Herido en lo profundo por aquel golpe, el Marqués viudo de San Eloy
pagó á la naturaleza física el tributo que su dolor le imponía, pues
alguna vez había de desmentirse la robustez fisiológica, que con el
desgaste de los años iba ya de capa caída. Un mes de enfermedad _le
costó la broma_, según decía, viéndose obligado á dar de mano á los
negocios, y á cuidar tan sólo de echarse _tapas y medias suelas_
para poder continuar en sus trajines de acuñador de caudales. Se
le agravó aquel síntoma fastidioso que llamaba _abombamiento de la
cabeza_, y que unido á la pérdida casi absoluta de la memoria después
de comer, le ponía en gran desesperación. Pero lo peor fueron los
vértigos que inesperadamente le acometían, y que le privaron de ir
al Senado, y aun de salir á la calle. Sin hacer caso de Quevedito,
propinábase depurativos, que á poco le agravaron el mal. Más atención
que al médico, prestaba á los amigos que le recomendaban éste y el
otro específico. Probábalos todos, y como con alguno le resultase una
mejoría engañosa y casual, lo tenía por excelente, infalible panacea.
Pronto venía el desengaño, y á probar nuevas drogas, rechazando siempre
el dictamen facultativo, pues no podía ver á los médicos ni en pintura.
«Así como la desgracia le hace á uno _filósofo_—decía,—la enfermedad
nos hace catedráticos de Medicina. Yo sé más que todos esos mata-sanos,
porque me observo á mí mismo, y sé cuando me conviene _abrir las
válvulas_ y cuándo no.»
En lo moral, veíanse más claramente que en lo físico los estragos
del mal desconocido que le minaba, porque si siempre fué hombre de
malas pulgas, en aquella época gastaba un genio insufrible. Con todo
el mundo reñía, grandes y chicos, parientes y servidores; su hija
y yerno necesitaban la paciencia de Cristo para soportarle, y sus
malas cualidades, la sordidez, la desconfianza, la crueldad con los
inferiores, se acentuaron de un modo que imponía miedo á cuantos le
rodeaban. Su pesimismo no podía contenerse en la esfera doméstica,
é invadía la pública, ya política, ya de negocios. Cuantos tenían
que tratar algo con él eran unos ladrones; los ministros, bandidos á
quienes había que ahorcar sin conmiseración; los senadores, charlatanes
indecentes, y el mundo un gran infierno..., es decir, el único
infierno admisible, pues el otro infierno de que hablan las _Biblias_,
no existía; era una de tantas _papas_ con que el misticismo y el
obscurantismo pretende embaucar á la humanidad... _para sacarle los
cuartos_.
Á estos síntomas siguió lo que llamaba _debilidad de estómago_, que
trató de corregirse con jugos de carne, gelatinas y caldos suculentos.
Algo mejoró; pero luego vinieron horribles dispepsias, indigestiones
y cólicos que le ponían á morir. Los buenos vinos, mezclados con
extractos de carne, sentáronle bien, y tanto pensó en este remedio que
por unos días se dió á _inventar_ un licor específico, verdadero elixir
vital, y se pasaba las horas muertas trasegando líquidos y colando
mixturas diversas, hecho un boticario de sainete. También aquellas
ilusiones se desvanecieron como el humo. En fin, que el buen señor no
tuvo más remedio que entregarse á la Facultad, y ésta, ya que no pudo
curarle, le enderezó un poco permitiéndole volver, aunque con pies de
plomo, á sus campañas mercantiles.
¡Y qué desmejorado y cari-deslucido le encontraron los que en aquel mes
de enfermedad no le habían echado la vista encima! Su cuerpo no tenía
ya la rigidez aplomada de otros tiempos; las piernas tiraban á ser de
algodón; y la cara, de color terroso y con pliegues profundos, tiraba
más bien á careta, de las que dan miedo á los chicos. Otra novedad
le hacía más desemejante á sí propio, y era que como últimamente
le molestaba el afeitarse, resolvió por fin _cortar por lo sano_,
dejándose la barba, y así no tenía que pensar más en aquel martirio del
jabón y la navaja, raspándose la piel. Era la barba rala, desigual,
fosca y entremezclada de revueltos matices de pelo de conejo, de crines
de rocín, de cardas de lana sucia, que con las pecas y máculas de sus
mejillas pergaminosas, hacían el más desapacible figurón que puede
imaginarse.
Aunque pudo salir á sus negocios, y dar alguna vuelta por el reino de
la mercadería en gran escala, no tenía ya los borceguíes alados de
Mercurio, ni el caduceo con que, tocando aquí y allá, hacía brotar
dinero de las piedras. Esto le enfurecía; buscaba en causas externas ó
en el ciego destino la causa de su impotencia mercantil, y al volver á
su casa, iba echando rayos y centellas, ó poco menos por ojos y boca.
¡Si viviera su cara Fidela, otro gallo le cantara...! pero ¡carástolis,
con las gracias del de arriba...! ¡Miren que habérsela llevado y
dejar aquí á la otra, á la pécora insufrible de Cruz...! Mientras más
lo pensaba, menos lo entendía. Por esto, su casa, en vez de ser un
_oasis_, era una cosa _diametralmente opuesta_, y allí no encontraba
jamás ni consuelo, ni paz, ni satisfacciones.
