—¿Por qué?
—Porque yo me había propuesto no marcharme á casa sin ver á usted,
y he aquí que mi señor Marqués anticipa su vuelta, quizás por razón
del frío... aunque bien pudiéramos creer que le ha mandado Dios media
horita antes de costumbre, para que oiga lo que tengo que decirle.
—¿Tan urgente es?... Entremos.
—¿Que si es urgente? Ya lo verá. Urgentísimo. Pensaba yo que no se me
escapara usted esta noche sin aguantar una nueva jaqueca de este pobre
clérigo. ¡Qué quiere usted! Cada uno á su oficio. El de mi Sr. D.
Francisco es ganar dinero, el mío es decir verdades, aunque éstas sean,
por su misma sencillez elemental, algo fastidiosas. Prepárese, y tenga
paciencia, que esta tarde voy á ser un poquito duro.
Arrellenándose en la butaca, frente al sacerdote, Torquemada no
contestó más que con un gruñido, significando así que se preparaba, y
se revestía de paciencia como de una coraza.
—Los que ejercemos este penoso ministerio—dijo Gamborena,—estamos
obligados á emplear las durezas cuando las blanduras no son muy
eficaces que digamos. Ya usted me conoce. Sabe cuánto respeto y
quiero á esta noble familia, á usted, á todos. Con el doble carácter
de evangelizador y de amigo, me permitiré, pues, decir las cosas
claritas. Yo soy así; ó me toman ó me dejan. Por la misma puerta por
donde entro cuando me llaman, salgo si me arrojan. Despídame usted, y
me iré tranquilo por haber cumplido con mi deber, triste por no haber
logrado el fin moral que deseo. Y también le advierto que no sé gastar
muchos cumplidos cuando se trata de faltas graves que corregir, y noto
rebeldía ó testarudez en el sujeto. Más claro: que no hago caso de
jerarquías, ni de respetabilidades, sean las que fueren, porque ante
la verdad no hay cabeza que no deba humillarse. No extrañe, pues, mi
Sr. D. Francisco, que en el asunto que aquí nos reune, le trate como
á un chiquillo de escuela... No, no hay que asustarse: he dicho «como
á un chiquillo de escuela», y no me vuelvo atrás, porque yo, aunque
nada soy en el mundo, ahora, por mi ministerio, maestro soy, y de los
más impertinentes, y usted frente á mí, mediando el caso moral que
media, no es el señor Marqués, ni el millonario, ni el respetabilísimo
senador, sino un cualquiera, un pecadorcillo sin nombre ni categoría,
que necesita de mi enseñanza. Á ella voy, y si doy palmetazo que duele,
aguantar y á corregirse.
—Á ver por dónde sale este _tío_—dijo Torquemada para su sayo, tragando
saliva, y revolviéndose en el sillón. Y luego, en alta voz, con cierta
displicencia:—Bueno, señor mío, diga pronto lo que...
—¡Si usted lo sabe! ¿Apostamos á que lo sabe?
—Alguna encomienda fastidiosa de mi señora hermana política. Á ver:
_plantee usted la cuestión_.
—La cuestión que planteo es que usted ofende á Dios gravemente, y
ofende también á la sociedad, alimentando en su corazón el odio y la
soberbia... el odio, sí, contra esa santa mujer, que ningún daño le
ha hecho... al contrario, ha sido para usted un ángel benéfico, y
ese aborrecimiento infame con que paga las atenciones que de ella ha
recibido, y esa soberbia con que se aleja de su compañía y de su trato,
son pecados horribles con que usted ennegrece su alma y la prepara para
la condenación eterna.
Dijo esto el misionero con tan soberana convicción, con énfasis
tan pujante en la palabra y el gesto, que no parecía sino que le
acuchillaba, cosiéndole á cintarazos con una luenga y cortante espada.
