bufón, agitado de convulsiva alegría, le ayuda á llevar el saco, que al
parecer contiene un cadáver, hasta el proscenio._) Vuestro enemigo está
en este saco.
TRIBOULET.--¡Qué gusto! Quiero verlo. ¡Una luz!
SALTABADIL.--¡No, pardiez!
TRIBOULET.--¿Quién teméis que nos vea?
SALTABADIL.--Los arqueros y vigilantes nocturnos. Nada de luz ¡qué
diablo! Ya hacemos bastante ruido. Los diez escudos.
TRIBOULET.--Toma. (_Entregándole un bolsillo._) Hay momentos de
verdadera fruición en la venganza.
(_Examina el saco mientras el otro cuenta._)
SALTABADIL.--¿No he de ayudaros á echarlo al río?
TRIBOULET.--Para esto yo solo me basto.
SALTABADIL.--Pero los dos lo haríamos más pronto.
TRIBOULET.--Un enemigo muerto y arrastrando no pesa mucho.
SALTABADIL.--¡Como queráis! (_Yendo á un punto del parapeto._) No lo
arrojéis por aquí. Este sitio es malo. (_Indicándole una brecha del
parapeto.)_ Por aquí hay más profundidad. Despachad pronto y... buenas
noches.
(_Vuelve á su casa y cierra la puerta._)
ESCENA III
TRIBOULET
¡Aquí está!... ¡Muerto!... Quisiera verlo. (_Palpando el saco._)
¿Qué importa? Es él: lo reconozco al través del saco. He aquí sus
espuelas que atraviesan la lona: no hay duda, es él. (_Se endereza y
pone el pié encima del saco._) Ahora ¡oh mundo! mírame. Este es un
bufón y este es un rey. Y ¡qué rey! El primero de todos. Y míralo
á mis piés, con un saco por sudario, y por sepulcro el Sena que lo
aguarda. ¿Quién ha hecho esto? (_Cruzando los brazos._) Yo, yo solo.
Viéndola estoy y no creo en mi victoria, ni los pueblos la creerán
mañana. ¿Qué dirá la posteridad? ¡Qué asombro entre las naciones! ¡Oh
suerte! ¡Cómo juegas con los destinos de los hombres! Una de las más
altas majestades de la tierra, Francisco de Valois, rival de Carlos V,
un rey de Francia, un héroe, un dios sin la eternidad, el amigo de la
victoria, cuyo paso estremecía las murallas, el vencedor de Marignan,
el rey del universo iluminado por su gloria... ¡oh Dios! arrebatado de
repente en todo su poder, con su nombre y su fama y su corte aduladora;
arrebatado como un niño mal nacido, arrastrado en una noche tormentosa
por ignorada mano. ¡Cómo! ¡El rey que se elevaba ceñido de inflamada
aureola, vedlo aquí extinto, desvanecido, disipado en los aires,
apareciendo y desapareciendo como uno de esos relámpagos! Y acaso
mañana, pregoneros inútiles irán de pueblo en pueblo ofreciendo oro y
gritando á los pasajeros: ¿Quién se ha encontrado á Francisco primero,
que se ha perdido? ¡Qué maravilla! (_Pausa de silencio._) ¡Mi hija!
¡Pobre hija mía! Ya estás vengada. ¡Oh! ¡qué sed tenía de esta sangre!
