IV

—Eso quiere decir—balbució á los diez minutos de oir á su

médico,—que... vamos, ya me lo barruntaba yo al verle á usted aquí tan

tarde. ¿Qué hora es? No, no quiero saberlo. El quedarse aquí el médico

toda la noche, señal es de que esto va medianillo. ¿No es eso? ¡Y

ahora, con lo que me ha dicho...!

Donoso intervino con toda su diplomacia, corroborando las aseveraciones

del doctor.

—Si se le propone á usted, mi querido amigo, que no retrase lo que hace

días pensó... un acto de piedad tan hermoso, tan dulce, tan consolador;

si se le propone anticiparlo, digo, es porque _en la conciencia de

todos está_ que tantas ventajas proporciona al espíritu como á la

materia. Los enfermos, después de cumplir con esos deberes elementales,

se animan, se alegran, se entonan y cobran grandes ánimos, con lo cual,

la dolencia, en la _casi totalidad de los casos_, se calma, cede, y en

más de una ocasión desaparece por completo. _Yo profeso la teoría_ de

que debemos cumplir, cuando estamos bien, ó siquiera regular, para no

tener que hacerlo atropelladamente, y de mala manera.

—Corriente—dijo D. Francisco suspirando fuerte,—y yo también he oído

que muchos enfermos graves hallaron mejoría sólo con cumplir el

mandamiento, y hasta hubo alguno, desahuciado..., ahora lo recuerdo...,

el tahonero de la Cava Baja, que ya estaba medio muerto, y el santo

Viático fué para él la resurrección. Por ahí anda tan campante.

—Hay miles de casos, miles.

—Pues será casualidad—indicó el enfermo, sonriendo melancólico;—pero

ello es que sólo de hablar de eso parece que estoy un poquitín mejor.

Si tuviera sueño, dormiría un rato antes de... Pero no es fácil que yo

pueda dormir. Quiero hablar con Cruz. Avisarle.

—Si estoy aquí—dijo la dama, adelantándose desde la penumbra en que se

escondía.—Hablemos todo lo que usted quiera.

Retiráronse los demás, y Cruz, sentada junto al lecho, se dispuso á oir

lo que su ilustre cuñado tenía que decirle. Mas como pasase un rato y

otro sin formular concepto alguno, ni dar más señal de conocimiento

que algún suspiro que á duras penas echaba de su angustiado pecho,

levantóse la dama para mirarle de cerca el rostro, y poniendo su mano

sobre la de él, le dijo cariñosamente:

—Ánimo, D. Francisco. No pensar más que en Dios, créame á mí.

Cualquiera que sea el resultado de esta crisis, dé usted por concluído

todo lo que pertenece á este mundo miserable. ¿Que mejora usted? Sea

para bien de Dios, y para rendirle homenaje en los últimos días.

—Ya pienso, ya pienso en Él—replicó don Francisco, articulando las

palabras con dificultad.—Y usted, Crucita, que tiene tanto talento,

¿cree que el Señor hará caso de mí?

—¡Dudar de la Misericordia Divina! ¡Qué aberración! Un arrepentimiento

sincero borra todas las culpas. La humillación es el antídoto de la

soberbia; la abnegación, la generosidad lo son del egoísmo. Pensar

en Dios, pedirle la gracia... y la gracia vendrá. La conciencia se

ilumina, el alma se transforma, se abrasa en un amor ardiente, y con

el deseo ardiente de ser perdonado basta...

—Ha dicho usted abnegación, generosidad—murmuró Torquemada: con voz

que apenas se oía.—Sepa que el padre Gamborena me pedía la capa...

¿Sabe usted lo que es la capa? Pues se la he dado... Estoy aquí

esperando á que formule las bases... Luego hablaré con Donoso sobre las

disposiciones testamentarias, y dejaré... ¿Usted qué opina? ¿Debo dejar

mucho para los pobres? ¿En qué forma, en qué condiciones? No olvide

usted, que á veces, todo lo que se les da va á parar á las tabernas, y

si se les da ropa, va á parar á las casas de empeño.

—No empequeñezca usted la cuestión. ¿Quiere saber lo que pienso?

—Sí, lo quiero, y pronto.

—Ya sabe usted que yo todo lo pienso en grande, muy en grande.

—En grande, sí.

