—Eso quiere decir—balbució á los diez minutos de oir á su
médico,—que... vamos, ya me lo barruntaba yo al verle á usted aquí tan
tarde. ¿Qué hora es? No, no quiero saberlo. El quedarse aquí el médico
toda la noche, señal es de que esto va medianillo. ¿No es eso? ¡Y
ahora, con lo que me ha dicho...!
Donoso intervino con toda su diplomacia, corroborando las aseveraciones
del doctor.
—Si se le propone á usted, mi querido amigo, que no retrase lo que hace
días pensó... un acto de piedad tan hermoso, tan dulce, tan consolador;
si se le propone anticiparlo, digo, es porque _en la conciencia de
todos está_ que tantas ventajas proporciona al espíritu como á la
materia. Los enfermos, después de cumplir con esos deberes elementales,
se animan, se alegran, se entonan y cobran grandes ánimos, con lo cual,
la dolencia, en la _casi totalidad de los casos_, se calma, cede, y en
más de una ocasión desaparece por completo. _Yo profeso la teoría_ de
que debemos cumplir, cuando estamos bien, ó siquiera regular, para no
tener que hacerlo atropelladamente, y de mala manera.
—Corriente—dijo D. Francisco suspirando fuerte,—y yo también he oído
que muchos enfermos graves hallaron mejoría sólo con cumplir el
mandamiento, y hasta hubo alguno, desahuciado..., ahora lo recuerdo...,
el tahonero de la Cava Baja, que ya estaba medio muerto, y el santo
Viático fué para él la resurrección. Por ahí anda tan campante.
—Hay miles de casos, miles.
—Pues será casualidad—indicó el enfermo, sonriendo melancólico;—pero
ello es que sólo de hablar de eso parece que estoy un poquitín mejor.
Si tuviera sueño, dormiría un rato antes de... Pero no es fácil que yo
pueda dormir. Quiero hablar con Cruz. Avisarle.
—Si estoy aquí—dijo la dama, adelantándose desde la penumbra en que se
escondía.—Hablemos todo lo que usted quiera.
Retiráronse los demás, y Cruz, sentada junto al lecho, se dispuso á oir
lo que su ilustre cuñado tenía que decirle. Mas como pasase un rato y
otro sin formular concepto alguno, ni dar más señal de conocimiento
que algún suspiro que á duras penas echaba de su angustiado pecho,
levantóse la dama para mirarle de cerca el rostro, y poniendo su mano
sobre la de él, le dijo cariñosamente:
—Ánimo, D. Francisco. No pensar más que en Dios, créame á mí.
Cualquiera que sea el resultado de esta crisis, dé usted por concluído
todo lo que pertenece á este mundo miserable. ¿Que mejora usted? Sea
para bien de Dios, y para rendirle homenaje en los últimos días.
—Ya pienso, ya pienso en Él—replicó don Francisco, articulando las
palabras con dificultad.—Y usted, Crucita, que tiene tanto talento,
¿cree que el Señor hará caso de mí?
—¡Dudar de la Misericordia Divina! ¡Qué aberración! Un arrepentimiento
sincero borra todas las culpas. La humillación es el antídoto de la
soberbia; la abnegación, la generosidad lo son del egoísmo. Pensar
en Dios, pedirle la gracia... y la gracia vendrá. La conciencia se
ilumina, el alma se transforma, se abrasa en un amor ardiente, y con
el deseo ardiente de ser perdonado basta...
—Ha dicho usted abnegación, generosidad—murmuró Torquemada: con voz
que apenas se oía.—Sepa que el padre Gamborena me pedía la capa...
¿Sabe usted lo que es la capa? Pues se la he dado... Estoy aquí
esperando á que formule las bases... Luego hablaré con Donoso sobre las
disposiciones testamentarias, y dejaré... ¿Usted qué opina? ¿Debo dejar
mucho para los pobres? ¿En qué forma, en qué condiciones? No olvide
usted, que á veces, todo lo que se les da va á parar á las tabernas, y
si se les da ropa, va á parar á las casas de empeño.
—No empequeñezca usted la cuestión. ¿Quiere saber lo que pienso?
—Sí, lo quiero, y pronto.
—Ya sabe usted que yo todo lo pienso en grande, muy en grande.
—En grande, sí.