(_Inclinándose sobre el cadáver._) ¡Malvado! ¿Puedes oirme aún? Tú me
robaste á mi hija, que vale más que tu corona y no había hecho mal
á nadie; me la devolviste, pero llena de vergüenza y llorando. Pues
bien, ahora, ¿me oyes, rey de la crápula? ahora yo soy quien se ríe
y se venga. Porque aparentaba haberlo olvidado todo, te adormeciste
y confiaste. Creías piedad el disimulo de un padre, á quien podías
abofetear. ¡Oh! no; en la lucha suscitada entre nosotros, lucha entre
el débil y el fuerte, el vencedor es el débil; el que te lamía los
piés, te roe el corazón. Ya eres mío, ya estás vencido. ¿Me oyes? Yo
soy, rey caballero, yo, el loco, el bufón, esta mitad de hombre, este
supuesto animal á quien tú llamabas perro. (_Dándole con el pié._) Y
es que, cuando la venganza está en nosotros, no hay nada que duerma en
el corazón por muerto que esté; el más pequeño crece, el más vil se
transforma, el esclavo desenvaina su odio, el gato se torna tigre, y
un verdugo el bufón. (_Irguiéndose._) ¡Oh, cómo gozaría yo si pudiera
oirme, sin poder moverse! (_Inclinándose otra vez._) ¿Me oyes? ¡Te
aborrezco! Vé á ver si en lo hondo del río en que acaban tus días, hay
alguna corriente que te lleve á Saint Denis. ¡Al agua, rey Francisco!
(_Toma el saco por un extremo y lo arrastra á la orilla del río. Al
dejarlo en el parapeto, se entreabre la puerta baja de la casa y sale
Magdalena, observa con inquietud, hace una seña, dando á entender que
no se ve á nadie, entra y vuelve á salir con el rey, al cual induce
por señas á irse. Después se encierra en la casa y el rey atraviesa
el fondo en la dirección que le ha indicado._)
TRIBOULET.--¡Al agua!
EL REY (_cantando por el fondo._)
_La mujer, pluma al viento,_
_pronto varía..._
TRIBOULET (_estremeciéndose_).--¡Qué voz!... Ilusiones de la noche ¿os
queréis burlar de mí?
(_Vuélvese y presta atento oído. El rey ha desaparecido, pero se le
oye á lo lejos._)
EL REY (_cantando._)
_loco y necio es el hombre_
_que en ella fía._
TRIBOULET.--¡Maldición! No es él quien está en este saco. Alguien le ha
protegido y se pone en salvo. ¡Me han engañado! (_Corre á la casa donde
sólo hay abierta la ventana superior._) ¡Bandido!... ¡Si no estuviera
tan alta la ventana!... (_Volviendo al saco con furor._) ¿Á qué
inocente ha puesto en su lugar el traidor? Estoy temblando. (_Palpando
el saco._) Sí, es un cuerpo muerto. (_Desgarra el lienzo con su puñal
y mira ansiosamente._) No veo. ¡Qué oscuridad! Esperemos un relámpago.
(_Queda un instante con la vista fija en el saco entreabierto._)
ESCENA IV
TRIBOULET, BLANCA
(_Brilla un relámpago. Se levanta el bufón dando gritos frenéticos._)
TRIBOULET.--¡Ah! ¡Mi hija! ¡Dios mío! ¡Mi hija! ¡Cielos! ¡Es mi hija!
(_Palpando su mano._) Tengo mojada la mano. ¡Oh Dios! ¡Sangre, sangre
de mi hija! ¡Oh! ¡Me vuelvo loco! ¡Prodigio horrible!... Pero no:
Blanca partió, está en camino de Evreux. (_Cayendo de rodillas junto
al cuerpo._) ¡Dios mío! ¿No es verdad que es un sueño horroroso? ¿No
es verdad que habéis guardado á mi hija bajo vuestras alas y que no
es ella? (_Brilla otro relámpago._) ¡Sí, ella, ella es! (_Arrojándose
sobre el cuerpo y sollozando._) Hija mía, hija, respóndeme. ¡Te han
asesinado! ¡Bandidos! ¡Y nadie aquí! ¡Qué siniestra familia! Háblame,
hija mía. ¡Oh dolor! ¡Mi hija!
BLANCA (_Como reanimada á los gritos de su padre y con voz
desfallecida._)--¿Quién me llama?
TRIBOULET.--¡Habla! ¡Se mueve! ¡Late aún! ¡Entreabre los ojos! ¡Vive,
oh Dios! ¡Vive!
BLANCA (_incorporándose un poco_).--¿Dónde estoy?
TRIBOULET (_abrazándola_).--¡Hija mía, mi único bien en la tierra!
