Levantóse, lleváronle el chocolate, y lo mismo fué verlo ante sí, que
le acometió una repugnancia intensísima, y la terrible idea asomó como
un diablillo que juega al escondite. «Aquí estoy—le dijo.—No tomes esa
pócima, si quieres vivir...»
—Ramón—dijo Torquemada á su ayuda de cámara.—No quiero el chocolate.
Díle al danzante de Chatillón que ese jarope se lo tome él, para que
reviente de una vez... Oye: desde mañana, que me traigan todos los
trebejos, y una lamparilla de espíritu: yo mismo haré aquí mi chocolate.
Su tenaz monomanía le sugirió un procedimiento lógico, en esta forma:
«Pero, ¿á qué me apuro, si es tan fácil probarlo? Un par de días me
bastarán para llegar al convencimiento claro de si me envenenan ó no
me envenenan. La cosa es facilísima. No tengo tranquilidad hasta no
asegurarme... _palmariamente_...»
Pidió su coche. Para evitar las preguntas y oficiosidades de Cruz,
que de fijo, al verle salir tan de mañana, habría de sorprenderse
y alarmarse, procurando por todos los medios impedir la salida,
quiso aprovechar los momentos en que la señora oía su primera misa.
¡Buena se pondría cuando supiera que el enfermo se había echado á la
calle en uso de su libérrima voluntad! ¡Y qué aspavimientos haría
la condenada! «Salir tan temprano, y sin desayunarse... ¡Y estando
tan delicadito!...» «Tú sí que estás delicadita... pero es de la
conciencia... Ya te daré yo remilgos...» Y antes de que concluyera la
misa, escapó como un colegial, con no poca sorpresa de la servidumbre,
que al ver salir al señor Marqués tan á deshora, después del largo
encierro, creyó que su enfermedad le había trastornado la cabeza.
Ordenó al cochero que le llevase _por las afueras_, sin designar sitio;
ansiaba respirar aire puro, ver caras nuevas, es decir, caras distintas
de las que diariamente veía en su casa, y espaciar su espíritu y sus
ojos. La mañana estaba hermosísima, risueño y claro el cielo, despejado
el ambiente. No bien salió el carruaje á las rondas, sintió Torquemada
que se le iba metiendo en el alma la placidez de aquel hermoso día de
Mayo; y al avanzar hacia los suburbios, cuanto veía, suelo y casas,
árboles y personas, se presentaba á sus ojos cual si hubieran dado á
la Naturaleza _una mano de alegría_, ó pintándola de nuevo. Así vió el
tacaño lo que veía: los transeuntes, gente de pueblo que habitaba en
aquellos arrabales, se le antojaron seres felices que iban por la calle
ó carretera pregonando con la expresión del rostro, más que con la
palabra, la dicha de que se hallaban poseídos en aquel día supremo.
Desde los altos de Vallehermoso mandó al cochero que descendiera á
las alamedas de la Virgen del Puerto, y allí se aventuró á dar un
paseíto á pie. Apoyándose en el bastón de puño de asta, recorrió
distancias considerables, gozoso de notarse con fuerzas para ello,
aunque claudicaba un poco, sus piernas no eran un modelo de seguridad,
y le dolían las plantas de los pies. Y para mayor dicha, no sentía
molestia alguna en el estómago, ni en el vientre, ni en parte alguna.
¡Si ni siquiera se enteraba de poseer tal estómago! En verdad, no hay
cosa más higiénica que los paseos matinales, ni nada que destruya
la naturaleza como encamarse y llenarse el cuerpo de asquerosos
medicamentos. Por supuesto, su familia tenía la culpa de que él hubiese
llegado á tal estremo en su dolencia, la cual no habría pasado de
una leve indisposición, si no le rodearan de tan estúpidos cuidados
y precauciones, si no le marearan con tanto mediquillo hablando del
_píloro_ y de la _diátesis_, y de tanto clérigo agorero hablando de la
muerte.