El otro se tambaleó, aturdido á los golpes, y de pronto no supo qué
decir, ni hacer otra cosa que llevarse las manos á la cabeza. Pero no
tardó en volver sobre sí, y la bilis y destemplanza de sus tiempos
tristes se le recargaron prontamente. Hallábase, además, aquel día,
de mal talante, por no ver claro en cierto negocio: ésta y las
otras causas despertaron en él, de súbito al hombre grosero. Fué un
espectáculo tristísimo verle resurgir, cuadrarse, y contestar con
flemática impertinencia:
—¿Pero usted, señor cura, qué tiene que ver si hablo ó no hablo con mi
cuñada? ¿Quién le mete á usted en cosas que no tocan á la conciencia,
sino á la libre voluntad del _derecho del individuo_? Esto es abusar,
_¡ñales!_ Esto no lo aguanto yo, ni lo aguantaría ninguna personalidad
de medianas circunstancias y luces.
—Pues lo dicho dicho, señor Marqués—replicó el otro con entereza.—Hablo
como padre de almas. Usted rechaza la exhortación. Enhorabuena, y con
su pan se lo coma. Repítalo usted, repita que no se digna oirme, y verá
qué pronto le dejo en paz, quiero decir, en guerra con su conciencia,
¡con su conciencia! un fantasma que de fijo no tiene la cara muy bonita.
—No, yo no he dicho que se vaya...—balbuceó Torquemada,
serenándose.—Hable usted si quiere. Pero no me convencerá.
—¿Que no?
—Que no. Porque yo tengo mis razones para romper todo trato con esa
señora—dijo el tacaño, volviendo á su ser normal, y rebuscando en su
mente la fraseología fina.—Yo no niego que la _distinguida_ señora del
Águila haya _llevado á cabo_ reformas _beneficiosas_ en la casa; pero
ella es causante de que las economías sean aquí la _tela de Penélope_.
Lo que yo economizo en un año, ella lo espolvorea en cuatro días.
—¡Siempre la mezquindad, siempre los hábitos de miseria! Yo sostengo
que sin la dirección de Cruz, no habría llegado usted á poseer lo que
posee. La razón de ese odio, señor mío, no es la distribución del
miserable ochavo. Lo que pasa en el alma del señor Marqués de San
Eloy, ni él mismo lo sabe, porque sabiendo tantas cosas, no acierta á
leer en sí mismo. Pero yo lo sé, y voy á decírselo bien claro. Estos
misterios del humano espíritu no suelen revelarse al conocimiento del
que los lleva dentro, sino más bien á la penetración de los que atisban
desde fuera. La causa de la aversión diabólica que usted profesa á su
hermana es la superioridad de ella, la excelsitud de su inteligencia.
En ella todo es grande, en usted todo es pequeño, y su habilidad para
ganar dinero, arte secundario y de menudencias, se siente humillada
ante la grandeza de los pensamientos de Cruz. Es usted (á ver si me
explico), en esta industria de los negocios el simple obrero que
ejecuta, ella la cabeza superior que concibe planes admirables. Sin
Cruz no sería usted más que un desdichado prestamista, que se pasaría
la vida amasando un menguado capital con la sangre del pobre. Con ella
lo ha sido todo, y se ha empingorotado á las alturas sociales. Pero es
cosa muy común en la vida, que el ambicioso triunfante no reconozca
la potencia que le alzó del polvo hasta las nubes, sobre todo si este
ambicioso es simple brazo, y quien le levantó es inteligencia. El odio
de los miembros inferiores á la cabeza es achaque muy viejo en el
cuerpo social... Ejemplos hay en grande y en chico, en los organismos
humanos y en las familias, y este ejemplo que tengo delante es de tal
claridad, que si usted mismo no lo ve, será porque no quiere verlo.
—Pues yo—dijo D. Francisco, abrumado por la elocuencia contundente
del bendito clérigo,—le aseguro á usted que no _abrigo_..., no, no
puedo _abrigar_ tal sentimiento. Ni veo yo tanta inteligencia en la
señora doña Cruz. Para discurrir mi senaduría y el marquesado, y para
_inventar_ la compra de estas _Américas de buen gusto_, no se necesita
ser hija de los siete sabios de Grecia, ni abuela de las nueve musas,
_por decirlo así_. Cierto que no es lerda. _Cúmpleme declarar_ que
posee cierto gancho para el discurso, y que cuando saca contra uno todo
el intríngulis de su _facultad perorativa_, vuelve loco al Verbo.
