parajes, poblados de recuerdos. Vivía allí más bien entre las piedras
del tiempo pasado que entre los hombres del tiempo presente. Todos los
días, con aquella pasión que comprenderán los arqueólogos y los poetas,
estudiaba algún antiguo edificio arruinado; iba y venía, trepaba á las
montañas y á las ruinas, rompía los espinos con los piés, apartaba
con la mano las cortinas de yedra, escalaba los ruinosos muros, y
allí, solo, pensativo, olvidándolo todo, entre pájaros parleros, y
á los rayos del sol matinal, sentado en algún basalto enmohecido,
ó bien hundido hasta las rodillas en las altas yerbas cubiertas de
rocío, descifraba una inscripción romana ó medía el vuelo de una
ojiva, mientras la vegetación de las ruinas alegremente movida por el
viento sobre su cabeza, derramaba una lluvia de flores. Á las veces,
por la tarde, en el momento en que el crepúsculo robaba su forma á
las colinas y daba al Rhin la siniestra blancura del acero, tomaba el
sendero de la montaña, cortado á trechos por alguna escalera de lava
y pizarra y subía hasta el desmantelado burgo. Solo allí, como por la
mañana, más solo si cabe (porque ningún cabrero se hubiera atrevido á
andar por aquellos vericuetos á horas en que todas las supersticiones
son pavorosas), perdido en la oscuridad, se dejaba llevar de aquella
profunda tristeza que se desliza en el alma, cuando á la caída de la
tarde se halla uno en alguna altura desierta entre las estrellas de
Dios que se encienden espléndidamente sobre nuestras cabezas, y las
pobres estrellas del hombre, que se encienden también en las míseras
cabañas desparramadas á nuestros piés. Luégo, pasaban las horas, y
más de una vez dieron las doce de la noche en todos los campanarios
del valle, y él estaba aún allí, de pié en alguna brecha del castillo,
pensando, mirando, examinando la actitud de la ruina, estudiando,
testigo importuno acaso, lo que la naturaleza hace en la soledad y
en las tinieblas; escuchando, en medio del hormigueo de los animales
noctívagos, todos esos rumores singulares de que la leyenda ha hecho
voces; contemplando en el ángulo de las salas y en la profundidad de
los corredores todas esas formas vagamente dibujadas por la luna y por
la sombra de que ha hecho espectros la leyenda. Como se ve, sus días
como sus noches estaban llenos de la misma idea, y procuraba arrebatar
á las ruinas cuánto podían enseñar á un pensador.
Fácilmente se comprenderá que en medio de sus contemplaciones y
melancolías se representaran en su espíritu los burgraves. Lo
repetimos, lo que hemos dicho de la Tesalia al principio puede decirse
del Rhin: en otro tiempo tuvo gigantes; hoy tiene fantasmas, y estos
fantasmas se le aparecieron al autor. De los castillos que hay en las
colinas, pasaron sus meditaciones á los castellanos que viven en la
crónica, en la leyenda y en la historia. Tenía á la vista los edificios
y hubo de figurarse á los hombres: por la concha se puede conocer el
molusco; por la casa el habitante. ¡Y qué casas los burgos del Rhin,
y qué habitantes los burgraves!... Aquellos grandes caballeros tenían
tres armaduras: la primera era de valor, era el corazón; la segunda, de
acero, era su vestido; la tercera, de granito, era su fortaleza.
