que yo veis vosotros su alma. ¡Oh, no le escuchéis, es un trapacero!
Prevé sin duda que mi brazo va á ensangrentar mis lares, que mi corazón
acaso engendra en sus tempestades una venganza, hermana del festín de
las Siete cabezas, y os dirá que es proscrito, que se hablará de Silva
como se habla de Lara, y... que es mi huésped, y que también lo es
vuestro... ¡Antepasados míos! ya lo veis: suya es la culpa, mía no.
Juzgad entre los dos.
HERNANI.--Ruy Gómez de Silva, si jamás se elevó al cielo una frente
noble, si hay un corazón hidalgo, un alma grande en el mundo, es
vuestra alma, señor; es la tuya, huésped mío. Soy culpable y no tengo
que decir nada en mi abono, sino que soy digno de tu cólera. Sí, he
querido robar á tu esposa, y hasta manchar tu lecho: es una infamia.
Pero sangre tengo: derrámala, limpia luégo tu espada y en paz.
D.ª SOL.--Señor, yo sola soy la culpable; castigadme á mí sola.
HERNANI.--Callad, doña Sol, porque esta hora es suprema y me pertenece
á mí: no tengo ya nada más. Así, dejad que á solas me explique aquí con
el duque. Duque, cree en mis últimas palabras. Soy culpable; pero no
te inquietes: te juro que es pura. Así, para ella, pura, tu amor y tu
fe; para mí, culpable, tu espada ó tu hacha ó tu puñal; después mandas
tirar afuera mi cadáver, y lavar el suelo, manchado con mi sangre y...
en paz.
D.ª SOL.--¡Ah! Yo soy la causa de todo, porque le amo. (_Don Ruy
retrocede sorprendido y mira á la novia con fulgurantes ojos. Sol cae
de rodillas y añade._) ¡Oh! Perdonad, señor; pero le amo.
D. RUY (_Con escándalo._)--¿Le amáis? (_Á Hernani._) ¡Tiembla pues!
(_Són de trompetas fuera. Entra un paje._) ¿Qué es eso?
EL PAJE.--El Rey; señor duque, el Rey que viene en persona con un
cuerpo de arqueros; toca su heraldo.
D.ª SOL.--¡Gran Dios! ¡El Rey! ¡Esto faltaba!
EL PAJE.--Pregunta el Rey por qué está cerrado el castillo y manda
abrir la puerta.
D. RUY.--Abrid al Rey. (_Sale el paje._)
D.ª SOL.--¡Está perdido!
(_Don Ruy va á un cuadro, que es su propio retrato y el último á
la izquierda, toca un resorte, y se abre una puerta dejando ver un
escondrijo practicado en el muro. Luégo se vuelve á Hernani._)
D. RUY.--Entrad aquí.
HERNANI.--Mi cabeza es vuestra. Entregádsela, señor: estoy dispuesto á
morir.
(_Entra en el escondrijo y vuelve á cerrar don Ruy._)
D.ª SOL (_Al duque._)--¡Señor, piedad para él!
EL PAJE (_Volviendo._)--¡El Rey!
(_Sol se baja precipitadamente el velo. Ábrese de par en par la
puerta del fondo, y entra don Carlos de punta en blanco, seguido de
multitud de caballeros y demás gente de guerra._)
ESCENA VI
DON RUY GÓMEZ, DOÑA SOL, DON CARLOS, séquito
(_Avanza don Carlos á paso lento, con la mano izquierda en el pomo de
su espada y la derecha en el pecho, mirando al duque con expresión de
desconfianza y cólera. Don Ruy sale á recibir al rey y lo saluda con
extremada zalema. Silencio pavoroso._)
D. CARLOS.--¿Á qué se debe, amado primo, que esté hoy tan bien cerrada
la puerta de tu castillo? ¡Por Santiago! Yo suponía más enmohecida tu
espada. Ni sabía que estuviera tan ganosa de relucir en tu mano, cuando
venimos á verte. (_Va á hablar el duque y él prosigue con imperio._) Es
empeñarse algo tarde en echársela de mozo. ¿Hay acaso moros en campaña?
¿Acaso me llaman Boabdil ó Mahoma y no Carlos de Austria? Contesta
ahora.