—No quiero entrar en una discusión sobre este punto, ni he de
demostrarle que tiene usted conciencia de su inferioridad ante Cruz,
porque esta conciencia bien á la vista está. ¿Admite usted que el odio
existe?
—Ella será quien lo _abrigue_.
—No, ella no: Usted...
—Pues bien—dijo Torquemada más sereno, dándose á partido;—yo
confieso que no nos queremos bien, ni yo á ella, ni ella á mí. Pero
la _concausa_, el argumento que usted _aduce_..., ¡oh! eso sí que
no lo admito. Yo tengo mis quejas, yo tengo razones que _abonan mi
conducta_ en esta materia. _Hago caso omiso_ de sus _tendencias_
á la ostentación, y me fijo tan sólo en su afán de contrariar mi
_prerrogativa_, de no permitir que se haga en la casa nada de lo que
yo mando, como si cuanto yo mandara fuera una _deficiencia_. Nada, es
que me tiene tirria, una tirria _sui generis_, como si creyera que yo,
disponiendo esto ó lo otro me había de lucir. Para ella no hay acierto
ni sentido común más que en lo que ella _dictamina_.
—No es verdad, no es verdad. Ea, señor don Francisco, pasemos ya de
las palabras á los hechos, y reconocida la llaga, probemos á curarla
radicalmente—dijo el eclesiástico con dulzura, posando sus manos en
las rodillas del Marqués.—Es preciso, sin pérdida de tiempo, matar ese
odio, destruirlo, aplastarlo, como á un reptil venenoso, cuya picadura
ocasiona la muerte.
—Pues por mí... La que odia es ella, no yo.
—El que odia es usted; y de usted debe partir la iniciativa de la
reconciliación. Mas para facilitarla, yo propongo que cada cual
sacrifique algo de su amor propio. No haya, pues, escenas enfadosas, ni
explicaciones. Se reunirán en la mesa uno de estos días, y se hablarán,
como si nada hubiera pasado.
—Corriente—dijo D. Francisco.—Pero antes, fíjese una _línea de
conducta_...
—Eso allá ustedes. Como sacerdote, yo procuro las paces, las propongo,
las solicito. Hablo á los corazones, no á los intereses. Que uno y otro
piensen en Dios y se reconozcan hermanos, y vivan en la concordia y el
amor. Conseguido esto, traten ampliamente de las prerrogativas de cada
uno, y de los presupuestos de la casa, las economías y toda esa música.
Tenga usted presente, que si la reconciliación es puramente externa
y de fórmula, si celebrando un convenio, ó _modus vivendi_, para
figurar ante el mundo la cordialidad de relaciones, continúa el rencor
escondido en el alma, nada se adelanta. Engañará usted á la sociedad, á
Dios no. Sin la pureza de la voluntad, mi señor D. Francisco, no podrá
aspirar, ya se lo dije en otra ocasión, á los bienes eternos.
—¡Dale, bola...!
—Sí, sí, y antes se cansará usted de ser malo que yo de reprenderle
y exhortarle. En resumen señor mío: no basta que usted haga paces de
comedia con su hermana política, y le hable, y se concuerden para el
gobierno. Es preciso que le perdone usted cuantas ofensas crea haber
recibido de ella, y que el aborrecimiento se convierta en amor, en
fraternal cariño.
—Y si no puedo conseguir eso—preguntó Torquemada con viva
curiosidad,—¿qué me pasará?
—Bien lo sabe usted, pues aunque ignora muchas cosas esenciales, no
creo que se le haya olvidado el A B C de la doctrina cristiana.
—Ya, ya—indicó el tacaño con afectado humorismo de librepensador.—Para
los que aman es el Cielo, y el Infierno para los que aborrecen. Por
mucho que usted me predique, padrito, no me convencerá de que yo he de
condenarme.
