muy pronto con cuatro soldados!
D. MATÍAS.--Solimán también le hace sombra.
D. GARCÍA.--¡Lutero, Solimán, Neptuno, el diablo y Júpiter! ¿Qué nos
importa eso? Las mujeres, las máscaras, la broma...
D. SANCHO.--Esto es lo esencial.
D. RICARDO.--Tiene razón Garci Suárez. Yo no soy el mismo en día de
fiesta... en poniéndome una máscara, parece que me pongo otra cabeza.
D. SANCHO (_Bajo á don Matías._)--¿Por qué no serán todos días de
fiesta?
D. FRANCISCO (_Indicando la puerta de la derecha._)--¿No es esa la
habitación de los desposados?
D. GARCÍA.--Sí. Y pronto los veremos venir.
D. FRANCISCO.--¿Vendrán?
D. GARCÍA.--Sin duda.
D. FRANCISCO.--Tanto mejor. La novia es bellísima.
D. RICARDO.--Y el emperador, muy bondadoso; perdonar á ese rebelde
de Hernani, cargarle de títulos y unirle en matrimonio con doña Sol.
¡Pardiez! Si el emperador hubiera seguido mi consejo, dábale á él un
lecho de piedra y á ella un lecho de pluma.
D. SANCHO (_Bajo á don Matías._)--De buena gana le daría una estocada á
este señor de oropel.
D. RICARDO.--¿Qué estáis diciendo ahí?
(_Acercándose._)
D. MATÍAS (_Bajo á Sancho._)--No arméis contienda ahora. (_Á don
Ricardo._) Me recita unos versos del Petrarca á su amada.
D. GARCÍA.--Señores ¿habéis observado entre las flores, las mujeres y
los trajes de colorines, un espectro, que de pié junto á una columna,
manchaba la mascarada con su negro dominó?
D. RICARDO.--Sí, pardiez.
D. GARCÍA.--¿Quién será?
D. RICARDO.--Su estatura, su porte... Sin duda don Pancracio, general
de mar.
D. FRANCISCO.--No.
D. GARCÍA.--No se ha quitado la máscara.
D. FRANCISCO.--Ni tenía guardia. Es el duque de Soma, que quiere que lo
miren y nada más.
D. RICARDO.--Tampoco, porque el duque habló conmigo.
D. GARCÍA.--Entonces ¿quién diablos es? ¡Pardiez! Helo allí.
(_Entra un enmascarado con dominó negro, y cruza lentamente el fondo.
Todos se vuelven á mirarle y le siguen con la vista, sin que él haga
caso._)
D. SANCHO.--Si los muertos andan, así han de andar.
D. GARCÍA (_Corriendo á él._)--¡Máscara! (_El dominó negro se detiene.
García retrocede._) ¡Por vida mía! señores, he visto fulgurar sus ojos.
D. SANCHO.--Si es el diablo, ha encontrado á quien hablar. (_Se le
acerca._) Mala sombra, ¿vienes del infierno?
EL MÁSCARA.--No vengo, voy...
(_Sigue su camino y desaparece por la escalera del fondo. Todos le
siguen con la vista con cierto espanto._)
D. MATÍAS.--Su voz es verdaderamente sepulcral.
[Ilustración: _Bodas de Hernani y Doña Sol_]
D. GARCÍA.--Sea: lo que da espanto en otra parte, hace reir en un baile.
D. SANCHO.--Algún chusco de mal género.
D. GARCÍA.--Y si es Lucifer que viene á vernos bailar, mientras llega
la hora del infierno, bailemos.
D. SANCHO.--Alguna bufonada, á buen seguro.
D. MATÍAS.--Mañana lo sabremos.
D. SANCHO (_á don Matías._)--Mirad adónde ha ido.
D. MATÍAS (_Mirando._)--Ha bajado la escalera y... ¿Quién sabe?
D. SANCHO.--Es singular.
D. GARCÍA (_Á una dama que pasa._)--Marquesa ¿seréis tan bondadosa...?
(_La saluda y le ofrece la mano._)
LA DAMA.--Mi querido conde, bien sabéis que con vos mi marido las
cuenta.