D. RUY.--Señor...
D. CARLOS (_Á sus caballeros._)--Tomad vosotros las llaves y apoderaos
de las puertas. (_Salen dos caballeros, otros ordenan en triple fila
á los soldados desde el rey hasta la puerta. Don Carlos se encara con
el duque._) ¡Ah! Vosotros despertáis las rebeliones muertas. ¡Pardiez!
Señores duques, si pretendéis hombrear con el rey, tened por cierto que
el rey sabrá ser lo que es: vuestro amo y señor. Y á las crestas más
altas de los montes donde tenéis vuestros nidos, iré personalmente á
destruir con mis propias manos vuestros altivos señoríos.
D. RUY (_Irguiéndose._)--Los Silvas fueron siempre leales, y...
D. CARLOS (_Interrumpiéndole._)--Sin rodeos, duque, contéstame, ó mando
arrasar tus once torres. Del incendio apagado, queda una chispa aún;
de los rebeldes, muertos en la refriega, quedó ileso el caudillo, que
se puso á buen recaudo. ¿Quién lo encubre? ¡Tú! ¡tú ocultas aquí en tu
castillo á Hernani, cuya cabeza he puesto á precio por sus crímenes!
D. RUY.--Es verdad.
D. CARLOS.--Muy bien. Quiero su cabeza... ó la tuya. ¿Oyes?
D. RUY (_Inclinándose._)--Seréis satisfecho.
(_Doña Sol se deja caer en un sillón con la cabeza entre las manos._)
D. CARLOS.--En buen hora. Vé á traer á mi prisionero.
(_El duque cruza los brazos, baja la cabeza y queda un momento
pensativo. El Rey y doña Sol esperan en silencio agitados por
contrarias emociones. Por fin levanta la cabeza el anciano, toma de
la mano al Rey y lo lleva lentamente al primer retrato, á la derecha
del espectador._)
D. RUY (_Indicándole el retrato._)--Este es el mayor de los Silvas, el
abuelo, el grande hombre; Silvio, el que fué tres veces cónsul de Roma.
(_Pasando al segundo._) Don Galcerán de Silva, otro Cid, cuyos sagrados
restos se guardan en Toro, en dorado féretro alumbrado por mil cirios.
Él libró á León del tributo de las cien doncellas. (_Al tercero._) Don
Blas de Silva, que por sí mismo se desterró viendo mal aconsejado á su
rey. (_Al cuarto._) Cristóbal. En el combate de Escalona, el rey don
Sancho huía á pié y á su blanco penacho se asestaban todos los golpes.
¡Cristóbal! gritó el rey llamándolo en su ayuda. Cristóbal tomó la
blanca pluma y le dió su caballo. (_Al quinto._) Don Jorge, el que pagó
el rescate de Ramiro, rey de Aragón.
[Ilustración]
D. CARLOS (_Cruzando los brazos y mirando al duque de piés á cabeza._)
¡Pardiez! Ruy Gómez de Silva, os admiro. Continuad.
D. RUY (_Pasando al sexto._)--Ved aquí á Ruy Gómez de Silva, gran
maestre de Santiago y de Calatrava. Su armadura, sólo vendría bien á un
cuerpo de gigante. Tomó trescientas banderas, ganó treinta batallas,
reconquistó para el rey á Motril, Antequera, Suez, Níjar... y murió
pobre. Saludadle, señor. (_Se inclina y descubre y pasa al séptimo,
haciéndose visible la impaciencia y cólera del rey._) Á su lado, don
Gil de Silva, su hijo, espejo de lealtad: su mano, para un juramento,
valía lo que la del rey. (_Al octavo._) Don Gaspar de Mendoza y de
Silva, honor de su progenie. Todas las casas nobles tienen algo que
ver con la de Silva. Sandoval sucesivamente nos teme y se nos enlaza;
Manrique nos envidia; Lara nos respeta; Alencastro nos odia. Tocamos á
la vez con el pié á todos los duques, con la frente á todos los reyes.
D. CARLOS.--¡Pardiez!
D. RUY.--Este es don Vasco, llamado el Sabio. Éste don Jaime el Tuerto,
que atajó un día él solo á Zanut y otros cien moros. (_Á un gesto de
impaciencia del rey pasa de largo y va á los tres últimos retratos de
la izquierda._) He aquí á mi noble abuelo. Vivió sesenta años guardando
la fe jurada aun á los judíos. (_Al penúltimo._) Este anciano de
sagrada cabeza es mi padre. Fué grande aunque fué el último que vino.