—Ha reunido usted un capital enorme; con su ingenio, ha sabido traer

á su casa dinerales cuantiosos... que en su mayoría debieron quedarse

en otras partes; pero los ha traído, no sé cómo, forzando un poco la

máquina, sin duda. Caudal tan inmenso no debe ser de una sola persona,

así lo pienso, así lo creo, y así lo digo. Desde la muerte de mi

hermana, han variado mis ideas sobre este particular; he meditado mucho

en las cosas de este mundo, en los caminos para encontrar la salud

eterna en el otro, y he visto claro lo que antes no veía...

—¿Que...? ya.

—Que la posesión de riquezas exorbitantes es contra la ley divina, y

contra la equidad humana, malísima carga para nuestro espíritu; pésima

levadura para nuestro cuerpo.

—¿Entonces, usted...?

—¿Yo? Hoy consagro á socorrer miserias todo lo que me sobra después de

atendidas mis necesidades. Pienso reducirlas á los límites de la mayor

modestia, en lo que me quede de vida, y cuando esto haga, destinaré

mayor cantidad á fines piadosos. En mi testamento dejo todo á los

pobres.

—¡Todo!

La estupefacción de D. Francisco se manifestaba repitiendo la palabra

_todo_ con intervalos de una precisión lúgubre, como los que median

entre los dobles de campanas tocando á funeral.

—¡Todo!

—Sí señor. Ya sabe usted que en mis ideas, en mi manera personal de ver

las cosas, no caben partijas, ni mezquindades, ni términos medios. He

dado todo á la sociedad, cuando no tenía yo más mira que el decoro de

la familia, de su nombre de usted y del mío. Ahora, que las grandezas

adquiridas se vuelven humo, lo doy todo á Dios.

—¡Todo!

—Lo devuelvo á su legítimo dueño.

—¡Todo!

—Ya hemos hablado de mí más de lo que yo merezco. Hablemos ahora de

usted, que es lo más importante por ahora. Me pide mi opinión, y yo

se la doy como se la he dado siempre, con absoluta franqueza, si me

lo permite, con la autoridad un tanto arrogante, que usted llamaba

despotismo, y que era tan sólo el convencimiento de poseer la verdad en

todo lo concerniente á los intereses de la familia. Antes miré por su

dignidad, por su elevación, por ponerle en condiciones de acrecentar

su fortuna. Ahora, en estos días de desengaño y tristeza, miro por

la salvación de su alma. Antes, me empeñé en guiarle á las alturas

sociales, sirviéndole de lazarillo; ahora, todo mi afán es conducirle á

la mansión de los justos...

—Diga pronto... ¿Qué debo yo hacer?... ¡Todo!

—Creo en conciencia—dijo Cruz con ceremoniosa voz, acercándose más, y

recibiendo de lleno en sus ojos la mirada mortecina de los ojos del

tacaño,—creo en conciencia que, después de reservar á sus hijos los

dos tercios que marca el código, dando partes iguales á cada uno, debe

usted entregar el resto, ó sea el tercio disponible..., íntegramente...

á la Iglesia.

—Á la Iglesia—repitió D. Francisco, sin hacer el menor movimiento.—Para

que cuide de repartirlo... ¡Todo!... ¡á la Iglesia...!

Alzando los dos brazos con cierta solemnidad sacerdotal, los dejó caer

pesadamente sobre las sábanas.

—¡Todo!... á la Iglesia... el tercio disponible... ¿Y de este modo, me

aseguran que...?

Sin parar mientes en lo que expresaba el último concepto, Cruz siguió

desarrollando su idea en esta forma:

—Piénselo bien, y verá que en cierto modo es una restitución. Esos

cuantiosísimos bienes, de la Iglesia han sido, y usted no hace más que

devolverlos á su dueño. ¿No entiende? Oiga una palabrita. La llamada

desamortización, que debiera llamarse despojo, arrancó su propiedad á

la Iglesia, para entregarla á los particulares, á la burguesía, por

medio de ventas que no eran sino verdaderos regalos. De esa riqueza

distribuída en el estado llano, ha nacido todo este mundo de los

negocios, de las contratas, de las obras públicas, mundo en el cual ha

traficado usted, absorbiendo dinerales, que unas veces estaban en estas

manos, otras en aquéllas, y que al fin han venido á parar, en gran

parte, á las de usted. La corriente varía muy á menudo de dirección;

pero la riqueza que lleva y trae siempre es la misma, la que se quitó

á la Iglesia. ¡Feliz aquél que, poseyéndola temporalmente por los

caprichos de la fortuna, tiene virtud para devolverla á su legítimo

dueño!... Con que ya sabe lo que opino. Sobre la forma de hacer la

devolución, Donoso le informará mejor que yo. Hay mil maneras de

ordenarlo y distribuirlo entre los distintos institutos religiosos...

