austeras palabras, y sin duda te indignas del rumor que hacen nuestras
ambiciones en tu sagrada mansión... ¡Aquí está Carlomagno! ¿Cómo,
oscuro sepulcro, cómo puedes contenerlo sin estallar? Gigante de un
mundo creador ¿estás ahí bien hallado? ¿Puede estar ahí tendida toda
tu grandeza? ¡Ah! ¡Magnífico espectáculo, la Europa así forjada por
su mano y como él la dejó! Un edificio con dos hombres en la cúspide;
dos jefes elegidos, á los cuales todo rey legítimo se somete. Casi
todos los Estados, ducados, feudos militares, reinos, marquesados,
todos son hereditarios; pero el pueblo suele tener su papa y su césar;
todo marcha y el azar corrige el azar. De aquí proviene el equilibrio
y siempre el orden se impone. Electores revestidos de tisú de oro,
cardenales envueltos en mantos de escarlata, doble sacro senado que
conmueve la tierra, no son más que ostentación y Dios quiere lo que
quiere. Surge una idea, según las necesidades de los tiempos, brilla
una luz, y se agranda, va, corre, se mezcla en todo, se hace hombre,
posee los corazones, labra un surco... Muchos reyes la pisotean ó
amordazan; pero entra un día en la dieta, en el cónclave, y todos ven
surgir de repente sobre sus cabezas la idea esclava, con el globo en
la mano y la tiara en la frente. El papa y el emperador lo son todo.
Nada existe en la tierra sino por ellos y para ellos. En ellos vive
un misterio supremo; y el cielo, cuyos derechos asumen, les da un
gran banquete de pueblos y de reyes, y bajo sus nubes donde brama el
trueno, los tiene á ellos solos sentados á la mesa, en que Dios les
sirve el mundo. Frente á frente están allí arreglando, recortando,
ordenando el universo y todo se hace entre los dos. Los reyes están á
la puerta respirando el vapor de los manjares y empinándose para ver
por las vidrieras. Por debajo se agrupa y escalona el mundo. Ellos
hacen y deshacen: el uno desata, y el otro corta; el uno es la verdad,
el otro la fuerza. Llevan su razón en sí mismos, y son porque son.
Cuando salen del santuario, iguales los dos, el uno con su púrpura y
el otro con sus blancas vestiduras, el universo contempla deslumbrado
y con asombro esas dos mitades de Dios, el papa y el emperador... ¡El
emperador!... ¡Ser emperador! ¡Oh rabia! ¡No serlo, no serlo y sentir
lleno de aliento el corazón! ¡Cuán dichoso fué el que duerme en este
sepulcro! Y ¡cuán grande! En sus tiempos aún era esto mejor. El papa
y el emperador no eran ya dos hombres; eran Pedro y César uniendo las
dos Romas, fecundando una y otra en místico himeneo, dando nueva forma,
nueva alma al género humano, fundiendo pueblos y reinos para hacer una
Europa nueva y los dos poniendo en el molde por sí mismos el bronce
que quedaba del viejo mundo romano. ¡Oh! ¡qué destino! Y este sepulcro
es el suyo. ¿Tan poco es todo que venga á parar en esto? ¡Cómo! ¡Haber
sido príncipe, rey, emperador; haber sido la espada, haber sido la
ley; como gigante, tener por pedestal Alemania, por título César, por
nombre Carlomagno; haber sido más grande que Aníbal, más que Atila, tan
grande como el mundo... y que todo pare aquí! ¡Ah! Pretender el imperio
para ver luégo el polvo que levanta un emperador; llenar la tierra de
tumulto y ruido; construir, edificar sin decir nunca: _basta_; hacer
un edificio inmenso, y luégo... ¡qué! todo se reduce á esta piedra;
y del título y la fama quedan algunas letras para que deletreen los
niños; y por alto que sea el fin á que aspire el orgullo, todo para
en esto. ¡Oh demencia! Sin embargo, el imperio... el imperio... Estoy
tocándolo ya y es cosa de mi gusto. Algo me dice «¡Lo tendrás, lo
tendrás!» ¡Lo tendré!... Si lo tuviera... ¡Oh cielos! ¡Ser el origen de
todo, solo, de pié, en lo más alto de esa inmensa espiral!... la clave
de una multitud de Estados escalonados unos sobre otros; y ver por
debajo á los reyes, y por debajo de los reyes, á los señores feudales,
margraves, cardenales, duques; y luégo á los obispos, abades, barones;
y luégo clérigos, soldados; y luégo, lejos de la cima en que estamos,
en las sombras, en lo hondo del abismo, los hombres; es decir un mar
de gente, de ruido, de llantos, de gritos, de amargas risas á veces;
queja que despertando la tierra, llega á nuestros oídos, al través de
tantos ecos, como bulliciosa música. ¡Los hombres! ciudades, torres,
altos campanarios para tocar á rebato...