—Ha reunido usted un capital enorme; con su ingenio, ha sabido traer
á su casa dinerales cuantiosos... que en su mayoría debieron quedarse
en otras partes; pero los ha traído, no sé cómo, forzando un poco la
máquina, sin duda. Caudal tan inmenso no debe ser de una sola persona,
así lo pienso, así lo creo, y así lo digo. Desde la muerte de mi
hermana, han variado mis ideas sobre este particular; he meditado mucho
en las cosas de este mundo, en los caminos para encontrar la salud
eterna en el otro, y he visto claro lo que antes no veía...
—¿Que...? ya.
—Que la posesión de riquezas exorbitantes es contra la ley divina, y
contra la equidad humana, malísima carga para nuestro espíritu; pésima
levadura para nuestro cuerpo.
—¿Entonces, usted...?
—¿Yo? Hoy consagro á socorrer miserias todo lo que me sobra después de
atendidas mis necesidades. Pienso reducirlas á los límites de la mayor
modestia, en lo que me quede de vida, y cuando esto haga, destinaré
mayor cantidad á fines piadosos. En mi testamento dejo todo á los
pobres.
—¡Todo!
La estupefacción de D. Francisco se manifestaba repitiendo la palabra
_todo_ con intervalos de una precisión lúgubre, como los que median
entre los dobles de campanas tocando á funeral.
—¡Todo!
—Sí señor. Ya sabe usted que en mis ideas, en mi manera personal de ver
las cosas, no caben partijas, ni mezquindades, ni términos medios. He
dado todo á la sociedad, cuando no tenía yo más mira que el decoro de
la familia, de su nombre de usted y del mío. Ahora, que las grandezas
adquiridas se vuelven humo, lo doy todo á Dios.
—¡Todo!
—Lo devuelvo á su legítimo dueño.
—¡Todo!
—Ya hemos hablado de mí más de lo que yo merezco. Hablemos ahora de
usted, que es lo más importante por ahora. Me pide mi opinión, y yo
se la doy como se la he dado siempre, con absoluta franqueza, si me
lo permite, con la autoridad un tanto arrogante, que usted llamaba
despotismo, y que era tan sólo el convencimiento de poseer la verdad en
todo lo concerniente á los intereses de la familia. Antes miré por su
dignidad, por su elevación, por ponerle en condiciones de acrecentar
su fortuna. Ahora, en estos días de desengaño y tristeza, miro por
la salvación de su alma. Antes, me empeñé en guiarle á las alturas
sociales, sirviéndole de lazarillo; ahora, todo mi afán es conducirle á
la mansión de los justos...
—Diga pronto... ¿Qué debo yo hacer?... ¡Todo!
—Creo en conciencia—dijo Cruz con ceremoniosa voz, acercándose más, y
recibiendo de lleno en sus ojos la mirada mortecina de los ojos del
tacaño,—creo en conciencia que, después de reservar á sus hijos los
dos tercios que marca el código, dando partes iguales á cada uno, debe
usted entregar el resto, ó sea el tercio disponible..., íntegramente...
á la Iglesia.
—Á la Iglesia—repitió D. Francisco, sin hacer el menor movimiento.—Para
que cuide de repartirlo... ¡Todo!... ¡á la Iglesia...!
Alzando los dos brazos con cierta solemnidad sacerdotal, los dejó caer
pesadamente sobre las sábanas.
—¡Todo!... á la Iglesia... el tercio disponible... ¿Y de este modo, me
aseguran que...?
Sin parar mientes en lo que expresaba el último concepto, Cruz siguió
desarrollando su idea en esta forma:
—Piénselo bien, y verá que en cierto modo es una restitución. Esos
cuantiosísimos bienes, de la Iglesia han sido, y usted no hace más que
devolverlos á su dueño. ¿No entiende? Oiga una palabrita. La llamada
desamortización, que debiera llamarse despojo, arrancó su propiedad á
la Iglesia, para entregarla á los particulares, á la burguesía, por
medio de ventas que no eran sino verdaderos regalos. De esa riqueza
distribuída en el estado llano, ha nacido todo este mundo de los
negocios, de las contratas, de las obras públicas, mundo en el cual ha
traficado usted, absorbiendo dinerales, que unas veces estaban en estas
manos, otras en aquéllas, y que al fin han venido á parar, en gran
parte, á las de usted. La corriente varía muy á menudo de dirección;
pero la riqueza que lleva y trae siempre es la misma, la que se quitó
á la Iglesia. ¡Feliz aquél que, poseyéndola temporalmente por los
caprichos de la fortuna, tiene virtud para devolverla á su legítimo
dueño!... Con que ya sabe lo que opino. Sobre la forma de hacer la
devolución, Donoso le informará mejor que yo. Hay mil maneras de
ordenarlo y distribuirlo entre los distintos institutos religiosos...
