concluyes de ahí?

TEUDON.--Concluyo que si todos estos hechos son ciertos, la predicción

merece fe; porque, en fin, esa esperanza no es infundada; cumplida ya

una vez, bien puede cumplirse otra. Barbaroja en sus primeros años fué

tenido por muerto y resucitó... ¿No podría resucitar otra vez?

HERMAN (_riendo_).--En hora buena: espéralo de pié.

KUNZ (_á Teudon_).--Ya me habían contado á mí ese cuento. En aquel

castillo tenía Federico Barbaroja el nombre de Donato, y el bastardo

se llamaba Fosco. Por lo que hace á la hembra, era corsa, si no me

es infiel la memoria. Los amantes se ocultaban en una cueva, cuya

desconocida entrada era su secreto... Allí fué donde Fosco con mano

celosa y atrevida hubo de sorprenderlos, acabando en tragedia el idilio.

GONDICARIO.--Si creyera una palabra de ese cuento, sentiría por la

gloria de Federico que al llegar al trono imperial, no hubiera buscado

á la mujer que amara.

TEUDON.--No lo sientas, amigo, porque la buscó, aunque en vano. Espacio

de treinta años anduvo registrando las madrigueras del Rhin. El

bastardo abandonó su burgo para servir en Bretaña, y no volvió hasta

mucho tiempo después. El emperador recorrió montes y bosques, sitió los

castillos, destruyó á los burgraves; pero no la encontró.

GONDICARIO (_á Josio_).--¿Érais vos de los buenos? ¿Peleasteis contra

aquellos descreídos, si recordáis?

JOSIO.--¡Guerras de gigantes! Los burgraves se prestaban mutua ayuda,

y era preciso ganar el terreno palmo á palmo y sostener un combate en

cada muro, en cada puerta. Arriba, abajo, acribillados de golpes y

bañados en sangre, peleaban los barones, y soltando ruidosas carcajadas

bajo sus horrendas máscaras, dejaban correr sobre sus cascos el aceite

y el plomo derretido. Era preciso cercar afuera, combatir dentro, herir

con la espada y morder con los dientes. ¡Qué asaltos! Á las veces,

tomado por fin un castillo entre el humo, el polvo y las sombras, se

derrumbaba sobre el ejército imperial. En aquellas guerras fué donde un

día Barbaroja, enmascarado, pero con la corona en la frente, solo, al

pié de un muro, luchó contra un bandido que forzado en su albergue, le

quemó el brazo derecho con un hierro candente. De tal manera, que dijo

el emperador al conde de Arau: «Yo le devolveré la marca por mano del

verdugo.»

GONDICARIO.--¿Y cogieron al bandido?

JOSIO.--No, que se abrió paso; su visera impidió verle el rostro, y el

emperador conservó la marca en el brazo.

TEUDON (_á Swan_).--Yo creo que Barbaroja vive: ya lo verás.

JOSIO.--Yo estoy cierto de que murió.

CINULFO.--Pero ¿y el conde Max?

HERMAN.--¡Quimera!

TEUDON.--¡La gruta del Malpas!

HERMAN.--Un cuento de vieja.

CARLOS.--Sfrondati nos da ya alguna luz.

HERMAN.--¡Bah! Cuentos de su mente febril, por donde pasan las visiones

como nubes.

(_Entra un soldado con el látigo en la mano._)

SOLDADO.--¡Esclavos, al trabajo! Los convidados quieren venir esta

noche á ver esta ala del edificio, y el señor Hatto, nuestro amo, ha de

acompañarlos. ¡Haced que no os encuentre aquí arrastrando la cadena!

(_Los presos recogen sus herramientas y salen en silencio por

parejas. Guanhumara reaparece en la galería alta y los sigue con

la vista. Luégo que salen los presos, entran por la puerta grande

Regina, Eduvigis y Otberto; Regina, vestida de blanco; Eduvigis,

la nodriza, vieja, en traje negro; Otberto, vestido de capitán

aventurero. Regina, joven, pálida, pudiendo apenas sostenerse, como

enferma de mucho tiempo atrás. Se apoya en el brazo de Otberto, quien

la mira con amor y angustia. Eduvigis la sigue. Guanhumara, sin ser

vista, les observa y escucha algunos instantes y sale luégo por la

parte opuesta._)

[Ilustración]

[Ilustración]

ESCENA III

OTBERTO, REGINA; á intervalos EDUVIGIS

OTBERTO.--Apoyaos en mí. Andad despacio... despacio. Sentaos en esta

poltrona. (_Siéntase._) ¿Cómo os sentís?

REGINA.--Mal... Me estremezco... siento frío... Ese banquete me ha

empeorado. (_Á Eduvigis._) Mirad si viene alguien.

(_Sale la nodriza._)

OTBERTO.--No temáis nada: van á beber hasta mañana. ¿Por qué habéis ido

á ese festín?

REGINA.--Hatto...