Los moros de Granada habían hecho prisionero al conde Álvar Girón, su
amigo; pero mi padre tomó para ir á rescatarlo seiscientos hombres de
guerra; hizo labrar en piedra un conde Álvar Girón que llevó consigo y
juró por su santo patrono que no desistiría de su empeño hasta que el
conde de piedra volviera de suyo la cabeza. Combatió, y luégo fué al
conde y le salvó.
D. CARLOS.--Muy bien... Venga mi prisionero.
D. RUY.--«Era un Gómez de Silva». Esto dicen cuando en esta mansión ven
tantos héroes.
D. CARLOS.--Mi prisionero, sin más demora.
(_El duque se inclina ante el rey y lo lleva de la mano al último
retrato, que sirve de puerta al escondrijo de Hernani, Sol le sigue
ansiosa con la vista._)
D. RUY.--Este retrato es el mío. ¡Gracias, Rey de Castilla! pues
queréis que digan al verlo aquí: «Este último, hijo de una raza
nobilísima, fué un traidor á su fe, pues vendió la cabeza de su
huésped».
(_Alegría de Sol. Movimiento de estupor en los circunstantes.
Desconcertado el rey se aparta con ira permaneciendo en silencio buen
espacio._)
D. CARLOS.--Duque, tu castillo me estorba y voy á derribarlo.
D. RUY.--¿Porque me vengaría tal vez?
D. CARLOS.--Arrasaré tus torres por tanta audacia, y cáñamo he de
sembrar en tus solares.
D. RUY.--Señor, más vale ver el cáñamo en el solar de mis torres, que
una mancha en el blasón de los Silvas. ¡Sombras de mis mayores! (_Á los
retratos._) ¿no es verdad?
D. CARLOS.--En conclusión, duque, esa cabeza es nuestra y tú me has
prometido...
D. RUY.--Yo he prometido la una ó la otra. (_Á los retratos._) ¿No es
verdad? Os doy esta (_la suya_): tomadla, pues.
D. CARLOS.--Muy bien, duque. Pero pierdo en el cambio. La cabeza que
necesito es la de un joven: muerta, hay que cogerla de los cabellos, y
en vano lo intentaría el verdugo con la tuya, que no tiene un puñado
por donde asirla.
D. RUY.--No me afrentéis, señor. Mi cabeza bien vale todavía por la de
un rebelde. ¿No es de vuestro real agrado la cabeza de un Silva?
D. CARLOS.--Entréganos á Hernani.
D. RUY.--Señor, ya he dicho en verdad cuanto tenía que decir.
D. CARLOS (_Á los suyos._)--Registrad todo el castillo sin que os quede
por ver torre, rincón ni agujero.
D. RUY.--Mi castillo es tan leal como yo: sólo él sabe mi secreto y los
dos lo guardaremos bien.
D. CARLOS.--¡Cuenta que soy el rey!
D. RUY.--Como de mi castillo, demolido piedra á piedra, no se haga mi
sepulcro, no encontraréis lo que buscáis.
D. CARLOS.--Ruegos, amenazas, todo es en vano. Duque, entrégame el
bandido, ó cabeza y castillo, todo lo derribaré.
D. RUY.--He dicho.
D. CARLOS.--Pues bien: en lugar de una, dos cabezas tendré. (_Al duque
de Alcalá._) ¡Hola! Prended al duque.
D.ª SOL (_Arrancándose el velo é interponiéndose._)--Don Carlos de
Austria, sois un mal rey.
D. CARLOS (_Turbado._)--¡Gran Dios! ¿Qué veo?
D.ª SOL.--No tenéis corazón ó no es el corazón de un español.
D. CARLOS.--Señora, sois muy severa con el rey. (_Acercándose. Bajo._)
Vos sois la causa de mi cólera. Un hombre se vuelve ángel ó demonio
al llegar á vos. ¡Ah! ¡cuán presto se malea el aborrecido! ¡Oh! Si
hubiérais querido, acaso habría sido yo, que era grande, el león de
Castilla: con vuestro enojo me hicisteis un tigre. ¿No lo oís rugir?
(_Sol le echa una mirada y él se inclina._) Sin embargo, señora,
obedeceré. (_Volviéndose al duque._) Mucho te estimo, primo Silva. Al
cabo, al cabo, tus escrúpulos pueden parecer legítimos. Sé fiel á tu
huésped, infiel á tu rey. En buen hora. Te perdono y soy mejor que tú:
pero me llevo en rehenes á tu sobrina.
