escuchéis esa maldición!
(_Ruido de pasos hacia el fondo. Aparece en la galería exterior un
grupo de soldados y palaciegos, á cuyo frente va Mr. de Pienne._)
PIENNE.--Caballero Montchenu, mandad que abran la verja al señor de
Saint-Vallier, á quien llevan á la Bastilla.
(_El grupo de soldados desfila á dos de fondo, y al pasar
Saint-Vallier, á quien custodian, se detiene en la puerta._)
SAINT-VALLIER.--Pues que á mi maldición no ha respondido todavía ni un
rayo en el cielo ni un brazo varonil en la tierra, no espero ya nada.
Seguirá el rey engrandeciéndose.
TRIBOULET (_Mirándolo de frente._)--Conde, os engañáis. Alguien os
vengará.
[Ilustración]
[Ilustración]
ACTO IV
BLANCA
La Grève desierta cerca de la Tournelle (antigua puerta de París.)--Á
la derecha una casucha miserablemente amueblada en cuyo primer piso
á teja vana se ve por la ventana un mal lecho. La fachada, que mira
al público, está horadada y se distingue su interior. Hay una mesa,
una chimenea y en el fondo una escalera. La fachada de la izquierda
del actor tiene una puerta que se abre por dentro. Las grietas de las
paredes permiten ver desde fuera lo que pasa interiormente. Hay en la
puerta un postigo enrejado y encima una muestra de posada.--Lo demás
del teatro representa la Grève. Á la izquierda un parapeto arruinado
á cuyo pié corre el Sena, y en que está asegurado el sustentáculo de
la campana de aguas.--En el fondo y río allende, el antiguo París.
PERSONAJES
FRANCISCO I.
TRIBOULET.
BLANCA.
SALTABADIL.
MAGDALENA.
ESCENA I
TRIBOULET, BLANCA afuera; SALTABADIL, dentro de la casa
(_Durante esta escena, Triboulet debe estar inquieto y preocupado,
como quien teme ser sorprendido. Saltabadil, sentado junto á la mesa
dentro de casa, se ocupa en limpiar su tahalí sin cuidarse de lo
demás._)
TRIBOULET.--¿Y le amas?
BLANCA.--Siempre.
TRIBOULET.--Y eso que dejé correr el tiempo para que te cures de amor
tan insensato.
BLANCA.--Pero ¿qué queréis que haga si le amo?
TRIBOULET.--¡Pobre corazón de mujer! Explícame á lo menos las razones
de tu amor.
BLANCA.--No sé.
TRIBOULET.--¡Cosa rara!
BLANCA.--¡Oh! no... eso es precisamente lo que hace que le ame. Hay
hombres que salvan la vida á las mujeres; maridos que las hacen ricas
y dignas de envidia. ¿Les aman siempre? Él no me ha hecho á mí más que
daño, y yo le amo sin saber por qué. ¡Y ved qué locura!... le amo de
tal modo, que con ser él tan cruel y vos tan tierno para mí, lo mismo,
padre, lo mismo moriría por él que por vos.
TRIBOULET.--Eres una niña y te perdono.
BLANCA.--Y si él también me ama...
TRIBOULET.--No, loca, no.
BLANCA.--Él mismo me lo dijo y aun me lo juró. Y luégo dice las cosas
de un modo que vence y avasalla el corazón. Y es tan gallardo y
hermoso...
TRIBOULET.--¡Es un infame! Y no ha de decir el vil burlador que me robó
impunemente mi tesoro.
BLANCA.--Le habíais perdonado, padre mío.
TRIBOULET.--Nunca: necesitaba tiempo para tenderle el lazo y ya está
tendido.
BLANCA.--Ha pasado un mes y estabais tranquilo é indulgente.
TRIBOULET.--Lo aparentaba. ¡Oh! Te vengaré, Blanca, te vengaré.
BLANCA.--Me afligís, padre mío.