Un día, después de visitar el autor las derruídas ciudadelas que erizan
el Wisperthal, dijo para sí que había llegado el momento; díjose, sin
olvidar lo poco que es y lo poco que vale, que de aquel viaje había de
sacar una obra, que de aquella poesía había de salir un poema. La idea
que le vino en mientes no carecía de cierta grandeza, según cree. Hela
aquí pues:
Reconstruir con el pensamiento en toda su amplitud y en todo su
poder uno de aquellos castillos en que los burgraves, iguales á los
príncipes, vivían una vida casi real. «_En los siglos_ XII _y_ XIII,
dice Kohlrausch, _el título de burgrave iba en categoría inmediatamente
después del título de rey_[6].» Presentar en el burgo las tres cosas
que contenía: una fortaleza, un palacio, una caverna; en este burgo,
así abierto en toda su realidad á la sorprendida vista del espectador,
instalar y hacer vivir juntas y de frente cuatro generaciones, el
abuelo, el padre, el hijo y el nieto; hacer de toda esta familia como
el símbolo palpitante y completo de la expiación; poner sobre la cabeza
del abuelo el crimen de Caín, en el corazón del padre los instintos
de Nemrod, en el alma del hijo los vicios de Sardanápalo, y dejar
entrever que el nieto pudiera muy bien un día cometer el crimen por
pasión á la vez como su bisabuelo, por ferocidad como su abuelo y por
corrupción como su padre; presentar al abuelo sumiso á Dios, y el padre
al abuelo; levantar al primero con el arrepentimiento, y al segundo
con la piedad filial, de modo que el abuelo pueda ser augusto, y el
padre grande, mientras las dos generaciones que les siguen, amenguadas
por sus crecientes vicios, van hundiéndose más y más en las tinieblas;
poner de esta manera delante de todos la inmensa escala moral de la
degradación de las razas, que debiera ser el ejemplo vivo eternamente
expuesto á la vista de todos los hombres, y que no ha sido hasta aquí
entrevisto desgraciadamente sino por los soñadores y poetas; dar forma
á esta lección de los sabios, hacer de esta abstracción filosófica una
realidad palpable, interesante, útil; he aquí la primera parte y, por
decirlo así, la primera fase de la idea que le ocurriera. Por lo demás,
no se le suponga la presunción de exponer en estas líneas lo que cree
haber hecho; limítase á explicar lo que ha querido hacer. Dicho esto de
una vez para siempre, continuemos.
[6] Tomo I. Época 4.ª. Casa de Suabia.
En semejante familia, así expuesta á todas las miradas, deben
intervenir, para que la enseñanza sea completa, dos grandes y
misteriosos poderes, la fatalidad y la providencia: la fatalidad que
puede castigar, la providencia que puede perdonar. Cuando la idea que
acaba de desenvolver ocurrió al autor, pensó desde luego que esta doble
intervención era necesaria para la moralidad de la obra. Pensó que era
menester que en aquel palacio lúgubre, inexpugnable y omnipotente,
poblado de hombres de guerra, rebosando de príncipes y soldados,
se viera errante entre las orgías de la gente moza y las negras
melancolías de los ancianos, la gran figura de la servidumbre; que era
preciso que esta figura fuera una mujer, porque sólo la mujer, manchada
de cuerpo y alma, puede representar la esclavitud completa; y, en fin,
que era necesario que esta mujer, que esta esclava, vieja, lívida,
encadenada, salvaje, como la naturaleza que sin cesar contempla, fiera
como la venganza que día y noche medita, teniendo en el corazón la
pasión de las tinieblas, esto es, el odio, y en el espíritu la ciencia
de las tinieblas, es decir, la magia, personificara la Fatalidad.
Pensó por otra parte que, si era necesario que se viera la servidumbre
arrastrada á los piés de los burgraves, lo era también que brillara
por encima de ellos la soberanía; que era asimismo necesario que en
medio de aquellos príncipes bandidos, apareciera un emperador; que en
una obra de este género, si el poeta, para pintar una época, tenía
el derecho de tomar de la historia lo que la historia enseña, tenía
igualmente, para mover sus personajes, el de emplear lo que la leyenda
autoriza: que sería bueno acaso despertar por un momento y hacer salir
de las misteriosas profundidades en que está sepultado el glorioso
Mesías militar que aún está esperando Alemania, el héroe imperial de
Kaiserslautern, el Júpiter del siglo XII, Federico Barbaroja. Pensó,
en fin, que quizá hubiera alguna grandeza en que, mientras una esclava
representaba la Fatalidad, un emperador personificara la Providencia.
Estas ideas germinaron en su espíritu y pensó que disponiendo de esta
suerte las figuras que habían de encarnar su pensamiento, podría en el
desenlace, grande y moral conclusión, en su sentir á lo menos, hacer
que la Fatalidad fuera aniquilada por la Providencia, la esclava por el
emperador, el odio por el perdón.
Como en toda obra, por sombría que sea, ha de haber un rayo de luz,
es decir, amor, todavía pensó que no era bastante bosquejar el
contraste de los padres y de los hijos, la lucha de los burgraves y
del emperador, el encuentro de la Fatalidad y la Providencia; que era
menester también pintar dos corazones que se amaran, y que una pareja
casta y llena de abnegación, puesta en el centro de la obra, irradiando
al través de todo el drama, debía ser el alma de la acción dramática.
Porque esto es, en nuestro concepto, una condición suprema. Como quiera
que sea el drama, ahora contenga una leyenda, ahora una historia ó un
poema, preciso es ante todo que contenga la naturaleza y la humanidad.