—Eso... usted verá.
—No, si ya lo tengo bien visto. ¡Pues no faltaba más! ¡Condenarme! En
cierta ocasión me dijo usted que las puertas del Cielo no se abrirían
para mí, y... vamos, aquello me afectó. Algunas noches me pasé sin
dormir, devanándome los sesos, y diciéndome: «pero yo _¡ñales!_ ¿qué
he hecho para no salvarme?...»
—Vale más que se pregunte usted: «¿qué hago yo para merecer mi
salvación?» Me veo obligado á repetírselo, señor Marqués. Para ese fin
sin fin no hace usted nada, ó hace todo lo contrario de lo que debiera.
¿Tiene usted fe? _No padre._ ¿Cree usted lo que todo buen cristiano
está obligado á creer? _No padre._ ¿Sofoca usted sus malas pasiones,
destierra de su alma el rencor, ama usted á los que debe amar? _No
padre._ ¿Pone frenos al egoísmo, haciendo todo el bien posible á sus
semejantes? _No padre._ ¿Distribuye entre los menesterosos las enormes
riquezas que le sobran? _No padre._ Y el hombre que de tal modo se
conduce, el hombre que, próximo ya al fin de la vida, no se cura de
purificar su conciencia y de sanarla de tanta podredumbre, se atreve
á decir: «que me abran la puerta de la morada celestial, pues allá
voy yo, dispuesto á empujarla con mis manos puercas, ó á sobornar al
portero, que para eso me hizo Dios millonario, y marqués, y personaje
_eximio_...»
V
Reíase D. Francisco, afectando regocijarse con la broma; pero se reía
de dientes afuera; que por dentro, sábelo Dios, le andaba como un
diablillo vivaracho que se le paseaba por toda el alma causándole susto
y turbación.
—Ría, ría usted, y écheselas de filósofo y de espíritu fuerte—le dijo
Gamborena,—que ya me lo dirá luego.
—¿Pero de donde saca usted, mi señor misionero, que yo no creo?
—¿Cumple usted con la Iglesia?
—Hombre, le diré á usted...
—¿Á qué espera? Á fe que es usted un jovenzuelo rebosando salud, para
que pueda decir como otros tales: «tiempo hay, tiempo hay.»
—No, ya sé que no hay tiempo—dijo el tacaño con súbita tristeza, y
sintiendo que la afectada risa se resolvía en contracciones dolorosas
de los músculos de su cara.—Esta máquina se descompone, y aquí dentro,
hay algo que... que...
—Dígalo claro, algo que le aterra... Naturalmente, ve usted la pérdida
de los bienes materiales, el término de la vida. Los desdichados que no
saben ver el más allá, ven un vacío... un vacío, ¡ay! que seguramente
no tiene nada de agradable... Ea, mi señor Marqués, ¿quiere usted, sí ó
no, que los últimos días de su vida sean tranquilos; quiere usted, sí ó
no, prepararse para mirar con ánimo sereno el trance final, ó el paso
de lo finito á lo infinito? Respóndame pronto, y aquí me tiene á su
disposición.
—Pues hablando en plata—replicó el de San Eloy, con ganas de rendirse,
pero buscando la manera de hacerlo sin sacrificio de su amor propio,—yo
acepto cualquier solución que usted _formule_. Dificilillo le será
convencerme de ciertas cosas. Por algo la desgracia le ha hecho á uno
filósofo. Aquí, donde usted me ve, yo soy _muy científico_, y aunque no
tuve estudios, de viejo he mirado mucho las cosas, y estudiado en los
hombres y en los _fenómenos naturales_... Yo miro mucho al _fenómeno
práctico_ donde quiera que lo cojo por delante. _Ahora bien_: si ello
consiste en ser uno bueno, téngame á mí por un pedazo de pan. ¿Hay que
dar algo á los necesitados? Pues no hay inconveniente. Con que... ya
tiene usted á su salvaje convertido.
—Poquito á poco. No es cosa de coser y cantar. Pero no quiero
atosigarle, y hoy por hoy, me contento con la buena disposición. Seré
su conquistador, y le atacaré con cuantas armas hallo en mi arsenal
evangélico.