(_Soñando._)
Base de naciones que lleva sobre sus hombros la pirámide enorme apoyada
en los dos polos, oleadas vivas que siempre la balancean, mudan de
sitio las cosas y sobre sus altas crestas mecen los tronos, de tal
modo que los reyes, dando tregua á sus querellas, alzan los ojos al
cielo... Reyes, mirad abajo.--¡Oh! ¡el pueblo! ¡Qué océano! onda sin
cesar movida, donde no puede echarse nada sin que todo se remueva y que
derriba un trono y mece una tumba; espejo en que rara vez se ve bien
parecido un rey. ¡Ah! cuántas veces al contemplar ese sombrío océano,
se verían en su fondo grandes imperios, grandes bajeles náufragos, que
su flujo y reflujo hace rodar, que lo molestaban y que ya no conoce.
¡Gobernar todo esto; subir á esta cúspide, y subir sintiéndose al cabo
simple mortal; tener á los piés el abismo!... Con tal que no me vaya
á dar ahora un vértigo... ¡Oh, móvil pirámide de Estados y de reyes!
¡Cuán estrecha es tu puerta! ¡Ay del pié tímido! ¿En quién me apoyaré?
¡Si desfalleciera sintiendo estremecerse el mundo bajo mis piés y
moverse y palpitar la tierra! Después, cuando tenga en mis manos este
globo ¿qué haré de él? ¿Podré siquiera llevarlo? ¿Qué hay en mí? ¡Ser
emperador, Dios mío, cuando es demasiado ser rey! ¡Ciertamente sólo el
mortal de raza extraordinaria puede ensanchar el ánimo con la fortuna!
¡Pero yo!... ¿Quién me hará grande? ¿quién será mi guía, quién me
aconsejará?
(_Cae de rodillas ante el sepulcro._)
¡Tú, Carlomagno, tú! Ya que Dios, para quien no hay obstáculos, toma
nuestras dos majestades y las pone cara á cara, vierte en mi corazón
desde tu almo sepulcro algo de grande y sublime. ¡Oh! hazme ver las
cosas por todas sus fases; muéstrame que el mundo es pequeño, porque yo
no me atrevo á tocar á él; muéstrame que sobre esa Babel que desde el
pastor al César va subiendo hasta el cielo, cada cual en su clase se
complace y admira, ve al otro por debajo y reprime la risa. Enséñame
tus secretos de vencer y de regir y dime que más vale castigar que
perdonar. ¿No es así? Si es verdad que en su tumba solitaria despierta
á veces al ruido del mundo una gran sombra, y se entreabre el sepulcro
y alumbra como con un relámpago la oscuridad del universo; si esto
es verdad, emperador de Alemania, dime, ¡oh! dime qué puede hacerse
después de Carlomagno. Habla, aunque al hablar tu aliento soberano
rompa en mi frente esta puerta. Oh, déjame entrar en tu santuario;
déjame ver tu faz, incorporado sobre tu marmóreo lecho. Aunque con
voz fatídica me digas cosas que hagan temblar, habla y no me ciegues,
porque tu sepulcro está sin duda lleno de claridad. Ó si no dices nada,
deja que en tu paz profunda estudie Carlos de Austria tu cabeza como un
mundo; deja ¡oh gigante! que te mida á su sabor... nada existe en la
tierra comparable á tu no sér. Aconséjeme, si no tu sombra, tu ceniza.