Haced, si queréis, porque es derecho soberano del poeta, haced que
anden estatuas en vuestros dramas, haced que se arrastren en ellos
hasta tigres; pero entre estas estatuas y estos tigres poned hombres.
Inspiraos en el terror, pero inspiraos también en la piedad. Bajo estas
garras de acero, bajo estos piés de piedra, triturad el corazón humano.
Con esto, la historia, la leyenda, el cuento, la realidad, la
naturaleza, la familia, el amor, las costumbres ingenuas, las
fisonomías salvajes, los príncipes, los soldados, los aventureros,
los reyes, patriarcas como en la Biblia, cazadores de hombres como
en Homero, titanes como en Esquilo, todo se ofrecía á la vez á la
deslumbrada imaginación del autor en el vasto cuadro que había que
pintar, y se sentía irresistiblemente arrastrado hacia la obra que
meditaba, deplorando sólo que tan grande asunto no hubiera encontrado
un gran poeta. Porque había aquí de cierto propicia ocasión para una
creación majestuosa; con semejante asunto se podía mezclar á la pintura
de una familia feudal la de una sociedad heróica, tocar á la vez con
ambas manos en lo sublime y en lo patético, comenzar por la epopeya y
concluir por el drama.
Después de haber bosquejado este poema en su pensamiento, como acaba
de indicarlo y teniendo siempre á la vista su inferioridad subjetiva,
hubo de pensar el autor en la forma que había de darle. En su opinión,
el poema debe tener la misma forma del asunto. La regla: _Neve minor,
neu sit quinto_, etc., no tiene á sus ojos sino un valor relativo. Los
griegos no tenían idea de ello, y las más imponentes obras maestras
de la tragedia propiamente dicha están fuera de esta supuesta ley. La
verdadera ley es ésta: toda obra de ingenio ha de nacer con el corte
particular y las divisiones especiales que lógicamente le da la idea
que él mismo encierra. Aquí, lo que el autor quería pintar y poner en
el punto culminante de su obra, entre Barbaroja y Guanhumara, entre la
Providencia y la Fatalidad, era el alma del antiguo burgrave centenario
Job el Maldito, aquella alma que ya á las puertas del sepulcro, no
mezcla con su incurable melancolía más que un triple sentimiento: la
casa, la Alemania, la familia. Estos tres sentimientos daban á la obra
su división natural. El autor resolvió, pues, dividir su drama en tres
partes. Y, en efecto, si se quieren reemplazar por un momento en la
mente los títulos actuales de estos tres actos, los cuales no expresan
más que el hecho exterior, con títulos más metafísicos que revelen
el pensamiento interior, se verá que cada una de estas tres partes
corresponde á uno de los tres sentimientos fundamentales del antiguo
caballero alemán: la casa, la Alemania, la familia. La primera parte
podría intitularse _la Hospitalidad_, la segunda _la Patria_, y la
tercera _la Paternidad_.
Una vez resuelta la división y forma del drama, propúsose el autor
escribir en la portada de la obra, cuando estuviera concluída, la
palabra _trilogía_. Aquí, como en cualquiera otra parte, trilogía
significa única y esencialmente poema en tres cantos, ó drama en tres
actos. Al emplearla sólo quería el autor despertar un gran recuerdo,
glorificar, en cuanto estaba de su parte, con este tácito homenaje, al
antiguo poeta de la _Orestiada_, que desconocido de sus contemporáneos,
decía con altiva tristeza: _Yo consagro mis obras al tiempo_; y también
acaso indicar al público con esta referencia, bien temible por otra
parte, que lo que el grande Esquilo había hecho por los titanes, se
atrevía él, poeta por desgracia muy inferior á tan grandioso empeño,
hacerlo ó procurarlo por los burgraves.
Por lo demás, el público y la prensa (la voz del público) han tenido
generosamente en cuenta, no el talento, sino la intención. Todos los
días esa multitud inteligente y simpática que de tan buena voluntad
concurre al glorioso teatro de Corneille y de Molière, va á buscar en
esta obra, no lo que el autor ha puesto en ella, sino lo que á lo menos
ha intentado poner. Está orgulloso de la atención persistente y seria
de que el público tiene á bien rodear sus trabajos, por insuficientes
que sean, y sin repetir aquí lo que ha dicho ya en otra parte,
comprende que esta atención está para él llena de responsabilidad.