¿reconoces mi voz? ¿Me oyes? Dí.
BLANCA.--¡Padre mío!
TRIBOULET.--Blanca mía, ¿qué te han hecho? ¿Qué infernal misterio es
este? Temo lastimarte... no veo. Hija, hija mía, ¿estás herida? Guía tú
mi mano.
BLANCA.--El hierro... ha tocado sin duda... el corazón... lo he sentido.
TRIBOULET.--Pero ¿quién, quién te ha dado golpe tan cruel?
BLANCA.--¡Ah! Yo sola soy la culpable... Os he engañado... le amaba
y... muero... por él.
TRIBOULET.--¡Suerte implacable! ¡Cogida en mi venganza! ¡Oh! Dios me
castiga. Pero ¿cómo ha sido esto? Explícate, hija mía.
BLANCA (_moribunda_).--No me hagáis hablar...
TRIBOULET.--Perdóname... Pero ¡perderte sin saber cómo!...
BLANCA.--¡Me ahogo!
TRIBOULET.--Blanca, hija mía, no te mueras. (_Con desesperación._)
¡Socorro! ¡Socorro! Nadie hay aquí. ¿He de dejar morir así á mi hija?
¡Ah! la campana de las aguas está ahí en el parapeto. ¿Puedes, hija
mía, esperar que vaya á traer agua y á tocar para que vengan en tu
auxilio? (_Blanca hace una seña negativa._) ¿No quieres? Pero fuerza es
que... (_Llamando sin dejarla._) ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Esa casa, Dios
mío, es una tumba! (_Blanca agoniza._) ¡Se muere! No, no te mueras,
hija mía. ¡Tesoro mío! ¡paloma mía! Si tú me faltas ¿qué me quedará ya
en el mundo?
BLANCA.--¡Oh!
TRIBOULET.--Espera; te estoy lastimando con el brazo; déjame mudar de
postura. ¿Estás así mejor? Procura respirar hasta que venga alguien á
asistirnos... ¡Y no viene nadie! ¡Oh Dios!... ¡Nadie!
[Ilustración: TRIBOULET.--_¡Blanca!... ¡Hija mía!_]
BLANCA.--Padre mío... perdonadme... ¡Adiós!
TRIBOULET (_mesándose los cabellos_).--¡Blanca! ¡Hija mía!...
¡Está espirando! (_Corre á la campana y toca á rebato._) ¡Socorro!
¡Asesinos! ¡Fuego! (_Volviendo á Blanca._) ¡Procura, hija mía, decirme
otra palabra, una sola por piedad! ¡Á los diez y seis años! ¡Oh! es
demasiado joven; no está muerta. Blanca ¿has podido dejar así á tu
padre? ¿No he de oir más tu dulce voz? (_Viene gente del pueblo con
hachas encendidas._) No tuvo el cielo piedad al darte á mí. ¿Por qué no
te llevó, á lo menos, antes de mostrarme la belleza de tu alma? ¿Por
qué me dejó conocer tesoro tan precioso? ¡Que no te hubieras muerto en
la infancia, cuando te heriste jugando con otros pequeñuelos! ¡Hija
mía! ¡Hija mía!
ESCENA V
Los mismos, hombres y mujeres del pueblo
UNA MUJER.--Sus palabras me parten el corazón.
TRIBOULET (_volviéndose_).--¡Ah! ¿Ahora? Á buen tiempo. (_Agarrando del
cuello á un carretero que trae su fusta en la mano._) ¿Tienes caballos,
gaznápiro? ¿Tienes carro?
CARRETERO.--Sí, señor. ¡Vaya si está furioso!
TRIBOULET.--Pues bien, toma mi cabeza y ponla debajo de las ruedas.
(_Volviendo á Blanca._) ¡Hija, hija mía!