D. RUY.--¡Esto solo!
D.ª SOL (_Indecisa._)--¿Á mí, señor?
D. CARLOS.--Sí, á vos.
D. RUY.--¿Nada más? ¡Oh clemencia! ¡Oh generoso vencedor, que perdona
la cabeza y tortura el corazón!
D. CARLOS.--Elige: tu sobrina ó el rebelde. Necesito uno de los dos.
D. RUY.--¡Oh! Sois el dueño.
(_El Rey se acerca á Sol para llevársela, y la doncella se ampara de
su tío._)
D.ª SOL.--Salvadme, señor. (_Deteniéndose. Aparte._) ¡Desdichada de mí!
D. CARLOS.--Forzoso es. Ó la cabeza de vuestro tío ó la de Hernani.
D.ª SOL.--Antes la mía. (_Al rey._) Os seguiré.
D. CARLOS (_Aparte._)--¡Pardiez! ¡Gran idea! Al fin tienes que
ablandarte, hija mía.
(_Sol va con paso firme al cofrecito de las joyas y toma el puñal,
que esconde en su seno. Don Carlos se le acerca y le ofrece la mano._)
D. CARLOS.--¿Qué tomáis?
D.ª SOL.--Nada, señor.
D. CARLOS.--¿Alguna joya?
D.ª SOL.--Sí.
D. CARLOS.--Veamos.
D.ª SOL.--Ya la veréis después.
(_Le da la mano y se apresta á seguirle. Don Ruy que quedó inmóvil y
como asombrado, da algunos pasos gritando_:)
D. RUY.--¡Sol! ¡Sobrina! ¡Esposa mía! ¡Ira de Dios! ¡Pues que el
hombre no tiene entrañas aquí, derrumbaos en mi ayuda, piedras de mis
murallas! (_Corre tras del Rey._) ¡Dejadme á mi sobrina! ¡á mi esposa!
¡á mi hija! ¡No tengo más que á ella!
D. CARLOS (_Soltando la mano de Sol._)--Entonces entregadme el
prisionero.
(_El duque baja la cabeza y parece que sostiene una lucha dolorosa.
Yérguese al fin y mira á los retratos juntando las manos en actitud
de súplica._)
D. RUY.--¡Tened vosotros todos piedad de mí! (_Da un paso hacia
el escondrijo._) ¡Oh! velaos; vuestra mirada me detiene. (_Avanza
vacilante hasta su retrato y después se vuelve al rey._) ¿Así lo
queréis?
D. CARLOS.--Sí.
(_El duque temblando lleva la mano al resorte._)
D.ª SOL. (_Aparte._)--¡Dios mío!
D. RUY.--¡No! (_Echándose á los piés del rey._) Por piedad, señor,
tomad mi cabeza.
D. CARLOS.--Tu sobrina.
D. RUY.--Llévatela y déjame el honor.
D. CARLOS (_Tomando la mano de Sol._)--Adiós, duque.
D. RUY.--Adiós. (_Sigue al rey con la vista y luégo crispa la diestra
sobre su puñal._) ¡Dios... Dios te guarde, señor! (_Vuelve al proscenio
y queda inmóvil, jadeante, sin ver ni oir. Entre tanto sale con el
rey su séquito, hablando entre sí dos á dos._) ¡Oh Rey! Mientras tú
abandonas gozoso mi noble casa, sale de mi afligido corazón mi vieja
lealtad.
(_Alza los ojos y mira en torno de sí viendo que está solo. Corre á
una panoplia, descuelga dos espadas, las mide y las deja sobre una
mesa. Hecho esto, va á la puerta del retrato y la abre._)
ESCENA VII
RUY GÓMEZ, HERNANI
D. RUY.--Sal. (_Sale Hernani, á quien indica el duque las dos
espadas._) Elige. El rey está fuera del castillo. Ajustemos, pues, la
cuenta pendiente. Elige, pues, y despachemos pronto. ¡Vamos! ¡Tiembla
tu mano!
HERNANI.--¡Un duelo! No, no podemos batirnos.
D. RUY.--¿Por qué? ¿Tienes miedo? ¿No eres noble? Noble ó no, para
cruzar las espadas, el hombre que me ultraja es harto caballero.
HERNANI.--Anciano...
