La familia y amigos vieron con regocijo aquel descanso del pobre
enfermo, aunque tenían por inevitable el término funesto del mal. En la
estancia próxima á la alcoba, hallábanse todos, esperando á ver en qué
pararía sueño tan largo, y si Donoso y Cruz manifestaron cierto recelo,
no tardó en tranquilizarles Augusto Miquis diciéndoles que aquel
dormir era de los que traen el descanso y la reparación del organismo,
fenómeno lisonjero en el proceso de la enfermedad, sin que por ello
disminuyera el peligro inminente é irremediable. Convenía, pues, no
turbar aquel sueño, precursor de un alivio seguro, aunque de corta
duración. Esperaron, no sin cierta desconfianza de lo que el doctor les
dijo, y por fin, ya muy avanzada la tarde oyendo que D. Francisco daba
una gran voz, acudieron presurosos allá, y le vieron desperezándose y
bostezando. Estiró los brazos todo lo que pudo, y luego, con semblante
risueño, les dijo:
—Estoy mejor... Pero muy mejor... Probad á darme algo de comer, que...
maldita sea mi suerte si no tengo un poquitín de hambre.
Oyóse en torno al lecho un coro de plácemes y alabanzas, y pronto le
trajeron un _consommé_ riquísimo, del cual tomó algunas cucharadas, y
encima un trago de Jerez.
—Pues miren, mucho tiempo hace que no paso el alimento con tan buena
disposición. Tengo lo que se llama apetito. Y me parece que esta
substancia me caerá bien...
—¿Qué tiene usted que decir ahora?—le preguntó Cruz gozosa y
triunfante.—¿Es ó no cosa probada que el cumplir nuestros deberes de
cristianos católicos nos trae siempre bienes, sin contar los del alma?
—Sí, tiene usted razón—replicó D. Francisco, sintiendo que se le
comunicaba el júbilo de su familia y amigos.—Yo también lo creía... y
por eso me apresuré á recibir al Señor. ¡Bendito sea el _Sér Supremo_
que me ha dado esta mejoría, esta resurrección, _por decirlo así_,
pues si esto no es resucitar, que venga Dios y lo vea! Y yo había oído
contar casos verdaderamente milagrosos... enfermos desahuciados que
sólo con la visita de Su Divina Majestad volvieron á la vida y á la
salud. Casos hay, y bien podría suceder que yo fuera uno de los más
sonados.
—Pero por lo mismo que tenemos mejoría—díjole Donoso, que no quería
verle tan parlanchín,—conviene guardar quietud, y no hablar demasiado.
—¿Ya sale usted, amigo Donoso, con sus parsimonias y sus camaldulerías?
Pues, si me apuran, soy capaz de... ¿Qué apuestan á que me levanto y
voy á mi despacho, y...?
—Eso de ninguna manera.
—¡Jesús, qué desatino!
Y las manos de todos se extendieron sobre él como para sujetarle, por
si realmente intentaba _llevar á cabo_ su insana idea.
—No, no asustarse—dijo el enfermo afectando docilidad.—Ya saben que no
obro nunca con precipitación. En la camita estaré hasta que acabe de
reponerme. Y crean, como yo creo en Dios y le reverencio, que me siento
mejor, muy mejor, y que estoy en vías de curación.
—Opino, mi Sr. D. Francisco—le dijo Gamborena muy cariñoso,—que la
mejor manera de expresar su gratitud al Dios Omnipotente, que hoy se ha
dignado visitarle y ser con usted en cuerpo y sangre, consiste en la
conformidad con lo que Él determine, cualquiera que su fallo sea.