TRIBOULET.--¿Se indignaría tu blando corazón, si supieras que te engaña
el libertino?
BLANCA.--¡Engañarme! No, no lo creo.
TRIBOULET.--Y si lo vieras por tus ojos; si te convencieras de que no
te ama, ¿le amarías aún?
BLANCA.--No sé... Ayer mismo me dijo que me adora.
TRIBOULET (_con amargura_).--¿Te dijo ayer?... ¿Á qué hora?
BLANCA.--Por la noche.
TRIBOULET.--Pues bien, mira y ve, si puedes ver.
(_Indícale una grieta de la pared, y Blanca atisba por ella._)
BLANCA (_bajo_).--No veo más que un hombre.
TRIBOULET.--Espera un poco.
(_Vestido el Rey de simple oficial aparece en la sala baja de la
hostería saliendo por una puertecita de un aposento inmediato._)
BLANCA (_estremeciéndose_).--¡Padre... él!
(_Durante la escena segunda sigue observando por la abertura con
visible agitación._)
ESCENA II
Los mismos, EL REY, MAGDALENA
(_El rey le da en el hombro una palmada á Saltabadil, que se vuelve
de repente._)
SALTABADIL.--¿Qué se ofrece?
EL REY.--Dos cosas sin demora.
SALTABADIL.--¿Qué?
EL REY.--Tu hermana y un vaso.
TRIBOULET (_fuera_).--Ya ves sus costumbres. Ese rey por la gracia de
Dios, se arriesga á menudo solo en inmundos tugurios, y el vino que más
le alegra y gusta es, como vas á ver, el que le escancia impúdica Hebe
de taberna.
EL REY. (_Cantando._)
_La mujer, pluma al viento,_
_pronto varía..._
(_Saltabadil ha ido en silencio á la pieza inmediata por una botella
y un vaso que trae y pone sobre la mesa. Después da un par de golpes
en el techo con el pomo de su luenga espada, á cuya señal, una moza
vestida de gitana, lista y risueña, baja á saltos la escalera. Apenas
aparece, cuando ya el rey quiere abrazarla; pero ella lo rehuye._)
EL REY (_á Saltabadil que ha vuelto á su tarea de limpiar el
tahalí_).--Amigo mío, si limpiaras al aire libre el tahalí, quedaría de
perlas.
SALTABADIL.--Comprendo.
(_Se levanta, saluda, abre la puerta de la calle y sale volviendo
á cerrar tras sí. Reconoce á Triboulet y se dirige á él
misteriosamente. Mientras cambian algunas palabras, Magdalena hace al
rey algunas zalamerías, que Blanca observa con terror._)
SALTABADIL (_indicando la casa_).--El hombre está en nuestras manos.
¿Queréis que viva ó que muera?
TRIBOULET.--Vuelve dentro de poco.
(_Saltabadil desaparece lentamente por detrás del parapeto._)
MAGDALENA.--Digo que no.
EL REY.--Ya hemos adelantado algo. Hace un momento, por abrazarte,
me golpeaste de recio. Decir que no, es ya un gran paso. No huyas;
hablemos. (_Se acerca Magdalena._) Hace ocho días que en la posada de
Hércules... ¿Quién me llevó allí? ¡Ah! Triboulet me llevó... pues, como
iba diciendo, ocho días hace que ví allí tus ojos por la primera vez, y
desde entonces te adoro, hermosa mía. Y no amo ni quiero amar á nadie,
sino á ti.
MAGDALENA (_riendo_).--Después de veinte más. ¡Tenéis un aire de
libertino!...
EL REY (_riendo también_).--Hasta ahora, sí, he perdido á más de una;
pero...
MAGDALENA.--Sois un fatuo.
EL REY.--Te digo la verdad. Pero en fin, tú me has traído esta mañana á
tu casa, maldita hostería en que se come muy mal y se bebe peor un vino
que debe de hacer tu hermano, que es malísimo. Sea como quiera, deseo
pasar la noche aquí, contigo.
