algunos pasos cerca del ministro para obtener la revocación de tan
extraña orden, pero fué en vano. El diván, digo, el consejo de
ministros se había reunido aquel día: y la que el 23 no era más que
una orden del ministro, el 24 era ya una orden del ministerio. El 23
sólo estaba _suspendida_ la representación de la obra; el 24 quedó
ya definitivamente _prohibida_. Hasta se conminó á la empresa para
que borrara de sus carteles estas pavorosas palabras: _El Rey se
divierte_. Y se le intimó además al malhadado _Teatro-Francés_ que se
abstuviera de quejarse. Acaso fuera bueno, leal y noble, resistirse á
este despotismo asiático; pero no se atreven á tanto los teatros: el
temor de que les retiren sus privilegios los convierte en súbditos, en
siervos resignados á todo, eunucos y mudos.
En cuanto al autor, permaneció y debió permanecer extraño á estos
manejos del teatro, pues como poeta no depende de ningún ministro.
Estos ruegos y solicitaciones, que acaso le aconsejaba su interés,
mezquinamente consultado, se los prohibía su deber de escritor libre.
Pedir favor al poder era reconocerlo: la libertad y la propiedad no
son cosas de antesala, ni un derecho se regatea como un favor. Para un
favor se acude al ministro; para un derecho se acude al país.
Al país pues se dirige el autor. Dos vías hay para obtener justicia:
la opinión pública y los tribunales. El autor elige ambas á dos.
Ante la opinión pública está ya juzgada y aun ganada la causa. Y aquí
debe el autor dar en alta voz las gracias á todas las personas graves
é independientes de la literatura y de las artes que en esta ocasión
le han dado tantas pruebas de simpatía y cordialidad. Bien contaba con
este apoyo, sabiendo, como sabe, que cuando se trata de luchar por la
libertad de la inteligencia y del pensamiento, no irá solo al combate.
Digámoslo de paso; por un cálculo harto mezquino, el gobierno se
lisonjeaba de contar por auxiliares, hasta en las filas de la
oposición, las pasiones literarias sublevadas, tiempo há, en torno del
autor; había imaginado que los odios literarios serían más tenaces aún
que los odios políticos, fundándose en que los primeros tienen sus
raíces en el amor propio, y los segundos sólo en los intereses. El
poder se engañó: su acto brutal ha indignado á los hombres honrados
de todas las opiniones. El autor ha visto unirse á él para hacer
frente á la arbitrariedad y á la injusticia hasta á los mismos que le
atacaban con más viveza la víspera. Si por casualidad algunos odios
inveterados han persistido, sienten á estas horas el momentáneo auxilio
que allegaran al poder. Cuantos enemigos honrados y leales cuenta el
autor han venido á tenderle la mano, sin perjuicio de volver al combate
literario tan luégo como acabe el combate político. En Francia, el
perseguido no tiene más enemigo que el perseguidor.
Si ahora, después de haber sentado que el acto ministerial es odioso,
incalificable, imposible en derecho, queremos descender por un momento
á discutirlo como un hecho material y á inquirir los elementos de que
parece componerse, la primera pregunta que ocurre, y que todos se han
hecho, es esta: ¿cuál puede ser el motivo de semejante medida?
Hay que decirlo, porque así es, y porque si el porvenir se ocupa
un día en la pequeñez de nuestros hombres y cosas, no será éste el
detalle menos curioso de este curioso hecho. Parece ser que nuestros
fautores de censuras se sienten como escandalizados y heridos en su
moralidad por _El Rey se divierte_. Este drama ha ofendido el pudor
de los gendarmes: la brigada Léotaud ha visto la representación y la
encuentra obscena; la oficina de las costumbres se ha tapado la cara;
Mr. Vidocq se ha ruborizado... En fin, la consigna que la censura dió
á la policía, según se susurra hace algunos días á nuestro alrededor,
es en resumen que _el drama es inmoral_. ¡Cómo! Señores míos, punto en
boca.
Expliquémonos, sin embargo, no con la policía, á la cual, yo, como
hombre honrado, prohibo hablar de estas materias; sino con el escaso
número de personas respetables y concienzudas, que por lo que han oído
decir ó por lo que han entrevisto malamente en la representación, se
han dejado arrastrar á tan injusto juicio, al cual acaso hubiera podido
servir de suficiente refutación sólo el nombre del inculpado poeta.