¿Qué contesta?

Hizo Cruz esta pregunta, porque D. Francisco había enmudecido. Pero

el temor de que hubiera perdido el conocimiento era infundado; que

bien claras oyó el enfermo las opiniones de su hermana política. Sólo

que su espíritu se recogió de tal modo en sí, que no tenía fuerza

para echar al exterior ninguna manifestación. Había cerrado los ojos;

su semblante imitaba la muerte. Mirando para su interior, se decía:

«Ya no hay duda; me muero. Cuando ésta sale por ese registro, no hay

esperanza. ¡Todo á la Iglesia!... Bueno, Señor, me conformo, con tal

que me salve. Lo que es ahora, ó me salvo, ó no hay justicia en el

cielo, como no la hay en la tierra.»

—¿Qué contesta?—repitió Cruz.—¿Se ha dormido?

—No, hija, no duermo—dijo el pobre señor con voz tan desmayada que

parecía salir de lo profundo, y sin abrir los ojos.—Es que medito, es

que pido á Dios que me lleve á su seno, y me perdone mis pecados. El

Señor es muy bueno, ¿verdad?

—¡Tan bueno, que...!

La emoción que la noble dama sentía, ahogó su voz. Abrió al fin

Torquemada sus ojuelos, y ella y él se contemplaron mudos un instante,

confirmando en aquel cambio de miradas su respectivo convencimiento

acerca de la bondad infinita.

V

Diéronle _champagne_ helado, _consommé_ helado, único alimento posible,

y pasó tranquilo como una hora, hablando á ratos con voz cavernosa y

empañada. Llamando á su lado á Gamborena, le dijo en secreto:

—¡La capa!... todo... todo lo disponible... para usted, señor _San

Pedro_ de mi alma. Ya Donoso tiene instrucciones...

—Para mí no. No quiero dejar de hacer una aclaración. Cruz aconsejó á

usted, por sí y ante sí, lo que acaba de decirme el Sr. Donoso. Yo nada

tengo que ver en eso. Predico la moral salvadora, amonesto á las almas,

les indico el camino de la salud; pero no intervengo en el reparto de

los bienes materiales. Al pedir á usted la capa, le signifiqué que no

olvidara en sus disposiciones á los menesterosos, á los hambrientos,

á los desnudos. Nunca pensé que mi petición se interpretara como un

propósito, como un deseo de que la capa, ó el valor de la capa, viniese

á mis manos, para rasgarla y distribuir sus pedazos. Estas manos no

tocaron jamás dinero de nadie, ni han recibido de ningún moribundo

manda, ni legado. Delo usted á quien quiera. Otra cosa diré, que ya

he manifestado al señor Donoso. Mi Congregación no admite donativos

testamentarios, ni cosa alguna en concepto de herencia; mi Congregación

vive de la limosna, y tiene fijadas para poder percibirla, cifras

mínimas que en ningún caso pueden alterarse.

—¿Según eso—dijo D. Francisco, recobrando por un instante la viveza

de su espíritu,—usted no quiere...? Pues ya lo acordé... Todo á la

Iglesia, y usted, mi señor _San Pedro_, será quién...

—Yo no. Otros hay más abonados que yo para esa comisión. Ni yo ni mis

hermanos podemos recibir encargos de esa especie. Alabo su resolución,

la creo utilísima para su alma; pero allá otros recibirán la ofrenda, y

sabrán aplicarla al bien de la cristiandad.

—¿De modo que... no quiere...? Pues yo accedí, pensando en usted, en

su Congregación, que es toda de santo... ¿Qué dice Donoso? ¿Qué dice

Cruz?... Pero usted no me abandonará. Usted me dirá que me salvo.

—Se lo diré cuando sepa que puedo decírselo.

—¿Pues á cuándo espera, santo varón?—replicó Torquemada con

impaciencia, revolviéndose entre las sábanas.—Ahora, ahora, después del

sacrificio que acabo de hacer.... ¡todo, Señor, todo!... ahora, ¿no

merezco yo que se me diga, que se me asegure...?