—Tiene razón, mi buen amigo y maestro—replicó Torquemada, llamándole á
sus brazos.—Á usted, á usted le debo la salud, digo, este alivio. Yo me
avengo á todo lo que el Señor quiera disponer respecto á mí. Si quiere
matarme, que me mate; no me opongo. Si quiere sanarme, mejor, mucho
mejor. Tampoco debo hacer ascos á la vida, si el bendito Señor quiere
dármela por muchos años más... ¡Oh, padrito, qué bueno es estar bien
con Dios, decirle todos los pecados, reconocer uno los puntos negros
de su carácter, acordarse de que nunca ha sido uno blando de corazón,
y en fin llenarse de buena voluntad y de amor divino! Por que, _sin ir
más lejos_, Dios hizo el mundo, después padeció por nosotros... esto
es _obvio_. Luego debemos amarle, y hacer, y sentir, y pensar todo lo
que nos diga el bueno del padrito. Conforme, conforme; deme usted otro
abrazo, Sr. Gamborena, y tú, Rufinita, abrázame también, y abrácenme
Cruz y Donoso. Bien, ya estoy contento, porque me reconozco buen
cristiano, y juntos damos gracias al Todopoderoso por haberme curado,
digo, aliviado... Sea lo que Él quiera, y cúmplase su voluntad.
—Bien, bien.
—¡Qué bueno es el Señor! Y yo qué malo hasta ahora por no haberlo
declarado y reconocido _á priori_. Pero no viene tarde quien á casa
llega, ¿verdad?
—Verdad.
—¡Que viva Jesucristo y su Santa Madre! ¡Y yo, miserable de mí, que
desconfiaba de la infinita misericordia! Pues ahora no desconfío; que
bien clara la veo. Y no me vuelvo atrás, ¡cuidado! de nada de lo que
concedí y determiné. El Señor me ha iluminado, y ahora he de seguir una
_línea de conducta diametralmente opuesta_...
Á ninguno de los presentes le pareció bien que hablase tanto; ni les
gustaba verle tan avispado. Diéronle otro poco de caldo y de vino, que
le cayó tan bien como la dosis que había tomado anteriormente, y previo
acuerdo de la familia, dejáronle sólo con Donoso que aprovechar quiso
la mejoría para hablarle de las disposiciones testamentarias, y acordar
los _últimos detalles_ á fin de que todo quedase hecho aquel mismo
día. Hablaron sosegadamente, y Torquemada confirmó sus resoluciones
respecto á la manera de distribuir sus cuantiosas riquezas. El buen
amigo le propuso algunos _extremos_, que el otro aceptó sin vacilar.
Como era hombre que nunca dejaba de poner reparos á lo que no había
discurrido él mismo, Donoso veía con recelo tanta mansedumbre.
—Todo, todo lo que usted quiera—le dijo Torquemada.—Hágase el
testamento, _concebido en los términos_ que usted crea oportunos... En
todo caso, las disposiciones testamentarias pueden modificarse el día
de mañana, ó cuando á uno le acomode.
Donoso se calló, y siguió tomando nota.
—No quiere decir que yo piense modificarlas—añadió D. Francisco, que
por el desahogo con que hablaba parecía completamente restablecido.—Soy
hombre de palabra; y cuando digo _¡hecho!_, la operación queda cerrada.
No, no quiero en manera alguna romper mis buenas relaciones con el
Sr. Dios, que tan bien se ha portado conmigo... ¡No faltaba más! Soy
quien soy, y Francisco Torquemada no se vuelve atrás de lo dicho. El
tercio enterito para la santa Iglesia, repartido entre los distintos
institutos religiosos que se dedican á la enseñanza y á la caridad...
Se entiende que eso será después de mi fallecimiento... Claro.
Trataron de otros _extremos_ que al nombramiento de albaceas _se
contraía_, y Donoso, con todos los datos bien seguros, le incitó á la
quietud, al silencio, y casi estuvo por decir á la oración mental; pero
no lo dijo.
—Conforme, mi querido D. José María—replicó el enfermo;—pero al
sentirme bien, no puede desmentirse en mí el hombre de actividad.
Confiéseme usted que yo tengo siete vidas como los gatos. Vamos, que
de ésta escapo. No, si estoy muy agradecido á Su Divina Majestad, pues
la salud que recobraré, ¿á quién se la debo? Verdad que yo puse de mi
parte cuanto se me exigió, y estoy muy contento, pero muy contento de
ser buen cristiano.
—Digo lo que Gamborena: que hay que conformarse con la voluntad de
Dios, y aceptar de Él lo que quiera mandarnos, la vida ó la muerte.
