VIII

Levantóse, lleváronle el chocolate, y lo mismo fué verlo ante sí, que

le acometió una repugnancia intensísima, y la terrible idea asomó como

un diablillo que juega al escondite. «Aquí estoy—le dijo.—No tomes esa

pócima, si quieres vivir...»

—Ramón—dijo Torquemada á su ayuda de cámara.—No quiero el chocolate.

Díle al danzante de Chatillón que ese jarope se lo tome él, para que

reviente de una vez... Oye: desde mañana, que me traigan todos los

trebejos, y una lamparilla de espíritu: yo mismo haré aquí mi chocolate.

Su tenaz monomanía le sugirió un procedimiento lógico, en esta forma:

«Pero, ¿á qué me apuro, si es tan fácil probarlo? Un par de días me

bastarán para llegar al convencimiento claro de si me envenenan ó no

me envenenan. La cosa es facilísima. No tengo tranquilidad hasta no

asegurarme... _palmariamente_...»

Pidió su coche. Para evitar las preguntas y oficiosidades de Cruz,

que de fijo, al verle salir tan de mañana, habría de sorprenderse

y alarmarse, procurando por todos los medios impedir la salida,

quiso aprovechar los momentos en que la señora oía su primera misa.

¡Buena se pondría cuando supiera que el enfermo se había echado á la

calle en uso de su libérrima voluntad! ¡Y qué aspavimientos haría

la condenada! «Salir tan temprano, y sin desayunarse... ¡Y estando

tan delicadito!...» «Tú sí que estás delicadita... pero es de la

conciencia... Ya te daré yo remilgos...» Y antes de que concluyera la

misa, escapó como un colegial, con no poca sorpresa de la servidumbre,

que al ver salir al señor Marqués tan á deshora, después del largo

encierro, creyó que su enfermedad le había trastornado la cabeza.

Ordenó al cochero que le llevase _por las afueras_, sin designar sitio;

ansiaba respirar aire puro, ver caras nuevas, es decir, caras distintas

de las que diariamente veía en su casa, y espaciar su espíritu y sus

ojos. La mañana estaba hermosísima, risueño y claro el cielo, despejado

el ambiente. No bien salió el carruaje á las rondas, sintió Torquemada

que se le iba metiendo en el alma la placidez de aquel hermoso día de

Mayo; y al avanzar hacia los suburbios, cuanto veía, suelo y casas,

árboles y personas, se presentaba á sus ojos cual si hubieran dado á

la Naturaleza _una mano de alegría_, ó pintándola de nuevo. Así vió el

tacaño lo que veía: los transeuntes, gente de pueblo que habitaba en

aquellos arrabales, se le antojaron seres felices que iban por la calle

ó carretera pregonando con la expresión del rostro, más que con la

palabra, la dicha de que se hallaban poseídos en aquel día supremo.

Desde los altos de Vallehermoso mandó al cochero que descendiera á

las alamedas de la Virgen del Puerto, y allí se aventuró á dar un

paseíto á pie. Apoyándose en el bastón de puño de asta, recorrió

distancias considerables, gozoso de notarse con fuerzas para ello,

aunque claudicaba un poco, sus piernas no eran un modelo de seguridad,

y le dolían las plantas de los pies. Y para mayor dicha, no sentía

molestia alguna en el estómago, ni en el vientre, ni en parte alguna.

¡Si ni siquiera se enteraba de poseer tal estómago! En verdad, no hay

cosa más higiénica que los paseos matinales, ni nada que destruya

la naturaleza como encamarse y llenarse el cuerpo de asquerosos

medicamentos. Por supuesto, su familia tenía la culpa de que él hubiese

llegado á tal estremo en su dolencia, la cual no habría pasado de

una leve indisposición, si no le rodearan de tan estúpidos cuidados

y precauciones, si no le marearan con tanto mediquillo hablando del

_píloro_ y de la _diátesis_, y de tanto clérigo agorero hablando de la

muerte.