D. GARCÍA.--Mejor que mejor, pues se divierte con eso. Él contará y
nosotros bailaremos.
(_La dama le da la mano y salen._)
D. SANCHO (_Pensativo._)--Es singular.
D. MATÍAS.--¡Los novios! ¡Silencio!
(_Entran Hernani y Sol de la mano; ella en magnífico traje nupcial;
él de terciopelo negro y el Toisón al cuello. Detrás de ellos
multitud de damas y caballeros de máscara, que les dan cortejo.
Cuatro pajes les preceden y dos alabarderos les siguen._)
ESCENA II
Los mismos, HERNANI, DOÑA SOL, séquito
HERNANI (_Saludando._)--¡Amigos míos!
D. RICARDO (_Lisonjeándole._)--Tu felicidad hace la nuestra, ilustre
Aragón.
D. FRANCISCO.--¡Por Santiago Apóstol! ¡Es la misma Venus!
D. MATÍAS.--¿Hay nada más feliz que un día de bodas?
D. FRANCISCO.--Sí... la noche.
D. SANCHO (_á don Matías_).--Ya es tarde. ¿Nos retiramos?
(_Todos van á saludar á los recién casados, y salen, unos por la
puerta, otros por la escalera del fondo._)
HERNANI (_Despidiéndolos._)--Dios os guarde.
D. SANCHO (_Estrechándole la mano._)--¡Sed felices!
(_Quedan solos Hernani y Sol. Las luces se van apagando y muy luégo
reina la oscuridad y el silencio._)
ESCENA III
HERNANI, DOÑA SOL
D.ª SOL.--Por fin se van todos.
HERNANI (_Atrayéndola á sí._)--¡Amor mío!
D.ª SOL (_Esquivándole ruborizada._)--Es que... ya es tarde.
HERNANI.--¡Ángel mío! Siempre es tarde para estar á solas juntos.
D.ª SOL.--Ya me fatigaba ese ruido. ¿No es verdad que toda esa alegría
aturde y ahuyenta la felicidad?
HERNANI.--Dices bien. La felicidad, vida mía, es cosa grave; quiere
corazones de bronce y lentamente se graba en ellos. El placer la
espanta echándole flores; su sonrisa dista menos de llorar que de reir.
D.ª SOL.--Es verdad. (_Resistiéndose á seguir á Hernani que quiere
llevársela hacia la puerta._) Luégo, luégo.
HERNANI.--¡Oh! No soy más que tu esclavo. Bien, permanece aquí; haz
lo que quieras... yo no pido nada. Tú sabes lo que haces y para mí
aciertas siempre. Reiré ó cantaré, si quieres. El alma se me abrasa...
¡Oh! Dile al volcán que apague sus llamas, y el volcán cerrará su
cráter y cubrirá su falda de flores y verde musgo. Porque el gigante
está vencido, el Vesubio es esclavo y ¿qué te importa á ti su corazón
candente? ¿Quieres flores? Sea: forzoso será que el volcán, ardiendo y
todo, se engalane á tus ojos.
D.ª SOL.--¡Qué bondadoso eres con esta pobre mujer, Hernani de mi alma!
HERNANI.--¿Qué nombre has pronunciado? ¡Oh! por favor, no me dés ya ese
nombre, pues me haces recordar que lo he olvidado todo. Sé que en otro
tiempo existía como en sueño un Hernani, cuyos ojos fulguraban como un
puñal; un hombre de las sombras y los montes, un proscrito que sólo
respiraba odio y venganza, un infeliz que arrastraba por todas partes
su anatema; pero yo no conozco á ese Hernani. Yo amo los prados, las
flores, los bosques, el canto del ruiseñor; soy don Juan de Aragón,
esposo de doña Sol. Soy feliz.