MAGDALENA.--¡Claro está! Pero dejadme. Os digo que no.
EL REY.--¡Qué esquiva!
MAGDALENA.--Sed prudente.
EL REY.--He aquí la prudencia y toda la sabiduría de Salomón: Amar,
comer, beber, gozar.
MAGDALENA.--Me parece que no vais al sermón tanto como á la taberna.
EL REY (_tendiéndole los brazos_).--¡Magdalena!...
MAGDALENA (_rehuyendo_).--Mañana.
EL REY.--Echo á rodar la mesa, si repites esta majadería. Una mujer
hermosa no debe decir nunca mañana.
MAGDALENA (_sentándose al fin al lado del rey_).--Pues bien, hagamos
las paces.
EL REY (_cogiéndole una mano_).--¡Oh Dios! ¡Qué bella mano! Con más
gusto recibiría bofetones de ésta, que halagos de otra.
MAGDALENA.--¿No os burláis?
EL REY.--De veras hablo.
MAGDALENA.--¡Si soy fea!
EL REY.--¡Pardiez! No digas eso; haz más justicia á tus divinos
encantos. ¡Ardo como un volcán! ¿Ignoras, reina de las desdeñosas, cómo
el amor nos abrasa á nosotros, los militares, y si nos aceptan por
suyos las bellas, somos vivo fuego hasta con las suecas?
MAGDALENA (_riendo_).--Eso lo habéis leído en algún libro.
EL REY (_aparte_).--Es muy posible. (_Alto._) Ea, déjate querer.
MAGDALENA.--¿Estáis ebrio?
EL REY.--Sí, pero de amor.
MAGDALENA.--Bonitamente os estáis burlando de mí.
EL REY.--¡Oh! no.
MAGDALENA.--Basta, basta.
EL REY.--Si he de casarme contigo...
MAGDALENA (_riendo_).--¿Palabra de honor?
EL REY (_aparte_).--¡Qué damisela tan loca y deliciosa!
(_La sienta en sus rodillas y hablan bajo. Blanca no pudiendo
soportarlo, se retira pálida y temblorosa._)
TRIBOULET (_después de mirarla un instante en silencio_).--Y bien ¿qué
piensas de la venganza, niña?
BLANCA (_esforzándose por hablar_).--¡Oh! ¡Qué traición! ¡Ingrato!...
¡Dios mío! El corazón se me parte... ¡Cómo me engañaba! Pero ese hombre
no tiene alma. Le dice á esa mujer cosas que me había dicho á mí.
Eso es abominable. ¡Dios mío!... (_Oculta la frente en el seno de su
padre._) ¡Y á una mujer tan desvergonzada!... ¡Oh!
TRIBOULET.--Déjate ahora de llantos. Ahora no hay sino vengarse. Te
vengaré... me vengaré.
BLANCA.--Haced lo que queráis.
TRIBOULET.--Así te quiero.
BLANCA.--Pero estáis terrible. ¿Qué pensáis hacer?
TRIBOULET.--Todo está dispuesto. Escucha. Vé á casa, disfrázate de
hombre, toma dinero y un caballo y parte, sin detenerte hasta Evreux,
á donde te alcanzaré yo mañana. En el cofre que hay bajo el retrato de
tu madre, está el traje de hombre que hice para ti. El caballo está
ensillado. Hazlo todo como te lo digo y Dios te guarde. Para nada
tienes que volver aquí: guárdate de volver porque va á pasar algo
horrible. Vé.
BLANCA.--Venid conmigo, padre mío.
TRIBOULET.--Imposible.
BLANCA.--¡Ah! Estoy temblando.
TRIBOULET.--Hasta mañana, pues. Haz lo que te he dicho.
(_Blanca se aleja con paso vacilante. Triboulet va al parapeto, hace
una seña y acude Saltabadil. Oscurece. El rey y Magdalena siguen
retozando._)
ESCENA III
TRIBOULET, SALTABADIL (fuera).--MAGDALENA y EL REY (dentro).
