primera vista que es sólo una acción mercantil, una reclamación de
intereses perjudicados, una indemnización por la infracción de un
contrato privado, en una palabra, el litigio de un autor contra una
empresa teatral. No, señores; es más que esto, es la acusación dirigida
al gobierno por un ciudadano. En el fondo de este asunto hay una obra
prohibida de orden superior. Ahora bien, la prohibición de una obra de
orden superior es la censura y la constitución ha abolido la censura;
la prohibición de una obra de orden superior es la confiscación y por
la misma constitución está abolida la confiscación. Vuestro juicio,
si me es favorable, y me parece que os agraviaría si dudara de ello,
será manifiesta, aunque indirecta condenación de la confiscación y
de la censura. Ya veis, señores, cómo se eleva y aclara el horizonte
de la causa. Yo abogo aquí por algo más alto que mi interés propio;
abogo por mis derechos generales, por mi derecho de pensar y por mi
derecho de poseer, es decir, por el derecho de todos. La mía es una
causa general, como es absoluta vuestra equidad. Los pormenores del
procedimiento desaparecen ante la cuestión así propuesta. Yo no soy ya
sólo un escritor, ni vosotros sois ya simplemente jueces consulares:
vuestra conciencia está frente á frente de la mía. En este tribunal
representáis una idea augusta y yo en esta tribuna represento otra: en
vuestro asiento está la justicia; en el mío, la libertad.
Ahora bien, la justicia y la libertad existen para entenderse: la
libertad es justa y la justicia libre.
No es la primera vez, como os ha dicho antes que yo Mr. Odilon Barrot,
que el tribunal de comercio ha sido llamado á condenar, sin salir de
su competencia, los actos arbitrarios del poder. El primer tribunal
que declaró ilegales las ordenanzas del 25 de Julio, nadie lo ha
olvidado, fué el tribunal de comercio. Vosotros, señores, seguiréis
estos memorables antecedentes, y aunque la cuestión sea menos
importante, sabréis mantener el derecho de hoy, como lo mantuvisteis
entonces; escucharéis, así lo espero, escucharéis con simpatía lo que
tengo que deciros; advertiréis con vuestra sentencia al gobierno que
ha entrado en mal camino y que ha hecho mal en embrutecer el arte y el
pensamiento; me devolveréis mi derecho y mi hacienda, y condenaréis la
policía y la censura que fueron á mi hogar en las sombras de la noche á
robarme mi libertad y mi propiedad con infracción de la ley fundamental.
Y lo que digo aquí dígolo sin cólera; esa reparación que os pido, os la
pido con gravedad y moderación. ¡Líbreme Dios de desvirtuar la belleza
y bondad de mi causa con palabras violentas! Quien tiene el derecho
tiene la fuerza, y quien tiene la fuerza desdeña la violencia.
Sí, señores, el derecho está de mi parte. La admirable peroración de
Mr. Odilon Barrot os ha probado victoriosamente que todo es arbitrario,
ilegal, atentatorio á la Constitución en el acto ministerial que
ha prohibido la representación del _Rey se divierte_. En vano se
intentaría resucitar, para conceder la censura al poder, una ley del
Terror, la ley que ordena textualmente á las empresas de teatros
hacer tres veces por semana las tragedias de _Bruto_ y de _Guillermo
Tell_, no representar más que _obras republicanas_, y suspender las
representaciones de toda obra dramática que tendiera _á depravar
el espíritu público y á despertar la vergonzosa superstición de la
monarquía_. ¿Se atreverían, señores, los mantenedores de la nueva
monarquía á invocar esta ley, é invocarla contra _El Rey se divierte_?
¿No está evidentemente derogada así en su letra como en su espíritu?
Hecha por el Terror, con el Terror murió. ¿No sucede lo mismo con todos
esos decretos autoritarios, en cuya virtud, por ejemplo, tendría el
poder el derecho no sólo de censurar las obras dramáticas, sino también
la facultad de enviar á la cárcel á un autor? ¿Á estas fechas existe
algo de eso? ¿No está solemnemente abolida por la constitución de
1830 toda esa legislación de excepción y de azar? Apelamos al solemne
juramento del 9 de Agosto. La Francia de Julio no tiene que contar
ni con el despotismo convencional ni con el despotismo imperial: la
Constitución de 1830 no se deja amordazar ni por 1807 ni por 1793.
