Oyó Cruz, en la puerta del cuarto, el final de esta retahila, y entró
presurosa, esforzándose por poner semblante conciliador y risueño para
decirle:
—Pero si no hemos cambiado de cocinero, y las comidas son las mismas.
Eche usted la culpa á su estómago, que ahora está de malas, y si quiere
curarlo, clame contra sus berrinches antes que contra las comidas, que
son excelentes. Pero se variarán todo lo que usted quiera. Dígame lo
que apetece, y su boca será servida.
—Déjeme, déjeme en paz, Crucita de mis pecados—replicó el Marqués
echándose en un sofá.—¡Si no apetezco nada; si todo me repugna, hasta
el vino con jugos que inventé, y que es el brebaje más indecente que ha
entrado en boca de cristianos!
—Verá como Chatillón le da gusto al fin, aderezándole platitos gratos
al paladar y de fácil digestión... Y en cuanto á los ruidos de la
capilla, callará el órgano, y nos iremos con la música á otra parte.
Aquí estamos para contentarle y evitarle molestias. Usted manda, y á
bajar todos la cabeza.
Aplacóse con estas palabras de humildad y afecto el fiero millonario,
y retirada Cruz, otra vez se quedó solo con Gamborena, el cual le
recomendó la paciencia como único alivio de sus males, mientras
la Medicina determinaba si podía ó no curarlos definitivamente.
Bien podría suceder que la ciencia, por estar el mal muy hondo y la
naturaleza del enfermo muy quebrantada, no lograra salir airosa. Lo más
seguro era ponerse en lo peor, dar por inevitable en plazo próximo el
acabamiento de tantos dolores y prepararse para mejor vida.
—¿De modo que tengo que morirme de ésta?—dijo Torquemada
sulfurándose.—¿Luego estoy en capilla, _por decirlo así_, y no tengo
que pensar más que en mis funerales?
—De eso cuidarán otros. Usted piense en lo que más le importa. Á un
hombre de carácter entero, como usted, se le debe hablar el lenguaje de
la verdad.
—Claro, y la misión del sacerdote, es restregarle á uno la muerte en
los hocicos... Pues mire usted, señor misionero, muy malo estoy, muy
mal; pero no se entusiasmen tan pronto los que están deseando verme
salir de aquí con los pies por delante: que como yo me plante en no
morirme, no habrá _tu tía_: soy de mucho aguante, y de una madera
que no se tuerce ni se astilla. Ni todo el protomedicato, ni todo el
cleriguicio del mundo me han de precipitar á la _defunción_ antes de
que la cosa venga por sus pasos contados. Y los que piensan heredarme,
que esperen sentaditos. ¿No hay más sino hacer el caldo gordo á los
que no nos quieren bien? Todavía he de dar mucha guerra. Claro, que
cuando llegue la _sazón oportuna_, y la naturaleza diga _de aquí
no paso_, yo no he de oponerme. _Seamos justos_: no me opongo, _en
principio_, se entiende. Pero aún no, aún no, _¡ñales!_ y guárdese
usted sus responsos para cuando se los pidan, _¡ñales!_ para cuando los
pidan las circunstancias... _¡reñales!_ ¿Qué es usted? Un funcionario
de lo espiritual, que viene á prestar servicio cuando le llaman. Pero
entre tanto no se le avise, usted no toca pito, ni tiene vela en este
entierro... digo, no se trata de entierro, ¡cuidado!, sino de una cosa
_diametralmente opuesta_.
—¡Bueno, mi Sr. D. Francisco, bueno!—dijo el clérigo con dulzura,
comprendiendo que en aquella crisis de hipocondría, no era prudente
contrariarle.—Usted avisará. Siempre me tiene á sus órdenes. Espero
verle á usted pronto aliviado de sus alifafes, y por consiguiente,
aplacadas esas cóleras que se le suben á la cabeza y le empañan el
juicio. Á descansar, y ya hablaremos otro día.
Hablaron otro día y otro, sin adelantar cosa mayor, porque lejos de
mejorar, agravóse el enfermo, haciéndose intratable. Ni Donoso ni
Gamborena podían con él, y éste veía con desconsuelo el mal giro que
iba tomando el negocio de aquella conciencia, y cuán expuesto era
perder la partida, si la infinita misericordia no abría caminos nuevos
por donde menos se pensara.