El drama corre ya impreso: si no habéis visto su representación,
leedlo; y si la habéis visto, leedlo también. Recordad que su
representación fué más bien una batalla, una especie de batalla de
Montlhéry (y pase la comparación un tanto ambiciosa), batalla en que
los parisienses y los borgoñones pretendieron cada cual por su parte,
_haberse embolsado la victoria_, como dice Matthieu.
¡Que la obra es inmoral! ¿Lo es acaso en su fondo? He aquí su fondo:
Triboulet es deforme, Triboulet está enfermo, Triboulet es bufón de
palacio, triple miseria que lo vuelve malvado. Triboulet odia al rey,
porque es el rey, á los señores porque son los señores, á los hombres
porque no tienen todos como él una joroba en la espalda. Su único
pasatiempo es hacer que choquen sin cesar los señores con el rey, y
que perezca el más débil víctima del más fuerte. Deprava al rey, lo
corrompe, lo embrutece, lo empuja á la tiranía, á la ignorancia, al
vicio; suéltalo en medio de las familias de los nobles mostrándole
con el dedo la esposa que seducir, la hermana que robar, la hija que
deshonrar. El rey, en manos de Triboulet no es más que un Juan de las
Viñas todopoderoso que diezma las vidas, entre las cuales le hace mover
el bufón. Un día, en medio de una fiesta y cuando Triboulet induce al
rey á robar á la mujer de Mr. de Cossé, llega hasta él Saint-Vallier
y le reprocha en alta voz la deshonra de Diana de Poitiers. Este
padre á quien el rey ha robado la hija, es insultado y escarnecido
por Triboulet. De aquí arranca todo el drama: su verdadero asunto es
la maldición de Saint-Vallier. Sigamos. Estamos en el segundo acto.
¿Sobre quién recae esta maldición? ¿Sobre Triboulet, bufón del rey?
No; Triboulet es hombre, es padre, tiene corazón, tiene una hija. Sí,
Triboulet tiene una hija: todo el interés está aquí. Triboulet no tiene
en el mundo más que una hija, que oculta á todos los ojos en un barrio
desierto, en una casa solitaria. Cuanto más hace correr por la ciudad
el contagio del escándalo y del vicio, tanto más aislada y recluída
tiene á su hija, á quien educa en la inocencia, en la fe y en el pudor:
su mayor cuidado es evitar que caiga en el mal, porque conoce él,
malo y todo, lo que con el mal se padece. Pues bien, la maldición del
anciano alcanzará á Triboulet en la única cosa que ama en el mundo,
en su hija. El mismo rey, á quien Triboulet induce al rapto, robará
su hija al bufón, el cual será así castigado por la Providencia de la
misma manera exactamente que Saint-Vallier. Y luégo, una vez deshonrada
y perdida, tenderá al rey un lazo para vengarla; pero será también su
hija quien caiga en él. Así Triboulet tiene dos discípulos, el rey y
su hija; el rey, á quien arrastra al vicio, y su hija á quien endereza
hacia la virtud. El uno perderá al otro: quiere robar para el rey la
esposa de Mr. de Cossé, y roba su propia hija; quiere asesinar al rey
para vengarla, y á su hija es á quien asesina. El castigo no se detiene
en mitad del camino: la maldición del padre de Diana se cumple en el
padre de Blanca.
Sin duda no nos toca á nosotros decidir si hay aquí interés dramático;
pero es evidente que hay aquí una idea moral.
En el fondo de una de las obras del autor hay fatalidad; en el fondo de
ésta hay Providencia.
Lo repetimos expresamente; no discutimos con la policía, á quien no
queremos hacer tanto honor, sino con la parte del público á quien puede
parecer necesaria esta discusión. Continuemos.
Si la obra es moral en su invención ¿sería inmoral en su forma?
Propuesta así la cuestión nos parece que se destruye por sí misma;
pero veamos. Probablemente nada inmoral hay en los actos primero y
segundo. ¿Será la situación del tercero la que os choca? Leed ese
tercer acto y decidnos con toda probidad si la impresión resultante no
es profundamente honesta, casta, moral.