—¡Biblias pasteleras!—exclamó cuando ya llevaba una hora de renquear
por aquellas solitarias alamedas.—¿Pues no tengo apetito?... Sí, no
hay duda. Ó esto es apetito, ó yo no sé lo que me pesco. Apetito es, y
de los finos. Las señas son mortales. ¡Me comería yo ahora...! Vamos,
cosa de mucho peso no me comería; pero unas buenas sopas de ajo, ó
un arroz con bacalao, sí que me lo zampaba... Véase por dónde hice
bien en no tomar el chocolate en mi casa. En cuanto el estómago se
ha echado á la calle, ya es otro hombre, ya es otro estómago, _por
decirlo así_, y recobra su autonomía. Bien, bien... ¡Cómo me río yo
ahora de Cruz, y de Donoso, del propio _San Pedro_ con llaves y todo,
y de ese ladrón de cocinero, y de toda la taifa de mi casa-palacio!...
¡Ah, caserón de Gravelinas, déjate estar, que ya te arreglaré yo! Por
lo que me has hecho sufrir _en tu recinto_, yo te derribaré, después
de enajenadas todas _las Américas_, y venderé el solar que vale un
pico. Y que se vayan Cruz y el de las llaves á decir sus misas, y á
rezar sus letanías á otra parte... ¡Cuerno, pues esto pasa de castaño
obscuro! ¡Vaya un señor apetito que me está entrando! Es un apetito
_famélico_, como el que uno tiene cuando es muchacho, y vuelve de la
escuela... ¡Si me comería medio carnero!... Pero ¡ay! de sólo recordar
los bodrios á la francesa que hace Chatillón, parece que el estómago
quiere llamarse á engaño, y siento esas cosquillas que anteceden á las
ganas de vomitar... No, no: abajo la raza espúrea de los Chatillones
y compinches... Ya os arreglaré yo, grandísimos tunantes, si, como
_todo parece indicar_, resulta demostrado... Pero á bien que quizás no
seáis vosotros los culpables... ¿Qué interés podíais tener vosotros en
que yo _estirara la pata_ tan pronto? En otra parte habrá que buscar
la iniciativa del crimen... ¡Pero qué apetito tan bárbaro! ¿Qué mejor
síntoma de lo que sospeché y descubrí? El estómago echa las campanas
á vuelo desde que se ha visto lejos de aquella infame facción... y
con su alegre repicar me dice que coma, que coma sin miedo, libre ya
de clérigos y beatas, que lo mismo envenenan un alma que un cuerpo...
Y si yo, Francisco Torquemada, Marqués de San Eloy, me metiera en un
ventorrillo de esos que hay hacia los lavaderos, y pidiera un plato de
callos, ó unas magras con tomate, ¿qué diría la voz pública?... ¡já,
já! ¿qué diría el Senado si tal supiera? ¡já, já!... Lo cierto es que
me rejuvenezco... Bien dijo el que dijo que todo eso de Religión es
música, y que no hay más que Naturaleza... Naturaleza es la madre, la
médica, la maestra y la novia del hombre...
De sus desordenados pensamientos no podía derivarse ninguna acción que
no fuera un desatino, y en vez de volverse á casa, se pasó un gran
rato discurriendo dónde buscar la pitanza que su estómago con energías
juveniles le reclamaba. De pronto, como caballería que olfatea el
pesebre, pegó un respingo y enderezó las miradas del cuerpo y el alma
hacia el caserío de Madrid, que desde aquella parte apiñado se ve,
cien cúpulas y torres, Vistillas, puerta de Toledo, San Francisco, San
Cayetano, Escuela pía de San Fernando, etc... Sintió la querencia de
los sitios en que pasara los años mejores de su vida trabajando como
un negro, eso sí, pero en tranquila independencia, aquellos deliciosos
barrios del Sur, tan prolíficos, tan honrados, tan rumbosos, y con
tanta alegría en las calles como gracejo en las personas. Desearlo y
resolverlo fué todo uno, y el cochero arreó por la calle de Segovia
arriba, con orden de pararse en Puerta Cerrada.