—Corriente—dijo D. Francisco, volviendo á tomar el airecillo de
senador enfatuado que discute un punto de administración ó de política
menuda.—Conste que desde hoy mi _objetivo_ es ganar el Cielo, ¿eh?
Ganarlo digo, y sé muy bien lo que significa _la especie_.
—Que no es lo mismo que ganar, dos, tres mil, cien mil duros, en una
operación. El dinero se gana con la inteligencia, con la travesura,
á veces con perfidia y malas artes; el Cielo se gana con las buenas
acciones, con la pureza de la conciencia.
—Todo ello es facilísimo, _en mi sentir_. Y aquí me tiene dispuesto
á obedecerle en cuanto quiera mandarme, tocante al dogma y á la
conciencia.
—Está bien.
—Pero siempre es uno filósofo y científico... no se puede remediar.
De poeta no tengo ni _un ápice_, gracias á Dios. Me da por pensar, y
_dilucido_ á mi manera el fenómeno de acá y de allá. La duda me pica, y
francamente, duda uno sin sospecharlo, sin quererlo. ¿Por qué duda uno?
Pues porque existe, ea. Seamos científicos, no poetas. El poeta es un
gaznápiro que tiene el aquel de las palabras bonitas, un alcornoque que
echa flores, ¿me entiende usted? Pues sigo. Vamos á hacer un arreglo,
señor Gamborena.
—¿Un arreglo? Aquí no hay más arreglo que poner usted su conciencia en
mis manos y dejarse llevar.
—Á eso voy—y diciendo esto, acercó el marqués su sillón al del
sacerdote, para poder darle palmaditas en las rodillas.—Francisco
Torquemada está dispuesto á dejarse gobernar por el padre Gamborena,
como el último de los _párvulos_, siempre que el padre Gamborena, le
garantice...
—¿Qué es eso de garantizar?
—Calma. Soy muy claro cuando trato de negocios... Es en mí inveterada
costumbre el ponerlo todo muy clarito, y atar bien los cabos...
—Pero el negocio del alma...
—Negocio del alma, _por decirlo así_... Aludo á la _entidad_ que
llamamos ánima, que suponemos es un capital cuantioso y _pingüe_, el
primero de los capitales.
—Bueno, bueno.
—Y naturalmente, yo, tratando de la colocación de ese saneado capital,
y de asegurarlo bien, tengo que discutir con toda minuciosidad las
condiciones. Por consiguiente, yo le entrego á usted lo que me exige,
la conciencia... Bueno... Pero usted me ha de garantizar que, una
vez en su poder mi conciencia toda, se me han de abrir las puertas
de la Gloria eterna, que ha de franqueármelas usted mismo, puesto
que llaves tiene para ello. Haya por ambas partes lealtad y buena fe
¡cuidado! Porque, francamente, sería muy triste, señor misionero de mis
entretelas, que yo diera mi capital, y que luego resultara que no había
tales puertas, ni tal Gloria, ni Cristo que lo fundó....
—¿Con que nada menos que garantía?—dijo el clérigo montando en
cólera.—¿Soy acaso algún corredor, ó agente de Bolsa? Yo no necesito
garantizar las verdades eternas. Las predico. El pecador que no las
crea, carece de base para la enmienda. El negociante que dude de
la seguridad de ese Banco en que deposite sus capitales, ya se las
entenderá luego con el demonio... Hay que tener fe, y teniéndola,
hallará usted la garantía en su propia conciencia... Y, por último,
no admito bromas en este terreno, y para que nos entendamos, olvide
usted las mañas, los hábitos y hasta el lenguaje de los negocios. Si
no, creeré que es usted cosa perdida, y le abandonaré á las tristezas
de su vejez, á los temores de su mala salud, y á los espantos de su
conciencia llena de sombras.
Pausa. D. Francisco se echó para atrás en el sillón, y se pasó las
manos por los ojos.