¿Qué contesta?
Hizo Cruz esta pregunta, porque D. Francisco había enmudecido. Pero
el temor de que hubiera perdido el conocimiento era infundado; que
bien claras oyó el enfermo las opiniones de su hermana política. Sólo
que su espíritu se recogió de tal modo en sí, que no tenía fuerza
para echar al exterior ninguna manifestación. Había cerrado los ojos;
su semblante imitaba la muerte. Mirando para su interior, se decía:
«Ya no hay duda; me muero. Cuando ésta sale por ese registro, no hay
esperanza. ¡Todo á la Iglesia!... Bueno, Señor, me conformo, con tal
que me salve. Lo que es ahora, ó me salvo, ó no hay justicia en el
cielo, como no la hay en la tierra.»
—¿Qué contesta?—repitió Cruz.—¿Se ha dormido?
—No, hija, no duermo—dijo el pobre señor con voz tan desmayada que
parecía salir de lo profundo, y sin abrir los ojos.—Es que medito, es
que pido á Dios que me lleve á su seno, y me perdone mis pecados. El
Señor es muy bueno, ¿verdad?
—¡Tan bueno, que...!
La emoción que la noble dama sentía, ahogó su voz. Abrió al fin
Torquemada sus ojuelos, y ella y él se contemplaron mudos un instante,
confirmando en aquel cambio de miradas su respectivo convencimiento
acerca de la bondad infinita.
V
Diéronle _champagne_ helado, _consommé_ helado, único alimento posible,
y pasó tranquilo como una hora, hablando á ratos con voz cavernosa y
empañada. Llamando á su lado á Gamborena, le dijo en secreto:
—¡La capa!... todo... todo lo disponible... para usted, señor _San
Pedro_ de mi alma. Ya Donoso tiene instrucciones...
—Para mí no. No quiero dejar de hacer una aclaración. Cruz aconsejó á
usted, por sí y ante sí, lo que acaba de decirme el Sr. Donoso. Yo nada
tengo que ver en eso. Predico la moral salvadora, amonesto á las almas,
les indico el camino de la salud; pero no intervengo en el reparto de
los bienes materiales. Al pedir á usted la capa, le signifiqué que no
olvidara en sus disposiciones á los menesterosos, á los hambrientos,
á los desnudos. Nunca pensé que mi petición se interpretara como un
propósito, como un deseo de que la capa, ó el valor de la capa, viniese
á mis manos, para rasgarla y distribuir sus pedazos. Estas manos no
tocaron jamás dinero de nadie, ni han recibido de ningún moribundo
manda, ni legado. Delo usted á quien quiera. Otra cosa diré, que ya
he manifestado al señor Donoso. Mi Congregación no admite donativos
testamentarios, ni cosa alguna en concepto de herencia; mi Congregación
vive de la limosna, y tiene fijadas para poder percibirla, cifras
mínimas que en ningún caso pueden alterarse.
—¿Según eso—dijo D. Francisco, recobrando por un instante la viveza
de su espíritu,—usted no quiere...? Pues ya lo acordé... Todo á la
Iglesia, y usted, mi señor _San Pedro_, será quién...
—Yo no. Otros hay más abonados que yo para esa comisión. Ni yo ni mis
hermanos podemos recibir encargos de esa especie. Alabo su resolución,
la creo utilísima para su alma; pero allá otros recibirán la ofrenda, y
sabrán aplicarla al bien de la cristiandad.
—¿De modo que... no quiere...? Pues yo accedí, pensando en usted, en
su Congregación, que es toda de santo... ¿Qué dice Donoso? ¿Qué dice
Cruz?... Pero usted no me abandonará. Usted me dirá que me salvo.
—Se lo diré cuando sepa que puedo decírselo.
—¿Pues á cuándo espera, santo varón?—replicó Torquemada con
impaciencia, revolviéndose entre las sábanas.—Ahora, ahora, después del
sacrificio que acabo de hacer.... ¡todo, Señor, todo!... ahora, ¿no
merezco yo que se me diga, que se me asegure...?