D.ª SOL.--Y yo, y yo. ¡Cuán feliz soy!
HERNANI.--¿Qué importan los andrajos que dejé á la puerta? Vuelvo á mi
luctuoso palacio y un ángel del Señor me esperaba en el umbral. Entro y
pongo en pié sus derribadas columnas, vuelvo á encender el hogar, abro
las ventanas, arraso la yerba del pavés del patio; yo no soy ya más que
alegría y amor. Que me devuelvan mis torres y castillos, mi penacho, mi
asiento en el consejo de Castilla; venga mi doña Sol, honesta y pura,
déjennos solos, y demos por pasado lo demás. Nada he visto, nada he
dicho, nada he hecho; vuelvo á empezar, lo borro todo, todo lo olvido.
Oh prudencia, oh locura, te tengo á ti, te amo y basta á mi felicidad.
D.ª SOL.--¡Qué bien sienta ese collar de oro sobre el terciopelo negro!
HERNANI.--Antes que á mí viste al rey con igual traje.
D.ª SOL.--No lo he notado. ¿Ni qué me importa otro hombre? Y luégo
si no es el terciopelo ó el raso... No, duque mío; es tu cuello el
que sienta bien al collar de oro. (_Resistiéndose aún._) Luégo,
luégo... Un momento no más. ¿No ves? Estoy alegre y lloro. ¡Cuán
feliz soy! Ven á ver tan hermosa noche. (_Van á la arcada._) Sólo un
instante, duque mío; el tiempo de respirar y ver solamente. Todo se
ha extinguido: antorchas y música. Nada más que la noche y nosotros.
¡Felicidad perfecta! ¿No lo crees tú así? Mientras todo duerme, vela
amorosamente sobre nosotros la naturaleza: la luna sola en el cielo
reposa como nosotros y como nosotros respira el aire embalsamado de
las flores. Mira: ni una luz, ni un rumor... todo calla. Há poco,
mientras hablabas, el trémulo brillo de la luna y el timbre de tu voz,
me llegaban juntos al corazón. Sentíame alegre y tranquila, amor mío, y
hubiera querido espirar en aquel momento.
HERNANI.--¡Ah! ¿Quién no lo olvidaría todo al encanto de tu voz? Tu
palabra es un canto angelical; como á la luz crepuscular de una tarde
de verano, ve deslizarse el viajero las márgenes floridas de un río,
vaga mi pensamiento por tus melancolías.
D.ª SOL.--Este silencio es harto lúgubre, y demasiado profundo este
sosiego. Dime, amor mío, ¿no querrías ver en el fondo una estrella? ¿No
quisieras que una voz de la noche tierna y amorosa se alzara de repente
y cantara?
HERNANI.--¡Ah caprichosa! Ahora mismo huías de la luz y de los cantos.
D.ª SOL.--Del baile. Pero un pájaro que cantara en el campo, un
ruiseñor perdido en las sombras, allá en una enramada, ó alguna flauta
á lo lejos... La música es dulce, desliza en el alma armonía y amor...
despierta mil voces que resuenan en el alma. ¡Oh! Sería delicioso.
(_Óyese el són lejano de un cuerno._)
HERNANI.--¡Ah!
D.ª SOL.--¡Mi deseo fué oído!
HERNANI (_Aparte; estremeciéndose._)--¡Desdichada!
D.ª SOL.--Un ángel me ha oído; sin duda tu ángel bueno.
HERNANI.--Sí, mi ángel bueno. (_Con amargura.--Aparte._) ¡Todavía!
D.ª SOL.--Don Juan, he reconocido el són de esa bocina.
HERNANI.--¿Sí?
D.ª SOL.--Esta serenata, la has dispuesto tú ¿verdad?
HERNANI.--Tú lo has dicho.
