del teatro: no es este lugar ni momento oportuno para entregarnos á
teorías absolutas, sobre todo cuando no son necesarias; pero, en fin,
la censura dramática, como toda otra censura, está abolida por la
Constitución de 1830, uno de cuyos artículos dice textualmente que _no
podrá ser restablecida la censura_. También hacia fines de aquel año,
al presentar Mr. de Montalivet, ministro de la Gobernación entonces,
un proyecto, que al fin no llegó á ser ley, sobre policía de teatros,
decía en la exposición de motivos: _La censura ha muerto_.
»Pero lo que se querría restablecer no es la censura preventiva, sino
una censura mucho más peligrosa, la censura _à posteriori_, por decirlo
así. Con esto se dejaría á una empresa de teatros hacer cuantiosos
gastos en decoraciones y trajes, se dejaría también dar la primera
representación y luégo, _ex-abrupto_, se prohibiría la obra. He aquí
una disposición á que no hubiera debido someterse con tanta docilidad
el _Teatro-Francés_. Por eso nos asombramos viendo que no esperó el
24 de Noviembre la orden que no se firmó hasta el 10 de Diciembre
siguiente, contentándose con una simple intimación verbal, acaso con
algunas palabras escapadas al ministro.
»La empresa del _Teatro-Francés_ debe, pues, sufrir la pena de su
conducta, de la infracción del contrato ajustado con nosotros, y esta
infracción no puede resolverse sino indemnizando al autor de daños y
perjuicios.
»Vivimos, señores, en una época singular, época de transición y
confusión, como quiera que estamos bajo el imperio de cuatro ó cinco
legislaciones sucesivas que se cruzan y contradicen unas á otras.
Solamente los tribunales deben, en este arsenal de leyes, separar las
armas que aún pueden servir de aquellas cuyo uso no es ya permitido.
De esta manera os atendréis, señores magistrados, á la letra de la
Constitución que proscribe toda clase de censura, así la de obras
dramáticas, como la de obras impresas, y haciendo justicia á mi
cliente, serviréis los intereses de la libertad.»
EL PRESIDENTE: «El abogado del _Teatro-Francés_ tiene la palabra.»
MR. VÍCTOR HUGO: «Ruego al Señor presidente se sirva concedérmela para
después.»
EL PRESIDENTE: «Podéis hacer uso de ella desde luégo.»
MR. VÍCTOR HUGO: «Preferiría hablar después de mis dos adversarios.»
MR. LÉON DUVAL, en nombre del _Teatro-Francés_ desarrolla conclusiones
encaminadas á probar la incompetencia del Tribunal de comercio.
Según él, la empresa no hubiera querido otra cosa que continuar las
representaciones de una obra que le prometía abundantes ingresos;
encender con las tempestades de la primera noche otras tempestades;
pero tuvo que ceder á una necesidad imperiosa.
El tumulto llega á ser tan violento que es imposible continuar. Suenan
voces de «¡Nos estamos ahogando! ¡Abrid las ventanas! ¡Aire! ¡Aire!
¡Que se evacue la primera sala!» Muchas señoras se retiran asustadas.
EL PRESIDENTE: «Ya es difícil oir. Si se abren las ventanas, no oiremos
una palabra.»
MUCHAS VOCES: «No podemos salir ni respirar. ¡Nos ahogamos!»
EL PRESIDENTE: «Se va á suspender la audiencia momentáneamente para
abrir las ventanas y evacuar la primera sala.»
(_Aplausos en la parte del público más próxima al Tribunal. Murmullos
en el vestíbulo._)
El tumulto sube de punto. Un piquete de guardias nacionales penetra
en el recinto. La mayoría del público aplaude, sobre todo cuando ve
que los guardias han tenido el cuidado de envainar bayoneta. La fuerza
armada evacua el vestíbulo y algunos de los expulsados tararean la
_Marsellesa_.
Los agentes de cambio y los comerciantes, que estaban ocupados en
negocios de bolsa en la planta baja del edificio, pudieron creerse
sorprendidos por un motín.
Por fin, se cierran las puertas vidrieras, como también las exteriores,
para evitar que éntre más gente y continúa la audiencia á las dos y
media.