¿Será el cuarto acto? Pero ¿desde cuándo no es permitido á un rey
cortejar en la escena á una moza de posada? Esto no es nuevo en la
historia ni en el teatro. Hay más aún: la historia nos permitía
presentaros á Francisco I ebrio en los tabucos de la calle del
Pelícano. Llevar á un rey á una casa pública no sería tampoco nuevo.
El teatro griego, que es el teatro clásico, lo ha hecho; Shakspeare,
que es el teatro romántico, lo ha hecho. Pues bien, el autor de este
drama, no lo ha hecho. Sabe todo lo que se ha escrito de la casa de
Saltabadil; pero ¿por qué se le hace decir lo que no ha dicho? ¿por qué
se le hace traspasar por fuerza un límite que está en el mismo caso
y que en verdad no ha traspasado? Esa Magdalena tan calumniada no es
seguramente más descarada que todas las Lisetas y Martas del teatro
antiguo. La cabaña de Saltabadil es una hostería, un bodegón, una
taberna, la taberna de la Piña, una taberna sospechosa, una madriguera,
en buen hora; pero no un lupanar. Es un lugar siniestro, terrorífico,
horrendo, todo lo que queráis; pero no un lugar obsceno.
Quedan, pues, los detalles del estilo. Leed. El autor acepta por
jueces de la austera severidad de su estilo á las personas mismas
que se espantan de la nodriza de Julieta y del padre de Ofelia,
de Beaumarchais y de Regnard, de la _Escuela de las mujeres_ y de
_Anfitrión_, de Dandin y de Sganarelle y de la magna escena del
_Tartufo_, del Tartufo acusado también de inmoral en su tiempo. Pero
allí donde era menester ser franco, ha creído que debía serlo de su
cuenta y riesgo, pero siempre con gravedad y mesura, pues quiere el
arte casto y no el arte gazmoño.
He aquí, pues, esa obra contra la cual intenta el ministerio sublevar
tantas prevenciones; he aquí puesta al descubierto esa inmoralidad,
esa obscenidad. ¡Qué lástima! El gobierno tenía sus razones secretas
para concitar contra _El Rey se divierte_ el mayor número posible de
preocupaciones, y hubiera querido de muy buena gana que viniera el
público á ahogar esta obra, sin conocerla, por un agravio imaginario,
como Otelo ahoga á Desdémona. _¡Honest Iago!_
Pero como resulta que Otelo no ha ahogado á Desdémona, Iago es quien
arroja la máscara y se encarga de ello. Al día siguiente de la
representación se prohibe la obra de orden superior.
Ciertamente, si nos dignamos descender un instante más á aceptar por
un minuto la ficción ridícula de que, en esta ocasión, sólo el celo
por la moral pública mueve á nuestros gobernantes, que, escandalizados
del estado de licencia en que ciertos teatros han caído de dos años
acá, han querido al fin hacer un escarmiento contra toda ley y todo
derecho, con una obra y con un escritor, ciertamente la elección de
la obra sería singular, hay que confesarlo, pero la elección del
escritor no lo sería menos. Y en efecto, ¿quién es el hombre á quien
ese gobierno miope se agarra tan extrañamente? Es un escritor á quien
puede negársele talento, pero no carácter; es un hombre de bien á
toda prueba, cosa rara y venerable en estos tiempos; es un poeta á
quien esa misma licencia de los teatros indignaría como al primero,
y que hace diez y ocho meses, al rumor de que iba á restablecerse la
inquisición de los teatros, fué personalmente en compañía de muchos
otros poetas dramáticos, á advertir al ministro que se lo tuviera en
cuidado, reclamando allí en alta voz una ley represiva para los excesos
del teatro, á la vez que protestaba contra la censura con palabras cuya
severidad no habrá olvidado á buen seguro el ministro. Es un artista
consagrado al arte, que no ha buscado nunca el éxito por mezquinos
medios, acostumbrado como está toda su vida á mirar al público
fijamente y cara á cara; es un hombre sincero y moderado, que ha dado
ya más de un combate por toda libertad y contra toda arbitrariedad;
que en 1829, el último año de la restauración, rechazó todo lo que el
gobierno de entonces le ofrecía para indemnizarle de la prohibición
lanzada contra _Marion de Lorme_, y que un año después, en 1830, hecha
la revolución de Julio, se negó contra su interés material, á permitir
la representación del mismo drama, en cuanto hubiera podido ser ocasión
de insulto contra el rey caído, que la prohibió; conducta bien sencilla
sin duda, que todo hombre de honor hubiera observado en su lugar;
pero que acaso hubiera debido hacerle inviolable desde entonces á toda
censura, á propósito de la cual, escribía en 1831:
«Las ovaciones de escándalo buscado y de alusiones políticas no le son
gratas, lo confiesa. Esos triunfos valen poco y poco duran. Y luégo,
precisamente cuando no hay censura, deben los autores censurarse á
sí mismos, honrada, concienzuda y severamente. Así ensalzarán la
dignidad del arte. Cuando se tiene toda libertad conviene guardar toda
mesura»[2].