—¿Ha tomado usted esa resolución con miras de caridad, con ardiente
amor del prójimo y ansia verdadera de aliviar las miserias de sus
semejantes?
—Sí señor...
—¿Lo ha hecho con el alma puesta en Dios, y creyéndose indigno de que
se le perdonen sus culpas?
—Claro que sí.
—Mire, señor Marqués, que á mí puede engañarme, á Dios no, porque todo
lo ve. ¿Está usted bien seguro de lo que dice? ¿habla con la conciencia?
—Soy muy verídico en mis tratos.
—Esto no es un trato.
—Bueno, pues lo que sea. Yo me he propuesto salvarme. Naturalmente,
creo todo lo que manda Dios que se crea. ¡Pues estaría bueno que
viéndome tan cerca del fin, saliéramos ahora con que no creo tal
ó cual punto...! Fuera dudas, para que se vayan también fuera los
temores. Yo tengo fe, yo deseo salvarme y me parece que lo demuestro
dando el tercio disponible á la santa Iglesia. Ella lo administrará
bien: hay en las distintas religiones hombres muy celosos y muy
buenos administradores... ¡Oh, mi dinero estará en muy buenas manos!
¡Cuánto mejor que en las de un heredero pródigo y mala cabeza, que
lo gaste en porquerías y estupideces! Ya veo que se harán capillas y
catedrales, hospitales magníficos, y que la posteridad no dirá: «¡ah,
el tacaño!... ¡ah, el avariento!... ¡ah, el judío!...» sino que dirá:
«¡oh, el magnífico!... ¡oh, el generoso prócer!... ¡oh, el sostenedor
del Cristianismo!...» Mejor está el tercio disponible en manos
eclesiásticas que en manos seglares, de gente rumbosa y desarreglada.
No apurarse, señor _San Pedro_; nombraré una junta de personas
_idóneas_, presidida por el Sr. Obispo de Andrinópolis. Y en tanto,
cuento con usted: no me abandone, ni me ponga peros para la entrada en
el reino celestial.
—No hay tales peros—díjole Gamborena con exquisita bondad y
dulzura.—Tenga usted juicio, y entréguese á mi con entera confianza.
Lo que digo es que su resolución, mi Sr. D. Francisco, con ser buena,
bonísima... no basta, no basta. Se necesita algo más.
—¡Pero, Señor, más todavía!
—No vaya á creer que regateo la cantidad. Aunque ese tercio disponible
fuera una cifra de millones tan alta como la que representan todas
las arenas del mar, no bastaría si el acto no significara, al propio
tiempo, un movimiento espontáneo del corazón, si no lo acompañase la
ofrenda de la conciencia purificada. Esto es muy claro.
—Sí, muy claro... _Abundo_ en esas ideas.
—Porque, amigo mío—añadió el sacerdote con mucha gracia, incorporándose
para verle de cerca el rostro,—no me atrevo á sospechar que usted
piense en conseguir su entrada en el Cielo sobornándome á mí, al
guardián de la puerta. Si tal creyese mi señor Marqués de San Eloy, no
sería el primero. Muchos creen que dando una propinilla al Santo...
Pero no, usted no es de esos, usted ha vuelto ya los ojos á Dios,
apartándolos para siempre de la vileza de los bienes temporales y
caducos; usted tiene ya la divina luz en su conciencia, lo veo, lo
conozco; esta noche, en un ratito de descanso, hemos de quedar muy
amigos, muy conformes en todo, usted muy consolado, con el alma serena,
libre, llena de confianza y amor, yo satisfecho, y más contento que
unas pascuas.
Torquemada había cerrado los ojos, mirando para dentro de sí, y no
contestaba más que con ligeros movimientos de cabeza á las sentidas
amonestaciones de su amigo y padre espiritual. Aprovechó éste la
buena ocasión que la relativa tranquilidad del enfermo le ofrecía,
y exhortándole con su palabra persuasiva y cariñosa, hecha á la
domesticación de las fieras humanas más rebeldes que cabe imaginar, á
la media hora le había puesto tan blando que nadie le conocía, ni él
mismo se conociera, si pudiera verse desde su ser antiguo.
Descansó después algunas horas, y á la madrugada volvió el padrito á
cogerle por su cuenta, temeroso de que se le fuera de entre las manos.