EL PRESIDENTE: «El Tribunal ha hecho cuanto le ha sido posible para
que el público estuviera cómodamente. Si se reproduce el ruido se
suspenderá la audiencia aplazando el acto para otro día.»
MR. LÉON DUVAL acaba su defensa, demostrando que la empresa del
teatro ha cedido á fuerza mayor, y que aun sin tratar más que de la
subvención, no se habría empeñado en una lucha en que inevitablemente
hubiera sucumbido.
Víctor Hugo, á quien el presidente concede la palabra, manifiesta que
desea ser el último.
MR. CHAIX-D’EST-ANGE: «Sería lo más lógico acabar la defensa para
contestar yo luégo de una vez á todos mis adversarios. De lo contrario,
tendré necesariamente que replicar cansando dos veces al Tribunal y al
público.»
MR. VÍCTOR HUGO: «Estoy dispuesto á hablar desde luégo.»[5].
[5] _Omitimos este discurso que va íntegro antes del drama._
El discurso de Víctor Hugo fué seguido de ruidosos y repetidos aplausos
procedentes del fondo de la sala y de afuera.
EL PRESIDENTE: «Parte del público olvida que no es este un espectáculo.»
MR. CHAIX-D’EST-ANGE: «Señores, dos cuestiones se agitan en este
juicio; la una de competencia: se trata de saber si podéis apreciar un
acto cuya regularidad os está conferida; la otra de fondo: trátase de
saber si este acto es legal, regular, conforme con la Constitución y
con la libertad que ésta consagra.
»Sobre la primera cuestión suscitada por mí mismo, debo entrar en
algunos detalles. Debería prescindir de la segunda: incompetentes como
sois, no debería examinar ante la jurisdicción consular si el acto de
la autoridad administrativa es legal ó debe ser revocado. Pero ante
todo, señores, hay un deber de conciencia y de honor que el abogado
debe cumplir. No quiero dejar sin contestación los cargos que se han
hecho aquí; no quiero que permanezca esta vergüenza y la rechazaré;
porque la primera condición de mi presencia en la causa ha sido que si
se dirigían inculpaciones á la autoridad cuya representación y defensa
tomaba, tomaría la palabra sobre el fondo para probar ante los hombres
de honor que la autoridad ha cumplido con su deber.
»Yo espero obtener de este público tan entusiasta por la causa de Mr.
Víctor Hugo y tan amigo de la libertad, esa libertad de discusión que
debe concederse á todos igualmente. Nadie se crea aquí con derecho á
interrumpir á un abogado cuya lealtad é independencia nunca jamás han
sido sospechosas. (_Movimiento general de aprobación en la mayor parte
del público._)
»Entro en el examen de la primera cuestión ó sea la de competencia.
Hay principios que basta enunciar para que parezcan indiscutibles, y
cuya fuerza resiste á toda contradicción. Así la opinión general, la
experiencia de todos los tiempos, ha consagrado, de tal suerte que no
es posible rebatirlo, el principio de la división de los poderes en
todo gobierno bien ordenado.
»Existe el poder legislativo, encargado de hacer las leyes; el poder
judicial, con la misión de aplicarlas, y el poder administrativo que
cuida de su ejecución. Esta división no es nueva: el principio ha sido
consagrado en leyes tan numerosas, en textos tan precisos que basta con
enunciarlos.»
Después de haber citado las leyes de 1790 y 91, é invocado la autoridad
de un venerable magistrado, Mr. Henrion de Pensey, añade el defensor:
«Todavía puedo oponer á mi adversario el testimonio de un colega
suyo, el vizconde de Cormenin, el defensor ardiente é intrépido de la
libertad.
»No hay que separarse, decía el vizconde, cuando no era más que
barón... (_Risas seguidas de violentos rumores en el fondo de la sala_)
no hay que separarse de este principio tutelar de la división de los
poderes.
»Mi adversario ha sido el primero que os ha citado un juicio de
este mismo Tribunal en la demanda relativa á Mrs. Fontan y Dupeuty
sobre _el Proceso del mariscal Ney_. El Tribunal no sólo apoyó la
desestimación de la demanda sobre el caso de fuerza mayor, resultante
de la intervención de los gendarmes, sino que reconoció también la
incompetencia de la jurisdicción comercial para pronunciar sobre un
acto de administración. En aquella causa, como en esta, se había visto
una especie de concierto entre los autores y la empresa teatral para
someter al ministro á un juicio público.»
