Obra de romanos era, en verdad, la tal reconciliación, y para poder
_llevarla á cabo_, como decía D. Francisco, hubo de intervenir
nuevamente, con más diplomacia que religión, el buen Gamborena,
asistido del excelente Donoso y de Rufinita. Por fin, Cruz y Torquemada
se juntaron á comer un día, y las paces quedaron hechas, mostrándose
ambos dispuestos á la concordia, aunque siempre reservados sobre los
puntos graves del cisma que los separó. Por dicha de todos, aquel día
tuvo el señor Marqués buen apetito, y comió de cuanto llevaron á la
mesa, sin que nada le hiciera daño, cosa rara, pues sus digestiones
habían llegado á ser harto difíciles.
No las tenía todas consigo el misionero, y tanto él como Donoso
sospechaban que la aproximación no era substancial, sino más bien
aparente, y que los corazones de ambos permanecían distante uno
de otro, lo que se confirmó en la práctica, á los pocos días de
establecido el _modus vivendi_, pues tales cosas pidió y quiso ejecutar
D. Francisco, que los mismos negociadores se asustaron. Quería nada
menos que licenciar los dos tercios de la servidumbre, dejando tan
sólo lo indispensable para la asistencia de las dos personas mayores y
del niño, y metiendo sin piedad la hoz de las economías en el personal
necesario para la limpieza y custodia de las riquezas artísticas.
Desmayada ya en sus ambiciones de autócrata, Cruz á todo se avenía.
La soledad en que la dejó la muerte de sus queridos hermanos, habíale
aplacado el orgullo, inspirándole la indiferencia y aun el desprecio de
las vanidades suntuarias. Le dolía, sí, que á las obras de arte no se
rindiera el debido culto; llevaba muy á mal la sordidez de su ilustre
cuñado, quien, con un pie en el sepulcro, desdoraba su nombre y casa,
por economizar sumas insignificantes en su colosal riqueza. En otras
circunstancias, Cruz habría tratado la cuestión con brío, segura de
salir victoriosa; en aquéllas no quiso dar batalla alguna, y con la
gravedad melancólica de un Emperador que se mete en Yuste, dijo á sus
buenos amigos Gamborena y Donoso:
—Que campe ahora por sus respetos. Justo es que ese bruto recobre,
en sus últimos años, la posesión de su voluntad cicatera. ¿Qué se
adelanta con mortificarle? Amargar sus últimos días, y predisponerle
mal para la muerte. No. Después de mí, él, y después de él, el diluvio.
¡Pobre casa de Gravelinas! Por mi gusto, me metería en un convento,
pues de nada sirvo ya, ni quiero intervenir en cosa alguna.
Realmente, Cruz, como heroina que en lucha formidable agotó sus
energías poderosas, hallábase á la sazón extenuada de voluntad, enferma
de desaliento. Había hecho tanto, había creado tantas maravillas, que
justo era permitirle descansar al séptimo día. La ingratitud de aquel
hombre, su discípulo, su hechura, no le amargaba la vida tanto como
debiera, sin duda porque con ella contaba, y porque su grande espíritu
se sentía más alto, viendo la distancia que aquella ingratitud ponía
entre el artista y su obra. Llegó, además, para la egregia dama, el
tiempo de mirar más á las cosas divinas que á las terrenas, evolución
natural de la vida en las circunstancias en que ella se encontraba,
sola, sin más afecto que el de su sobrinito (á quien amaba con inefable
lástima), con todas sus ambiciones cumplidas, la casa del Águila
restaurada, las venganzas de familia, que en su conciencia tomaban
carácter de inflexible justicia, satisfechas. Todo lo temporal estaba,
pues, realizado con creces: ocasión era de mirar á la otra parte de
los linderos obscuros de nuestra vida. La soledad, la tristeza, la
edad misma que ya rebasaba de los ocho lustros, la incitaban á ello;
y si algo faltara para acelerar la evolución, diéraselo la compañía
constante del gran misionero, el ejemplo de su virtud, y el oirle
preconizar la purificación del alma y los goces de la inmortalidad.
Á poco de morir Fidela, dióse Cruz á la lectura de escritores místicos,
y tal afición tomó á este regalo, que ya no podía pasarse sin él,
durante largas horas del día y de la noche. Le encantaban los místicos
españoles del siglo de oro, no sólo por la senda luminosa que ante sus
ojos abrían, sino porque en el estilo encontraba un cierto empaque
aristocrático, embeleso de su espíritu, siempre tirando á lo noble.
Aquella literatura, además de santa por las ideas era por la forma,
digna, selecta, majestuosa.
No tardó en pasar de los pensamientos á los actos, dedicando las horas
de la mañana y las primeras de la noche á prácticas religiosas en su
capilla, engolfándose en meditaciones y ejercicios. De los actos de
pura devoción pasó fácilmente á las obras evangélicas, y como el _modus
vivendi_ había separado su peculio del de Torquemada, pudo consagrar
libremente sus rentas á la caridad. Y por cierto que la practicaba
con una discreción y un tino que pudieran servir de modelo á toda la
cristiandad aristocrática. Verdaderamente, ¿en qué cosa había de poner
la mano aquella mujer tan intelectual y tan conocedora del mundo, que
no resultara la misma perfección? Aunque las colectividades benéficas
no eran muy de su gusto, no eludía los frecuentes compromisos de
pertenecer á ellas; pero reservaba sus energías y lo mejor de sus
recursos para campañas que emprendía sola, sin aparato ni publicidad de
ninguna clase. Vestía con sencillez, hacía pocas visitas de etiqueta, y
su coche era muy conocido en los barrios pobres. No hay para qué decir
que Gamborena, encantado de la aplicación de su discípula, traíale
notas y noticias de miserias vergonzantes ó de males desgarradores,
para que la dama se encontrase la mitad del trabajo hecho, y no tuviese
que afanarse tanto.