Entremos.
(_Va á abrir y retrocede._)
¡Gran Dios! ¡Si me hablara al oído! ¡Si estuviera ahí de pié andando
lentamente! ¡Si saliera yo encanecido!
(_Ruido de pasos._)
Alguien llega. ¿Quién se atreve, como no sea yo, á turbar á estas horas
la paz de tan augusto muerto?
(_Se acerca el ruido._)
¡Ah! Lo había olvidado: son mis asesinos. Entremos, pues.
(_Abre la puerta del sepulcro que vuelve á cerrar tras sí. Aparecen
luégo algunos encubiertos._)
ESCENA III
LOS CONJURADOS
(_Se acercan unos á otros y se dan las manos cambiando algunas
palabras en voz baja._)
1.er CONJURADO (_Con una antorcha en la mano._)--_Ad augusta._
2.º CONJURADO.--_Per angusta._
1.er CONJURADO.--Los Santos nos protegen.
3.er CONJURADO.--Los muertos nos sirven.
1.er CONJURADO.--Dios nos guarde.
(_Ruido de pasos en la oscuridad._)
2.º CONJURADO.--¿Quién vive?
UNA VOZ.--_Ad augusta._
2.º CONJURADO.--_Per angusta._
(_Entran nuevos conjurados. Ruido de pasos._)
1.er CONJURADO AL 3.º--Mira; aún vienen algunos.
3.er CONJURADO.--¿Quién vive?
VOZ EN LA SOMBRA.--_Ad augusta._
3.er CONJURADO.--_Per angusta._
(_Entran nuevos conjurados que saludan por señas á los demás._)
1.er CONJURADO.--Muy bien. Todos estamos aquí; habla, Gotha. Amigos, la
sombra espera la luz.
(_Todos los conjurados se sientan en semicírculo en los sepulcros. El
primer conjurado va de uno en otro y todos encienden en su antorcha
sendos cirios. Después el primer conjurado va á sentarse en otro
sepulcro más alto que todos en el centro del círculo._)
EL DUQUE DE GOTHA (_Levantándose._)--Amigos, Carlos de España,
extranjero por su madre, aspira al sacro imperio.
1.er CONJURADO.--¡Mal haya, amén!
GOTHA (_Tirando al suelo su antorcha y pisándola._)--Hagan con su
frente lo que yo con esta antorcha.
TODOS.--Así sea.
1.er CONJURADO.--¡Muera Carlos de España!
GOTHA.--¡Muera!
TODOS.--¡Muera!
D. JUAN DE HARO.--Su padre era alemán.
EL DUQUE DE LUTZELBURGO.--Su madre es española.
GOTHA.--Ni es español ni alemán. Muera.
UN CONJURADO.--¿Y si los electores le nombraran emperador?
1.er CONJURADO.--¿Á él? ¡Jamás!
D. GIL TÉLLEZ GIRÓN.--¿Qué importa? Matándole, queda anulado el
nombramiento.
1.er CONJURADO.--Si obtiene el sacro imperio, viene á ser inviolable y
sólo Dios puede tocarle.
GOTHA.--Lo más seguro es que muera antes de ser emperador.
1.er CONJURADO.--No le elegirán.
TODOS.--No obtendrá el imperio.
1.er CONJURADO.--¿Cuántos brazos se necesitan para echarlo á la tumba?
TODOS.--Uno solo.
1.er CONJURADO.--¿Cuántos golpes en el corazón?
TODOS.--Solo uno.
1.er CONJURADO.--¿Quién ha de darlo?