D.ª SOL.--¡Qué baile tan fastidioso! ¡Oh! ¡Cuánto le prefiero el toque
de una bocina en el fondo de los bosques! Y más siendo la tuya... es
como tu voz.
(_Óyese otra vez el mismo són._)
HERNANI (_Aparte._)--¡Ah! El tigre aúlla y reclama su presa.
D.ª SOL.--Don Juan, ese sonido llena de alegría el corazón.
HERNANI.--¡Llámame Hernani; llámame Hernani! ¡Aún me persigue ese
nombre fatal!
D.ª SOL (_Temblando._)--¿Qué tienes?
HERNANI.--¡El viejo!
D.ª SOL.--¡Dios mío! Me espanta tu mirada. ¿Qué tienes?
HERNANI.--El viejo que se ríe en las tinieblas. ¿No lo ves?
D.ª SOL.--¿Desvarías, bien mío? ¿Quién es ese viejo?
HERNANI.--¡El viejo!
D.ª SOL.--Te ruego de rodillas que calmes mi inquietud. ¿Qué secreto es
ese que te turba? ¿Qué tienes?
HERNANI.--¡Se lo juré!
D.ª SOL.--¿Se lo juraste?
(_Sigue todos sus movimientos con ansiedad. Detiénese él de golpe y
se pasa la mano por la frente._)
HERNANI (_Aparte._)--¿Qué le iba á decir? (_Alto._) ¿Yo? Nada. ¿De qué
te hablaba?
D.ª SOL.--Me has dicho...
HERNANI.--No, no... estaba turbado... Me siento mal... pero no te
inquietes.
D.ª SOL.--¿Necesitas algo? ¿Qué traigo? Ordéname.
(_Vuelve á sonar el cuerno._)
HERNANI (_Aparte._)--No desiste... ¡mi juramento! (_Buscándose el
puñal._) Nada. ¡Ah!
D.ª SOL.--¿Te sientes peor? ¿Qué tienes?
HERNANI.--Una... una herida antigua, que parecía cerrada y se renueva.
(_Aparte._) Alejémosla de aquí. (_Alto._) Sol de mi vida, escucha:
aquella cajita, que en días menos felices llevaba yo conmigo...
D.ª SOL.--Ya sé. ¿Qué quieres que haga?
HERNANI.--En ella encontrarás un pomo de elixir, que podrá poner
término al mal que preveo. Vé y tráemelo.
(_Sale doña Sol por la puerta de la cámara nupcial._)
ESCENA IV
HERNANI, solo
¡He aquí lo que viene á hacer con mi felicidad! ¡He aquí el dedo fatal
que brilla en la pared! ¡Oh! ¡Con qué crueldad se burla de mí el
destino! (_Cae en profunda y tormentosa reflexión. Después se desvía
bruscamente._) ¡Y bien!... Pero todo calla... No veo venir á nadie...
¡Si me hubiera engañado!...
(_El máscara del dominó negro aparece en el fondo. Hernani se detiene
petrificado._)
ESCENA V
HERNANI, el MÁSCARA
EL MÁSCARA.--«Suceda lo que quiera, siempre que á bien lo tengáis, en
cualquier lugar y á cualquiera hora, si creéis que es llegada la de mi
muerte, no tenéis más que tocar el cuerno y yo mismo acudiré á ponerme
en vuestro poder.» Este pacto tuvo á los muertos por testigos. Ahora
bien. ¿Estás dispuesto?
HERNANI (_Aparte._)--¡Es él!
EL MÁSCARA.--Vengo á tu palacio á decirte que ha llegado la hora y veo
que acudes tarde.
HERNANI.--Bien. ¿Qué quieres? ¿Qué vas á hacer de mí? Habla.
EL MÁSCARA.--Puedes elegir entre el puñal y el veneno. Traigo lo
necesario. Partiremos los dos.
HERNANI.--En buen hora.
EL MÁSCARA.--Oremos antes.