Tanto arreciaba el mal del Marqués de San Eloy, que en todo Abril no
tuvo un día bueno y hubo de apartarse absolutamente de los negocios,
poniéndose más displicente á causa de la holganza, y dándose á los
demonios, de sólo pensar que ya no ganaba dinero, y que sus capitales
se estancarían improductivos. Raro era el día que no devolvía los
alimentos. ¡Cosa más rara! Comía con regular apetito, procurando
contenerse dentro de la más estricta sobriedad, y á la hora, ¡zás!,
mareos, angustia, bascas, y... Francamente, era una broma pesada de
la naturaleza ó de la _economía_... «¡Ah!...—exclamaba palpándose el
estómago y los costados,—no sé qué tiene esta condenada _economía_, que
parece una casa de locos. No hay gobierno aquí dentro, y los _órganos_
hacen lo que les da la real gana, sin respeto al orden establecido ni á
los hechos consumados. ¿Qué _biblias_ tiene este cuerpo para no querer
alimentarse, y para rechazarme la buena comida que le _propino_? Sin
duda hay levadura de revolución ó de anarquismo en estas interioridades
mías... Pero que se ande con cuidado el señor estómago, que estas
demasías _fenomenales_ se toleran una vez, dos veces; pero bien podría
encontrarse un específico que le pusiera las peras á cuarto al _órgano_
éste, que me está dando la santísima, y haciéndome... ¡ay, ay!...»
Su displicencia no era continua, pues á menudo la interrumpían
enternecimientos, que por su exageración eran verdaderos ataques.
Algunos días mostrábase tan tierno, que no parecía el mismo hombre, y
sus ternuras recaían casi siempre en Rufinita, que por aquel entonces
no faltaba de su lado día y noche.
—Hija querida, tú eres la única persona que me quiere de veras. ¿Quién
se interesa por mí más que tú?... Por eso ¡malditas Biblias! yo te
quiero á tí más que á nadie. Tú no haces ni dices cosa alguna por
aburrirme y fastidiarme, como otras _personalidades_ que parece que
están estudiando la manera de hacer cosquillas á mi genio, para hacerle
saltar. Tú eres el _dechado_ de las buenas hijas, y un ángel, como
quien dice, si bien yo, _seamos justos_, no creo que haya ángeles ni
serafines... Pero yo te quiero con toda mi alma, y... te lo digo con el
corazón en la mano, si por algo siento _mi defunción_, es por tí, pues
aunque tienes á tu maridillo, te vas á quedar muy solita, muy solita.
Ya ves... se me llenan de agua los ojos, y se me cae la baba.
Rufina, que era buena como el pan, le consolaba y le hacía mil
carantoñas, procurando arrancar de su mente toda idea pesimista, y de
su corazón el odio inextinguible hacia otras personas de la familia.
—No, hija de mi vida—decía mordiendo el pañuelo que tenía en la
mano,—no me digas que Cruz es buena. Tú juzgas á todos por _el prisma_
de tí misma, pedazo de ángel; pero tu corazón tierno te engaña. No es
buena esa mujer. Yo me reconcilié con ella, por complacer al amigo
Donoso y á ese Gamborena bendito, y también por no ser _un óbice_ al
arreglo y separación de intereses... Ya ves: hemos vuelto á ser amigos,
y nos tratamos, y yo la considero, y me someto á sus caprichos de
mujer arbitraria, y á sus mangoneos. Días hace que no como más que lo
que ella dice...
Volvía Rufinita á la carga, ensalzando los méritos de Cruz, su
talento y su intachable rectitud, y el usurero parecía al fin, si no
convencido, en vías de convencerse. Extremaba sus cariños á la hija,
hasta que pasado aquel remolino misterioso de su hipocondría, volvían
las amargas ondas á invadir su alma.
—¡Qué empeño tenéis todos en que estoy muy enfermo!—decía paseándose
por el cuarto,—Y ese Quevedillo, tu marido, lo conseguirá al fin si
hago caso de su ciencia de _ñales_. ¿Qué sabe él de estas cosas de
la _economía_? Lo que yo entiendo de castrar mosquitos entiende él
de _Facultad_. ¡Vaya con el plan que quiere ponerme ahora! Que no
tome más que leche, leche por la mañana, leche por la noche, leche
á la madrugada. ¡Leche! ni que fuera yo un mamón... Porque, _seamos
imparciales_, ¿qué interés tienen ustedes en que yo siga muy malo? No
se hable de morirme, pues de eso no se trata, sino de estar malísimo...