OTBERTO.--¡Hatto!

REGINA.--Más bajo. Hubiera podido obligarme; soy su prometida.

OTBERTO.--Debiérais haberos quejado al viejo señor: Hatto le teme.

REGINA.--Si voy á morir, ¿para qué?

OTBERTO.--¡Oh! No habléis así.

REGINA.--Sufrir, soñar, desaparecer al fin... He aquí la suerte de la

mujer.

OTBERTO (_indicándole la ventana_).--Ved qué hermoso sol.

REGINA.--Sí. ¡Cómo se inflama en su ocaso! Estamos en otoño y muere la

tarde. Por donde quiera caen las hojas y el bosque se pone sombrío.

OTBERTO.--Las hojas se renovarán.

REGINA.--Sí... ¡Oh! Es triste ver huir á las golondrinas. Ellas también

se van al dorado y ardiente mediodía.

OTBERTO.--Ya volverán.

REGINA.--Sí, pero yo... yo no veré ni volver á las golondrinas ni

renacer las hojas.

OTBERTO.--¡Regina!

REGINA.--Acercaos más á la ventana. (_Dándole un bolsillo._) Otberto,

echad este bolsillo á los pobres presos. (_Obedece Otberto._) Bello

sol, realmente; sus últimos rayos ciñen con una corona la frente del

Tauno; el río brilla, el bosque se rodea de esplendores, las ventanas

de las cabañas se iluminan. ¡Qué bello y grande es todo eso, Dios mío!

La naturaleza toda es onda de vida y de luz. ¡Oh! Yo no tengo padre ni

madre; nadie puede salvarme, nadie me puede curar; estoy sola en el

mundo, y me siento morir.

OTBERTO.--¿Sola en el mundo vos? ¿Y yo, que os amo?

REGINA.--¡Sueño!... No, vos no me amáis, Otberto. La noche llega; yo

voy á caer en sus sombras y vos me olvidaréis muy pronto.

OTBERTO.--Por vos moriría y me condenaría ¡y decís que no os amo!...

Me desespera. Desde hace un año, desde el día en que os ví en esta

guarida en medio de tantos bandidos, desde entonces os amo, señora

mía. Mis ojos se convertían á vos en este fiero castillo, manchado

de crímenes, como al único lirio de esta sima y astro único de estas

sombras. Sí, me atreví á amaros, á vos, condesa del Rhin, á vos,

prometida de Hatto, el conde de corazón de bronce. Ya os lo dije, soy

un pobre capitán, hombre de fuerte espada y de raza incierta, acaso

menos que un siervo, acaso tanto como un rey. Dejadme y muero. Á dos

personas amo en este castillo: vos en primer lugar, antes que á todo,

antes que á mi padre... si lo tuviera; luégo (_indicando la puerta del

castillo_) á ese anciano abrumado bajo el peso de un pasado espantoso.

Tierno y fuerte, triste abuelo de una familia horrible, en vos pone

toda su alegría; en vos su último culto y su última antorcha, estrella

que alborea en la puerta de su sepulcro. Yo, soldado, cuya frente se

inclina al peso de la suerte, os bendigo á los dos, porque á vuestro

lado lo olvido todo, y mi alma oprimida por una ley fatal, cerca de él

se siente grande, y pura cerca de vos. Ahora veis todo mi corazón. Sí,

lloro, y... estoy celoso. Poco há, Hatto os miraba y vos le mirabais

á él, y yo sentía hervir mi sangre á borbotones y subir del corazón á

la frente todo mi odio y cólera. Me contuve, pero debí haberlo echado

á rodar todo. ¡Que no os amo! ¡Ah! Por un beso vuestro os daría yo

toda mi sangre. Regina, decid al sacerdote que no ame á su Dios, al

toscano sin dueño que no ame su ciudad, al marino en el mar que no ame

la aurora después de las noches de invierno, al prisionero cansado de

vivir que no ame la mano que le da su libertad; pero no me digáis que

yo no os ame á vos, pues sois para mí más que la libertad y más que

la luz. Soy vuestro sin reserva... bien lo sabéis vos, Regina. ¡Oh!

las mujeres son siempre crueles y nada les agrada tanto como jugar con

el alma y el dolor de un hombre. Pero perdonad; estáis enferma, y os

hablo de mí, cuando debería acatar de rodillas vuestro febril delirio y

besaros las manos dejándoos decirlo todo.

REGINA.--Mi suerte, como la vuestra, Otberto, está llena de pesar. ¿Qué

soy yo? Una huérfana. ¿Y vos? Un huérfano. Uniéndonos el cielo con

infortunios comunes, hubiera podido hacer una felicidad de nuestros dos

infortunios. Pero...

OTBERTO (_cayendo de rodillas_).--Pero yo te amaré, yo te adoraré, yo

te serviré. Si tú mueres, yo moriré. Mataré á Hatto, si se atreve á

disgustarte, y reemplazaré á tu padre y á tu madre. Sí, á los dos; como

tu padre, tengo mi brazo; como tu madre, tengo mi corazón.