Desde que se apeó el señor Marqués, empezó á fijarse en él la gente,
y cuando avanzaba despacito por la calle de Cuchilleros, cargando el
cuerpo sobre el bastón, como si anduviese con tres pies, hombres y
mujeres salían á las puertas de las angostas tiendas para mirarle. Los
más no le conocían: si su rostro había cambiado mucho en los últimos
tiempos, más había cambiado _la fisonomía del pueblo_. En los años
transcurridos desde que el usurero Torquemada trasladó su vida y sus
tráficos á otras esferas, casi teníamos una generación nueva. Pero
alguien, entre los antiguos, debió de conocerle sin duda; corrió la
voz entre el vecindario, y á cada minuto salían á las puertas más
y más personas. Recorrió toda la calle por la acera de los impares,
reconociendo las principales tiendas, que poca ó ninguna mudanza
ofrecían. En la acera de enfrente vió la casa en que había morado
la gran doña Lupe, y este recuerdo prodújole una fugaz emoción. Si
viviera _la de los pavos_, ¡cuánto se alegraría de verle!... ¡y cómo le
palpitaría el seno de algodón!
En una y otra acera reconoció, como se reconocen caras familiares y
en mucho tiempo no vistas, las tiendas, que bien podrían llamarse
históricas, madrileñas de pura raza: pollerías _de aves vivas_, la
botería con sus hinchados pellejos de muestra, el tornero, el plomista,
con los clisteles relucientes como piezas de artillería de un museo
militar, la célebre casa de comidas de _Sobrinos de Botín_, las tiendas
de navajas, el taller y telares de estera de junco, y por fin la
escalerilla, con su bodegón antiquísimo, como caverna tallada en los
cimientos de la Plaza Mayor. Ante él se detuvo un instante; pero la
curiosidad pegajosa de unas mujeres que á la puerta de la tal caverna
salieron, le hizo volver grupas y tirar para abajo. Con el dueño de
aquel figón tuvo buenas amistades D. Francisco en otros tiempos; pero
ya el establecimiento había pasado á nuevas manos. «La verdad—pensó el
de San Eloy, remando otra vez hacia Puerta Cerrada por la acera de los
pares,—la verdad es que se va muriendo la gente. Hoy uno, mañana dos;
pero no se acaba el mundo, no; y vienen otros, y otros, y los que ayer
eran niños, hoy andan por aquí gobernando los _establecimientos_.» Del
fondo obscuro de una pollería, con el suelo ensangrentado y lleno de
plumas, desembocaron unas mujeres que debieron de reconocerle; así al
menos lo revelaba el pasmo que se pintó en sus semblantes, y el asombro
con que se santiguaban. Corrió la voz, cual reguero de pólvora, y antes
de que llegara á la tienda de las jeringas, algunas voces pronunciaron
el nombre de Torquemada. Él no hizo caso, y siguió, acordándose de
que era prócer, ricacho, y que no estaban bien las familiaridades con
aquella gente. Fijóse un instante en la vitrina donde se exponían,
en reluciente variedad, todos los tipos de lavativas y clisteles, y
un poco más allá hizo propósito de preguntar por el único amigo que
en aquellos barrios conservaba, y convidarse á tomar un bocado en su
establecimiento, si tenía la suerte de encontrarle en él. ¡Tendría
gracia que se hubiera muerto Matías Vallejo en el año transcurrido
desde la última vez que se vieron! «Bien podría ser, porque... todos
los días está pasando que antes de morirse uno, se mueren... los otros.»
Detúvose á contemplar una sucia vidriera de taberna, en la cual vió
el cazolón de judías con un moje colorado que tiraba para atrás, las
doradas sardinas, las amarillas ruedas de merluza, las chuletas del de
la vista baja, pringadas en tomate, las sartas de chorizos, con aquel
moho ceniciento y aquel cárdeno viso que acusan su prosapia española;
y estaba _dilucidando_ el señor Marqués si aquel bodegón sería ó no
sería el de Vallejo, cuando...