—¡Biblias pasteleras!—exclamó cuando ya llevaba una hora de renquear

por aquellas solitarias alamedas.—¿Pues no tengo apetito?... Sí, no

hay duda. Ó esto es apetito, ó yo no sé lo que me pesco. Apetito es, y

de los finos. Las señas son mortales. ¡Me comería yo ahora...! Vamos,

cosa de mucho peso no me comería; pero unas buenas sopas de ajo, ó

un arroz con bacalao, sí que me lo zampaba... Véase por dónde hice

bien en no tomar el chocolate en mi casa. En cuanto el estómago se

ha echado á la calle, ya es otro hombre, ya es otro estómago, _por

decirlo así_, y recobra su autonomía. Bien, bien... ¡Cómo me río yo

ahora de Cruz, y de Donoso, del propio _San Pedro_ con llaves y todo,

y de ese ladrón de cocinero, y de toda la taifa de mi casa-palacio!...

¡Ah, caserón de Gravelinas, déjate estar, que ya te arreglaré yo! Por

lo que me has hecho sufrir _en tu recinto_, yo te derribaré, después

de enajenadas todas _las Américas_, y venderé el solar que vale un

pico. Y que se vayan Cruz y el de las llaves á decir sus misas, y á

rezar sus letanías á otra parte... ¡Cuerno, pues esto pasa de castaño

obscuro! ¡Vaya un señor apetito que me está entrando! Es un apetito

_famélico_, como el que uno tiene cuando es muchacho, y vuelve de la

escuela... ¡Si me comería medio carnero!... Pero ¡ay! de sólo recordar

los bodrios á la francesa que hace Chatillón, parece que el estómago

quiere llamarse á engaño, y siento esas cosquillas que anteceden á las

ganas de vomitar... No, no: abajo la raza espúrea de los Chatillones

y compinches... Ya os arreglaré yo, grandísimos tunantes, si, como

_todo parece indicar_, resulta demostrado... Pero á bien que quizás no

seáis vosotros los culpables... ¿Qué interés podíais tener vosotros en

que yo _estirara la pata_ tan pronto? En otra parte habrá que buscar

la iniciativa del crimen... ¡Pero qué apetito tan bárbaro! ¿Qué mejor

síntoma de lo que sospeché y descubrí? El estómago echa las campanas

á vuelo desde que se ha visto lejos de aquella infame facción... y

con su alegre repicar me dice que coma, que coma sin miedo, libre ya

de clérigos y beatas, que lo mismo envenenan un alma que un cuerpo...

Y si yo, Francisco Torquemada, Marqués de San Eloy, me metiera en un

ventorrillo de esos que hay hacia los lavaderos, y pidiera un plato de

callos, ó unas magras con tomate, ¿qué diría la voz pública?... ¡já,

já! ¿qué diría el Senado si tal supiera? ¡já, já!... Lo cierto es que

me rejuvenezco... Bien dijo el que dijo que todo eso de Religión es

música, y que no hay más que Naturaleza... Naturaleza es la madre, la

médica, la maestra y la novia del hombre...

De sus desordenados pensamientos no podía derivarse ninguna acción que

no fuera un desatino, y en vez de volverse á casa, se pasó un gran

rato discurriendo dónde buscar la pitanza que su estómago con energías

juveniles le reclamaba. De pronto, como caballería que olfatea el

pesebre, pegó un respingo y enderezó las miradas del cuerpo y el alma

hacia el caserío de Madrid, que desde aquella parte apiñado se ve,

cien cúpulas y torres, Vistillas, puerta de Toledo, San Francisco, San

Cayetano, Escuela pía de San Fernando, etc... Sintió la querencia de

los sitios en que pasara los años mejores de su vida trabajando como

un negro, eso sí, pero en tranquila independencia, aquellos deliciosos

barrios del Sur, tan prolíficos, tan honrados, tan rumbosos, y con

tanta alegría en las calles como gracejo en las personas. Desearlo y

resolverlo fué todo uno, y el cochero arreó por la calle de Segovia

arriba, con orden de pararse en Puerta Cerrada.