HERNANI.--¿Para qué?
EL MÁSCARA.--¿Qué eliges tú?
HERNANI.--El veneno.
EL MÁSCARA.--Bien. Dame la mano. (_Le presenta un pomo, que Hernani
toma temblando._) Bebe y acabemos.
HERNANI (_Se lleva el pomo á los labios, y luégo lo aparta._)--¡Oh! Por
piedad, déjalo para mañana. ¡Oh! si tienes corazón, ó alma siquiera;
si no eres un espectro escapado de las llamas, un réprobo, un fantasma
ó un demonio; si sabes lo que es la dicha suprema de amar, de tener
veinte años y estar recién casado; si alguna vez ha palpitado en tus
brazos una mujer amante y amada, espera, espera hasta mañana. Mañana
puedes volver.
EL MÁSCARA.--¡Mañana! ¡Mañana! ¡Necio! ¿Y qué haría yo esta noche?
Morirme. Y ¿quién vendría mañana por ti? No, no; joven, es preciso
despachar ahora.
HERNANI.--Pues bien, no. Sabré librarme de ti, demonio. No, no te
obedezco.
EL MÁSCARA.--¡Bien me lo temía! Muy bien. ¿Por qué sagrado juramento
te obligaste? ¡Ah! por nada... por la memoria de tu padre. Bien puedes
olvidarlo: la juventud es ligera.
HERNANI.--¡Ah! ¡Padre, padre mío! Voy á perder el juicio.
EL MÁSCARA.--No, no es más que un perjurio, un sacrilegio.
HERNANI.--¡Señor duque!
EL MÁSCARA.--Puesto que los primogénitos de las familias castellanas
toman á juego el juramento, y faltan á él tan livianamente, adiós. (_Da
un paso para retirarse._)
HERNANI.--Espera; no te vayas tan pronto.
EL MÁSCARA.--Entonces...
HERNANI.--¡Viejo desalmado! (_Toma el pomo._) ¡Perseguirme así hasta
las puertas del cielo!...
(_Vuelve Sol sin ver al encubierto, de pié junto á la escalera del
fondo._)
ESCENA VI
Los mismos, DOÑA SOL
D.ª SOL.--No he podido encontrar la caja.
HERNANI.--¡Ella! ¡En qué momento!
D.ª SOL.--¿Qué tiene? ¡Se espanta de mí y vacila á mi voz! ¿Qué tienes
en la mano? ¡Horrible sospecha! ¿Qué tienes en la mano? Contesta. (_El
encubierto se quita el antifaz. Sol reconoce á don Ruy Gómez y da un
grito._) ¡Veneno!
HERNANI.--¡Gran Dios!
D.ª SOL.--¿Qué te he hecho yo? ¡Qué horrible misterio! Me engañabas,
don Juan.
HERNANI.--¡Ah! He debido ocultártelo. Había jurado morir al duque á
quien debí mi salvación un día: Aragón debe pagar esta deuda á Silva.
[Ilustración]
D.ª SOL.--Pero tú no te perteneces, tú eres mío. ¿Qué me importan á
mí los demás juramentos? Duque, el amor me hace fuerte y contra vos y
contra el mundo entero sabré defenderlo.
D. RUY.--Defiéndelo, si puedes, contra un sagrado juramento.
D.ª SOL.--¿Cuál?
HERNANI.--Sí, juré...
D.ª SOL.--No, nada te obliga á morir. No, no puede ser. Es un crimen,
un atentado, una locura.
D. RUY.--Vamos, don Juan de Aragón.
(_Hernani va á obedecer. Sol se lo impide._)
HERNANI.--Dejadme, doña Sol, es preciso. El duque tiene mi palabra y mi
padre me mira desde el cielo.