REGINA.--¡Oh dulce amigo mío! Gracias. Veo toda vuestra alma que posee

la voluntad de un gigante, y la ternura de una mujer. Pues bien,

Otberto mío; con todo vuestro poder nada podéis hacer por mí.

OTBERTO (_levantándose_).--Sí.

REGINA.--No, nada. No debéis disputarme á Hatto, no; mi prometido se

apoderará de mí sin lucha ni querella, y vos, tan gallardo y bravo, no

le venceréis, porque mi verdadero prometido es... el sepulcro. ¡Ah!

Pues ya entro en esa profunda sombra, hago dos partes de lo mejor que

tengo en este mundo: la una para el Señor, la otra para vos. Quiero,

amigo mío, que pongáis la mano en mi frente y os digo cerca de mi hora

suprema: Otberto, mi alma es de Dios; mi corazón es vuestro... os amo.

EDUVIGIS.--Alguien viene.

REGINA.--Ven. (_Se apoya en la nodriza y en su amado y se dirige hacia

la puerta falsa. Allí se detiene y volviéndose dice:_) ¡Oh! ¡Morir

á los diez y seis años es horrible! Cuando hubiéramos podido vivir

juntos, amantes, dichosos. Otberto mío, ¡quiero vivir! Escucha mi

plegaria: no dejes que me hunda bajo esa fría piedra. Me causa horror

la muerte. Sálvame por mi amor. ¿Podrías tú salvarme? Dí.

OTBERTO.--Vivirás. (_Sale Regina con Eduvigis._) ¡Morir tú tan joven,

tan bella y tan pura! Así hubiera de luchar con el demonio, vivirás, yo

te lo juro. (_Viendo á Guanhumara inmóvil en el fondo._) ¡Á propósito!

ESCENA IV

OTBERTO, GUANHUMARA

OTBERTO.--Guanhumara, tu mano... tengo necesidad de ti. Ven.

GUANHUMARA.--¡Tú! ¡Déjame!

OTBERTO.--Escúchame.

GUANHUMARA.--¿Vas á preguntarme otra vez por tu tierra y tu familia?

Pues bien, lo ignoro. ¿Si tu nombre es Otberto? ¿si tu nombre es

Yorghi? ¿Por qué ha pasado tu vida en el destierro? ¿Si fué en

Córcega ó en Moldavia donde te encontré niño, desnudo, solo, en pos

del sustento? ¿Por qué te aconsejé que vinieras á este castillo

prohibiéndote que dijeras que me conocías? ¿Por qué, bien que Regina

haya seducido al amo, conservo yo mi cadena al cuello, y en todo

tiempo y lugar, como cumpliendo un voto, esta argolla en el pié? No

quiero contestarte, nada he de decirte. Delátame si quieres. Pero

no, tú no harás traición á la nodriza que te crió á sus pechos y te

sirvió de madre; después de todo, tampoco le temo yo á la muerte.

(_Retirándose._)

OTBERTO (_deteniéndola_).--No es de mí de quien quiero hablarte. Dime,

tú que lo sabes todo, Regina...

GUANHUMARA.--Morirá antes de un mes. (_Retirándose._)

OTBERTO (_deteniéndola_).--¿Puedes salvarla?

GUANHUMARA.--¿Qué me importa á mí eso? (_Como hablando consigo misma._)

Si... cuando yo estaba en la India,... espantosa hasta para los leones,

andaba errante por los bosques estudiando las yerbas, los venenos, los

filtros supremos que tienen la virtud de resucitar á un muerto y que

parezca muerto un vivo...

OTBERTO.--Contéstame. ¿Puedes salvarla?

GUANHUMARA.--Sí.

OTBERTO.--Por piedad; por Dios que nos está oyendo ¡oh Guanhumara!

sálvala, cúrala.

GUANHUMARA.--Si ahora mismo, cuando contemplabas aquí á Regina, de

repente hubiera entrado Hatto como una tempestad; si feroz y riéndose

de rabia, la hubiera asesinado á tu vista y arrojado su cuerpo al

torrente, que brama como un tigre ahí afuera; si agarrándote á ti con

sus manos homicidas te hubiera llevado á la ciudad inmediata, con la

argolla de esclavo al pié, desnudo y medio muerto, para venderte como

cosa vil en el mercado; si á ti, soldado y libre, te hubiera vendido

para que te condenaran al remo en los barcos del Tíber... Supón ahora

que después de este día nefasto, la muerte os olvidó á los dos por

muchos años;... si después de haberte arrastrado de playa en playa

volvieras viejo de tan larga y ruda esclavitud ¿qué quedaría en tu

corazón?

OTBERTO.--La venganza, la sed de sangre.

Dramas (1 de 2): Hernani; El Rey se divierte; Los Burgraves · 第 15 / 19 段