TRIBOULET (_Contando escudos de oro. Á Saltabadil._)--Veinte escudos
¿eh? Aquí tienes los diez del anticipo, según lo estipulado. Sin duda
pasará aquí la noche.
SALTABADIL (_mirando el horizonte_).--Muy nublado está.
TRIBOULET (_aparte_).--No siempre duerme en palacio.
SALTABADIL.--Descuidad; no tardará una hora en llover. La tempestad, el
vino y el amor lo retendrán en casa, á buen seguro.
TRIBOULET.--Á media noche volveré.
SALTABADIL.--No os toméis esa molestia; me basto y me sobro para echar
al Sena un cadáver.
TRIBOULET.--No, no; quiero echarlo yo mismo.
SALTABADIL.--¡Como queráis! Os lo entregaré bien cosido en un saco.
TRIBOULET (_dándole ahora el dinero_).--Muy bien. Luégo os daré el
resto. Hasta la vista.
SALTABADIL.--Todo irá á pedir de boca. ¿Cómo se llama el galán?
TRIBOULET.--¿Quieres saber su nombre?
SALTABADIL.--Si no hay inconveniente.
TRIBOULET.--Ninguno; te diré el mío también. Se llama el _Crimen_, y yo
el _Castigo_.
ESCENA IV
Los mismos, menos TRIBOULET
SALTABADIL (_mirando al cielo que se carga de nubes y
relampaguea_).--La tempestad se acerca: ya está sobre París. Mejor: así
se hallará más desierta la ribera. (_Reflexionando._) Toda esta gente
tiene aire de no sé qué. No adivino nada más.
EL REY.--Magdalena...
MAGDALENA.--Esperad.
(_Se le escapa._)
EL REY.--¡Maldita!
MAGDALENA (_cantando._)
_Sarmiento que brota,_
_que brota en Abril,_
_poco vino echa,_
_echa en el barril._
EL REY.--¡Qué hombros! ¡qué brazos! ¡Pardiez! No sé por qué quien hizo
tan bellos brazos puso un corazón de turco en ese cuerpo de Venus.
MAGDALENA.--_¡Larari lararán!_ ¡Formalidad, que viene mi hermano!
EL REY.--¿Qué importa? (_Se oye un trueno lejano._)
MAGDALENA.--¡Ay, qué miedo!
SALTABADIL.--Va á llover á cántaros.
EL REY.--En buen hora. ¡Ni que lluevan chuzos de punta! Yo ya estoy
bajo techado, y no me disgusta pasar aquí la noche.
MAGDALENA (_aparte_).--¿No os disgusta? ¡Qué tono de rey! (_Alto._)
Pero, señor, vuestra familia estará cuidadosa.
(_Saltabadil le tira de la falda y le hace señas._)
EL REY.--Ni tengo abuela ni hijas, ni apego á nada.
SALTABADIL (_aparte_).--Tanto mejor.
(_Comienza á llover. Oscuridad completa._)
EL REY.--Amigo mío, tendrás que acostarte en la caballeriza ó en el
infierno, donde quieras.
SALTABADIL (_saludando_).--Muchas gracias.
MAGDALENA (_al Rey en voz baja y rápidamente mientras enciende una
luz_).--Vete.
EL REY (_riendo y en alta voz_).--Está lloviendo. ¿Á dónde quieres que
vaya con este tiempo en que ni á un poeta se podría negar hospitalidad?
(_Va á mirar por la ventana._)
SALTABADIL (_á Magdalena, enseñándole el dinero recibido_).--Déjalo
que se quede aquí. ¡Diez escudos de oro! Y muy luégo otros diez. (_Al
Rey._) Tengo el mayor gusto en ofreceros para esta noche mi aposento.
EL REY (_riendo_).--Donde en julio se podrá tostar el pan y en
diciembre se helarán las palabras ¿eh?