¿Qué vais ganando vosotros con que yo viva preso en este cuarto del
mismísimo cuerno, y no pueda salir á _evacuar_ mis asuntos?... ¡Ah!
ya veréis, ya veréis algún día, de aquí á muchísimos años, cuando yo
cierre el párpado... muchísimos años... ya veréis... ¡Qué chasco vais á
llevaros cuando os encontréis con que _no hay tales carneros_, con que
la riqueza que creíais pingüe es no más que _un pedazo de pan_, como
quien dice, porque lo ganado ayer con el trabajo, se ha perdido hoy con
la holganza!... Claro, van otros, y apandan los negocios, mientras yo
me estoy aquí, quitándole motas al santísimo aburrimiento, y mirando á
mi estómago y á mi _economía_, y á mis biblias de tripas, para ver si
pasa ó no pasa por ellas el... que sé yo qué... Es horrible vivir así,
viendo que el montón amasado _con mi sudor_ se desmorona, y que lo que
yo pierdo, otros lo ganan, se llevan la carne y no me dejan más que el
hueso...
Porque otro síntoma de su mal, á más de aquellos enternecimientos que
rompían la igualdad de su endiablado humor, era la tenaz idea de que
no pudiendo trabajar, no sólo se estancaban sus capitales sino que la
inacción los destruía, hasta llevarlos á la nada, cual si fueran una
masa líquida abandonada á la intemperie y á la evaporación. En vano
sus amigos empleaban la lógica más elemental para arrancarle idea
tan absurda, pero ésta se aferraba á su mente con tal fuerza, que ni
lógica, ni ejemplos claros, ni el razonamiento ni la burla, le curaban
de aquel extraño mal de la imaginación. Noche y día le atormentaba la
pícara idea, y para sofocarla, no hallaba más arbitrio que retardar
considerablemente su muerte, suponerse curado y metido otra vez en el
trajín ardiente de los negocios.
De mal en peor iba el hombre, y llegó día en que sólo el intento
de ponerse á comer le producía indecibles molestias del estómago y
riñones, opresión cardíaca y vértigos. Una noche, después de luchar
con el insomnio, cayó en un sopor que más parecía borrachera que sueño,
y allá de madrugada despertó de un salto, como si se hubiera desplomado
sobre él la elegante cimera de la cama en que dormía. Una idea terrible
le asaltó, como rayo que le atravesara el cráneo de parte á parte.
Saltó del lecho á obscuras, encendió la luz... La idea no se desvaneció
ante la claridad; al contrario, agarrábase con más fuerza á su ofuscado
entendimiento. «Es cosa clara, es como esa luz, es la pura evidencia,
y soy el mayor zoquete del mundo por no haberlo descubierto antes...
¡Me están envenenando!... ¿Quién es el criminal? No quiero pensarlo...
Pero el cómplice es ese Chatillón indecente y cochino, ese cocinero de
extranjis... Gracias á Dios que lo veo claro: todos los días _me echan_
un poquitito, unas gotas de... lo que sea. Y así me voy muriendo sin
sentirlo. No cabe duda. Si no, que me hagan la autopsia ahora mismo, y
verán cómo está mi _economía_... ¡Pero si siento en la boca el gustillo
amargo de ese puerquísimo veneno!... _Lo repito, lo estoy repitiendo_ á
todas horas... ¿Y serán capaces de negármelo esos bandidos?»
Las tristísimas horas de angustia, de espanto, de convulsiva congoja
que pasó hasta que le visitaron las claridades del naciente día, no
son para descritas. Tan pronto se arropaba transido de frío, tan
pronto abrasado de calor retiraba el pesado edredón. Y la idea que
le taladraba los sesos descendía por la corriente nerviosa hasta
el gran simpático, y allí se cebaba la infame, produciéndole un
afán inenarrable, y un suplicio de Prometeo. «Estoy pensando con el
estómago... Váyase lo uno por lo otro, pues ayer he estado digiriendo
con la cabeza.»
La luz matinal le despejó un poco, llevando á su espíritu la duda, que
en aquel caso era consoladora. Sería ó no sería. El envenenamiento
podía ser, podía no ser un hecho. Ya se afirmaba en su mortificante
idea, ya la desechaba como la más absurda que en cerebro enfermo
pudiera manifestarse. Al fin, ¡qué demonio! la razón fué recobrando sus
fueros, é imponiéndose á los insubordinados pensamientos que en aquella
infausta madrugada dieron el grito de rebelión... «¡Envenenarme!...
¡qué desatino!... ¿Y á santo de qué?»