TODOS JUNTOS.--Yo.
1.er CONJURADO.--La víctima es un traidor; ellos hacen un emperador:
hagamos nosotros un gran sacerdote. Echemos suertes.
(_Todos los conjurados escriben sus nombres en sendas hojas, que
arrollan y depositan uno tras otro en la urna de un sepulcro._)
1.er CONJURADO.--Oremos. (_Todos se arrodillan._) Que el elegido crea
en Dios, hiera como un romano, muera como un hebreo. Ha de arrostrar
la rueda y las tenazas, cantar en el potro, reir en el fuego; ha de
hacerlo todo, en fin, resignado á matar y morir.
(_Saca de la urna uno de los pergaminos._)
TODOS.--¿Qué nombre?
1.er CONJURADO.--Hernani.
HERNANI (_Saliendo de entre los conjurados._)--He ganado. ¡Ya eres mío,
tú á quien he perseguido tanto tiempo! ¡Venganza!
D. RUY GÓMEZ (_Aparta á Hernani._)--¡Oh! Cédeme la suerte.
HERNANI.--No por mi vida. ¡Oh! no me envidiéis mi buena fortuna; es la
primera vez que me halaga.
D. RUY.--Tú no tienes nada. Pues bien, feudos, castillos, vasallaje,
cien mil siervos en mis trescientas villas, todo lo que tengo te doy
por este golpe.
HERNANI.--No.
EL DUQUE DE GOTHA.--Tu brazo no daría un golpe tan fuerte, anciano.
D. RUY.--¡Bah! Si el brazo me faltara, me sobraría alma. Por la
herrumbre de la vaina no se ha de juzgar la hoja. (_Á Hernani._)
Recuerda que me perteneces.
HERNANI.--Mi vida es vuestra; la suya es mía.
D. RUY.--Te daré la mano de ella y te devolveré esta prenda.
(_La bocina._)
HERNANI (_Vacilando._)--¡Pardiez! ¡Doña Sol y la vida!... No, no; antes
mi venganza. En esto voy de acuerdo con el mismo Dios. Tengo que vengar
á mi padre... y acaso algo más.
D. RUY.--¡Ella y la vida!
HERNANI.--No.
D. RUY.--Reflexiónalo bien, insensato.
HERNANI.--Señor duque, dejadme mi presa.
D. RUY.--¡Mal haya tu tenacidad!
(_Desviándose._)
1.er CONJURADO (_Á Hernani._)--Hermano, antes que hayan podido elegirlo,
bueno sería esperar á Carlos esta misma noche.
HERNANI.--No temas: sé yo muy bien cómo se despacha á un hombre y en
cuidado me lo tengo.
1.er CONJURADO.--¡Que toda traición recaiga sobre el traidor y Dios
te guarde! Nosotros, condes y barones, si éste perece sin matar,
continuaremos. Juraremos todos herir á nuestra vez, sin excusa ninguna,
á Carlos, condenado á muerte.
[Ilustración]
TODOS (_Sacando las espadas._)--¡Juremos!
GOTHA (_Al 1.er conjurado._)--¿Por qué, hermano?
D. RUY.--Por esta cruz.
(_Tomando su espada por la punta y levantándola._)
TODOS (_Levantando sus espadas._)--¡Que muera impenitente!
(_Se oye un cañonazo lejano. Todos se detienen en silencio.