SALTABADIL.--Si queréis verlo...
EL REY.--Veámoslo.
(_Saltabadil toma la luz. El Rey dice riendo algunas palabras al oído
á Magdalena y sigue al asesino al piso superior, quedando abajo la
moza._)
MAGDALENA.--¡Pobre galán! (_Va á la ventana._) ¡Oh Dios! ¡Qué oscuridad!
SALTABADIL.--He aquí, señor, la cama, la silla y la mesa.
EL REY.--¿Cuántos piés en total? Tres... seis... nueve. ¡Magnífico!
Pero, amigo, tus muebles estuvieron sin duda en la batalla de Marignan,
según están de lisiados. (_Acercándose á la ventana cuyos vidrios
están rotos._) Y aquí se duerme al aire libre. Ni puertas ni vidrios
en la ventana. Imposible que se trate al viento que quiera entrar con
atención más hospitalaria. En fin, buenas noches.
SALTABADIL.--Dios os guarde.
(_Deja la luz y baja._)
EL REY (_quitándose el tahalí_).--¡Pardiez! ¡Qué cansado estoy! Voy á
dormir un poco para esperar mejor. (_Deja sobre la silla el sombrero
y la espada, se descalza las botas y se echa sobre la cama._) ¡Qué
frescota y alegre es la tal Magdalena!... Sin duda ha dejado abierta la
puerta. Esperemos durmiendo.
(_Se recoge y un momento después se le ve profundamente dormido.
Entre tanto Saltabadil y su hermana departen abajo. La tempestad
ha estallado. Magdalena sentada á la mesa se entretiene con alguna
labor, mientras su hermano apura la botella que ha dejado el Rey.
Ambos guardan silencio por algún tiempo como preocupados de una idea
grave._)
MAGDALENA.--¡Es un buen mozo el militar!
SALTABADIL.--No me disgusta á mí tampoco: me hace ganar veinte
escudos...
MAGDALENA.--¿Cuánto?
SALTABADIL.--Veinte escudos.
MAGDALENA.--Valía mucho más.
SALTABADIL.--¡Muñeca!... Vé, vé allá á ver si duerme y bájate de camino
su espada.
(_Obedece Magdalena. La tempestad arrecia. Aparece en el fondo Blanca
vestida de hombre en traje negro de montar, y avanza hacia la casa,
mientras Saltabadil bebe y Magdalena contempla al rey dormido._)
MAGDALENA (_con pesar_).--¡Qué lástima! ¡Qué confiado duerme! (_Toma su
espada._) ¡Pobre mozo!
ESCENA V
EL REY dormido arriba; SALTABADIL y MAGDALENA departiendo en la planta
baja; BLANCA observando, afuera
BLANCA.--¡Cosa terrible! ¡Ah! Voy á perder la razón. Atraído á esta
casa, va á pasar aquí la noche y... ¡Ah! Siento que se acerca un
supremo instante. Perdonadme, padre mío, si os desobedezco; pero no he
podido resistir. (_Se acerca á la casa._) ¿Qué irán á hacer? ¿Cómo va
á acabar esto?... ¡Ah! ¡yo que antes de ahora, ignorando el porvenir,
el mundo y sus azares, vivía escondida con mis flores, verme tan de
repente lanzada por tan sombríos caminos!... ¡Ay de mí! Mi virtud, mi
felicidad, todo lo perdí, todo es dolor y luto. ¿Sólo esto deja el amor
en los corazones que inflama? De todo su incendio ¿no quedan más que
cenizas? Nada, el ingrato no me ama ya. (_Levantando la cabeza._) Me
parecía haber oído al través de mis ideas un pavoroso ruido... Algún
trueno. ¡Qué horrible noche! No hay nada á que no se arriesgue una
mujer desesperada. ¡Y yo que me asustaba de mi sombra! ¿Qué pasa ahí
dentro? (_Avanza y retrocede._) ¡Ah! ¡tengo oprimido el corazón!...