—Penétrese usted de las grandes verdades de la doctrina, tan
fáciles, tan sencillas, tan claras, que la inteligencia del niño las
comprende—dijo el misionero con bondad,—y no necesitará que yo le
garantice nada. Yo podría decir: «Respóndame usted de su enmienda, y
las puertas se abrirán.» Lo primero es lo primero. Pero usted, como
buen egoísta, quiere que vaya por delante la seguridad de ganancia. Le
dejo á usted para que piense en ello.
Levantóse el padrito; pero Torquemada le agarró por un brazo,
obligándole á sentarse.
—Un ratito más. Quedamos en que me reconciliaré con Cruz. La idea es
_plausible_. Por algo se empieza.
—Sí, pero con efusión del alma, reconciliación verdad, no de dientes
afuera.
—Pues mire usted, trabajillo me ha de costar, si ha de ser en
esos términos y con todo el rigor de las condiciones _sine qua
nones_... En fin, se hará lo que se pueda, y por el pronto, hablemos
_reiteradamente_ de estas cosas, que me _ensimisman_ más de lo que
parece. Yo sostengo que debe uno pensar en ello, y prepararse por lo
que pueda tronar. Al fin y á la postre, usted, reverendísimo señor _San
Pedro_, me abrirá la puerta, pues por algo somos amigos, y...
—Ni yo soy el portero celestial—dijo Gamborena cortándole la
palabra,—ni, aunque lo fuera, abriría la puerta para quien no
mereciese entrar. Tiene usted la cabeza llena de consejas ridículas,
de cuentos irreverentes y absurdos.
—Pues ya que habla de cuentos, voy á referirle uno muy viejo que puede
interesarle. El por qué y el cómo y cuándo de esta costumbre que tengo
de llamarle á usted _San Pedro_.
—Venga, venga.
—Se ha de reir. Es una tontería. Cosas de nuestra imaginación, que es
la gran cómica. Parece mentira que siendo uno tan _científico_, y no
teniendo pizca de _poeta_, se deje embaucar por esa loquinaria. Pues
ello pasó hace muchos años, cuando yo era un pobre, ó poco menos, y me
cayó enfermo el niño, de aquella perra enfermedad que se lo llevó, un
ataque á la cabeza, _vulgo meningitis_[*]. No sabiendo qué hacer para
conseguir que Dios me salvara al hijo y _abrigando_ mis sospechas de
que lo mismo el Señor que los santos me tenían entre ojos porque era un
poquitín tirano para los pobres, se me ocurrió que variando de conducta
y haciéndome compasivo, _los señores de arriba_ se apiadarían de mi
aflicción. Generoso, y aun despilfarrado y manirroto fuí. ¿Cree usted
que me hicieron caso? Como si fuera un perro... ¡Y luego dicen...! Más
vale callar.
[*] _Torquemada en la Hoguera._
—La caridad debe practicarse siempre y por sistema—dijo el clérigo con
severidad dulce,—no en determinados casos de apuro, como quien pone
dinero á la Lotería con avidez de sacar ganancia. Ni se debe hacer
el bien por cálculo, ni el Cielo es un Ministerio, al cual se dirigen
memoriales para alcanzar un destino. Pero dejemos esto, y adelante.
—Á lo que iba diciendo. Salía una noche, desesperado y hecho un
demonio, quiero decir, afligidísimo, porque el niño estaba muy grave.
Resuelto iba á dar limosna á todo pobre que cogiera por delante. Y así
lo hice, me lo puede creer. Repartí porción de perras grandes y chicas,
_amén_ de los cuantiosos beneficios que había hecho aquella mañana
en mi casa de la calle de San Blas, perdonando picos de alquileres,
y dando respiro á los inquilinos morosos... gente mala, ¡ay! gente
muy mala, entre paréntesis... Pues, como digo, iba yo por la calle de
Jacometrezo, y allá, cerca del Postigo de San Martín me encontré á un
vejete que pedía limosna tiritando de frío. Estaba el pobrecillo en
mangas de camisa, viéndosele el pecho velludo, los pies descalzos, la
poca ropa que llevaba toda hecha girones. Me dió mucha lástima. Hablé
con él, y le miré bien á la cara. Y aquí entra la primera parte de la
gracia del cuento, que si no fuera por el chiste, _vulgo_ coincidencia,
no merecería ser contado.