Hacer constantes esfuerzos por lo grande, dar á los espíritus lo
verdadero, á las almas lo bello, el amor á los corazones, no ofrecer
nunca á las multitudes un espectáculo que no sea una idea: he aquí lo
que el poeta debe al pueblo. La misma comedia, cuando se mezcla con el
drama, debe contener una lección y tener su filosofía. En nuestros días
el pueblo es grande, y para ser comprendido de él debe el poeta ser
sincero. Nada está más cerca de lo grande que lo honrado.
El teatro debe hacer del pensamiento el pan de la multitud.
Una palabra más para concluir. _Los Burgraves_ no son, como han creído
algunas personas, excelentes por otra parte, una obra de pura fantasía,
el producto de un caprichoso arranque de la imaginación. Lejos de esto:
si una obra tan incompleta valiera la pena de ser discutida desde
este punto de vista, se sorprenderían acaso muchas personas al saber
que en el pensamiento del autor ha habido otra cosa muy distinta de
un capricho de la imaginación en la elección de este asunto, como en
todos los que hasta el día ha elegido, si se le permite decirlo. En
efecto, existe hoy una nacionalidad europea, como había en tiempo de
Esquilo, Sófocles y Eurípides una nacionalidad griega. El grupo íntegro
de la civilización, cualquiera que fuese y cualquiera que sea, ha sido
siempre la patria del poeta. Para Esquilo era Grecia, para Virgilio el
mundo romano, para nosotros es la Europa. Allí donde está la luz se
siente la inteligencia en su centro y su centro está allí. Así, pues,
guardando la necesaria proporción, y suponiendo que sea permitido
comparar lo que de suyo es pequeño con lo que es grande esencialmente;
si refiriendo Esquilo la lucha de los Titanes, hacía en otro tiempo
para la Grecia una obra nacional, el poeta que refiere la lucha de los
Burgraves hace hoy para Europa una obra igualmente nacional, en el
mismo sentido y con la misma significación. Cualesquiera que sean las
antipatías momentáneas y los celos de fronteras, todas las naciones
cultas pertenecen al mismo centro y están indisolublemente ligadas
entre sí por una profunda y secreta unidad. La civilización nos concede
á todos unas mismas entrañas, el mismo espíritu, la misma tendencia, el
mismo porvenir. Fuera de esto, Francia, que presta á la civilización
misma su lengua universal y su soberana iniciativa; Francia, aun
cuando nos unimos á Europa en una especie de grande nacionalidad, no
deja de ser nuestra primera patria, como Atenas era la primera patria
de Esquilo y de Sófocles. Estos eran atenienses como nosotros somos
franceses, y nosotros somos europeos como ellos eran griegos.
Esto merece la pena de ser desarrollado, y el autor acaso lo haga
un día. Cuando lo haya hecho, se comprenderá mejor el conjunto de
las obras que ha producido hasta aquí, se abarcará su pensamiento y
se comprenderá su cohesión. Entre tanto, lo dice y se complace en
repetirlo, la civilización entera es la patria del poeta. Esta patria
no tiene otra frontera que la línea sombría y fatal en que comienza la
barbarie.
Esperemos que algún día el globo entero será civilizado, y á todos los
puntos de la mansión humana habrá llegado la luz; entonces se habrá
cumplido el magnífico ensueño de la inteligencia: tener por patria el
mundo y por nación la humanidad.
25 de Marzo de 1843.
LOS BURGRAVES
PERSONAJES
JOB, burgrave de Heppenheff.
MAGNO, hijo de Job, burgrave de Wardeck.
HATTO, hijo de Magno, marqués de Verona, burgrave de Nollig.
GORLOIS, hijo de Hatto (bastardo), burgrave de Sareck.
FEDERICO DE HOHENSTAUFEN.
OTBERTO.
EL DUQUE GERARDO de Turingia.
GILISA, margrave de Lusacia.
PLATÓN, margrave de Moravia.
LUPO, conde de Mons.
CADWALLA, burgrave de Okenfels.
DARÍO, burgrave de Lahneck.
LA CONDESA REGINA.
GUANHUMARA.
EDUVIGIS.
CARLOS } }
HERMAN } Estudiantes. }
CINULFO } }
}
HAQUIN } }
GONDICARIO } } Esclavos.
TEUDON } Mercaderes }
KUNZ } y }
SWAN } burgueses }
PÉREZ } }
JOSIO, soldado.