[2] Prólogo de _Marion de Lorme_.
Juzgad ahora. Tenéis por una parte al hombre y su obra, y por otra al
ministerio y sus actos.
Ahora que la supuesta inmoralidad de este drama está reducida á la
nada, ahora que todo el armazón de las malas y vergonzosas razones
está por tierra á nuestros piés, será tiempo de señalar el verdadero
motivo de la medida, motivo de antecámara, motivo de corte, motivo
secreto, motivo que no se dice por pudor, motivo que se había guardado
tan bien bajo un pretexto. Este motivo ha transpirado ya hasta el
público, y el público ha sabido adivinarlo. No diremos más. Acaso sea
útil á nuestra causa que seamos nosotros los que demos á nuestros
adversarios ejemplo de cortesía y moderación, y bueno es siempre que
la lección de dignidad y de prudencia se dé por el particular al
gobierno, por el perseguido al que persigue. Fuera de esto, no somos de
los que pretenden curar las propias heridas emponzoñando las agenas.
Realmente hay en el tercer acto de este drama un verso en que la torpe
sagacidad de algunos familiares de palacio ha descubierto una alusión
en que ni el público ni el autor habían pensado hasta aquí, pero que
una vez denunciado de esta manera, viene á ser la más sangrienta y
cruel injuria. Realmente ese verso ha bastado para que el desconcertado
_Teatro-Francés_ reciba la orden de no ofrecer otra vez á la curiosidad
del público la frasecilla sediciosa de _El Rey se divierte_. No
citaremos aquí ese verso, que es un hierro candente; ni lo señalaremos
en otra parte sino en último extremo, si se llega á la imprudencia de
estrechar así nuestra defensa. No haremos revivir antiguos escándalos
históricos, ahorrando en lo posible á una persona de tan alta jerarquía
las consecuencias de aturdimientos palaciegos. Puede hacerse una guerra
generosa hasta á un rey, y entendemos hacérsela así. Pero mediten los
poderosos sobre el inconveniente de tener por amigo á quien no puede
aplastar las imperceptibles alusiones que vienen á posarse en su
frente, sino con la piedra de la censura.
No sabemos aún si tendremos en la lucha alguna indulgencia para con el
ministerio mismo. Todo esto, á decir verdad, nos inspira lástima. El
gobierno de Julio es un recién nacido, apenas cuenta treinta meses,
está en la cuna, por decirlo así, y tiene rabietas infantiles. ¿Merece
que se gaste con él mucha cólera viril? Cuando sea grande, veremos.
Sin embargo, á mirar la cuestión sólo desde el punto de vista privado,
la confiscación censorial de que se trata, causa aún más lástima quizás
al autor de este drama que á cualquiera otro. En efecto, catorce años
há que escribe y no hay obra suya que no haya merecido el malhadado
honor de ser escogida para campo de batalla á su aparición, ni que no
haya desaparecido desde luégo por más ó menos tiempo bajo el polvo,
el humo y el ruido. Con esto, cuando da una obra al teatro, lo que le
importa ante todo, no pudiendo esperar un público tranquilo desde el
estreno, es la serie de representaciones. Si sucede que el primer día
ahoga su voz el tumulto ó que no es bien comprendido su pensamiento,
los días siguientes pueden rectificar la impresión del primer día.