—¿Ha tomado usted esa resolución con miras de caridad, con ardiente

amor del prójimo y ansia verdadera de aliviar las miserias de sus

semejantes?

—Sí señor...

—¿Lo ha hecho con el alma puesta en Dios, y creyéndose indigno de que

se le perdonen sus culpas?

—Claro que sí.

—Mire, señor Marqués, que á mí puede engañarme, á Dios no, porque todo

lo ve. ¿Está usted bien seguro de lo que dice? ¿habla con la conciencia?

—Soy muy verídico en mis tratos.

—Esto no es un trato.

—Bueno, pues lo que sea. Yo me he propuesto salvarme. Naturalmente,

creo todo lo que manda Dios que se crea. ¡Pues estaría bueno que

viéndome tan cerca del fin, saliéramos ahora con que no creo tal

ó cual punto...! Fuera dudas, para que se vayan también fuera los

temores. Yo tengo fe, yo deseo salvarme y me parece que lo demuestro

dando el tercio disponible á la santa Iglesia. Ella lo administrará

bien: hay en las distintas religiones hombres muy celosos y muy

buenos administradores... ¡Oh, mi dinero estará en muy buenas manos!

¡Cuánto mejor que en las de un heredero pródigo y mala cabeza, que

lo gaste en porquerías y estupideces! Ya veo que se harán capillas y

catedrales, hospitales magníficos, y que la posteridad no dirá: «¡ah,

el tacaño!... ¡ah, el avariento!... ¡ah, el judío!...» sino que dirá:

«¡oh, el magnífico!... ¡oh, el generoso prócer!... ¡oh, el sostenedor

del Cristianismo!...» Mejor está el tercio disponible en manos

eclesiásticas que en manos seglares, de gente rumbosa y desarreglada.

No apurarse, señor _San Pedro_; nombraré una junta de personas

_idóneas_, presidida por el Sr. Obispo de Andrinópolis. Y en tanto,

cuento con usted: no me abandone, ni me ponga peros para la entrada en

el reino celestial.

—No hay tales peros—díjole Gamborena con exquisita bondad y

dulzura.—Tenga usted juicio, y entréguese á mi con entera confianza.

Lo que digo es que su resolución, mi Sr. D. Francisco, con ser buena,

bonísima... no basta, no basta. Se necesita algo más.

—¡Pero, Señor, más todavía!

—No vaya á creer que regateo la cantidad. Aunque ese tercio disponible

fuera una cifra de millones tan alta como la que representan todas

las arenas del mar, no bastaría si el acto no significara, al propio

tiempo, un movimiento espontáneo del corazón, si no lo acompañase la

ofrenda de la conciencia purificada. Esto es muy claro.

—Sí, muy claro... _Abundo_ en esas ideas.

—Porque, amigo mío—añadió el sacerdote con mucha gracia, incorporándose

para verle de cerca el rostro,—no me atrevo á sospechar que usted

piense en conseguir su entrada en el Cielo sobornándome á mí, al

guardián de la puerta. Si tal creyese mi señor Marqués de San Eloy, no

sería el primero. Muchos creen que dando una propinilla al Santo...

Pero no, usted no es de esos, usted ha vuelto ya los ojos á Dios,

apartándolos para siempre de la vileza de los bienes temporales y

caducos; usted tiene ya la divina luz en su conciencia, lo veo, lo

conozco; esta noche, en un ratito de descanso, hemos de quedar muy

amigos, muy conformes en todo, usted muy consolado, con el alma serena,

libre, llena de confianza y amor, yo satisfecho, y más contento que

unas pascuas.

Torquemada había cerrado los ojos, mirando para dentro de sí, y no

contestaba más que con ligeros movimientos de cabeza á las sentidas

amonestaciones de su amigo y padre espiritual. Aprovechó éste la

buena ocasión que la relativa tranquilidad del enfermo le ofrecía,

y exhortándole con su palabra persuasiva y cariñosa, hecha á la

domesticación de las fieras humanas más rebeldes que cabe imaginar, á

la media hora le había puesto tan blando que nadie le conocía, ni él

mismo se conociera, si pudiera verse desde su ser antiguo.

Descansó después algunas horas, y á la madrugada volvió el padrito á

cogerle por su cuenta, temeroso de que se le fuera de entre las manos.