UN HOMBRE DEL PUEBLO.--¡Un asesinato! ¡Un padre desesperado! Vamos á
separarlos. (_Quieren apartar á Triboulet que se resiste._)
TRIBOULET.--¡Quiero aguardar aquí! ¡Quiero verla! Yo no os he hecho
ningún mal para que me la quitéis. No os conozco. (_Á una mujer._)
Señora, vos que sois buena, porque lloráis conmigo, decidles que no me
aparten de mi hija. (_Intercede la mujer, y vuelve él junto á Blanca._)
¡De rodillas! ¡De rodillas, miserable, y muere al lado de ella! (_Se
arrodilla._)
LA MUJER.--Tranquilizaos, buen hombre. Si gritáis, os echarán de aquí.
TRIBOULET.--No, no; dejadme. Creo que respira aún; tiene necesidad de
mí. Id á pedir socorro á la ciudad. Dejadla en mis brazos, sin temor
de que me mueva. (La toma en brazos como una madre á un niño.) No, no
está muerta: no lo querrá Dios, porque, en fin, bien sabe Dios que no
tengo en la tierra más que á mi hija. Todos odian al pobre deforme, y
á sus males todos son indiferentes. Ella me ama, sin embargo; es mi
alegría, mi apoyo, y cuando se ríen de su padre, llora con él. ¡Tan
hermosa y muerta! ¡Oh! no. Dadme un pañizuelo para enjugarme la frente.
(_Se la enjuga una mujer._) Sus labios están aún sonrosados. ¡Oh! ¡Si
la hubiérais visto! Parece que la veo yo aún, cuando era pequeñuela
con sus cabellos de oro... Era rubia entonces... (_Estrechándola con
delirio._) ¡Oh! ¡Pobre niña! Mi Blanca, mi dicha, mi hija adorada.
Cuando era pequeña, la tenía yo así. Ella se dormía en mis brazos
como ahora, y cuando se despertaba... ¡qué ángel del cielo! No le
parecía yo nada extraño; y se sonreía mirándome con sus ojos divinos,
mientras yo le besaba las dos manos. ¡Pobre paloma mía! ¡Muerta! Oh no;
está durmiendo, y pronto la veréis abrir los ojos. Ya veis, señores,
como hablo ahora con juicio, me estoy quieto y no ofendo á nadie;
ya veis... no hago nada, bien me podéis dejar que mire á mi hija.
(_Contemplándola._) ¡Ni una sombra en la frente! ¡ni uno de los dolores
antiguos! Ya he calentado sus manos entre las mías. Ved, tocadlas.
(_Llega un médico._)
LA MUJER.--El cirujano.
TRIBOULET (_al médico que se acerca_).--Venid, miradla. No me opondré
á nada. Está desmayada ¿no es verdad?
EL MÉDICO (_después de reconocer á Blanca_).--Está muerta.
TRIBOULET.--¡Muerta!
(_Se levanta con un movimiento convulsivo._)
EL MÉDICO (_continuando fríamente_).--Tiene en el costado izquierdo una
herida harto profunda, y la sangre ha causado su muerte sofocándola.
TRIBOULET (_con desesperación_).--¡Yo, yo he matado á mi hija! ¡Yo he
matado á mi hija!
(_Cae al suelo sin sentido._)
[Ilustración]
[Ilustración]
NOTA
Como documento biográfico interesante se incluye en esta edición la
reseña de la vista pública á que dió lugar la prohibición de _El Rey
se divierte_. Esta reseña está tomada del _Journal des Débats_, en su
número correspondiente al 20 de Diciembre de 1832.
TRIBUNAL DE COMERCIO
Demanda de Mr. Víctor Hugo contra el TEATRO-FRANCÉS y acción en
garantía del TEATRO-FRANCÉS contra el ministro de obras públicas.
El drama _El Rey se divierte_ no llevó proporcionalmente tanto público
á la _Comedia-Francesa_, como la demanda de que ha sido ocasión, ha
atraído hoy á la audiencia de la jurisdicción consular.