Entreábrese la puerta del sepulcro y aparece don Carlos pálido y
presta atento oído. Suena otro cañonazo y luégo otro. Abre de par en
par la puerta del sepulcro, pero sin dar un paso, de pié é inmóvil en
el dintel._)
ESCENA IV
LOS CONJURADOS, DON CARLOS, luégo DON RICARDO; Señores, Guardias; el
REY DE BOHEMIA, el DUQUE DE BAVIERA, DOÑA SOL
D. CARLOS.--Señores, retiraos un poco. El emperador os oye. (_Todas
las antorchas se apagan á la vez. Profundo silencio. Da un paso en
las tinieblas tan densas que apenas se distinguen los conjurados
inmóviles y mudos._) ¡Silencio y sombras! El enjambre sale de ellas
y á ellas vuelve. ¿Creéis que esto va á pasar como un sueño, y que
en la oscuridad os he de tomar por hombres de piedra sentados en sus
sepulcros? Hace poco hablabais bastante alto, estatuas. Ea, levantad
las abatidas frentes porque aquí está Carlos Quinto. Heridme, dad un
paso... Vamos ¿os atreveríais? No, no os atrevéis. Vuestras antorchas
llameaban sanguinarias bajo estas bóvedas y ha bastado mi aliento para
apagarlas todas. Pero ved: si yo apago muchas, enciendo aún más. (_Da
con la llave en la puerta de bronce del sepulcro, y á esta señal todas
las profundidades del subterráneo se pueblan de soldados con antorchas
y partesanas. Á su frente el duque de Alcalá, el marqués de Almunan,
etc._) ¡Acudid, halcones míos! He descubierto el nido; tengo la presa.
(_Á los conjurados._) También yo alumbro: el sepulcro llamea. ¡Ved! (_Á
los soldados._) Venid todos, que el crimen es flagrante.
HERNANI (_Mirando á los soldados._)--En buen hora. Solo, me parecía muy
grande: creí que era Carlomagno y no es más que Carlos Quinto.
D. CARLOS (_al duque de Alcalá_).--Condestable de Castilla, (_Al
marqués de Almunan._) Almirante, aquí. Desarmadlos.
(_Cercan á los conjurados y los desarman._)
D. RICARDO.--Augusto Emperador...
(_Inclinándose hasta tierra._)
D. CARLOS.--Te nombro alcalde de palacio.
D. RICARDO.--Dos electores, en nombre de la cámara dorada, vienen á
cumplimentar á la sacra Majestad.
D. CARLOS.--Que entren. (_Bajo._) ¡Doña Sol!
(_Don Ricardo saluda y sale. Entran con antorchas y músicas el rey de
Bohemia y el duque de Baviera, ceñida la corona. Numeroso cortejo de
señores alemanes con la bandera del imperio, el águila bicéfala con
el escudo de España en medio. Los soldados forman calle y dan paso á
los dos electores hasta el emperador á quien saludan profundamente._)
EL DUQUE DE BAVIERA.--Carlos, rey de los romanos. Majestad sacratísima,
Emperador, el mundo está ahora en vuestras manos, porque tenéis el
imperio. Vuestro es ese trono á que todo monarca aspira. Federico,
duque de Sajonia, fué primero el elegido; pero juzgándoos más digno,
no ha querido aceptarlo. Venid, pues, á recibir la corona y el globo.
El sacro imperio os reviste de la púrpura, os ciñe la espada y os hace
Máximo.
D. CARLOS.--Iré á mi vuelta á dar las gracias al colegio. Gracias,
hermano de Bohemia; primo de Baviera, adiós. Yo mismo iré.
EL REY DE BOHEMIA.--Carlos, nuestros abuelos se llamaban amigos,
nuestros padres lo eran igualmente; Carlos, ¿quieres que seamos
hermanos? Te he visto pequeñuelo, y no puedo olvidar...
D. CARLOS (_Interrumpiéndole._)--Rey de Bohemia, vos sois familiar
nuestro. (_Les da la mano á besar y los despide._) Adiós.
(_Salen los dos electores con su cortejo._)
LA MULTITUD.--¡Viva!
D. CARLOS (_Aparte._)--Estoy en ello. Todo me abre paso. ¡Emperador!...
por renuncia de Federico el Sabio.
(_Sale doña Sol._)
[Ilustración: EL DUQUE DE BAVIERA.--_... El sacro imperio os reviste
de la púrpura..._]
D.ª SOL.--¡Soldados! ¡El Emperador! ¡Dios mío! ¡Qué golpe tan
imprevisto! ¡Hernani!