¡Como no maten á alguien!...
SALTABADIL.--¡Qué tiempo!
MAGDALENA.--¡Mala noche! ¡Qué llover! ¡Qué tronar!
SALTABADIL.--Sin duda riñe el matrimonio en el cielo: el uno rabia y la
otra llora.
BLANCA.--¡Si mi padre supiera dónde estoy!...
MAGDALENA.--Hermano.
BLANCA.--Creo que hablan.
(_Se acerca á la casa y aplica los ojos y los oídos á las hendiduras
de la pared._)
MAGDALENA.--Hermano.
SALTABADIL.--Habla.
MAGDALENA.--¿Sabes en qué estoy pensando?
SALTABADIL.--No.
MAGDALENA.--Á ver si lo aciertas.
SALTABADIL.--No estoy ahora para acertijos.
MAGDALENA.--Pues oye. Ese mozo es un buen mozo, galante y bien hablado,
aunque audaz y... la verdad, me ama con todas las ansias de su gran
corazón. Y confiando en nuestra hospitalidad, duerme como un bendito.
No le matemos, hermano.
BLANCA.--¡Cielos!
SALTABADIL (_sacando de un baúl un saco de lona y dándoselo á su
hermana_).--Recose cuanto antes este saco.
MAGDALENA.--¿Para qué?
SALTABADIL.--Para meter un cadáver y echarlo al río.
MAGDALENA.--Pero...
SALTABADIL.--No me repliques, Magdalena. Si te escuchara, no mataríamos
á nadie. Compón el saco y no te metas en lo demás.
BLANCA.--¡Qué pareja! ¿No es el infierno lo que veo?
MAGDALENA.--Obedezco... Pero hablemos como buenos hermanos.
SALTABADIL.--Enhorabuena.
MAGDALENA.--¿Le tienes algún odio á ese caballero?
SALTABADIL.--¿Yo? Al contrario; es un capitán, y estimo á los hombres
de espada... ¡como soy uno de tantos!...
MAGDALENA.--Pues matar á un real mozo por dar gusto á un maldito
jorobado es una necedad.
SALTABADIL.--Yo he recibido de un jorobado por matar á un buen mozo, lo
cual me importa poco á mí, diez escudos de oro á toca-teja, y recibiré
otros diez al entregar el cadáver.
[Ilustración: _Magdalena y Saltabadil._]
MAGDALENA.--Puedes matar al jorobado, cuando vuelva á traerte los
diez escudos restantes y te hace la misma cuenta.
BLANCA.--¡Padre mío!
MAGDALENA.--¿No te parece?
SALTABADIL.--¿Por quién me tomas tú, hermana? ¿Soy yo algún bandido?
¿Soy algún ladrón? ¡Matar á un cliente que me paga!
MAGDALENA (_indicándole un hacecillo_).--Pues bien, mete en el saco ese
haz de leña, que en la oscuridad pasará por su víctima.
SALTABADIL.--¡Qué disparate! ¿Cómo quieres que se tome el hacecillo por
un muerto?
BLANCA.--¡Qué frío!
MAGDALENA.--Te pido gracia por él.
SALTABADIL.--Déjate de cosas...
MAGDALENA.--Buen hermano mío...
SALTABADIL.--Habla más bajo, ó cállate. Es preciso que muera.
MAGDALENA.--No quiero que muera. Le despertaré y se pondrá en salvo.
BLANCA.--¡Buen corazón!
SALTABADIL.--Pero ¿y los diez escudos de oro?
MAGDALENA.--Es verdad.
SALTABADIL.--No seas niña; cree y déjame hacer.
MAGDALENA.--Quiero salvarle.