Pero no: bien asegurado estaba, humilde y con timidez mimosa de niño

enfermo, descompuesto el carácter, del cual sólo quedaban escorias,

destruída su salvaje independencia. La certidumbre de su próximo fin

le transformaba sin duda, obraba en su espíritu como la enfermedad en

su organismo, devorándolo, con efectos semejantes á los del fuego, y

reduciéndolo á cenizas. Su voz quejumbrosa despertaba en cuantos le

oían una emoción profunda. El genio quisquilloso y las expresiones

groseras y disonantes, ya no atormentaban á la familia y servidumbre.

Todo era concordia, lástima, perdón, cariño. Tal beneficio había hecho

la muerte, con sólo llamar á la puerta del pecador. Agobiado éste por

el mal, que de hora en hora le iba consumiendo, apenas tenía fuerzas

para articular palabras breves, de ternura para su hija y para Cruz,

de bondad paternal para las demás personas que le rodeaban. No se

movía; su cara terrosa hundíase en las almohadas, y en la cara los

ojos, con los cuales hablaba más que con la lengua. Creyérase que con

ellos imploraba el perdón de su egoísmo. Y con ellos parecía decir

también: «Os lo entrego todo, mi alma y mis riquezas, mi conciencia y

mi carácter, para que hagáis de ello lo que queráis. Ya no soy nada, ya

no valgo nada. Heme vuelto polvo, y como polvo os pido que sopléis en

mí para lanzarme al viento y difundirme por los espacios.»

Lleváronle el Señor ya muy avanzada la mañana, sin pompa, con

asistencia tan sólo de las personas de mayor intimidad. Más hermosa

que nunca pareció aquel día la mansión ducal, sirviendo de marco

espléndido á la patética ceremonia, y al concurso grave que desfiló por

el vestíbulo y galerías espaciosas, pobladas de representaciones de la

humana belleza. La servidumbre, muy mermada desde el _modus vivendi_,

asistió de rigurosa etiqueta. La capilla, que con tanta cera encendida

era una áscua de oro, se llenó de monjitas blancas y azules, de señoras

con mantilla negra. En la alcoba del enfermo púsose un altar, con el

tríptico de Juan Eyck, que había presidido la capilla ardiente de

Fidela. La entrada del _Viático_ produjo en todo cuanto contenía la

cavidad de aquella morada de príncipes, en todo absolutamente, lo

vivo y lo figurado, personas y cosas, arte y humanidad, una emoción

profunda. Al penetrar la Majestad Divina en la alcoba, la emoción total

fué más intensa, realzada por el silencio que dentro y fuera envolvía

el solemne acto. La voz del sacerdote sonó con placidez amorosa en

medio de aquella paz. Las llamas movibles de los hachones teñían de

un amarillo de oro viejo la escena y sus figuras. Al recibir á Dios,

D. Francisco Torquemada, Marqués de San Eloy, parecía otro. No era

el mismo de antes, ni tampoco el mismo de la noche anterior, con la

cara terrosa y los ojos apagados. Fuese por el reflejo de las luces

ó por alguna causa interna, ello es que la piel de su rostro recobró

los colores de la vida, y su mirada la viveza de sus mejores tiempos.

Expresaba un respeto hondo, una cortedad de genio que rayaba en pueril

timidez, una compunción indefinible, que lo mismo podía significar

todas las ternezas del alma que todos los terrores del instinto.

Terminado el acto, prodújose el ruido de la salida, las pisadas, los

rezos, el _tilín_ de la campana: la procesión descendió la escalera, y

recorriendo de nuevo la gran galería, salió á la calle, volviendo todas

las cosas del palacio á su ser natural.

En la capilla se aglomeró mucha gente: unos entraron ávidos de

oración, otros de admirar las preciosidades artísticas que adornaban

el altar. Y el enfermo, en tanto, después de hablar poco y bueno con

Gamborena, Cruz y Donoso, en lenguaje afectuoso, cándido, sencillo,

congratulándose de todo corazón de lo que había hecho, y recibiendo

con alegría los parabienes, sintió viva necesidad de descanso,

como si el acto religioso determinara en su fatigado organismo una

sedación intensísima. Cerrando los párpados, durmió tan sosegada y

profundamente, que al pronto le creyeron muerto. Pero no: dormía como

un bendito.

Torquemada y San Pedro · 第 29 / 35 题