MR. ODILON BARROT: «No nos acuséis de falta de franqueza. Nosotros no
hemos sabido vuestra intervención hasta ahora, en la misma audiencia.»
MR. CHAIX-D’EST-ANGE: «Os ruego que no me interrumpáis: bastante
dificultad he tenido en dominar otras interrupciones de parte del
público. Bien veis que no he podido pronunciar las palabras de _moral_
y _ultrajes á las costumbres_ sin excitar inconcebibles murmullos.
»Se ha invocado el juicio del 28 de Julio de 1830 en el asunto del
_Correo francés_. Un juicio celebrado en medio de los combates y de
los peligros, un juicio pronunciado desde lo alto de esa especie de
trono, proclamó la ilegalidad de las ordenanzas del 25 de Julio. Fué un
gran acto de valor, un acto de buenos ciudadanos; pero ¿vale citar en
momentos de calma lo que ha pasado en tiempos de desorden? Los jueces
que dictaron aquella providencia, eran como los guardias nacionales
que ilegalmente también vestían su uniforme é iban á combatir por la
libertad y por las leyes.
»No estamos ya, por fortuna, en aquella época, y sin embargo, Mr.
Víctor Hugo tiene un pensamiento que no desampara: piensa Mr. Víctor
Hugo que la orden que ha prohibido su drama vale á lo menos lo que las
ordenanzas de Julio; piensa que para invalidar esa orden están las
gentes dispuestas, ahora como entonces, á hacer un motín ó más bien una
revolución. (_Grandes rumores en la misma parte del público._) El autor
mismo lo ha dicho en carta dirigida á los periódicos, y yo lo repito
porque toda libertad debe rodear aquí al abogado que habla inspirado
por su conciencia. (_Aplausos y bravos en la mayoría del público._)
Sí, Mr. Víctor Hugo ha escrito que quería ponerse entre el motín y el
gobierno; ha tenido, pues, la generosidad de recomendar á la generosa
juventud de los talleres y escuelas que no se subleven por él, que no
hagan una revolución por su drama.
»En interés de la administración debería detenerme aquí; pero he
anunciado que trataría la cuestión legal. Aquí no están de acuerdo
mis adversarios: el cliente se revuelve contra toda clase de medidas
preventivas y quiere, á lo menos antes de la representación, una
libertad ilimitada; el defensor no es completamente de su opinión: la
censura teatral, le parece cuestión muy delicada, y nos ha velado sus
argumentos con esas nebulosidades de que su talento suele rodearse en
la discusión (_Risas_); se ha hecho, por decirlo así, incoercible; nos
ha rogado que le permitamos, á él, hombre político, no tomar partido,
no decirnos el fondo de su pensamiento porque su pensamiento no es
definitivo.
»Ahora bien: poneos de acuerdo, debo decir á mis adversarios. Si no
queréis la censura, decidlo francamente; si la queréis, tened, hombres
populares, tened el valor de decirlo con la misma franqueza, porque
es dar pruebas de valor arrostrar las falsas opiniones del público y
proclamar siempre y en todas partes la verdad.
»Por lo demás, no extraño esa vacilación de mi adversario. Cuando
Mr. Barrot fué llamado, como miembro del Consejo de Estado, á dar
su parecer sobre la libertad teatral, reconoció la necesidad de la
represión preventiva; sólo que no quería que quedara en manos de
la policía. Uno de los prefectos que se han sucedido en este ramo
desde la revolución, Mr. Vivien, era del mismo parecer. Que no se
nos venga ahora presentando la censura dramática como una violencia
_con fractura_ á la Constitución; que Mr. Víctor Hugo con su lenguaje
enérgico y pintoresco no se jacte de haber _abofeteado_ un acto del
poder con cuatro artículos de la Constitución.
»Todas las leyes sobre teatros están vigentes: todas fueron aplicadas
bajo el régimen del Directorio, sin que se haya derogado una sola. Ni
podía ser de otra manera. Una obra dramática puede pasar sin peligro en
un punto y ofrecer en otros grandes inconvenientes. Suponed la tragedia
de Carlos IX, la matanza de san Bartolomé, representada en el teatro
de Nimes, en un país donde las pasiones, los odios entre católicos
y protestantes subsisten todavía tan vivos, y juzgad, juzgad de sus
efectos.