EL CAPITÁN del burgo.
UN SOLDADO.
Heppenheff.--120...
[Ilustración]
PARTE PRIMERA
EL ABUELO
La antigua galería de retratos señoriales del burgo de Heppenheff.
Esta galería, que era circular, se extendía al rededor del castillo
y se comunicaba con lo demás del edificio por cuatro grandes puertas
situadas á los cuatro puntos cardinales. Al levantarse el telón, se
descubre parte de esta galería que se pierde por detrás del muro
circular del castillo. Á la izquierda, una de las cuatro grandes
puertas de comunicación. Á la derecha, otra puerta alta y ancha que
da paso al interior, levantada sobre tres gradas é inmediata á una
puerta falsa. En el fondo, una galería romana abovedada con pilares
bajos y capiteles rasos que sostienen un segundo piso practicable
que se comunica con la galería por una gran escalera de seis gradas.
Al través de estas amplias arcadas, se ve el cielo y lo demás
del castillo en cuya más alta torre flota al viento una inmensa
bandera negra. Á la izquierda de la puerta grande de dos hojas, una
ventanilla cerrada con una vidriera de colores. Cerca de la ventana
una poltrona. Toda la galería tiene el aspecto ruinoso é inhabitable.
Las paredes y las bóvedas de piedra en las que se distinguen
algunos vestigios de frescor están verdosas y enmohecidas por las
filtraciones de las lluvias. Los retratos colgados en los muros de la
galería están todos vueltos del revés, es decir de cara á la pared.
Al levantarse el telón, está anocheciendo. La parte del castillo que
se ve por las arquivoltas del fondo, parece iluminado interiormente,
bien que sea aún de día. Óyese hacia esta parte del burgo són de
trompetas y clarines, y á intervalos canciones entonadas por robustas
voces al sonsonete de los vasos. Más cerca suena ruido de hierros,
como si alguna gente encadenada fuera y viniera por la parte no
visible de la galería.
Una mujer, sola, vieja, medio oculta bajo un largo velo negro,
vestida con un saco de pardo sayal en andrajos, sujeta con una cadena
que se agarra con doble anillo á su cintura y á su descalzo pié y un
collar de hierro á la garganta, se apoya en la puerta grande y parece
escuchar los cantos de la inmediata pieza.
ESCENA I
GUANHUMARA, sola, escuchando.
(Canto dentro):
_¡De tan crüentas guerras_
_nuestro poder brotó!_
_Á las ciudades... ¡fisga!_
_y á los reyes... ¡mayor!_
_Prosperan los burgraves_
_del exterminio en pos._
_Barones, fisga al papa,_
_fisga al emperador._
_Á hierro y fuego reine_
_sólo nuestro pendón._
_¡Fisga, burgraves, fisga_
_á Satanás y á Dios!_
(_Trompetas y clarines._)
GUANHUMARA.--Muy alegres están los príncipes. Todavía dura el festín.
(_Mirando á la otra parte del teatro._) Los cautivos trabajan bajo el
látigo desde el alba. Allá el ruido de la orgía; acá el ruido de los
hierros. (_Mirando hacia la puerta de la derecha._) Allí, el padre y el
abuelo, pensativos y cargados de años, buscando la sombría huella de
todo lo que han hecho, meditando en su vida y en su raza, contemplando
á solas y lejos de las triunfantes risas, sus maldades aún menos
horribles que sus hijos. En su prosperidad hasta hoy completa, ¡cuán
grandes son! Los marqueses de las fronteras, los condes soberanos,
los duques, hijos de los reyes godos, se inclinan ante ellos como si
fueran iguales. El burgo, henchido de tocatas, canciones y gritería,
se alza inaccesible hasta las nubes. Miles de soldados, bandidos de
fulgurantes ojos, vigilan por todas partes con el arco en una mano, la
lanza en otra y la espada entre los dientes. Todo protege y defiende
este antro aborrecible. Sola, en un desierto rincón de este formidable
castillo, vieja, desconocida, débil, con la cadena al pié y el collar á
la garganta, desarrapada y triste, se arrastra la pobre esclava... Pero
¡oh príncipes, temblad! ¡Esta esclava es el odio!