La libertad del pensamiento en todas sus formas de publicación, en
el teatro, en la prensa, en la cátedra, en la tribuna, es una de las
bases de nuestro derecho público. Sin duda se necesita para cada una
de esas formas de publicación una ley orgánica, una ley represiva y no
preventiva, una ley de buena fe, de acuerdo con la ley fundamental,
que dejando á la libertad todo su vuelo tenga á raya la licencia con
severa penalidad. El teatro en particular, como sitio público, lo
declaramos sin rebozo, no puede sustraerse á la legítima vigilancia de
la autoridad municipal. Pues bien, señores, esta ley sobre teatros,
esta ley más fácil de hacer acaso de lo que se cree comúnmente, esta
ley que cada uno de nosotros, los poetas dramáticos, habrá hecho
probablemente más de una vez en su mente, esta ley no existe. Nuestros
ministros, que producen, un año con otro, de setenta á ochenta leyes
por sesión, no han creído oportuno producir ésta. Una ley sobre teatros
les habrá parecido cosa poco urgente. Cosa poco urgente, en efecto, que
no interesa más que á la libertad del pensamiento, al progreso de la
civilización, á la moral pública, al nombre de las familias, al honor
de los particulares, y en ciertos momentos á la tranquilidad de París,
es decir, á la tranquilidad de Francia, esto es, á la tranquilidad de
Europa.
Esa ley de la libertad del teatro, que debiera haberse formulado
desde 1830 en el espíritu de la nueva Constitución; esa ley falta,
lo repito, y falta por culpa del gobierno. La legislación anterior ha
venido á tierra, y todos los sofismas que se inventen para repellar
sus ruinas, no podrían reconstruirla. Así, pues, entre una ley que no
existe ya y otra ley que no existe aún, el gobierno no tiene derecho
para prohibir una obra de teatro. No he de insistir en lo que Odilon
Barrot ha demostrado tan soberanamente.
Aquí se ofrece una cuestión de orden secundario que voy sin embargo á
discutir. La ley no existe, se dirá; pero á falta de legislación ¿ha
de quedar el gobierno completamente desarmado? ¿No puede aparecer en
escena uno de esos dramas infames, hechos evidentemente con un fin de
escándalo y lucro, donde se escarnezca desvergonzadamente todo lo que
hay de santo, de religioso y moral en el corazón del hombre, y donde
se ponga en tela de juicio todo lo que constituye la paz de la familia
y la paz de la ciudad, y hasta se saquen á la vergüenza personas
conocidas? ¿No impone la razón de estado al gobierno el deber de cerrar
el teatro á obras tan monstruosas, á pesar del silencio de la ley?
No sé, señores, si se han hecho jamás semejantes obras; no quiero
saberlo; no lo creo ni lo quiero creer, ni aceptaría en ninguna ocasión
el cargo de denunciarlas aquí; pero aun en este caso, deplorando el
escándalo causado, comprendiendo que otros aconsejan al poder prohibir
sin demora una obra de este género é ir inmediatamente á pedir á las
cámaras una declaración de indemnidad, aun en este caso, repito y
declaro en alta voz, que yo no condenaría el rigor del principio. Diría
al gobierno: he aquí las consecuencias de vuestro descuido en presentar
una ley tan premiosa como la de libertad de teatro; estáis en un error,
apresuraos á repararlo pidiendo á las cámaras una legislación penal, y
entre tanto perseguid el drama culpable con la ley de imprenta, que,
hasta que se hagan las leyes especiales, rige á mi entender para todas
las formas de publicidad. Mi ilustre defensor, bien lo sé, no admite
sino con más restricciones que yo la libertad de teatros; yo hablo aquí
no con las luces del jurisconsulto, sino con el simple buen sentido del
ciudadano; si me equivoco, que no se tengan en cuenta mis palabras,
ó tómense contra mí, no contra mi defensor. Lo repito, señores, yo
no condenaría el rigor del principio; yo no concedería al poder la
facultad de confiscar la libertad, aun en un caso en apariencia
legítimo, temiendo que se llegara un día á la confiscación en todos
los casos; creería que reprimir el escándalo con la arbitrariedad
es cometer otro escándalo, dos en vez de uno, y diría con un hombre
elocuente y respetable que debe de lamentarse hoy de cómo aplican sus
doctrinas sus mismos discípulos: _No hay derecho contra el derecho_.