D.ª SOL (_Á don Ruy._)--Antes arrancaríais á una tigre sus cachorros
que á mí el amante de mi alma. Todavía no sabéis bien lo que es
esta mujer. Por mucho tiempo, compadecida de vuestros sesenta años
y respetando vuestras canas, he sido sumisa, mansa y tímida; pero
ahora... ahora, ved estos ojos encendidos y fulgurantes de rabia
(_Sácase del seno un puñal_), y ved este puñal. ¡Viejo insensato!
Temed cuando los ojos amagan... Soy de la familia, tío...; y así fuera
hija vuestra ¡ay de ti, si atentas contra mi esposo! (_Tira el puñal
y cae de rodillas ante el duque._) ¡Ah! Vedme de hinojos á vuestros
piés, y tened piedad de nosotros. ¡Perdón, señor, perdón! Sólo soy una
débil mujer; mi fuerza aborta en mi alma y fácilmente flaqueo. ¡Ah! de
rodillas os lo ruego; ¡tened piedad de nosotros!
D. RUY.--¡Doña Sol!
D.ª SOL.--¡Perdonad! El dolor me ha inducido á proferir duras palabras.
Perdonad. Vos no sois malo, tío. Compadeceos de nosotros, porque al
tocarle á él, me matáis á mí. ¡Le amo tanto!...
D. RUY.--Tanto le amáis ¿eh?
HERNANI.--¡Lloras!
D.ª SOL.--No quiero que mueras, amor mío; no, no lo quiero. (_Á don
Ruy._) Perdonadle, señor, y yo os amaré á vos también.
D. RUY.--¡En segundo lugar! Con esos restos de amor... de amistad...
menos aún ¿crees apagar la sed que me devora? (_Indicando á Hernani._)
Él lo es todo; pero yo... ¡brava compasión! ¿Qué he de hacer yo con tu
amistad? ¡Oh! él poseería el alma, el amor, el trono, y sólo tendría yo
la limosna de una mirada. ¡Vergüenza é irrisión! No; es preciso acabar.
Bebe.
HERNANI.--Tiene mi palabra y debo cumplirla.
D. RUY.--¡Vamos!
(_Hernani lleva el pomo á los labios. Sol le detiene el brazo._)
D.ª SOL.--¡Aún no..., aún no! Dignaos oirme los dos.
D. RUY.--El sepulcro está abierto y no puedo esperar.
D.ª SOL.--Un instante, señor; un instante, don Juan. ¡Ah! ¡Cuán crueles
sois los dos! ¿Qué es lo que os pido? Un instante no más... es todo
cuanto deseo. Permitidme que diga esta pobre mujer lo que tiene en el
corazón; permitídmelo por piedad.
D. RUY (_á Hernani_).--Tengo prisa.
D.ª SOL.--Pero, me hacéis temblar. ¿Qué os he hecho yo?
HERNANI.--¡Ah! Su voz me desgarra el corazón.
D.ª SOL (_Reteniéndole aún el brazo._)--Comprended que tengo mil cosas
que decir.
D. RUY.--¡Acabemos!
D.ª SOL.--Don Juan, en cuanto haya hablado, puedes hacer lo que tengas
á bien. (_Le arrebata el pomo._) ¡Mío, mío es ya! (_Lo presenta á vista
de los dos sorprendidos._)
D. RUY.--Puesto que he de habérmelas aquí con dos mujeres, don Juan,
preciso es que vaya á otra parte á buscar almas. Tú te atreves á jurar
por la memoria de tu padre y no cumples; yo voy á hablar de ello á tu
padre entre los muertos. Adiós.
(_Da algunos pasos y Hernani lo detiene. Á Sol._)
HERNANI.--Deteneos, duque, deteneos. (_Á Sol._) ¡Ah! ¿Quieres que sea
pérfido, perjuro, sacrílego? ¿Quieres que lleve por el mundo escrito el
crimen en mi frente? ¡Ah! Por piedad, devuélveme ese pomo. ¡Por nuestro
amor, por nuestra alma inmortal!