»De las tres clases de intervención de la autoridad en los teatros,
de que os ha hablado mi adversario, la segunda, ó sea la censura,
subsiste. Hablando de la primera, de la autoridad municipal, el abogado
defensor ha incurrido en una contradicción, porque la ley de 1790
prohibe á los municipios inmiscuirse en la policía de los teatros. La
influencia de las subvenciones no debiera haber sido tratada por un
autor dramático.
»Sin embargo, insiste mi adversario; pretende que el ministro de la
Gobernación y no el ministro de Fomento, es quien debería cuidar de
la policía de los teatros, y ha llorado sobre ese pobre ministerio
desposeído de una de sus más importantes atribuciones. Pues bien, la
policía de los teatros está, como las subvenciones, en las atribuciones
del ministro de Fomento, y este ministro, no el de Gobernación, fué el
traído á juicio en el asunto del _Mariscal Ney_.
»Pero se dice: ¿por qué no ha ejercido este ministro en la obra de
Víctor Hugo la censura preventiva, la _buena censura_, que dice mi
adversario? La razón es sencilla. El ministro se resistía á la censura,
y dijo á Víctor Hugo. «No os pido el manuscrito del drama; pero dadme
vuestra palabra de honor de que no contiene nada contrario á la moral.»
La palabra de honor fué empeñada, y he aquí por qué fué permitida sin
examen.»
MR. VÍCTOR HUGO: «Pido la palabra para contestar á esa aserción.»
(_Diversos rumores._)
MR. CHAIX-D’EST-ANGE: «Los censores, convengo en ello, los censores
matan la censura; á veces la hacen odiosa; pero tranquilizaos: la
opinión pública y las costumbres son omnipotentes en Francia, y no
estaría en el deseo ni en el poder del gobierno prohibir ni suspender
la representación de una obra que no ofreciera ningún peligro para
el orden ni para la moral. Haga Víctor Hugo una obra maestra (tiene
bastante talento para hacerla), hable en ella de los beneficios de
la libertad, como en otro tiempo hablaba de los beneficios de la
Restauración, y si se le oponen dificultades, se le hará justicia.»
MR. ODILON BARROT replica inmediatamente y recuerda los diferentes
casos en que los tribunales han reconocido la ilegalidad de actos
administrativos. Tal fué el principio de la sentencia del Tribunal de
casación sobre las ordenanzas de policía que mandaba poner colgaduras
en las ventanas para la procesión del Corpus.
Así, los tribunales tienen siempre el derecho de apreciar los actos
de que se hace derivar jurisprudencia, y el de decidir si estos actos
toman su fuerza de la ley y si se puede fundar un juicio en ellos.
«Se ha tenido el valor y estaba por decir la audacia, añade Odilon
Barrot, de ver en el juicio relativo al impresor Chantpie y al editor
del _Diario del Comercio_ una especie de sedición. Como ciudadanos,
como hombres tenéis sin duda el deber de resistiros á los actos de
opresión; pero cuando vestimos la toga, cuando ejercemos una función
pública, cuando estamos instituídos para hacer respetar las leyes, nos
guardamos de violarlas, y es hacer una injuria al tribunal suponer
que á ojos vistas, á presencia del pueblo ha violado las leyes en
cualquiera ocasión. No, señores, el Tribunal de Comercio no ha violado
las leyes en el juicio de Chantpie y su gloria es tanto mayor cuanto
que ha tenido á raya la arbitrariedad del poder hasta el último límite
de sus facultades, manteniendo el respeto á las leyes con su propio
respeto.»
Finalmente, el defensor calificó de orden póstuma la prohibición
notificada al _Teatro-Francés_, el 10 de Diciembre por el ministro de
Fomento. No es menos cierto que negándose el 24 de Noviembre anterior,
á seguir representando el drama, el _Teatro-Francés_ ha infringido el
convenio entre él y Víctor Hugo, por lo cual no puede alegar excepción
de fuerza mayor.
MR. VÍCTOR HUGO: «Voy á decir solamente algunas palabras.»
EL PRESIDENTE: «La cuestión ha sido bastante discutida.»