HERNANI.--¡Doña Sol!
D. RUY (_Al lado de Hernani. Aparte._)--No me ha visto Sol.
(_Doña Sol corre á Hernani y retrocede ante su mirada._)
HERNANI.--Señora...
D.ª SOL (_Sacándose del seno el puñal._)--Aún guardo su puñal.
HERNANI (_Tendiéndole los brazos._)--¡Amada mía!
D. CARLOS.--¡Silencio! (_Á los conjurados._) ¿Estáis ya más alentados?
Conviene que dé una lección al mundo. Lara el de Castilla y Gotha el
Sajón, todos vosotros ¿qué hacíais aquí? Hablad.
HERNANI (_Dando un paso._)--Señor, es muy sencillo y puede decirse en
alta voz. Estábamos grabando en la pared la sentencia de Baltasar.
(_Alzando el puñal._) Dábamos al César lo que es del César.
D. CARLOS.--En buen hora. ¿Y vos, traidor Silva?
D. RUY.--¿Quién de nosotros dos?
HERNANI (_Á los conjurados._)--Nuestras cabezas y el imperio. Tiene lo
que desea. (_Al emperador._) El manto azul de los reyes podía embarazar
vuestros pasos. La púrpura os conviene más: en ella no se ve la sangre.
D. CARLOS (_Á Ruy Gómez._)--Primo Silva, has cometido una felonía que
bien merece borrar del blasón tus títulos. Eres reo de alta traición,
Ruy, bien lo reconocerás.
D. RUY.--El rey Rodrigo hizo al conde don Julián.
D. CARLOS (_Al duque de Alcalá._)--No prendáis sino á los títulos: los
demás...
(_Don Ruy Gómez, el duque de Lutzelburgo, el de Gotha, don Juan de
Haro, don Guzmán de Lara, Téllez Girón y el barón de Hohemburgo se
separan del grupo de los conjurados entre los que queda Hernani. El
duque de Alcalá los rodea estrechamente de guardias._)
D.ª SOL.--¡Se ha salvado!
HERNANI (_Saliendo del grupo._)--Pretendo que se me cuente entre ellos.
(_Á don Carlos._) Pues que se trata aquí de subir al cadalso y Hernani,
como oscuro pastor, quedaría impune; pues que su frente no está al
nivel de tu cuchilla; pues que es preciso ser grande para morir, me
levanto. Dios que da los cetros, me hizo á mí duque de Segorbe, y duque
de Cardona, y marqués de Monroy, y conde de Albatera, y vizconde de
Gor, y señor de lugares cuyo número no recuerdo ahora. Soy Juan de
Aragón, gran maestre de Aviz, nacido en el destierro, hijo proscrito
de un padre asesinado por sentencia del tuyo, rey de Castilla. El
asesinato es negocio de familia entre nosotros: vosotros usáis el
cadalso; nosotros el puñal. El cielo me hizo duque y el destino
montañés. Pero una vez que, sin fruto, he afilado mi hierro en las
peñas de los torrentes, cubrámonos, grandes de España. (_Se cubre y lo
imitan todos los españoles._) Sí, nuestras cabezas, oh rey, tienen el
derecho de caer cubiertas delante de ti. ¡Silva! ¡Haro! ¡Lara! ¡Señores
de título y de raza, pido mi lugar entre vosotros! (_Á los cortesanos y
á los guardias._) Criados y verdugos, ¡paso á don Juan de Aragón!
(_Se mete en el grupo de los señores presos._)
D.ª SOL.--¡Dios mío!
D. CARLOS.--En efecto, había olvidado esa historia.
HERNANI.--La afrenta que el ofensor olvida insensato, vive y se
revuelve siempre en el corazón del ofendido.
D. CARLOS.--¡Conque yo soy hijo de padres que decapitaron á los
vuestros! Este título basta.