D. RUY.--Ven á matarme ó á morir, joven.
HERNANI.--Á morir sí. Me habéis salvado á pesar mío, y os pertenece mi
vida: tomadla pues.
D. RUY.--¿Tú lo quieres? (_Á los retratos._) Ya veis que él lo quiere.
(_Á Hernani._) Está bien. Ponte bien con tu conciencia y dirige á Dios
tus ruegos.
HERNANI.--Á vos, señor, dirijo el último.
D. RUY.--Habla al otro Señor.
HERNANI.--No, no, á vos. Anciano, matadme: daga, espada ó puñal, todo
es bueno para mí. Mas por piedad, dignaos concederme una gracia
suprema. Señor duque, antes de morir permitidme que la vea.
D. RUY.--¡Verla!
HERNANI.--Á lo menos permitidme que la oiga por la última vez.
D. RUY.--¡Oirla!
HERNANI.--¡Oh! Comprendo, señor, vuestros celos; pero ya en manos de la
muerte ¿qué podéis temer de mí? ¿Queréis que la oiga, aunque no la vea
siquiera? Y luégo moriré. ¡Oh! ¡Con cuánta dulzura exhalaría el último
suspiro de mi vida, si antes de volar al cielo pudiera ver mi alma la
suya en sus ojos! No le diré nada: vos estaréis presente y después me
mataréis.
D. RUY (_Indicando el escondrijo aún abierto._)--¡Santo Dios! ¿tan
profundo es ese albergue, tan sordo y tan perdido que no haya oído nada?
HERNANI.--Nada he oído.
D. RUY.--Ha sido preciso entregar á doña Sol ó á ti.
HERNANI.--¿Á quién?
D. RUY.--Al rey.
HERNANI.--¡Estúpido viejo! ¡El rey la ama!
D. RUY.--¿La ama?
HERNANI.--¡Es nuestro rival y nos la ha robado!
D. RUY.--¡Maldición! ¡Á mí mis vasallos! ¡Á caballo! ¡Persigamos al
raptor!
HERNANI.--Escuchad: la venganza á pié firme hace menos ruido en
el camino. Yo os pertenezco y podéis matarme. Pero antes ¿queréis
emplearme en vengar á vuestra sobrina? Voy á la parte en la venganza
y os juro que he de ayudaros... ¡Oh! Concededme esta gracia, que os
pediré de rodillas si es preciso. Sigamos al Rey los dos. Vamos; yo
seré vuestro brazo; yo os vengaré, señor duque. Después me mataréis á
mí.
D. RUY.--¿Y entonces como ahora me estarás sumiso?
HERNANI.--Os lo juro.
D. RUY.--¿Por quién?
HERNANI.--Por la memoria de mi padre.
D. RUY.--¿Te acordarás de esto un día de tu propia voluntad?
HERNANI (_Presentándole una bocina que se quita del cinto._)--Guardad
esta bocina. Suceda lo que quiera, siempre que á bien lo tengáis, en
cualquier lugar y á cualquier hora, si creéis que es llegada la de mi
muerte, no tenéis más que tocar el cuerno y yo mismo acudiré á ponerme
en vuestro poder.
D. RUY.--La mano. (_Se la estrecha._) Todos vosotros sois testigos. (_Á
los retratos de sus mayores._)
[Ilustración]
[Ilustración]
ACTO IV
EL SEPULCRO
AQUISGRÁN
El subterráneo que encierra el sepulcro de Carlomagno en
Aquisgrán.--Grandes bóvedas de arquitectura lombarda; gruesos pilares
bajos, arcos, capiteles con relieves de pájaros y flores.--Á la
derecha el sepulcro de Carlomagno con una puertecita de bronce baja
y cimbrada.--Una sola lámpara, suspendida de una clave, alumbra
la inscripción: CAROLUS MAGNUS.--Noche. No se ve el fondo del
subterráneo, perdiéndose la vista en las arcadas, las escaleras y los
pilares.
PERSONAJES
DON CARLOS.
HERNANI.
DON RUY GÓMEZ DE SILVA.
DOÑA SOL.
DON RICARDO.
EL REY DE BOHEMIA.
EL DUQUE DE BAVIERA.
LOS CONJURADOS.
