—¡Qué tengo que hacer..., qué tengo que _dar_!—repitió Gamborena
frunciendo el ceño.—Siempre ha de tratar usted este asunto, como si
fuera una operación mercantil. ¡Cuánto más le valdría olvidar sus
hábitos y hasta su lenguaje de negociante! Lo que tiene usted que
hacer, señor mío, es purificar su alma de toda esa lepra de la codicia,
ser bueno y humano, mirar más á las innumerables desdichas que le
rodean para remediarlas, y persuadirse de que no es justo que uno solo
posea lo que á tantos falta.
—Total, que hay muchos, muchísimos pobres. Yo también he sido pobre.
Si ahora soy rico, á mí mismo me lo debo. Yo no he fracturado cajas
de nadie, ni he salido á un camino, con trabuco... Y otra cosa: todos
esos pobres que _pululan_ por ahí, yo no los he hecho. ¿Pero no dicen
ustedes que es muy bonito ser pobre? Dejarlos, dejarlos, y no nos
metamos á quitarles su divina miseria. Lo cual no es _óbice_ para que
yo, en mi testamento, mande repartir socorros, aunque la verdad, nunca
me ha gustado _dar pábulo_ á la holgazanería. Pero algo dejaré para
ayuda de un hospital, ó de lo que quieran, _¡ñales!_... dispénseme, se
me escapó... Y al santo clero, también le dejaré para misas por mí, y
por mis dos esposas queridas; que justo es que el cleriguicio coma...
La verdad hay mucha miseria en el _sacerdocio_ parroquial.
—Bueno es eso—dijo Gamborena con dulzura,—pero no es todo lo que yo
quiero...—No veo que salgan del corazón esas ofrendas. Paréceme que
usted las dispone como un acto de cumplido, como pagar una visita, como
dejar una tarjeta en el momento de salir para un viaje. ¡Ay, amigo mío!
Cuando usted parta para el viaje supremo, ha de llevar tanto peso en su
alma, que le ha de costar trabajillo remontar el vuelo.
—¿Peso... peso?—murmuró el tacaño con tristeza.—¡Si nada de lo que
tengo he de llevarme, y todito se ha quedar por acá!
—Eso es lo que usted siente, que las riquezas aquí se quedan, y no hay
que pensar en su transporte á la eternidad, donde maldita la falta que
hacen. Allí, las riquezas que se cotizan, tienen otro nombre: llámanse
_buenas acciones_.
—¡Buenas acciones! ¿Y con buenas acciones tengo segura la...?—dijo
Torquemada, dando de mano á su marrullería.
—Pero esas buenas acciones no las veo en usted, que es todo sequedad de
corazón, egoísmo, codicia.
—¿Sequedad de corazón? Me parece que no está usted en lo cierto. Sr.
Gamborena, yo quiero á mis hijos, al primero sobre todo, le adoraba; yo
quise á mis dos señoras, á mi Silvia, y á la que he perdido este año.
—¡Vaya un mérito! ¡Querer á los hijos!... ¡Si hasta los animales los
quieren! Si de sentimiento tan primordial estuviese privado el Sr.
Marqués de San Eloy, sería un mónstruo más ó menos _eximio_... ¡Querer
á su esposa, á la compañera de su vida, á la que le daba posición
social, un nombre ilustre!... ¿Pues qué menos? Y cuando Dios se la
llevó, usted se afligía, es cierto; pero también rabiaba, protestando
de que no se hubiera muerto Cruz, en vez de morirse Fidela. Es decir,
que se habría alegrado de ver morir á su hermana política.
—¡Hombre, tanto como alegrarme!... Pero planteado el _dilema_ entre
los dos, no podía dudar un momento.
—Déjese de dilemas. Usted me ha confesado que deseaba la muerte de Cruz.
—Bueno, pues sí, yo...
—La sequedad de corazón está bien demostrada. Y la sordidez, la
codicia... ciego será quien no las vea, y usted mismo debe reconocer
esas horribles llagas de su sér, y confesarlas.
—Confesado... Arreando. Uno es como es, y no puede ser de otra manera.
Sólo cuando se acerca el fin, ve uno más claro, y como ya no tiene
intereses acá, naturalmente, llama por lo de allá... Y lo peor es que
nos salen con esa matraca de las buenas acciones cuando ya no tenemos
tiempo de... _verificarlas_ ni malas ni buenas.
—Tiempo tiene usted todavía.
—Lo mismo pienso—dijo el Marqués con cierto brillo en los ojos,—porque
de ésta no caigo. Tengo tiempo, ¿verdad?
—Seguramente, y lo aprovecharemos en seguida.
—¿Cómo?
—Dándome usted su capa.
—¡Ah!... ¿con que quiere usted la capita? ja, ja...
—Sí, sí; pero entendámonos: quiero la nueva.
—Hola, hola... ¿la nueva?
—La nuevecita, el número uno. En aquella ocasión, pase que me diera
usted un guiñapo que no le servía para nada. Hoy me tiene que dar la
prenda que más estime...
—¡Caramba!
—Y además, quiero también su levita, su gabán, chaleco, en fin, la
mejor ropa que el excelentísimo Sr. Marqués posea.
—Me va usted á dejar en cueros vivos.
—Así andará más ligero.