Por consiguiente, señores, si aun recayendo semejante abuso de poder
en una obra de licencia, de cinismo y difamación, sería ya inexcusable
¿cuánto más lo será, inútil es decirlo, recayendo en una obra de arte
puro, cuando se va á buscar, para proscribirla entre todas las obras
que se han representado en dos años, precisamente una composición
seria, austera y moral? Esto, sin embargo, es lo que ha hecho el
torpe gobierno que nos rige prohibiendo la representación del _Rey se
divierte_. Mr. Odilon Barrot os ha probado que ha obrado sin derecho;
yo voy á probaros que ha obrado sin razón.
Los motivos que los familiares de la policía han murmurado, durante
algunos días al rededor nuestro, son de tres especies: la razón moral,
la razón política, y, hay que decirlo, aunque sea ridículo, la razón
literaria. Refiere Virgilio que entraban muchos ingredientes en los
rayos que forjaba Vulcano para Júpiter. El mezquino rayo ministerial
que ha herido mi obra y que la censura había forjado para la policía,
se compone de tres malas razones torcidas y amalgamadas juntamente:
_tres imbris torti radios_. Examinémoslas una á una.
Hay en primer lugar, ó más bien, había la razón moral. Sí, señores,
lo afirmo porque es increíble: la policía ha dicho textualmente que
_El Rey se divierte_ es una obra inmoral. Sobre este punto ya he
impuesto silencio á la policía, la cual se ha mordido los labios y ha
hecho bien. Al publicar mi obra he declarado solemnemente, no para la
policía, sino para las gentes honradas que quieran leerla, que el drama
_El Rey se divierte_ es una obra profundamente moral y severa. Nadie
me ha desmentido ni nadie me desmentirá, tengo la íntima convicción de
ello en lo hondo de mi honrada conciencia. Todas las prevenciones que
algunos habían logrado sublevar momentáneamente contra la moralidad de
la obra, se han desvanecido á la hora de esta. Tres mil ejemplares del
drama esparcidos entre el público han defendido la razón cada cual por
su lado, y estos tres mil abogados han ganado la causa. Fuera de esto,
en semejante materia bastaba mi afirmación. No entraré, pues, en una
discusión superflua. Mas para el porvenir como para lo pasado, sepa
la policía de una vez para siempre que yo no escribo obras inmorales.
Téngaselo en cuidado y no digo más.
Después de la razón moral, viene la política. Aquí señores, como no
podría repetir las mismas ideas en otros términos, séame permitido
citar una página del prólogo que he puesto al drama[3].
[3] Véase el prólogo, pág. 134 y 135.
· · · · · · · · · · · · · · ·
Guardaré pues los miramientos que me he comprometido á guardar,
señores. Las dignas personas interesadas en que esta discusión sea
decorosa y decente nada tienen que temer de mí. No siento cólera ni
odio; pero eso de que la policía haya dado á uno de mis versos un
sentido que no tiene, que no ha tenido nunca en mi pensamiento, es en
verdad insolente, no menos insolente para el rey que para el poeta.
Sepa la policía de una vez para siempre que yo no hago obras de
alusiones. Y téngaselo por dicho también. No diré más sobre esto.