D.ª SOL (_Arrodillándose á sus piés._)--¡Piedad, señor! Sed clemente
con él, ó heridnos á los dos, porque es mi amante, es mi esposo, y
sólo por él y para él vivo. ¡Piedad, señor, os lo ruego de rodillas
á vuestras sagradas plantas! Le amo y es mío, como el imperio es
vuestro. ¡Oh! ¡perdón! (_Don Carlos la mira inmóvil._) ¿Qué idea
siniestra os absorbe?
D. CARLOS.--Ea, levantaos, duquesa de Segorbe, condesa de Albatera,
marquesa de Monroy... ¿Tus otros títulos, don Juan?
HERNANI (_Con delirio._)--¿Habla así el Rey?
D. CARLOS.--No; el Emperador.
D.ª SOL (_Levantándose._)--¡Gran Dios!
D. CARLOS (_Á Hernani._)--Duque, he aquí tu esposa.
HERNANI (_Recibiéndola en los brazos._)--¡Dios justo!
D. CARLOS (_Á Ruy Gómez._)--Primo Silva, tu nobleza es celosa, bien lo
sé; pero un Aragón bien vale lo que un Silva.
D. RUY.--¡Ah! no es mi nobleza la celosa.
HERNANI.--¡Oh! Mi odio se extingue. (_Tira el puñal._)
D. RUY (_Mirándolos abrazados. Aparte._)--¡Qué hacer! ¡Oh amor loco,
insufrible dolor! Les darías lástima. Anciano, arde sin llama, ama y
sufre en secreto, ó se reirían de ti.
D.ª SOL.--¡Duque, duque mío!
HERNANI.--Ya no tengo más que amor en el alma.
D.ª SOL.--¡Oh dicha!
D. CARLOS (_Con la mano en el pecho. Aparte._)--¡Extínguete, corazón
ardiente y juvenil! Deja reinar al espíritu que siempre turbaste. De
hoy más, tus amores, serán Alemania, España, Flandes. (_Mirando una
bandera imperial._) El emperador es como el águila, su compañera: en el
sitio del corazón no tiene más que un escudo.
HERNANI.--¡Ah! Sois César.
D. CARLOS.--Don Juan, tu corazón es digno de tu noble casa. (_Indicando
á doña Sol._) Eres también digno de ella. De rodillas, duque. (_Hernani
se arrodilla. Don Carlos se quita el Toisón y se lo pone á él._) Recibe
este collar. Sé fiel. Por San Esteban, duque, te hago caballero de
esta orden. (_Lo levanta y abraza._) Pero tú tienes el más bello y
precioso collar... el que yo no tengo, el que falta al poder: los
brazos de una mujer amada y amante. Vas á ser muy feliz. Yo... yo soy
emperador. (_Á los conjurados._) Ignoro vuestros nombres, señores. Odio
y rencor, todo quiero olvidarlo. Idos en paz: os perdono. Esta lección
me cumple dar al mundo.
LOS CONJURADOS (_Cayendo de rodillas._)--¡Gloria al Emperador!
D. RUY (_Á don Carlos._)--Yo solo quedo condenado.
D. CARLOS.--Y yo.
HERNANI.--Yo no odio ya. ¿Á quién se debe esta mudanza?
TODOS.--¡Honor á Carlos Quinto!
D. CARLOS (_Volviéndose hacia el sepulcro._)--¡Honor á Carlomagno!...
Dejadnos solos á los dos.
(_Salen todos._)
ESCENA V
DON CARLOS, solo
(_Se inclina ante el sepulcro._)
¿Estás satisfecho de mí? ¿He sabido despojarme de las miserias del rey?
¿Soy ya otro hombre? ¿Puedo ceñir mi yelmo de batalla con la tiara
papal? ¿Tengo derecho á gobernar el mundo? ¿Mi pié es ya bastante firme
y seguro para andar por ese camino sembrado de vandálicas ruinas que
tú hollaste con tus anchas sandalias? ¿Encendí mi antorcha en tu llama
inextinguible? ¿He comprendido la voz que habla en tu sepulcro?...