D.ª SOL.--¡Insistís!
HERNANI.--Sí.
D.ª SOL.--Bien. (_Bebe._) Tómalo.
D. RUY.--¡Ah! Era para ella.
D.ª SOL (_Ofreciendo el pomo á Hernani._)--Tómalo ahora, te digo.
HERNANI.--¿Ves, viejo miserable?
D.ª SOL.--No te quejes de mí: te guardo tu parte.
HERNANI (_Tomando el pomo._)--¡Oh Dios!
D.ª SOL.--Tú no me hubieras guardado la mía. ¡Oh! no tienes tú el
corazón de una esposa cristiana, ni sabes amar como ama una Silva. Pero
he bebido primero y estoy tranquila. Ahora tú, si quieres.
HERNANI.--¿Qué has hecho, desdichada?
D.ª SOL.--Tú lo has querido.
HERNANI.--¡Muerte espantosa!
D.ª SOL.--No. ¿Por qué?
HERNANI.--Ese licor lleva al sepulcro.
D.ª SOL.--¿No debíamos dormir juntos esta noche? ¿Qué importa en qué
lecho?
HERNANI.--¡Padre mío! Te vengas en mí que te olvidaba.
(_Se lleva el pomo á la boca. Sol lo detiene otra vez._)
D.ª SOL.--¡Cielos! ¡Qué dolores tan extraños! ¡Ah! Tira lejos de ti ese
licor funesto... ¡Se extravía mi razón! Detente ¡ay! detente, don Juan
mío; ese veneno es vivísimo y engendra en el corazón una hidra de mil
dientes que lo roen y devoran. ¡Oh! yo no sabía que se padeciera tanto.
¿Qué es? ¡Ah! fuego. ¡No bebas! ¡Oh! no; padecerías mucho.
HERNANI (_á don Ruy_).--¡Ah! ¡Cuán cruel eres! ¿No podías haber elegido
otro veneno para ella?
(_Bebe y tira el pomo._)
D.ª SOL.--¿Qué has hecho?
HERNANI.--¿Qué has hecho tú?
D.ª SOL.--Ven, ven, amor mío, á mis brazos. (_Siéntanse juntos._) ¿No
es verdad que se padece horriblemente?
HERNANI.--No.
D.ª SOL.--He aquí nuestra noche de bodas. He de estar muy pálida para
novia.
HERNANI.--¡Ah!
D. RUY.--La fatalidad se cumple.
HERNANI.--¡Qué desesperación! ¡Verla yo morir en este tormento!
D.ª SOL.--Cálmate: me siento mejor. Ahora mismo vamos á abrir nuestras
alas hacia nuevos iluminados espacios. Partamos con vuelo igual á un
mundo mejor. ¡Un beso! ¡Sólo uno!
D. RUY.--¡Oh dolor!
HERNANI (_Con voz débil._)--¡Bendito sea el cielo que me dió una
vida rodeada de abismos y seguida de espectros; pero que me permitió
dormirme, cansado de tan rudo camino, besando tu mano!
D. RUY.--¡Cuán felices son!
HERNANI (_Desfalleciendo._)--Ven... ven... Sol de mi alma. ¡Qué oscuro
está todo!... ¿Padeces mucho?
D.ª SOL (_Con voz igualmente desfallecida._)--Nada... nada ya.
[Ilustración]
HERNANI.--¿Ves dos luces en las sombras?
D.ª SOL.--Todavía no.
HERNANI.--Yo sí...
(_Da un suspiro y cae._)
D. RUY (_Levantándole la cabeza, que vuelve á caer._)--¡Muerto!
D.ª SOL (_Desgreñada é incorporándose un poco._)--¡Muerto! No...
dormimos... Duerme... es mi esposo. ¿Ves? Nos amamos y... dormimos
aquí... Esta es nuestra noche de bodas. No le despertéis, señor duque
de Mendoza... está cansado... (_Vuelve la cara de Hernani._) Amor mío,
vuelve á mí tus ojos... Más cerca... más aún...