—Justamente, lo que yo digo y sostengo también, _de motu propio_; y
la voluntad de Dios es ahora que yo viva. Lo siento en mi alma, en mi
corazón, en toda mi _economía_, que me dice: «vivirás para que puedas
realizar tu magno proyecto.»
—¿Qué proyecto?
—Pues al abrir los ojos después de aquel sueño reparador, me sentí con
las energías de siempre en el pensamiento y en la voluntad. Desde que
volví á la vida, mi querido D. José, se me llenó la cabeza de las ideas
que hace tiempo vengo _acariciando_, y hace poco, mientras abrazaba á
toda la familia, pensaba en las combinaciones que han de hacer factible
el negocio.
—¿Qué negocio?
—¡Hágase usted el tonto! ¿Pues no lo sabe? El proyecto que presentaré
al Gobierno para convertir el _Exterior_ en _Interior_... Con ello se
salda la deuda flotante del Tesoro, y se llegará á la unificación de
la deuda del Estado, _bajo la base de Renta única perpetua Interior,
rebajando el interés á tres por ciento_. Ya sabe usted que en la
conversión se incluyen los _Billetes Hipotecarios de Cuba_.
—¡Oh!... sí, gran proyecto—dijo Donoso alarmado de la excitación
cerebral de su amigo;—pero tiempo hay de pensarlo. Para eso el Gobierno
tiene que pedir autorización á las Cortes.
—Se pedirá, hombre, se pedirá, y las Cortes la concederán. No se apure
usted.
—Yo no me apuro, digo que no debemos, por el momento, pensar en esas
cosas.
—Pero venga usted acá. Al sentirme aliviado y en vías de curación, veo
yo la voluntad de Dios tan clara, que más no puede ser. Y el Señor,
dígase lo que se quiera, me devuelve la vida, á fin de que yo realice
un proyecto tan beneficioso para la humanidad, ó, _sin ir tan lejos_,
para nuestra querida España, nación á quien Dios tiene mucho cariño.
Vamos á ver: ¿no es España _la nación católica por excelencia_?
—Sí, señor.
—¿No es justo y natural que Dios, ó sea la Divina Providencia, quiera
hacerle un gran favor?
—Seguramente.
—Pues ahí lo tiene usted: ahí tiene por qué el _Sumo Hacedor_ no quiere
que yo me muera.
—¿Pero usted cree que Dios se va á ocupar ahora de si se hace ó no se
hace la conversión del _Exterior_ en _Interior_?
—Dios todo lo mueve, todo lo dirige, lo mismo lo pequeño que lo grande.
Lo ha dicho Gamborena. Dios da el mal y el bien, según convenga, á
los individuos y á las naciones. Á los pájaros les da el granito ó
la pajita de que se alimentan, y á las _colectividades_... ó un palo
cuando lo merecen, _verbigracia_, el Diluvio Universal, las pestes
y calamidades, ó un beneficio, para que vivan y medren. ¿Le parece
á usted que Dios puede ver con indiferencia los males de esta pobre
nación, y que tengamos los cambios á veintitrés? ¡Pobrecito comercio,
pobrecita industria, y pobrecitas clases trabajadoras!
—Sí, muy bien. Me gusta esa lógica—díjole Donoso, creyendo que era peor
contrariarle.—No hay duda de que el Autor de todas las cosas desea
favorecer á la católica España, y para esto, ¿qué medio mejor que
arreglarle su Hacienda?
—Justo...—agregó Torquemada con énfasis.—No sé por qué razón no ha de
mirar Su Divina Majestad las cosas financieras, como mira un buen padre
los trabajos diferentes á que se dedican sus hijos. Es muy raro esto,
señores beatos: que en cuanto se habla de dinero, del santo dinero,
habéis de poner la cara muy compungida. ¡Biblias! Ó el Señor tira de
la cuerda para todos, ó para ninguno. Ahí tiene usted á los militares,
cuyo oficio es matar gente, y nos hablan del _Dios de las Batallas_.
Pues ¿por qué, ¡por vida de los _ñales_! no hemos de tener también el
_Dios de las Haciendas_, el _Dios de los Presupuestos, de los Negocios_
ó _del Tanto más Cuánto_?