—¡Pues no estará poco majo el hombre con toda mi ropa..., ni poco
abrigado en gracia de Dios!
—No, si no quiero esas prendas para mí. Ya ve: estoy bien vestido, y no
carezco de nada. Las pido para otros que están desnudos.
—Total, que tengo que vestir á mucha gente.
—Y abrigarles el estómago, darles lo que á usted ninguna falta le hace
ya. Pero ello ha de ser con efusión del alma, como me dió la capa vieja
el D. Francisco de marras.
—Bueno, pues _formule, formule_ usted su proposición.
—La formularé, descuide. Que si yo no le facilitara la solución, ya sé
que el astuto negociante que me escucha _haría de su capa un sayo_, y...
—Venga esa fórmula.
—¡Ah! no es puñalada de pícaro. Déjeme pensarla bien. Pero luego no se
me vuelva atrás. La capa que pretendo es de un paño tan superior, que
con su importe en venta se han de remediar muchas miserias, muchas.
Ya están de enhorabuena los pobres, un sinnúmero de pobres, media
humanidad.
—Eh... poco á poco—dijo el de San Eloy vivamente alarmado.—No hay que
correrse tanto, señor misionero. Soy enemigo de las exageraciones _de
escuela_, y si me _extralimito_, entonces no seré santo, sino loco, y
los locos no van á la Gloria, sino al Limbo.
—Usted irá... á donde merezca ir. Delante verá todos los caminos.
Escoja el que le cuadre, pues para eso tiene su libre albedrío. Con
la pureza del corazón, con el amor del prójimo, con la caridad, irá
fácilmente para arriba... Con lo contrario, abajo sin remedio. Y no
crea que por darme la capa está segura su salvación, si con aquel
pedazo de paño no me entrega el alma.
—¿Entonces...?
—Pero aunque la efusión debe preceder al acto, hay casos en que el acto
produce la efusión, ó por lo menos la ayuda. De modo que siempre va
usted ganando... Y no me detengo más amigo mío.
—Pero no se vaya sin que nos pongamos de acuerdo siquiera en las
_bases_...
—Déjeme á mí, que yo me encargo de las bases. Por ahora, no le conviene
más conversación. Bastante hemos hablado. Á descansar, y á tener calma
y confianza en la voluntad de Dios. Esta noche, si usted se encuentra
bien, entraré otro ratito. Adiós.
Quedóse D. Francisco muy caviloso con aquello de _dar la capa_, y en
verdad, no llegaba á comprender qué demonios entendía por _capa_ el
beato Gamborena. Y bien pudiera ser que, estimada la prenda en un valor
fabuloso, no hubiese manera de arreglarse con él. Deseaba que llegara
la noche para _conferenciar_ nuevamente con el clérigo sobre aquel
asunto, y fijar por sí mismo las consabidas bases. Por su desgracia,
al anochecer fué acometido de violentísimos dolores en el vientre, de
arcadas y angustias tales, que el hombre llegó á creer que se moría;
y el miedo le duplicaba el mal, y sus terrores y sus bascas, formando
un conjunto imponente, hicieron creer á toda la familia que llegaba la
última hora del señor Marqués de San Eloy. Acudió Miquis presuroso, y
ordenó inyecciones de morfina y atropina. Á eso de las diez amainó la
tormenta; pero el enfermo se hallaba destroncado, aturdido, tembloroso
de pies y manos, y tan descompuesto de rostro como de espíritu, sin
dar pie con bola en nada de lo que decía. Ansiaba tomar alimento, y le
horrorizaba lo mismo que apetecía. En vista de la gravedad del mal, la
familia obtuvo de Miquis que se quedase allí toda la noche. Rufinita
y Cruz resolvieron velar, y Donoso, como el más abonado para ello, se
encargó de preparar á su amigo para aquellos actos y disposiciones que,
por lo apretado de la situación no debían prorrogarse más. Antes de
dar este paso, hubo de conferenciar con el buen doctor, que prometió
abrirle camino en la primera ocasión que se le presentara.
En efecto, llamado á su cabecera por D. Francisco, que animarse quería
con la presencia del médico eminente, Augusto le dijo:
—Señor Marqués, no hay que amilanarse. Hemos tenido un retroceso. Pero
ya echaremos otra vez el carro para adelante.
—No aludirá usted al carro fúnebre...
—¡Oh! no.
—Porque yo, aunque me siento muy mal esta noche, no creo que... Usted,
¿qué opina? Con franqueza...
—Opino que, sin haber peligro por el momento, podría suceder que
tardase usted algunos días en reponerse. El sábado convinimos en
aguardar la mejoría para que usted pudiese satisfacer tranquilamente
su... su noble deseo de cumplir... vamos, de cumplir con su conciencia,
como buen cristiano. Ahora pienso que, en vez de esperar la mejoría...
mejoría segura; pero que tardará quizás dos, tres días... _debemos_
realizar ese acto, pues... ese acto que, según dice la experiencia, es
tan provechoso para el cuerpo como para el alma... Digo, si á usted le
parece...
—Ya, ya...—murmuró D. Francisco, que se había quedado sin aliento,
y sintió un frío mortal que hasta los huesos le penetraba. Por un
instante creyó que el techo se le caía encima como una losa, y que la
estancia se quedaba en profunda obscuridad. Su inmenso pánico le dejó
sin palabra y hasta sin ideas.