MR. VÍCTOR HUGO: «Un pasaje del discurso de Mr. Chaix-d’Est-Ange me
proporciona la ocasión de hacer constar un hecho de que no he hablado
porque me es honroso, y no creo deber alegar ciertos hechos que me
honran. He aquí lo que pasó:
»Antes de la representación de mi drama, advertido por la empresa
del _Teatro-Francés_ de que Mr. Argout quería censurarlo, fuí á
verle, y le dije entonces, como un ciudadano al ministro, que no
le reconocía el derecho de censurar una obra dramática, que este
derecho estaba abolido, á mi modo de ver, por la Constitución: añadí
que si pretendía censurar mi obra, la retiraría inmediatamente, y que
á él le correspondía ver si no habría en esto para la autoridad una
consecuencia más enojosa que en permitir la representación de mi obra
sin haberla censurado.
»Me dijo entonces Mr. Argout que su opinión era muy distinta sobre
la materia, y que en su calidad de ministro se creía en el derecho
de censurar una obra dramática, pero que teniéndome por un hombre de
honor, incapaz de hacer obras de alusiones ó inmorales, consentía con
mucho gusto en que mi obra no fuese censurada.
»Repliqué al ministro que yo no tenía nada que pedirle, que era un
derecho el que pretendía ejercer. Mr. de Argout no se opuso á que se
representara el drama y renunció á la facultad que en su sentir tenía.
»Esto, ni más ni menos, es lo que ha pasado, é invoco aquí el
testimonio de un hombre de honor, presente en la audiencia, el cual no
me desmentirá. Si M. de Argout hubiera insistido en censurar mi obra,
luégo al punto la hubiera yo retirado del teatro. Declaro que una
comisión de la empresa fué á verme aquella misma mañana para rogarme
que no la retirara en el caso de que el ministro hubiera querido
censurarla. Insistí en mi resolución de no someterme á la censura y no
he querido nunca abandonar mi derecho.
»Es un hecho que hubiera podido referir minuciosamente en mi discurso,
y tengo la certeza de haberme atraído las simpatías del Tribunal y del
público. Pero ya que el abogado de la parte contraria lo ha traído al
debate, puedo á lo menos jactarme ahora de él sin inmodestia.»
MR. CHAIX-D’EST-ANGE: «Lo que yo he aducido, era necesario á la
defensa bajo el doble respecto del hecho y del derecho. No era inútil
contestar á la aserción de que el ministro no había cuidado de ejercer
la censura preventiva antes de la representación. He explicado por qué
no insistió en su derecho; no insistió porque tenía bastante confianza
en el honor y en la lealtad de Mr. Víctor Hugo para estar persuadido de
que no había en su drama ningún ultraje á las costumbres.»
EL PRESIDENTE: «El tribunal pasa á deliberar para pronunciar su fallo
dentro de quince días.»
Se levantó la sesión á las seis menos cuarto.
La multitud, que llenaba el local y todas las avenidas, esperó á Víctor
Hugo para saludarle y le aplaudió ruidosamente á su paso.