Tras la razón moral y la política, hay la razón literaria. Un gobierno
prohibiendo una obra por motivos literarios, es cosa bien extraña, y
sin embargo, es positivo. Recordad, si vale la pena de recordarlo,
que en 1829, época en que aparecieron en el teatro las primeras obras
llamadas _románticas_ y cuando la _Comedia-Francesa_ recibía la
_Marion de Lorme_, fué firmada por siete personas y presentada al rey
Carlos X una petición para obtener que se cerrara de real orden el
_Teatro-Francés_ á las obras que llamaban de la _nueva escuela_. La
petición murió bajo el peso de su misma ridiculez. Pues bien, señores,
hoy algunos de los signatarios de aquella petición son diputados,
diputados influyentes de la mayoría, que tienen parte en el poder y
votan el presupuesto. Lo que tímidamente pedían en 1829 han podido
hacerlo en 1832, omnipotentes como son. La voz pública refiere, en
efecto, que ellos fueron los que, el día siguiente de la primera
representación, se acercaron al ministro en la cámara de los diputados
y obtuvieron de él, bajo todos los pretextos morales y políticos
posibles, la prohibición del _Rey se divierte_. El ministro, hombre
ingenuo, inocente y cándido, se dejó buenamente seducir, no supo
descubrir bajo todas estas envolturas la animosidad directa y personal,
creyó hacer una proscripción política, que siento por él, y no hizo
sino una proscripción literaria. No insistiré sobre este asunto. Es
para mí una regla de conducta abstenerme de personalidades y nombres
propios tomados en mala parte, aunque haya lugar á represalias. Fuera
de que esa pobre artimaña literaria me inspira infinitamente menos
cólera que lástima. Es curiosa y nada más. ¡El gobierno prestando
ayuda á la Academia en 1832! ¡Aristóteles hecho ley del Estado! ¡Una
imperceptible contrarrevolución literaria maniobrando á flor de agua
en medio de nuestras grandes revoluciones políticas! ¡Diputados que
destronaron á Carlos X trabajando en un rincón para restaurar á
Boileau!... ¡Qué miseria!
Así, señores, admitiendo por un instante lo que absolutamente negamos,
esto es que el ministerio haya tenido el derecho de prohibir las
representaciones del _Rey se divierte_, no tiene una razón _racional_
que alegar para haberlo hecho. Razones morales, nulas; razones
políticas, inadmisibles; razones literarias, ridículas. Pero ¿hay
algunas razones personales? ¿Soy yo de los que viven de la difamación
y del desorden, en quienes puede suponerse siempre mala intención,
y que á todas horas pueden ser sorprendidos en flagrante delito de
escándalo, de esos hombres, en fin, contra los cuales se defiende como
puede la sociedad? Señores, la arbitrariedad no es permitida contra
nadie, ni aun siquiera contra esos hombres, puesto caso que existan.
No descenderé á probaros que yo no pertenezco á su número. Hay ideas
que no dejo que á mí se acerquen. Sólo afirmaré que el poder ha hecho
mal en venir á chocar con el que os habla en este momento, y sin entrar
en una apología inútil, y que nadie tiene el derecho de pedirme, os
pido permiso para repetir aquí lo que decía no hace muchos días al
público[4].
[4] Véase el prólogo, pág. 132 y siguientes.
· · · · · · · · · · · · · · ·
Resumiendo, señores. Prohibiendo mi obra, no tiene el gobierno ni un
texto de ley válida que citar, por una parte; y por otra, ni una razón
aceptable que exponer. Esta medida tiene dos aspectos igualmente malos:
según la ley, es arbitraria; según la razón, es absurda. ¿Qué puede
alegar en este asunto el poder que no tiene en su favor ni la razón ni
el derecho? Su capricho, su fantasía, su voluntad, es decir nada.
Aplicad, pues, señores, aplicad la justicia á esta voluntad, á esta
fantasía, á este capricho. Vuestro fallo, si es para mí absolutorio,
hará saber al país en este asunto, que es pequeño, como en el de las
ordenanzas de Julio, que era grande, que no hay en Francia _fuerza
mayor_ que la fuerza de la ley y que en el fondo de esta causa hay una
orden ilegal que el ministro ha hecho mal en dar, y el teatro no ha
hecho bien en cumplir.
Vuestro veredicto enseñará al poder que sus mismos amigos le censuran
lealmente en esta ocasión; que el derecho de todo ciudadano es sagrado
para todo ministro; que una vez cumplidas las condiciones de orden y de
seguridad general, debe ser respetado el teatro como una de las voces
con que habla el pensamiento público, y en fin, que ya sea la prensa,
ya la tribuna ó el teatro, ninguna de las lumbreras que irradian la
libertad de la inteligencia puede extinguirse sin peligro. Me dirijo
á vosotros con profunda fe en la excelencia de mi causa. Yo no temeré
nunca en semejantes circunstancias luchar con un ministerio cuerpo
á cuerpo; los tribunales son los jueces naturales de estos honrosos
duelos del derecho contra la arbitrariedad; duelos menos desiguales
de lo que se piensa, pues si por una parte hay todo un gobierno, y
por otra no más que un simple ciudadano, este simple ciudadano es
bien fuerte, cuando puede arrastrar á vuestra barra un acto ilegal,
avergonzado de ser así expuesto á la luz, y abofetearlo públicamente
delante de vosotros, como lo he hecho yo, con cuatro artículos de la
Constitución.