(_Cae._)
D. RUY.--¡Muerta! ¡Oh! ¡estoy condenado!
(_Se mata._)
FIN DEL DRAMA
EL REY SE DIVIERTE
DRAMA EN CINCO ACTOS
_Con un prólogo de su autor, el discurso pronunciado
por el mismo ante los tribunales en la causa
á que dió lugar su prohibición
y la relación de la vista celebrada con este motivo
en 19 Diciembre 1832._
[Ilustración]
PRÓLOGO
El estreno de este drama motivó un acto ministerial inaudito.
El día siguiente á la primera representación, recibió el autor de parte
de Mr. Jouslin de la Salle, director de escena del _Teatro-Francés_ el
siguiente oficio, cuyo original conserva cuidadosamente:
«En este momento, que son las diez y media, acabo de recibir la orden
de suspender las representaciones de _El Rey se divierte_, comunicada
por Mr. Taylor en nombre del ministro.
»Hoy 23 de noviembre.»
Lo primero que se le ocurrió al autor fué dudar de lo que leía: el acto
era arbitrario hasta lo increíble.
En efecto, lo que han llamado _Constitución-Verdad_ dice: «Los
franceses tienen el derecho de publicar...» Nótese que el texto no
dice solamente _el derecho de imprimir_, sino amplia y claramente
_el derecho de publicar_. Ahora bien, el teatro no es más que un
medio de publicación como la prensa, como el grabado, como la
litografía. La libertad del teatro está pues implícitamente consignada
en la Constitución con las demás libertades del pensamiento. La ley
fundamental añade: «La censura no podrá ser restablecida nunca.» No
dice el texto _la censura de los periódicos, la censura de los libros_;
dice sólo _la censura_, la censura en general, toda censura, la del
teatro, como la de los escritos. Las obras dramáticas, pues, no podrán
en adelante ser legalmente censuradas.
Fuera de esto dice la Constitución: «Queda abolida la confiscación.»
Pues la supresión de una obra, después de ser representada, no es
sólo un acto monstruoso de censura y arbitrariedad, sino también una
verdadera confiscación, es usurpar violentamente al autor y al teatro
su legítima propiedad.
Finalmente, para que todo sea neto y claro, para que los cuatro ó
cinco grandes principios sociales que la Revolución francesa grabó
en bronce queden intactos en sus pedestales de granito, para que no
pueda vulnerarse maliciosamente el derecho común de los franceses con
esas cuarenta mil armas viejas que enmohece el orín y el desuso en el
arsenal de nuestras leyes, la Constitución deja abolido expresamente en
su último artículo todo lo que sea contrario á su letra y espíritu en
nuestras leyes anteriores.
Esto es lo formal. El decreto ministerial que prohibe la representación
de una obra dramática atenta á la libertad con la censura, á la
propiedad con la confiscación. Todo nuestro derecho público se subleva
contra semejante hecho de fuerza.
Como el autor no se decidía á creer tamaña insolencia, tamaña locura,
corrió al teatro, donde le confirmaron ya el hecho por todas partes.
El ministro había efectivamente intimado, por sí, ante sí, y armado
de su derecho divino de ministro, la susodicha orden. El ministro no
tenía razón que dar. El ministro le había usurpado su obra, le había
usurpado su derecho, le había usurpado su propiedad: ya sólo faltaba
poner al poeta en la Bastilla.
Lo repetimos: en los tiempos que corren, cuando un acto como éste viene
á cortarnos el paso, la primera impresión es de asombro. Mil preguntas
se ofrecen á la mente. ¿Dónde está la ley? ¿Dónde está el derecho? ¿Ha
habido, en efecto, algo que se ha llamado la revolución de Julio? Sin
duda no estamos ya en París. ¿En qué bajalato vivimos?