Allí, como en la calle de Richelieu, se dividían los espectadores
en muchas y diversas clases. En el recinto del estrado personas
distinguidas y damas ricamente ataviadas; en la tribuna de abogados,
ilustres jurisconsultos entre los que se confundían los diputados Bryas
y Brigode; en fin, en la parte más retirada, donde el público está de
pié, lugar que puede compararse al paraíso de los teatros, se veía
apiñado un auditorio más impaciente, el cual desde las nueve de la
mañana había estado haciendo cola en las vastas galerías del palacio de
la Bolsa. Todavía detrás de este auditorio había otro público de más
modesto porte y tanto más impaciente y rumoroso, cuanto que se veía
relegado al último lugar.
Á las doce del día, franqueadas las puertas á estas dos masas del
público, todo lo que estaba vacío fué inundado atropelladamente, y
hasta la sala de _Pas-perdus_, especie de vestíbulo separado de la
sala de audiencia por puertas vidrieras, fué invadida por multitud de
curiosos.
Algunos de estos extrañaban que el Tribunal y los litigantes no
observasen la misma puntualidad con que ellos mismos acudieron, y
reclamaban pidiendo á voces que se diera comienzo á lo que suponían ni
más ni menos que un espectáculo.
Cuando se vió llegar y sentarse en los bancos de la izquierda á Víctor
Hugo y sus abogados, muchos de los concurrentes se subieron sobre
las banquetas, y otros, á quienes los primeros tapaban la vista, les
gritaron que se sentaran. Fué aplaudido el autor por unos y otros.
El Tribunal, presidido por Mr. Aubé, abrió, por fin, la sesión, y
no sin dificultad hubo de restablecerse el silencio. Los gritos de
¡fuera! se alzaron contra los que, no habiendo podido encontrar sitio,
causaban algún tumulto; y en medio de esta agitación, se pregonaron
las dos causas: 1.ª la demanda entablada por Mr. Víctor Hugo contra el
_Teatro-Francés_; 2.ª el recurso interpuesto por los cómicos contra el
ministro de Comercio y Obras Públicas.
MR. CHAIX-D’EST-ANGE, abogado del ministro, deduce conclusiones
encaminadas á que el Tribunal se declare incompetente, considerando
respecto á la cuestión de legalidad ó ilegalidad de un acto
administrativo, que la ley del 24 de Agosto de 1791 prohibe á los
tribunales conocer de actos administrativos y de inmiscuirse en asuntos
de administración.
«El texto de la ley, dice este abogado, es de tal modo terminante, que
á la incompetencia no puede oponerse la menor dificultad. Fuera de
esto, esperaré las objeciones para contestarlas.»
MR. ODILON BARROT sienta por su parte las conclusiones siguientes:
«Considerando que por contrato verbal del 22 de Agosto último entre
Mr. Víctor Hugo y la _Comedia-Francesa_, representada por Mr.
Desmousseaux, uno de los empresarios del _Teatro-Francés_, debidamente
autorizado, se obligó la administración á representar el drama
titulado _El Rey se divierte_ bajo las condiciones estipuladas; que
la primera representación tuvo lugar el 22 de Noviembre último; que
el día siguiente fué _oficiosamente_ advertido el autor de que las
representaciones de su drama estaban suspendidas de orden superior;
que de hecho, el anuncio de la segunda representación desapareció
de los carteles del _Teatro-Francés_ para no reaparecer; que los
contratos constituyen la ley de las partes; que nada puede modificar su
ejecución; ha de servirse el Tribunal condenar por todas las vías de
derecho, _aun por la fuerza_, á los empresarios del _Teatro-Francés_ á
representar el drama de que se trata, ó á pagar veinticinco mil francos
de indemnización; y en el caso de que consintieran en representar
el drama, condenarlos, por los perjuicios anteriores, á la suma que
parezca justa al Tribunal.
»Señores, dice el defensor, la celebridad de mi cliente me dispensa
de dároslo á conocer. Su cargo, el que ha recibido de su talento y de
su genio es de traer la literatura á la verdad, no á esa verdad de
convención y artificio, sino á esa verdad que se saca de la realidad
de nuestra naturaleza, de nuestras costumbres, de nuestros hábitos;
tarea que ha emprendido con valor y prosigue con tanta constancia
como talento. Muchas tempestades ha levantado, y el público, tribunal
soberano ante el cual comparece, parece haber consagrado sus esfuerzos
con entusiastas y numerosos aplausos.