No olvido, sin embargo, que la hora en que estamos no se parece ya
á aquellos últimos años de la restauración, en que la resistencia á
las usurpaciones del gobierno era tan aplaudida, tan alentada, tan
popular. Las ideas de inmovilidad y de poder gozan momentáneamente
de más favor que las ideas de progreso y de emancipación: reacción
natural, después de aquel brusco movimiento de libertad á paso de carga
que han llamado la revolución de 1830. Pero esta reacción durará poco.
Nuestros ministros se asombrarán un día de la implacable memoria con
que los mismos hombres que componen hoy la mayoría les recordarán todos
los agravios que aparentan olvidar tan pronto ahora. Por lo demás,
venga tarde ó temprano ese día, me tiene sin cuidado. En esta ocasión
no busco más el aplauso que temo la invectiva: sólo he seguido la
inspiración de mi derecho y de mi deber.
Y debo decirlo aquí, sospecho con fundadas razones que el gobierno
se aprovechará del pasajero abatimiento del espíritu público para
restablecer formalmente la censura, y que este atentado no es sino un
preludio, un ensayo encaminado á poner fuera de la ley común todas
las libertades del teatro. No haciendo una ley represiva, dejando
exprofeso que se desborde la licencia en la escena por espacio de dos
años, se imagina el gobierno que ha creado en la opinión de los hombres
honrados, á quienes puede indignar esta licencia, una preocupación
favorable á la censura dramática. Mi sentir es que se engaña y
que nunca será en Francia la censura otra cosa que una ilegalidad
impopular. De mí sé decir que, ya se restablezca por un decreto, que
sería ilegal, ya por una ley, que sería inconstitucional, no me
someteré jamás á ella, sino como nos sometemos á un poder de hecho, á
un hecho de fuerza, protestando; y hago aquí esta protesta solemne hoy
y para lo porvenir.
Y observad además cómo en esta serie de actos arbitrarios que se
suceden de algún tiempo á esta parte, carece el gobierno de grandeza,
de sinceridad, de valor. Aquel edificio, bello aunque incompleto, que
había improvisado la revolución de Julio, lo va minando el gobierno
lenta, subterránea, sorda, oblicua, tortuosamente. Nos toma siempre
por traidores y nos hiere por la espalda en el momento en que menos lo
esperábamos. No se atreve á censurar mi obra antes de la representación
y la prohibe el día siguiente. Niéganos nuestras franquicias más
esenciales; nos regatea nuestras facultades mejor adquiridas; ostenta
su arbitrariedad sobre un cúmulo de leyes viejas, carcomidas,
derogadas; se esconde para arrebatarnos nuestros derechos en ese bosque
de Bondy de los decretos imperiales, por cuyo acecho no puede nunca
pasar la libertad sin ser desvalijada.
Debo, señores, haceros notar aquí de paso que no entiendo traspasar
con mi lenguaje ninguno de los respetos parlamentarios. Cumple á mi
lealtad que se sepa bien cuál es el alcance exacto de mis palabras,
cuando ataco al gobierno, uno de cuyos miembros ha dicho: _El rey reina
y no gobierna_. No hay segunda intención en mi polémica. El día en que
creyera que debía quejarme de una testa coronada, le dirigiría mi queja
á ella misma, la miraría de frente y le diría: «Señor...» Entre tanto
sólo á sus ministros me dirijo, sólo en los ministros recae mi palabra,
por más que pueda parecer singular en un tiempo en que los ministros
son inviolables y los reyes responsables.
Insisto y digo que el gobierno nos va quitando poco á poco todos los
derechos y franquicias que nuestros cuarenta años de revolución nos
habían dado, y cumple á la probidad de los tribunales detenerlo en esta
vía fatal en beneficio suyo y en el nuestro. El poder actual carece
especialmente de grandeza y valor en la manera mezquina con que hace
esa peligrosa operación, que todos los gobiernos intentan á su vez con
ceguedad extraña, y que consiste en reemplazar más ó menos rápidamente
la constitución con la arbitrariedad, la libertad con el despotismo.