(_Se planta resueltamente al pié de la escalera para cerrar el paso á
su hermano, el cual vencido por la resistencia, vuelve al proscenio y
busca al parecer en su espíritu un medio de conciliarlo todo._)
SALTABADIL.--Veamos. El otro vendrá á media noche á buscarme. Si de
aquí á entonces, viene un viajero cualquiera á pedir posada, le mato y
le meto en el saco en vez del militar. El jorobado no echará de ver el
engaño en la oscuridad de la noche y se dará por satisfecho con echar
al río un cuerpo muerto. Es cuanto puedo hacer por ti.
MAGDALENA.--Te lo agradezco. Pero ¿quién ha de venir acaso á estas
horas?
SALTABADIL.--Pues no hay otro medio de salvar á tu oficial.
BLANCA.--¡Oh Dios! Sin duda queréis que yo muera. ¿Y he de hacer
este sacrificio por un ingrato? ¡Oh! no; soy demasiado joven. ¡No me
impulséis, Dios mío!
(_Truena._)
MAGDALENA.--Si viene alguien en semejante noche, me obligo á traer el
mar en mi canasta.
SALTABADIL.--Pues si nadie viene, yo no puedo faltar á mi palabra: tu
hombre es muerto.
BLANCA.--¡Horror! Estoy por avisar á la ronda... Pero todos estarán
durmiendo. Además ese hombre denunciaría á mi padre. No quiero morir:
tengo que asistir y consolar á mi padre... luégo morir á los diez y
seis años es horrible.
(_Suenan las doce menos cuarto._)
SALTABADIL.--Las doce menos cuarto, hermana. Nadie vendrá ya en tan
breve espacio. ¿Oyes afuera algún ruido?... Hay que acabar: sólo me
queda un cuarto de hora.
(_Pone el pié en la escalera._)
MAGDALENA (_Deteniéndole._)--Hermano, un momento más.
BLANCA.--¡Cómo! ¡Esa mujer llora, y yo que puedo salvarle permanezco
aquí! Puesto que él no me ama, no quiero ya vivir. Muramos por él.
(_Vacilando aún._) ¿Qué me importa?... Voy... ¡Qué horror!
SALTABADIL.--No puedo esperar más. ¡Imposible!
BLANCA.--¡Si á lo menos supiera cómo me han de herir!... ¡Si no me
hicieran padecer!... Pero si me hieren en la frente, en la cara... ¡Oh,
Dios mío!
SALTABADIL.--Ea, ¿qué quieres que haga? No esperes ya que nadie venga á
ocupar su puesto.
BLANCA (_tiritando_).--¡Estoy yerta! ¡Vamos! (_Dirigiéndose á la
puerta._) ¡Qué frío! (_Deteniéndose._) ¡Vamos!
(_Llama dando una débil palmada._)
MAGDALENA.--¡Ah!
SALTABADIL.--¿Qué?
MAGDALENA.--Han llamado.
SALTABADIL.--Sin duda el viento que hace crugir el techo.
(_Vuelve á llamar Blanca._)
MAGDALENA.--¿Lo oyes? Llaman.
(_Corre á abrir el postigo y mira afuera._)
SALTABADIL.--¡Es raro!
MAGDALENA.--¡Hola! ¿Quién va? (_Á Saltabadil._) Un joven viajero.
BLANCA.--¿Hay posada?
MAGDALENA.--Sí.
BLANCA.--Abrid.
SALTABADIL.--Espera ¡vive Dios! Dame mi cuchillo para afilarlo un poco.
(_Le da el cuchillo que se pone á afilar._)
BLANCA.--¡Cielos! ¡Siento afilar el cuchillo!
MAGDALENA.--¡Pobre joven! Llama á su tumba.
BLANCA.--Estoy temblando. Voy á morir. (_Cayendo de rodillas._) ¡Oh
Dios! Perdono á cuantos me han ofendido; perdónalos tú también; al
rey, á quien compadezco y amo, á todos, hasta á ese réprobo que me
espera ahí en la sombra con el hierro levantado. Ofrezco en sacrificio
mi vida por un ingrato. Si es más dichoso, ¡que me olvide!, y
viva en su prosperidad mucho tiempo... él... ¡por quien muero!...