(_Retírase al fondo y sube las gradas de la galería. Entra por la
derecha una cuadrilla de esclavos encadenados trayendo en la mano las
herramientas del trabajo. Apoyada en un pilar Guanhumara, los mira
pensativa. Por los vestidos sucios y desgarrados de los cautivos se
infieren aún sus antiguas profesiones._)
[Ilustración]
ESCENA II
LOS ESCLAVOS
(_Kunz, Teudon, Haquin, Gondicario, burgueses y mercaderes, con
barbas canosas; Josio, veterano; Herman, Cinulfo, Carlos, estudiantes
de la Universidad de Bolonia y de la escuela de Maguncia; Swan (ó
Suenon) negociante de Lubeck. Los cautivos se adelantan en grupos,
separados por clases, quedando solo el soldado. Los viejos, abrumados
de fatiga y de dolor. Durante esta escena y las dos siguientes,
continúan á intervalos los cantos de la sala inmediata._)
TEUDON (_dejando su herramienta y sentándose en una grada_).--Por fin
llega la hora del descanso. ¡Oh! ¡Cuán fatigado estoy!
KUNZ.--¡Ah! Yo era libre y rico y ahora...
(_Agitando su cadena._)
GONDICARIO (_apoyado en un pilar_).--¡Ah!
CINULFO (_Mirando á Guanhumara que cruza la galería._)--Quisiera que
alguien me dijese á quién espía esta buena mujer.
SWAN (_bajo á Cinulfo_).--Hace algún tiempo fué apresada con unos
mercaderes de San Galo por la gente del burgo. No sé nada más.
CINULFO.--Me es indiferente. Pero mientras á nosotros se nos sujeta, á
ella la dejan andar libre.
SWAN.--Ha curado de una fiebre maligna á Hatto, el mayor de los nietos.
HAQUIN.--Al burgrave Rollon le mordió el otro día una sierpe en el pié
y ella también le curó.
CINULFO.--¿De veras?
HAQUIN.--Tengo para mí que es una hechicera.
HERMAN.--¡Cá!... Una loca.
SWAN.--La verdad es que posee mil secretos, y no sólo ha curado á
Rollon y Hatto, sino también á Elio, Knud y Azzo, los leprosos de que
huía todo el mundo.
TEUDON.--Algo muy grave maquina esa mujer. Yo estoy, no lo dudéis,
en que trae algún negro proyecto entre cejas, de acuerdo con los
tres leprosos, que le son muy afectos. En todos los rincones se les
encuentra juntos, como tres perros que siguieran á una loba.
HAQUIN.--Ayer, sin ir más lejos, estaban los cuatro en el cementerio
en la habitación de los leprosos. Ellos se ocupaban en hacer un
ataúd; ella, bien arremangada, agitaba un vaso, cantando bajo como si
arrullara y adormeciera á un niño, y componía un filtro con huesos de
muerto.
SWAN.--Y esta noche pasada divagaban por ahí. La noche estaba clara y
daba en verdad miedo ver á los leprosos enmascarados y á la vieja con
su largo velo. Yo estaba desvelado y pude verlos.
KUNZ.--Presumo que tienen algún escondrijo en los subterráneos. El otro
día se dirigían á un gran muro, taciturnos y malhumorados los cuatro;
desvié yo la vista por no estorbar, y cuando miré otra vez, habían
desaparecido: se habían deslizado por debajo del muro.
HAQUIN.--Esos leprosos y hechizados me importunan.
KUNZ.--Era junto á la Cueva Perdida.
HERMAN.--Los leprosos sirven á la que los ha curado;... nada más
natural.
SWAN.--Pero en vez de los leprosos y del perverso Hatto, á quien
debiera curar en el castillo sería á la amable niña, prometida de
Hatto, la sobrina del anciano Job.
KUNZ.--¿Regina? ¡Dios la bendiga! Es un ángel.
HERMAN.--Muriéndose está.
KUNZ.--Es lástima. El horror á Hatto la mata.
TEUDON.--¡Pobre niña!
(_Guanhumara atraviesa el fondo del teatro._)
HAQUIN.--Aquí está otra vez la vieja. Verdaderamente me espanta. Todo
en ella, su porte, su tristeza, su mirada penetrante, clara y repulsiva
á la vez, su ciencia sin fondo, en la que creo, en verdad me da miedo.
GONDICARIO.--¡Maldito sea este burgo!
TEUDON.--¡Cuidado!
GONDICARIO.--Á esta galería no vienen nunca nuestros amos; y además
están de fiesta y lejos de nosotros. ¿Quién ha de oirnos?
TEUDON (_bajando la voz é indicando la puerta del castillo_).--Allí
están los dos.
GONDICARIO.--¿Quiénes?