»¿Por qué hoy está sentado en estos bancos ante un tribunal, teniendo
por apoyo, no el prestigio de su talento, sino mi severo ministerio y
la presencia de jurisconsultos que nada tienen de literario ni poético?
Porque Víctor Hugo no es solamente poeta, es ciudadano; sabe que hay
derechos que pueden renunciarse cuando llevan consigo perjuicios
exclusivamente personales, pero que hay otros que deben defenderse por
todos los medios y recursos posibles, porque no se puede abandonar
el derecho propio, sin entregar el derecho ageno, el derecho de la
libertad del pensamiento, de la libertad de las representaciones
teatrales. La resistencia á la censura, á actos arbitrarios, es derecho
y garantía que no se puede abandonar cuando se tiene conciencia de
estos derechos y de estas garantías y cuando se sabe en qué consiste el
deber de un ciudadano.
»Ese deber es el que Mr. Víctor Hugo viene aquí á cumplir; y bien que
se haya reprochado á la república de las letras, con justicia á veces,
la facilidad con que entrega sus franquicias y privilegios al poder, el
ilustre poeta tiene la ventaja de haber dado noble y brillante mentís
á este reproche. Mucho tiempo há que Víctor Hugo probó lo contrario:
ya en tiempo de la Restauración se resistió á doblegarse ante la
arbitrariedad de la censura. Ni honores, ni pensiones, ni favor ninguno
fueron poderosos á tentarlo para dominar en su ánimo el sentimiento de
su derecho, la conciencia de su deber. Le admirábamos entonces dándole
entusiastas testimonios de nuestras simpatías. ¿Y sería acogido con
otros sentimientos hoy que viene á llenar ese mismo deber, hoy que, en
más favorables circunstancias, cuando una revolución había abolido al
parecer toda censura, viene á reclamar, no un derecho dudoso, incierto,
sino un derecho consagrado por la ley fundamental, fruto y conquista de
aquella revolución?
»No, señores, no temo que el favor que acompañó hasta aquí á Mr.
Víctor Hugo, le abandone hoy: sus sentimientos son los mismos, ó acaso
han adquirido mayor energía en las circunstancias que después han
sobrevenido. Nunca olvidaré yo, ni Francia olvidará tampoco, que en
este mismo sitio, el 28 de Julio de 1830 se dió el primero, el más
solemne ejemplo de resistencia á la arbitrariedad. Aludo al memorable
juicio que condenó al impresor Chantpie á cumplir sus compromisos,
imprimiendo el _Diario del Comercio_, á pesar de las ordenanzas del 25
de Julio.
»Preveo que se me argüirá con otro juicio de este mismo Tribunal
con motivo de la interdicción que impuso la autoridad al teatro de
_Novedades_ de representar la obra titulada _Proceso de un mariscal
de Francia_. Los autores Mrs. Fontan y Dupeuty perdieron su causa;
pero la causa era muy diferente. Vuestro juicio hace constar que el
director del teatro de _Novedades_ había hecho todo lo posible por
que continuaran las representaciones, y que sólo había cedido á la
violencia, al uso de la fuerza armada, habiendo sido cercado su teatro
y cerrado por muchos días. Nada semejante hay en el caso actual. El
día siguiente al de la primera representación se escribe vagamente al
autor que existe una orden que prohibe su drama. Esta orden no se ha
producido, no la conocemos, y debiéramos saber si existe en efecto y
qué clase de orden es.»