_Hernani_ tuvo cincuenta y tres representaciones; _Marion de Lorme_,
sesenta y una; _El Rey se divierte_, á causa del atropello oficial, no
habrá tenido más que una. Ciertamente el perjuicio causado al autor es
considerable. ¿Quién le dará intacta y en el punto en que estaba esta
tercera experiencia tan importante para él? ¿Quién le dirá qué hubiera
seguido á esta primera representación? ¿Quién le dará el público del
día siguiente, ese público por lo común imparcial, ese público sin
amigos ni enemigos, ese público que enseña al poeta y que el poeta
enseña?
El momento de transición política en que estamos es curioso. Es uno
de aquellos instantes de fatiga general en que son posibles todos
los actos despóticos aun en la sociedad más infiltrada de ideas de
emancipación y libertad. Francia corrió mucho y deprisa en julio de
1830: hizo tres buenas jornadas, tres grandes etapas en el campo de
la civilización y del progreso. Ahora ya son muchos los que están
cansados, muchos los que sin aliento piden que se haga alto. Y quieren
detener á los espíritus generosos que no se cansan y se empeñan en
seguir adelante. Quieren esperar á los rezagados que quedaron atrás
y darles tiempo para que se incorporen. De aquí ese temor singular,
ese miedo á todo lo que marcha, á todo lo que se mueve, á todo lo que
habla, á todo lo que piensa. ¡Extraña situación, fácil de comprender,
difícil de definir! Miedo de todas las existencias á todas las ideas;
liga de los intereses contra el movimiento de las teorías; el comercio
que se asusta de los sistemas; el comerciante que quiere vender; la
calle que espanta al mostrador; la tienda armada que se defiende.
Á nuestro parecer el gobierno abusa de esta disposición al reposo y de
este miedo á nuevas revoluciones. Ha venido á tiranizar en pequeño y
se lastima á sí propio y nos lastima á nosotros. Si cree que hay ahora
en los espíritus indiferencia por las ideas de libertad se engaña; lo
que hay es cansancio. Un día se le pedirá estrecha cuenta de todos
los actos ilegales que vemos acumularse de algún tiempo á esta parte.
¡Cuánto camino nos ha obligado á hacer! Dos años há se podía temer
por el orden; hoy hay que temer por la libertad. Asuntos de libre
pensamiento, de inteligencia y de arte se resuelven autoritariamente
por los visires del rey de las barricadas. Y en verdad causa profunda
pena ver cómo acaba la revolución de Julio: _mulier formosa superne_.
Verdaderamente, si sólo se considera la poca importancia de la obra y
del autor de que se trata, la medida ministerial que los alcanza no es
cosa mayor, no es más que un travieso golpecito de estado literario,
que no tiene otro mérito que no desemparejar la colección de actos
arbitrarios que le han precedido. Pero si nos elevamos un poco,
veremos que no se trata aquí solamente de un drama y un poeta, sino
que, según dijimos al comienzo, la libertad y la propiedad, íntegras
ambas á dos, están interesadas en esta cuestión. Son, pues, muy altos
y serios intereses los que entran en juego, y aunque el autor esté
obligado á entablar este importante litigio por un simple procedimiento
mercantil contra el _Teatro-Francés_, no pudiendo atacar directamente
al ministerio parapetado detrás de los altos fines del _no ha lugar_
del Consejo de Estado, espera que su causa será á los ojos de todos una
gran causa el día en que se presente en la barra del tribunal consular
con la libertad en la mano derecha y la propiedad en la izquierda.
Él en persona abogará por la independencia de su arte y defenderá
enérgicamente su derecho, con gravedad y sencillez, sin odio á las
personas, pero sin temor tampoco. Cuenta con el concurso de todos, con
el apoyo franco y cordial de la prensa, con la justicia de la opinión,
con la equidad de los tribunales. Y triunfará sin duda. Y el estado de
sitio se levantará en la ciudad literaria, lo mismo que en la ciudad
política.