Pero no: bien asegurado estaba, humilde y con timidez mimosa de niño
enfermo, descompuesto el carácter, del cual sólo quedaban escorias,
destruída su salvaje independencia. La certidumbre de su próximo fin
le transformaba sin duda, obraba en su espíritu como la enfermedad en
su organismo, devorándolo, con efectos semejantes á los del fuego, y
reduciéndolo á cenizas. Su voz quejumbrosa despertaba en cuantos le
oían una emoción profunda. El genio quisquilloso y las expresiones
groseras y disonantes, ya no atormentaban á la familia y servidumbre.
Todo era concordia, lástima, perdón, cariño. Tal beneficio había hecho
la muerte, con sólo llamar á la puerta del pecador. Agobiado éste por
el mal, que de hora en hora le iba consumiendo, apenas tenía fuerzas
para articular palabras breves, de ternura para su hija y para Cruz,
de bondad paternal para las demás personas que le rodeaban. No se
movía; su cara terrosa hundíase en las almohadas, y en la cara los
ojos, con los cuales hablaba más que con la lengua. Creyérase que con
ellos imploraba el perdón de su egoísmo. Y con ellos parecía decir
también: «Os lo entrego todo, mi alma y mis riquezas, mi conciencia y
mi carácter, para que hagáis de ello lo que queráis. Ya no soy nada, ya
no valgo nada. Heme vuelto polvo, y como polvo os pido que sopléis en
mí para lanzarme al viento y difundirme por los espacios.»
Lleváronle el Señor ya muy avanzada la mañana, sin pompa, con
asistencia tan sólo de las personas de mayor intimidad. Más hermosa
que nunca pareció aquel día la mansión ducal, sirviendo de marco
espléndido á la patética ceremonia, y al concurso grave que desfiló por
el vestíbulo y galerías espaciosas, pobladas de representaciones de la
humana belleza. La servidumbre, muy mermada desde el _modus vivendi_,
asistió de rigurosa etiqueta. La capilla, que con tanta cera encendida
era una áscua de oro, se llenó de monjitas blancas y azules, de señoras
con mantilla negra. En la alcoba del enfermo púsose un altar, con el
tríptico de Juan Eyck, que había presidido la capilla ardiente de
Fidela. La entrada del _Viático_ produjo en todo cuanto contenía la
cavidad de aquella morada de príncipes, en todo absolutamente, lo
vivo y lo figurado, personas y cosas, arte y humanidad, una emoción
profunda. Al penetrar la Majestad Divina en la alcoba, la emoción total
fué más intensa, realzada por el silencio que dentro y fuera envolvía
el solemne acto. La voz del sacerdote sonó con placidez amorosa en
medio de aquella paz. Las llamas movibles de los hachones teñían de
un amarillo de oro viejo la escena y sus figuras. Al recibir á Dios,
D. Francisco Torquemada, Marqués de San Eloy, parecía otro. No era
el mismo de antes, ni tampoco el mismo de la noche anterior, con la
cara terrosa y los ojos apagados. Fuese por el reflejo de las luces
ó por alguna causa interna, ello es que la piel de su rostro recobró
los colores de la vida, y su mirada la viveza de sus mejores tiempos.
Expresaba un respeto hondo, una cortedad de genio que rayaba en pueril
timidez, una compunción indefinible, que lo mismo podía significar
todas las ternezas del alma que todos los terrores del instinto.
Terminado el acto, prodújose el ruido de la salida, las pisadas, los
rezos, el _tilín_ de la campana: la procesión descendió la escalera, y
recorriendo de nuevo la gran galería, salió á la calle, volviendo todas
las cosas del palacio á su ser natural.
En la capilla se aglomeró mucha gente: unos entraron ávidos de
oración, otros de admirar las preciosidades artísticas que adornaban
el altar. Y el enfermo, en tanto, después de hablar poco y bueno con
Gamborena, Cruz y Donoso, en lenguaje afectuoso, cándido, sencillo,
congratulándose de todo corazón de lo que había hecho, y recibiendo
con alegría los parabienes, sintió viva necesidad de descanso,
como si el acto religioso determinara en su fatigado organismo una
sedación intensísima. Cerrando los párpados, durmió tan sosegada y
profundamente, que al pronto le creyeron muerto. Pero no: dormía como
un bendito.