ESCENA I
DON CARLOS, DON RICARDO DE ROJAS, conde de Casapalma, con una linterna
en la mano
D. RICARDO (_Sombrero en mano._)--Aquí es.
D. CARLOS.--¡Aquí se reune la Liga! Voy á tenerlos á todos juntos en mi
mano. ¡Ah! Señor elector de Tréveris, aquí es. Le habéis ofrecido este
lugar y... ciertamente está bien elegido. Negra maquinación prospera á
la sombra de las catacumbas. Bueno es aguzar los puñales en la piedra
de los sepulcros. Pero este es juego muy arriesgado; va en ello la
cabeza, señores asesinos. En fin, ya veremos. Desde luego hicieron bien
en elegir un sepulcro para tal empeño: así tendrán que andar menos, si
pierden. (_Á Rojas._) ¿Se extienden mucho estos subterráneos?
D. RICARDO.--Hasta la fortaleza.
D. CARLOS.--Más de lo que se necesita.
D. RICARDO.--Otros por este lado corren hasta el monasterio de
Altenheim.
D. CARLOS.--Donde Rodolfo exterminó á Lotario. Repíteme, conde,
repíteme nombres y agravios, dónde, cómo y por qué.
D. RICARDO.--Gotha...
D. CARLOS.--Sé por qué el buen duque conspira: quiere un alemán de
Alemania en el imperio.
D. RICARDO.--Hohemburgo...
D. CARLOS.--Ese, según entiendo, preferiría el infierno con Francisco
al cielo conmigo.
D. RICARDO.--Don Gil Téllez Girón.
D. CARLOS.--¡Ira de Dios! El infame conspira contra su rey.
D. RICARDO.--Dicen que os encontró una noche en su casa, cuando lo
hicisteis barón y quiere vengar el honor de su cara mitad.
D. CARLOS.--Entonces que se rebele contra España entera. ¿Quién más?
D. RICARDO.--Cítase también al reverendo Vázquez, obispo de Ávila.
D. CARLOS.--¿También para vengar la virtud de su mujer?
D. RICARDO.--Después Guzmán de Lara, descontento, porque desea el
collar de vuestra orden.
D. CARLOS.--¡Oh! Si sólo se trata de un collar... lo tendrá.
D. RICARDO.--El duque de Lutzelburgo. En cuanto á los designios que se
le suponen...
D. CARLOS.--¡Gran cabeza!
D. RICARDO.--Juan de Haro, que quiere á Astorga.
D. CARLOS.--Esos Haros han dado siempre mucho que hacer al verdugo.
D. RICARDO.--No hay más.
D. CARLOS.--No están todos, conde. No has citado más que siete y son
más, según mi cuenta.
D. RICARDO.--No miento á algunos bandidos pagados por Tréveris y
Francia.
D. CARLOS.--Hombres sin escrúpulos, cuyo puñal se inclina siempre al
oro, como la aguja al polo.
D. RICARDO.--Sin embargo, entre ellos ví á dos audaces compañeros,
recién llegados, un mozo y un viejo...
D. CARLOS.--Sus nombres, su edad...
D. RICARDO.--Ignoro sus nombres; en cuanto á la edad, el uno tendrá
unos veinte años...
D. CARLOS.--¡Qué lástima!
D. RICARDO.--Y el otro sesenta á lo menos.
D. CARLOS.--El uno no tiene aún edad para conspirador, y el otro no la
tiene ya. Peor para los dos. Cuidaré de ellos. El verdugo puede contar
con mi ayuda, en caso necesario. ¡Oh! Si su hacha se embota contra los
traidores, yo le prestaré mi espada, enemiga de las facciones. Si se me
obliga, he de coser al paño del cadalso mi púrpura imperial. Pero ¿seré
emperador?
D. RICARDO.--El colegio, reunido ya, delibera á estas horas.
D. CARLOS.--¿Qué sé yo? Nombrarán á Francisco primero ó al sajón, su
Federico el Sabio. Lutero tiene razón; todo va mal. ¡Buenos fautores
de majestades, que no aceptan sino razones doradas! Un sajón hereje,
un conde Palatino imbécil, un primado de Tréveris libertino. En cuanto
al rey de Bohemia, ese está por mí. Príncipes de Hesse, más pequeños
aún que sus Estados, mozos idiotas, viejos libertinos, coronas; pero
cabezas... que vayan por ellas. Enanos, que podría yo, ¡ridículo
concilio! llevar como Hércules en mi piel de león. Me faltan tres
votos, conde ¡todo me falta! Por esos tres votos daría yo á Gante,
Toledo y Salamanca, tres ciudades á su elección, conde; tres de mis
mejores ciudades de Castilla ó de Flandes... para recobrarlas más
tarde, por supuesto. Ya lo oyes. (_Don Ricardo se inclina profundamente
y se pone el sombrero._) ¿Os cubrís?