(_Levantándose._) El verdugo debe estar ya dispuesto.
(_Va á llamar otra vez._)
MAGDALENA (_á Saltabadil_).--¡Acaba, que se impacienta!
SALTABADIL (_probando el filo en la mesa_).--Bien. Espera; me escondo
detrás de la puerta.
BLANCA.--Oigo todo lo que dicen.
MAGDALENA.--Espero la señal.
SALTABADIL (_detrás de la puerta, cuchillo en mano_).--¡Ya!
MAGDALENA (_abriendo_).--¡Adelante!
BLANCA (_aparte_).--¡Cielos! ¡Me va á hacer mucho mal!
(_Retrocede._)
MAGDALENA.--Adelante, pues.
BLANCA (_aparte_).--La hermana ayuda al hermano á matar. ¡Oh Dios,
perdónalos!... ¡Perdóname, padre mío!
(_Entra. Al pasar el umbral se ve á Saltabadil alzar el cuchillo.
Telón rápido._)
[Ilustración]
[Ilustración]
ACTO V
TRIBOULET
La misma decoración del acto anterior, pero cuando se levante el
telón, la casa de Saltabadil estará completamente cerrada á la vista.
No se ve ninguna luz: oscuridad completa.
PERSONAJES
FRANCISCO I.
TRIBOULET.
BLANCA.
SALTABADIL.
UN MÉDICO.
HOMBRES Y MUJERES DEL PUEBLO
ESCENA I
TRIBOULET
(_Se adelanta lentamente por el fondo envuelto en su capa. Ha cesado
la lluvia y va alejándose la tempestad. De vez en cuando relampaguea
y truena._)
Por fin voy á vengarme. Ya acaso esté vengado. Pronto hará un mes
que espero, que espío, aun haciendo reir como juglar, ocultando mi
turbación, llorando lágrimas de sangre bajo mi máscara de indiferencia.
(_Examinando una puerta baja de la casa._) Esta puerta... ¡Oh! ¡Tocar
ya mi venganza! Por aquí ha de sacarlo, según creo. Aún no es la
hora... Entre tanto miraré la puerta (_Truena._) ¡Qué tiempo! ¡Noche
de misterio! Una tempestad en el cielo... un asesinato en la tierra...
¡Qué grande soy aquí! Mi cólera de fuego es esta noche como la de Dios.
¡Qué rey inmolo! Un rey de quien dependen veinte reyes; un rey que
soporta ahora el peso del mundo entero y de cuyas manos pende la paz
ó la guerra. ¡Cómo va á conmoverse todo cuando deje de existir! ¡Cómo
va á estremecerse la Europa, precisada á buscar su equilibrio en otra
parte, cuando eche al río su cadáver! Pensar que si mañana dijera Dios
á la tierra: ¡Oh tierra! ¿qué volcán acaba de abrir su cráter? ¿Quién
agita así al cristiano y al turco, á Clemente, á Doria, á Carlos V, á
Solimán? ¿Qué César, qué Cristo, qué guerrero, qué apóstol mueve las
naciones á la lucha? ¿Quién te hace así temblar, oh tierra? La tierra
contestaría con terror: «_¡Triboulet!_» ¡Oh! goza, vil bufón, goza en
tu satánica soberbia: la venganza de un loco hace oscilar el mundo.
(_Óyese la hora en un reloj lejano._) ¡Las doce!
(_Corre á la puerta y llama._)
UNA VOZ (_dentro_).--¿Quién va?
TRIBOULET.--Yo.
LA VOZ.--Bien.
(_Ábrese el tablero inferior de la puerta._)
[Ilustración]
TRIBOULET.--Pronto.
LA VOZ.--No entréis.
(_Sale Saltabadil por la abertura y tira de algo pesado y metido en
un saco que apenas se distingue en la oscuridad._)
ESCENA II
TRIBOULET, SALTABADIL