Desde que se apeó el señor Marqués, empezó á fijarse en él la gente,

y cuando avanzaba despacito por la calle de Cuchilleros, cargando el

cuerpo sobre el bastón, como si anduviese con tres pies, hombres y

mujeres salían á las puertas de las angostas tiendas para mirarle. Los

más no le conocían: si su rostro había cambiado mucho en los últimos

tiempos, más había cambiado _la fisonomía del pueblo_. En los años

transcurridos desde que el usurero Torquemada trasladó su vida y sus

tráficos á otras esferas, casi teníamos una generación nueva. Pero

alguien, entre los antiguos, debió de conocerle sin duda; corrió la

voz entre el vecindario, y á cada minuto salían á las puertas más

y más personas. Recorrió toda la calle por la acera de los impares,

reconociendo las principales tiendas, que poca ó ninguna mudanza

ofrecían. En la acera de enfrente vió la casa en que había morado

la gran doña Lupe, y este recuerdo prodújole una fugaz emoción. Si

viviera _la de los pavos_, ¡cuánto se alegraría de verle!... ¡y cómo le

palpitaría el seno de algodón!

En una y otra acera reconoció, como se reconocen caras familiares y

en mucho tiempo no vistas, las tiendas, que bien podrían llamarse

históricas, madrileñas de pura raza: pollerías _de aves vivas_, la

botería con sus hinchados pellejos de muestra, el tornero, el plomista,

con los clisteles relucientes como piezas de artillería de un museo

militar, la célebre casa de comidas de _Sobrinos de Botín_, las tiendas

de navajas, el taller y telares de estera de junco, y por fin la

escalerilla, con su bodegón antiquísimo, como caverna tallada en los

cimientos de la Plaza Mayor. Ante él se detuvo un instante; pero la

curiosidad pegajosa de unas mujeres que á la puerta de la tal caverna

salieron, le hizo volver grupas y tirar para abajo. Con el dueño de

aquel figón tuvo buenas amistades D. Francisco en otros tiempos; pero

ya el establecimiento había pasado á nuevas manos. «La verdad—pensó el

de San Eloy, remando otra vez hacia Puerta Cerrada por la acera de los

pares,—la verdad es que se va muriendo la gente. Hoy uno, mañana dos;

pero no se acaba el mundo, no; y vienen otros, y otros, y los que ayer

eran niños, hoy andan por aquí gobernando los _establecimientos_.» Del

fondo obscuro de una pollería, con el suelo ensangrentado y lleno de

plumas, desembocaron unas mujeres que debieron de reconocerle; así al

menos lo revelaba el pasmo que se pintó en sus semblantes, y el asombro

con que se santiguaban. Corrió la voz, cual reguero de pólvora, y antes

de que llegara á la tienda de las jeringas, algunas voces pronunciaron

el nombre de Torquemada. Él no hizo caso, y siguió, acordándose de

que era prócer, ricacho, y que no estaban bien las familiaridades con

aquella gente. Fijóse un instante en la vitrina donde se exponían,

en reluciente variedad, todos los tipos de lavativas y clisteles, y

un poco más allá hizo propósito de preguntar por el único amigo que

en aquellos barrios conservaba, y convidarse á tomar un bocado en su

establecimiento, si tenía la suerte de encontrarle en él. ¡Tendría

gracia que se hubiera muerto Matías Vallejo en el año transcurrido

desde la última vez que se vieron! «Bien podría ser, porque... todos

los días está pasando que antes de morirse uno, se mueren... los otros.»

Detúvose á contemplar una sucia vidriera de taberna, en la cual vió

el cazolón de judías con un moje colorado que tiraba para atrás, las

doradas sardinas, las amarillas ruedas de merluza, las chuletas del de

la vista baja, pringadas en tomate, las sartas de chorizos, con aquel

moho ceniciento y aquel cárdeno viso que acusan su prosapia española;

y estaba _dilucidando_ el señor Marqués si aquel bodegón sería ó no

sería el de Vallejo, cuando...

Torquemada y San Pedro · 第 23 / 35 题