—¿Tiene dos partes la gracia?
—Dos. La primera coincidencia es que aquel hombre se me pareció á un
_San Pedro_, imagen de mucha devoción, que podrá usted ver en San
Cayetano, en la primera capilla de la derecha, conforme se entra. La
misma calva, los mismísimos ojos, el cerquillo rizado, las facciones
todas, en fin, San Pedro vivo y muy vivo. Y yo conocía y trataba á la
imagen del apóstol como á mis mejores amigos, porque fuí mayordomo de
la cofradía de que él era patrono, y en mis verdes tiempos le tuve
cierta devoción. San Pedro es patrono de los pescadores; pero como
en Madrid no hay hombres de mar, nos congregábamos para darle culto
los prestamistas que, en cierto modo, también somos gente de pesca...
Adelante. Ello es que el pobre haraposo era igual, exactamente igual al
santo de nuestra cofradía.
—¿Y le dió usted limosna?
—¡Toma! Le dí mi capa. ¿Pues qué se creía usted? Yo no las gasto menos.
—Está bien.
—Pero, _seamos justos_, no le dí la capa que llevaba puesta, que era el
número uno, sino otra vieja que tenía en casa. Para él buena estaba.
—Siempre es un acto muy meritorio, sí señor... ¡vaya!
—Pues se me quedó tan presente en la memoria la cara de aquel hombre,
que pasaron años y años, y no le podía olvidar; y cambié de fortuna y
de posición, y siempre con aquel maldito santo, fresco y vivo en mi
magín. Pues señor, pasa tiempo, y un día, cuando menos en ello pensaba,
se me presenta otra vez en carne y hueso, con alma, con vida, con voz,
la misma _entidad_, aunque con traje muy distinto. Aquí tiene usted la
segunda parte de la gracia del cuento. Mi _San Pedro_ era usted.
—Sí que es gracioso. ¿De modo que me parezco...?
—Al que me pidió limosna aquella noche, y _por ende_, al santo apóstol
de marras.
—¿Y aquel San Pedro tenía llaves?
—¡Vaya! y de plata, como de una tercia.
—Pues en eso no nos parecemos.
—La cara es la misma, esa calva, esas arrugas, el cerquillo, los ojos
como alumbrados, y las facciones todas, boca y nariz, y hasta el metal
de voz. Sólo que aquél no se afeitaba, y usted sí... ¡Pero qué parecido
tan atroz, Señor! El día que usted entró en casa, yo me asusté, crea
que me asusté, y se lo dije á Fidela, sí, le dije: «Este hombre es el
demonio.»
—¡Jesús!
—No, fué un dicho, nada más que un dicho. Pero me dió qué pensar, y
todo se me volvía discurrir si usted tenía llaves ó no tenía llaves.
—No las tengo—dijo Gamborena festivo, levantándose.—Pero para el
caso de conciencia es lo mismo. No se apure. Las llaves las tiene
la Iglesia, y quien puede abrir aquellas puertas, me transmite á mí
su poder y á todos los que ejercemos este ministerio divino. Con
que disponerse para la entrada. ¿Quedamos en que se efectuará la
reconciliación?
—Quedamos en ello. ¿Pero se va ya?
—Sí; que ustedes van á comer. Es muy tarde. Reconciliación verdad. De
lo demás hablaremos pronto, pues me parece que no estamos para dar
largas al asunto.
—No. Desde hoy, la cuestión queda _sobre el tapete_. Y usted tratará de
ello cuando guste.
—Bueno. Adiós. Me ha hecho gracia el cuento. Tenemos que repetir lo de
la capa, quiero decir, que yo se la pido á usted otra vez, y tiene que
dármela.
—Corriente.
—Si no, no hay llaves. Y crea usted, amigo mío, que lo que es aquella
puerta no se abre con ganzúa.