MR. LÉON DUVAL, abogado de la _Comedia-Francesa_, interrumpe á Odilon
Barrot, diciendo:
«Las relaciones de Mr. Víctor Hugo con el _Teatro-Francés_ no son tan
raras que no pueda conocer la orden intimada por el ministro. Con todo,
hela aquí:
«El Ministro secretario de Estado en el ramo de Comercio y obras
públicas, visto el artículo 14 del decreto de 9 de junio de 1806;
considerando que en algunos pasajes del drama representado en el
_Teatro-Francés_ el 22 de Noviembre de 1832, con el título _El Rey
se divierte_, se ultrajan las costumbres... (_Violentos murmullos
y risas irónicas en el fondo de la sala_) hemos debido decretar y
decretamos:
»Quedan prohibidas en adelante las representaciones del drama
titulado _El Rey se divierte_.
»Dado en París á 10 de Diciembre de 1832.
»_Firmado_: CONDE DE ARGOUT.»
(_Arrecian los clamores y hasta se oyen algunos silbidos._)
MR. ODILON BARROT: «Celebro haber provocado esta explicación; por lo
menos tenemos ya una base en qué fundar el debate.
»Señores, creo que hay aquí una confusión extraña, y que Mr. de Argout
se ha engañado lastimosamente sobre la naturaleza de sus facultades.
Tres especies de intervenciones puede ejercer la autoridad en los
teatros».
(_Aquí llega á ser tal el tumulto en el vestíbulo que precede á la sala
de audiencia, que es imposible oir al abogado._)
MR. CHAIX-D’EST-ANGE: «Ruego al tribunal se sirva tomar medidas para
que cese este ruido, que me impide seguir el hilo de la argumentación
de mi adversario, á quien igualmente estorba».
EL PRESIDENTE: «Si no se restablece el orden, me veré obligado á hacer
evacuar la sala».
MR. ODILON BARROT, dirigiéndose al público:
«Es difícil continuar una discusión, de suyo árida, en medio de esa
agitación continua. Ruego al público se sirva escuchar, con paciencia
á lo menos, las deducciones legales que voy á sacar de la legislación
existente:
EL PRESIDENTE: «¡Que se cierren las puertas!»
VOCES DEL INTERIOR: «¡Nos estamos ahogando!»
OTRAS VOCES: «Mejor sería abrir las ventanas».
MR. ODILON BARROT: «La primera intervención es la de la policía
municipal. Si se turba el orden por la representación de una obra, si
se teme el mismo desorden en las representaciones siguientes, concibo
que la autoridad intervenga y tome sus medidas para que cese la causa
de la perturbación.
»La segunda es la de la censura dictatorial que se ejercía en
tiempos de la Convención y del Imperio y que existía aún durante la
Restauración.
»La tercera es la influencia de protección y de subvención. La
autoridad que subvenciona un teatro, bien puede intimarle órdenes de
suspensión de determinadas obras so pena de retirarle su favor.
»Nosotros no estamos en ninguno de estos casos; por una anomalía que
sin duda hará cesar muy pronto la ley de organización municipal de
París, no hemos visto que el prefecto de policía, ejerciendo el poder
municipal, pusiera término á las representaciones del drama. Tampoco es
el ministro de Policía quien ha hecho uso de los derechos de censura;
el ministro de Obras Públicas, ha venido á usurpar las atribuciones de
su colega. Así, pues, ese pobre ministerio de la Gobernación... (_Risas
irónicas en la misma parte de la sala de que procede todo el ruido_)
ese pobre ministerio, ya tan mutilado, que hace incesantes esfuerzos
por cubrir su desnudez y ver de recobrar alguna de las facultades que
se le escapan, se ve desposeído de su derecho de policía en los teatros
por la intrusión del ministro de Obras Públicas.
»Este ministro no ha podido intervenir sino de una manera: conminando
á la empresa del _Teatro-Francés_ con el sensible golpe de retirar la
subvención que la ley de presupuestos concede á los teatros reales.
Esta consideración no puede interesar al autor, ni menos influir en la
decisión del tribunal. El teatro debe cumplir sus compromisos, aun á
riesgo de perder la subvención. Al hacer el contrato debió medir todas
sus consecuencias. ¿Sería admisible, en buena doctrina, la resistencia
á cumplir un compromiso contraído á pretexto de que este compromiso no
es del agrado de un protector, de un pariente cuya herencia se espera,
ó cuya exheredación se teme?