[Ilustración]
LOS BURGRAVES
TRILOGÍA CON UN PRÓLOGO DE SU AUTOR
[Ilustración]
PRÓLOGO
En tiempo de Esquilo, la Tesalia era un lugar siniestro. Antiguamente
existieron en ella gigantes, y había entonces fantasmas. El viajero
que se arriesgaba á pasar Delfos allende y salvaba los vertiginosos
bosques del monte Cnemis, creía ver por donde quiera, cerrada la
noche, abrirse y fulgurar los ojos de los cíclopes sepultados en las
lagunas del Esperquio; las tres mil llorosas oceánidas se le aparecían
en tropel en el nublado cielo del Pindo; en los cien valles del Eta
encontraba las profundas huellas y los horribles codos de los cien
brazos de los hecatónquiros que en otro tiempo cayeron en sus rocas;
contemplaba con religioso estupor la señal de las crispadas uñas de
Encélado en el costado de Polión. No veía en el horizonte al inmenso
Prometeo acostado, como una montaña en otra montaña, sobre cimas
rodeadas de tempestades, porque los dioses le habían hecho invisible;
pero al través del ramaje de las añosas encinas, llegaban á sus oídos
los lamentos del coloso, y oía á intervalos los duros picotazos
del monstruoso buitre en los sonoros granitos del monte Otris. Muy
á menudo salía del monte Olimpo un rumor de trueno y en aquellos
momentos veía el espantado viajero levantarse hacia el Norte, en los
resquebrajados montes Cambunios, la deforme cabeza del gigante Hades,
dios de las tinieblas interiores; al Oriente, más allá del monte Osa,
oía mugir á Ceto, la mujer-ballena; y al Occidente, por encima del
monte Calídromo, al través del mar de los Alciones, un viento lejano
procedente de Sicilia le traía el horrísono ladrido de la vorágine
Escila. Los geólogos no ven hoy en la trastornada y revuelta Tesalia,
más que el sacudimiento de un terremoto y el paso de las aguas
diluvianas; mas para Esquilo y sus contemporáneos, aquellas asoladas
llanuras, aquellos descuajados bosques, aquellos peñascos arrancados
y rotos, aquellos lagos trocados en pantanos, aquellas montañas
derribadas é informes, eran algo más formidable aún que una tierra
devastada por un diluvio ó removida por los volcanes; era el espantable
campo de batalla donde los Titanes habían luchado contra Júpiter.
Lo que la fábula inventó, lo reproduce á las veces la historia. La
ficción y la realidad suelen sorprender nuestro espíritu con los
singulares paralelismos que en ellas descubre. Así,--á menos, sin
embargo, que no se busquen en países y en hechos que pertenecen á la
historia esas impresiones sobrenaturales, esas exageraciones quiméricas
que los ojos de los visionarios prestan á los hechos puramente
mitológicos; admitiendo el cuento y la leyenda, pero conservando el
fondo de realidad humana que falta á las gigantescas máquinas de la
antigua fábula;--hay en Europa hoy un paraje que, relativamente, es
para nosotros, desde el punto de vista poético, lo que era la Tesalia
para Esquilo, esto es, un campo de batalla memorable y prodigioso. Ya
se adivinará que aludimos á las orillas del Rhin. Allí, en efecto, como
en Tesalia, todo está herido del rayo, asolado, arrancado, destruído.
No hay una roca que no sea una fortaleza, ni una fortaleza que no sea
una ruina: el exterminio ha pasado por allí; pero este exterminio es
de tal manera grande, que se conoce que el combate ha sido colosal.
Allí, en efecto, seis siglos há, otros titanes lucharon contra otro
Júpiter. Estos titanes son los burgraves; este Júpiter es el emperador
de Alemania.
El que escribe estas líneas, y perdónesele que explique aquí su
pensamiento, el cual ha sido por otra parte tan bien comprendido, que
se limita hoy á repetir lo que otros han dicho antes y mucho mejor que
él; el que escribe estas líneas había entrevisto, mucho tiempo há,
lo que hay de nuevo, extraordinario y profundamente interesante para
nosotros, pueblos nacidos de la Edad media, en la guerra de los titanes
modernos, menos fantástica, pero tan grandiosa acaso como la guerra de
los antiguos titanes. Los titanes son mitos; los burgraves son hombres.
Hay un abismo entre nosotros y los titanes hijos de Urano y de Gea; no
hay entre los burgraves y nosotros más que una serie de generaciones:
nosotros, naciones ribereñas del Rhin, venimos de ellos, son nuestros
padres. De aquí entre ellos y nosotros aquella cohesión íntima, aunque
lejana, que hace que, admirándolos porque son grandes, los comprendamos
porque son reales. Así, la realidad que despierta el interés, la
grandeza que da la poesía, la novedad que apasiona á la multitud
son las fases del triple aspecto bajo el cual podía ofrecerse á la
imaginación de un poeta la lucha de los burgraves contra el emperador.
El autor de estas páginas estaba ya preocupado de este gran asunto,
que de mucho tiempo atrás, como hemos dicho, solicitaba interiormente
su pensamiento, cuando una casualidad le condujo, hace algunos años, á
las orillas del Rhin. La parte del público que tiene á bien seguir sus
trabajos con algún interés, habrá acaso leído el libro intitulado _El
Rhin_, y sabrá por consiguiente que este viaje de un oscuro pasajero no
fué más que un largo y fantástico paseo de anticuario y soñador.