D. RICARDO.--Señor, me habéis tuteado y soy ya grande de España.
D. CARLOS (_Aparte._)--Le compadezco. ¡Ambicioso de nada! ¡Qué
interesada amistad! ¡Cómo al través del nuestro siguen sus
pensamientos! ¡Viles y famélicos mendigos de la corte á quienes el rey
echa á migajas la grandeza! Sólo Dios y el emperador son grandes... y
el Padre Santo; los demás reyes y duques... ¡Pardiez!
D. RICARDO.--Yo espero que proclamen á Vuestra Alteza.
D. CARLOS (_Aparte._)--¡Alteza, alteza á mí! Tengo desgracia en todo...
¡Si no pudiera pasar de rey!...
D. RICARDO (_Aparte._)--Sea ó no emperador, yo soy ya grande de España.
D. CARLOS.--Luégo que hayan elegido el emperador de Alemania ¿qué señal
anunciará su nombre á la ciudad?
D. RICARDO.--Un cañonazo, si es el duque de Sajonia; dos, si es el rey
Francisco; tres, si es don Carlos de Austria, rey de España.
D. CARLOS.--¡Y esa doña Sol!... Todo me irrita y me ofende. Conde, si
por casualidad soy yo el emperador, corre á traerla... Acaso quiera un
César...
D. RICARDO (_Sonriendo._)--Vuestra Alteza es demasiado bueno, y...
D. CARLOS (_Interrumpiéndole._)--Sobre eso, ni una palabra. Todavía no
he dicho yo lo que quiero que se piense. ¿Y cuándo se sabrá el nombre
del elegido?
D. RICARDO.--Dentro de una hora, á lo más.
D. CARLOS.--¡Oh, tres votos, nada más que tres votos! Pero aplastemos
antes esa turba que conspira y veremos después de quién será el
imperio. Ese Cornelio Agripa, sin embargo, alcanza mucho con la vista.
En el celeste océano ha visto trece estrellas venir del Norte hacia la
mía. ¡Bah! También dicen que el abad Juan Tritemo le ha prometido el
imperio al rey Francisco. Para asegurar más mi suerte, hubiera debido
ayudar yo la predicción con algunos armamentos. Las predicciones del
hechicero más listo vienen siempre á mejor término, cuando un buen
ejército con cañones y picas, peones y caballos, se presta á mostrar el
camino á la fortuna. ¿Quién vale más, Cornelio Agripa ó Juan Tritemo?
Sin duda aquel cuyo sistema apoya un buen ejército, y pone la punta de
una lanza al cabo de lo que dice, y el tajo de una espada sobre toda
dificultad para cortar á gusto del profeta. ¡Pobres locos que alta la
frente fijan la vista en el imperio del mundo y dicen: «Es mi derecho»!
Muchos cañones tienen cuyo abrasado aliento devoraría las ciudades;
tienen barcos, ejércitos, caballos y parece que van á ir hasta el fin
sobre los pueblos triturados... ¡Cá! En la gran encrucijada de la
fortuna humana, que, antes que al trono, nos conduce al abismo, apenas
dan un paso, cuando indecisos é inciertos, procurando en vano leer en
el libro del destino, vacilan mal seguros y en la duda preguntan por su
camino al nigromante de la esquina. (_Á don Ricardo._) Vete. Es la hora
en que han de venir los conjurados... ¡Ah! ¿La llave del sepulcro?
D. RICARDO (_Entregándola._)--Señor, pensaréis en el conde de Limburgo,
custodio capitular, que me la ha confiado y se ofrece á todo por
complaceros.
D. CARLOS (_Despidiéndole._)--Haz cuanto te dije... todo.
D. RICARDO (_Inclinándose._)--Sin demora, señor.
D. CARLOS.--Tres cañonazos ¿eh?
D. RICARDO.--Tres.
(_Se inclina y sale. Don Carlos, solo ya, se abisma en meditación
profunda. Después levanta la cabeza y se vuelve hacia el sepulcro._)
ESCENA II
DON CARLOS, solo