Cuando Bonaparte fué cónsul y cuando fué emperador quiso también el
despotismo; pero obró de otra manera; entró en él de frente y á pié
llano, sin emplear ninguna de las miserables precauciones con que hoy
se escamotean una á una todas nuestras libertades, así las primogénitas
como las segundonas, lo mismo las de 1789 como las de 1830. Napoleón no
fué disimulado ni hipócrita; Napoleón no nos usurpó nuestros derechos
uno tras otro prevaliéndose de nuestro abatimiento como ahora se hace;
Napoleón nos lo usurpó todo de una vez, de un solo golpe, y con sólo
una mano: el león no tiene las costumbres del zorro.
Á lo menos, señores, esto era grande. Como gobierno y como
administración, el imperio fué ciertamente una época de intolerable
tiranía; pero recordemos que nuestra libertad fué compensada largamente
con gloria. La Francia de entonces, como la Roma de César, guardaba
una actitud á la vez sumisa y soberbia. No era la Francia que nosotros
queremos, libre, soberana dueña de sí misma; era la Francia esclava de
un hombre y señora del mundo.
Entonces se nos quitaba la libertad, es cierto; pero se nos daba el más
espléndido espectáculo. Napoleón decía: «Tal día á tal hora entraré
en tal capital.» Y entraba el mismo día á la hora señalada. Los reyes
se veían obligados á hacerle antesala; se derribaba una dinastía con
un decreto del _Monitor_. Si se tenía el antojo de una columna se le
hacía suministrar el bronce al emperador de Austria. Se arreglaba un
poco arbitrariamente, lo confieso, la suerte de los cómicos franceses,
pero databa el reglamento de Moscú. Se nos quitaban todas nuestras
libertades, digo, existía la censura, se ponían nuestros libros en el
majadero, se borraban nuestras obras dramáticas del cartel; pero á
todas nuestras quejas se podían dar magníficas respuestas con una sola
palabra; podían respondernos: _¡Marengo! ¡Jena! ¡Austerlitz!_
Aquello era grande, lo repito; pero hoy todo es pequeño. Vamos á la
arbitrariedad como entonces; pero no somos colosos. Nuestro gobierno
no es de los que pueden consolar á una gran nación de la pérdida de
su libertad: en materia de arte deformamos las Tullerías; en materia
de gloria dejamos que perezca Polonia. Esto no impide que nuestros
hombrezuelos de Estado traten la libertad como si estuvieran tallados
para déspotas, y pongan á Francia bajo sus plantas, como si tuvieran
hombros poderosos á soportar el mundo. Á poco que esto continúe, á
poco que rijan las leyes en proyecto, será completa la confiscación
de todos nuestros derechos: hoy me quita mi libertad de poeta un
censor; mañana me quitará un gendarme mi libertad de ciudadano: hoy se
me destierra del teatro; mañana se me desterrará del país: hoy se me
amordaza; mañana se me deportará: hoy se pone en estado de sitio la
literatura; mañana se pondrá en estado de sitio la ciudad. De libertad,
de garantías, de Constitución, de derecho público, nadie trata ya.
Si mejor aconsejado el gobierno no se detiene en esta pendiente,
mientras es tiempo aún, antes de poco tendremos todo el despotismo de
1807, menos la gloria; tendremos el imperio, sin el emperador.
Sólo me quedan que decir cuatro palabras, señores, y deseo que las
tengáis presentes para deliberar. No ha habido en este siglo más que
un grande hombre, Napoleón, ni más que una gran cosa, la libertad. Ya
no tenemos al grande hombre; procuremos conservar la gran cosa.
EL REY SE DIVIERTE
PERSONAJES
FRANCISCO I.
TRIBOULET.
BLANCA.
M. DE SAINT-VALLIER.
SALTABADIL.
MAGDALENA.
CLEMENTE MAROT.
M. DE PIENNE.
M. DE GORDES.
M. DE PARDAILLAN.
M. DE BRION.
M. DE MONTCHENU.
M. DE MONTMORENCY.
M. DE COSSÉ.
M. DE LA TOUR-LANDRY.
M.me DE COSSÉ.
M.me BERARDA.
UN GENTIL HOMBRE DE LA REINA.
UN PAJE DEL REY.
UN MÉDICO.
Señores, pajes, gente del pueblo.
París, 152...
[Ilustración]
ACTO I
M. DE SAINT-VALLIER