¡Ah! Estaba solo, perdido ante un imperio. Todo un mundo que aúlla, y
amenaza y conspira; el danés á quien tener á raya, el Padre Santo á
quien pagar; Venecia, Solimán, Lutero, Francisco primero; mil puñales
conjurados centelleando en las sombras; asechanzas, escollos, enemigos
por doquiera; veinte pueblos que harían temblar á cien reyes; todo
premioso, urgente, pidiendo simultánea solución... Y te llamé diciendo:
¡Carlomagno! ¿por dónde empezaré? Y tú me respondiste: ¡Hijo, por la
clemencia!
[Ilustración]
[Ilustración]
ACTO V
LAS BODAS
ZARAGOZA
Galería del palacio de Aragón.--En el fondo una escalera que
desciende hasta el jardín.--Á derecha é izquierda dos puertas.--Dos
arcadas moriscas sobrepuestas cierran el fondo, dejando ver por
sus claros los jardines con luces que van y vienen, y en último
término los remates góticos y árabes del palacio iluminado.--Música
lejana.--Máscaras de dominó, aisladas ó en grupos, pasean por el
fondo.--En el proscenio, un grupo de jóvenes, que, con los antifaces
en la mano, hablan y ríen ruidosamente.
PERSONAJES
HERNANI.
DOÑA SOL.
DON RUY GÓMEZ DE SILVA.
DON SANCHO.
DON MATÍAS.
DON RICARDO.
DON FRANCISCO.
DON GARCI SUÁREZ.
ESCENA I
DON SANCHO SÁNCHEZ DE ZÚÑIGA, conde de Monterey; DON MATÍAS CENTURIÓN,
marqués de Almunan; DON RICARDO DE ROJAS, conde de Casapalma; DON
FRANCISCO DE SOTOMAYOR, conde de Belalcázar; DON GARCI SUÁREZ DE
CARVAJAL, conde de Peñalver.
D. GARCÍA.--¡Viva la novia y viva la alegría!
D. MATÍAS.--Zaragoza se asoma esta noche á los balcones.
D. GARCÍA.--Y hace bien, porque jamás se vió boda más alegre, ni más
gallardos novios, ni noche más serena.
D. MATÍAS.--¡Buen emperador!
D. SANCHO.--Marqués, cierta noche en que íbamos los dos con él en busca
de aventuras ¿quién nos hubiera dicho que aquello había de acabar así?
D. RICARDO.--Yo era de la partida. (_Á los otros._) Escuchad la
historia. Tres galanes y un bandido, un duque y un rey ponen sitio á la
vez al corazón de una mujer. Dado el asalto ¿quién la gana? El bandido.
D. FRANCISCO.--Nada más natural: el amor y la fortuna, lo mismo aquí
que en Francia, son dados falsos: el fullero es el que gana.
D. RICARDO.--Yo hice mi fortuna viendo cortejos: primero conde, luégo
grande, después alcalde de corte. Indudablemente he empleado bien el
tiempo.
D. SANCHO.--El secreto de este alcalde consiste en hallarse siempre en
el camino del rey.
D. RICARDO.--Haciendo valer mis derechos y mis servicios.
D. GARCÍA.--Y hasta sus distracciones.
D. MATÍAS.--¿Qué ha sido del viejo duque? ¿Está disponiendo el ataúd?
D. SANCHO.--Dejémonos de chanzas, marqués; el viejo es hombre de temple
y amaba á doña Sol. Sesenta años tardó en encanecer: un día ha bastado
para que encaneciera del todo.
D. GARCÍA.--Dícese que se ha ido á Zaragoza.
D. SANCHO.--¿Querías que trajera á la boda su despecho?
D. FRANCISCO.--¿Y qué hace el emperador?
D. SANCHO.--El emperador está hoy triste. Lutero le da en qué pensar.