Bien quisiera ella mostrar su espíritu evangélico en las proporciones
de sublime virtud que las vidas de santos nos ofrecen. Mas no era
culpa suya que la regularidad de la existencia, en nuestro perfilado
siglo, imposibilite ciertos extremos. Con fuerzas se sentía la noble
dama para imitar á la santa Isabel de Murillo, lavando á los tiñosos,
y tan cristiana y tan señora como ella se creía. Pero tales ambiciones
no era fácil que se viesen satisfechas; el mismo Gamborena no se lo
habría permitido, por temor á que padeciera su salud. Ello es que su
imaginación se exaltaba más de día en día, y que su voluntad potente,
no teniendo ya otras cosas en qué emplearse, se manifestaba en aquélla,
para gloria suya y de la idea cristiana.
No descuidaba por esto Cruz ciertas obligaciones de la casa que, según
el _modus vivendi_, corrían á su cargo. La limpieza del heredero, sus
comidas, sus ropas, sus juegos, todo era vigilado y dispuesto por
la señora con maternal solicitud, y lo mismo habría hecho con su
educación, si educación fuera posible con aquel desdichado engendro,
que cada día era más indócil, más bruto, y más desposeído de todo
gracejo infantil. Pero si su tía Cruz le cuidaba con esmero en el
orden material, sin que en ello se conociera la falta de la madre, no
pasaba lo mismo en otros órdenes, porque Valentinico no tenía ya quien
le comprendiese, ni quien tradujera su bárbaro lenguaje, ni quien
_creyera_ en su porvenir de persona humana. Privado de inteligencia y
de sensibilidad, el pobre salvaje no apreciaba el vacío que en torno
suyo dejó su buena mamá, que le hacía caricias con toda el alma,
buscando siempre el ángel en los ojos del animalito. De D. Francisco no
hablemos. Aunque le amaba también, como sangre de su sangre y hueso de
sus huesos, veía en él una esperanza absolutamente fallida, y su cariño
era como cosa oficial y de obligación.
En tanto iba creciendo el heredero, y su cabeza parecía cada vez más
grande, sus patas más torcidas, sus dientes más afilados, sus hábitos
más groseros, y su genio más áspero, avieso y cruel. Daba mucha guerra
en la casa: su tía le consagraba tanta paciencia, que no quedaba en
su alma sitio para el cariño. Si enfermaba, le asistía con afán,
deseando salvarle, y el monstruoso niño sanaba rápidamente en todos
sus arrechuchos, y de cada una de aquellas crisis salía más apegado á
la tierra y á la animalidad. En lo único que adelantó algo fué en el
lenguaje, pues al fin la niñera le enseñó á articular muchas sílabas,
y á pronunciar toscamente las palabras más fáciles del idioma.
Al mes escaso de hallarse en vigor el _modus vivendi_, ya D. Francisco,
agriado por sus dolencias, que se le exacerbaron á la entrada de la
primavera, empezó á _barrenarlo_, alterando alguna de las principales
bases. Muy conforme, al principio, con que Cruz no se metiera en sus
cosas, dió él en meterse en las que eran de exclusiva incumbencia
de la dama. En las economías de personal creyó ver intenciones de
_fastidiarle á él_, quitándole servicio, mientras la otra lo aumentaba
para sí. Además, le cargaba ver á todas horas la caterva de clérigos
y beatas, que tomaba por asalto el palacio y la capilla. Porque la
capilla era suya, y francamente, debían tenerle la consideración de
no hacer uso de ella sino en los domingos y fiestas de guardar. Le
molestaba el ruido de tantas devociones, y el organito, y los cánticos
de las niñas que iban allí cada lunes y cada martes, con pretexto de
religión, y en realidad para verse y codearse con sus novios. Vamos, no
quería que su capilla sirviese para escandalizar...
Estas y otras barbaridades, que soltó el Marqués de San Eloy una
mañana, con boca grosera y modales descompuestos, fueron reprendidas
por el padre Gamborena, que al fin tuvo que incomodarse. Amoscóse el
otro, que padecía horrorosamente del estómago; subieron ambos de tono;
salió el misionero por la tremenda; replicó el tacaño con palabras
amarguísimas mezcladas con las quejas de su arraigada dolencia, y por
fin el padrito le dijo:
—Está usted hoy imposible, señor Marqués. Pero discúlpese con su
malestar, y quizás no tenga yo nada que contestarle. Sí; le contestaré
que urge llamar al médico, á los mejores, y ponerse en consulta. Su
enfermedad le enturbia el ánimo, y le obscurece la razón. Perdónanse al
enfermo los disparates que le hace decir su mal. No es él quien habla,
sino el hígado alterado, la bilis revuelta.
—Eso digo yo, Sr. Gamborena, la bilis; y siendo tan sencillo llevarla
en su sitio, ¿por qué estoy malo? ¡Ah! porque con esta vida, no es
posible la salud. No tengo nadie que me cuide, nadie que se interese
por mí. Si viviera mi Fidela, ó mi Silvia, si me vivieran las dos, otro
gallo me cantara. Pero aquí me tienen abandonado, en mi propia casa,
en medio de este palaciote que se me cae encima y me agobia el alma.
Porque ya ve usted, me he sacrificado _en aras_ de la paz doméstica, y
nadie se sacrifica _en aras_ de mi bienestar. ¿Cómo he de tener salud,
con los condumios de esta casa, que harían perder el apetito á una
pareja de _Heliogábalos_? Me están matando, me están asesinando poquito
á poco, y cuando uno sufre y revienta de dolor, _venga de_ organillo,
y de canticios de monjas, que me encienden la sangre y me rallan las
tripas.