Cuando esto suceda, cuando el autor reivindique intacta, inviolable y
sagrada su libertad de poeta y ciudadano, volverá pacíficamente á la
obra de su vida de que se le arranca violentamente, y de que no hubiera
querido separarse un momento. Tiene que llevar á cabo su tarea, bien lo
sabe él, y nada lo distraerá de ella. Por de pronto le toca representar
un papel político: él no lo ha buscado; lo acepta. En realidad el poder
que nos atropella no habrá ganado mucho con que nosotros, hombres
de arte, dejemos nuestro trabajo, concienzudo, tranquilo, sincero,
profundo, trabajo santo, trabajo de lo pasado y lo por venir, para ir á
mezclarnos, indignados, ofendidos y severos con ese público irreverente
y burlón que hace quince años ve pasar entre silbidos algunos pobres
diablos políticos, que se imaginan que levantan un edificio social,
porque á duras penas van todos los días, sudando y jadeando, á llevar y
traer montones de proyectos de ley, de las Tullerías al Palacio Borbón
y del Palacio Borbón al Luxemburgo.
30 Noviembre 1832.
* * * * *
El autor, como había prometido, llevó el acto arbitrario del gobierno á
los tribunales. La causa se vió el 19 de Diciembre en audiencia pública
ante el Tribunal de comercio. Á la hora en que escribimos no se ha
dictado aún la sentencia; pero el autor cuenta con jueces íntegros, que
son jurados al mismo tiempo que jueces, y no querrán desmentir sus
honrados antecedentes.
El autor tiene el gusto de insertar en esta edición del drama prohibido
su defensa íntegra, tal como la ha pronunciado, y celebra la ocasión
que se le ofrece para dar las gracias y felicitar otra vez más en voz
alta á Mr. Odilon Barrot, cuya hermosa improvisación, lúcida y grave
en la exposición de hechos, vehemente y magnífica en la réplica,
causó en el Tribunal y en el público aquella profunda impresión que
la palabra del célebre orador produce donde quiera que resuena. El
autor se complace también en dar las gracias al público, al público
inmenso que llenaba las vastas salas de la Bolsa; público que había
acudido en tropel, no á un simple debate comercial y privado, sino
á presenciar la causa de la libertad contra la opresión; público al
que algunos periódicos, muy dignos por otra parte, han reprochado,
sin razón á nuestro juicio, tumultos inseparables de toda multitud,
siempre mal hallada cuando es demasiado numerosa, y que han ocurrido
siempre en ocasiones semejantes y muy especialmente en las últimas
causas políticas y célebres de la restauración; público desinteresado
y leal, á quien ciertos periódicos mercenarios han insultado por haber
recibido con murmullos de reprobación la apología oficial del acto
atentatorio del gobierno, y con aplausos las declaraciones del autor
cuando reclamaba firmemente en presencia de todos la emancipación del
pensamiento. En general es de desear sin duda que la justicia de los
tribunales sea lo menos posible turbada por manifestaciones exteriores
de aprobación ó desaprobación; sin embargo, acaso no hay causa
política en que se haya podido guardar esta reserva; y en la ocasión
actual, como se trataba de un acto importante en la carrera de un
ciudadano, el autor pone entre los más preciosos recuerdos de su vida
las entusiastas muestras de simpatía que prestaron tanta autoridad á
su palabra, tan poco valiosa de suyo, dándole el pavoroso carácter de
una reclamación general. Nunca olvidará los testimonios de afecto y de
favor que esa multitud inteligente y amiga de todas las ideas de honor
é independencia, le prodigó generosamente antes y después del acto y en
la misma audiencia. Con semejantes estímulos, imposible es que el arte
no se mantenga imperturbable en la doble vía de la libertad literaria y
de la libertad política.
París, 21 de Diciembre de 1832.
[Ilustración]
DISCURSO
PRONUNCIADO
POR VÍCTOR HUGO
EL 19 DICIEMBRE 1832
ANTE EL TRIBUNAL DE COMERCIO
para obligar
al Teatro-Francés á representar su drama _El Rey se divierte_
y al gobierno á permitir esta representación
SEÑORES:
Después del elocuente orador que tan generosamente me presta la valiosa
asistencia de su palabra, nada tendría que decir si no creyera deber
mío no dejar pasar sin una solemne y severa protesta el acto audaz y
culpable que ha violado en mi persona todo nuestro derecho público.