Si fijaba la atención en su hijo, se le caía el alma á los pies,
viéndole cada día más bruto. Muerta Fidela, á quien el cariño materno
daba un tacto exquisito para tratarle, y despertar en él destellos de
inteligencia, ya no había esperanzas de que la bestiecilla llegara á
ser persona. Nadie sabía amansarle; nadie entendía aquel extraño y
bárbaro idioma, más que de ángeles, de cachorros de fiera, ó de las
crías de hotentote. El demonio del chico, desde la primera hora de
orfandad, pareció querer asentar sus derechos de salvaje independencia,
berreando ferozmente y arrastrándose por las alfombras. Parecía decir:
«ya no tengo interés ninguno en dejar de ser bestia, y ahora muerdo, y
aullo, y pataleo todo lo que me da la gana.» Fidela, al menos, tenía
fe en que el hijo despertase á la razón. Pero ¡ay! ya nadie _creía
en Valentinico_; se le abandonaba á las contingencias de la vida
animal, y se admitía con resignación aquel contraste irónico entre
su monstruosidad y la opulencia de su cuna. Ni Cruz, ni Gamborena,
ni Donoso, ni la servidumbre, ni él tampoco, el desconsolado padre,
_abrigaban_ esperanza alguna de que el pobrecito cafre variase en su
naturaleza física y moral. No podía ser, no podía ser. Y penetrado
de la imposibilidad de tener un heredero inteligente y amable, el
tacaño amaba á su hijo, sentíale unido á sí por un afecto hondo, el
cual no se quebrantaría aunque le viese revolcándose en un cubil y
comiendo tronchos de berza. Le quería, y se maravillaba de quererle,
desconociendo ú olvidando las leyes de eslabonamiento vital que
establecen aquel amor.
Para mayor desgracia del buen D. Francisco, ya no tenía el recurso de
meterse en sí, caldear su encéfalo, como antaño lo hacía, y evocar,
por un procedimiento semejante á los arrobos del misticismo, la imagen
del primer Valentín, con objeto de recrearse en ella, de darle vida
fantástica, y traerla á una comunión y consorcio muy íntimos con su
propia personalidad. Estas _borracheras_, que así las llamaba, de
su pensamiento sutilizado y _convertido en esencia de ángel_, no le
producían los efectos consoladores que perseguía, porque ¡ni que el
demonio lo hiciera! evocaba al primer Valentín y le salía el segundo,
el pobrecito fenómeno de cabeza deforme, cara brutal, boca y dientes
amenazadores, lenguaje áspero y primitivo. Y por más que el exaltado
padre quería _ponerse peneque_, y destilar en la alquitara de su
pensamiento la idea del otro hijo, no podía, _¡ñales!_, no podía. La
imagen del precioso é inteligente niño se le había borrado. Lo más que
pudo conseguir fué que el segundo Valentín, el feo, el que no parecía
hijo de hombre, hablase con voz que á la del primero se parecía, y le
dijese: «Pero, papá, no me atormentes más. ¡Si soy el mismo, si soy
propiamente yo _uno y doble_! ¿Qué culpa tengo yo de que me hayan dado
esta figura? Ni yo me conozco, ni nadie me conoce en este mundo ni en
el otro. Estoy aquí y allá... Allá y aquí me toman por una bestia, y
lo soy, lo soy... Ya no me acuerdo del talento que tuve. Ya no hay
talento. Eso se acabó, y ahora, padrecito, pónme en una pesebrera de
oro una buena ración de cebada, y verás qué pronto me la cómo.»
Salía D. Francisco de estos chapuzones espirituales más muerto que
vivo, con la inteligencia como envuelta en telarañas, que se quería
quitar restregándose los ojos, y tardaba horas y horas en reponerse
del arrechucho. Su salud se resquebrajaba de un modo notorio, y la
confianza en _su fibra_, que le había sostenido en las crisis hondas
de su existencia, perdíase también, dando lugar al recelo continuo, á
las aprensiones y manías patológicas, con algo de instintos de fuga
y de delirio persecutorio. Pero su principal tormento, en aquellos
aciagos días, era el odio, ya extremado y con vislumbres de trágico,
que profesaba á su hermana política. Como la viudez había quebrantado
toda relación entre ellos, suspendiendo las fórmulas sociales, único
lazo que antes les unía, Torquemada no hablaba jamás con Cruz, ni
ella pretendía en ningún caso dirigirle la palabra, y si algo era
forzoso tratar pertinente al régimen doméstico, ó á intereses, Donoso
se prestaba con mil amores á ser intermediario, y á traer y llevar
recaditos. Bien quisiera él _limar asperezas_; su bello ideal era
_aunar voluntades_; pero ¡á buena parte iba! Si en Cruz hallaba
disposiciones á la concordia, el otro era como un puerco-espín, que
se convertía en una bola llena de pinchos en cuanto se le tocaba.
En vida de su esposa, el cariño de ésta le hacía transigir, y el
transigir no era más que someterse á la voluntad de la gobernadora;
pero muerta Fidela, su carácter díscolo hallaba en la ruptura de
relaciones un medio fácil de eludir la tiranía. Porque, bien lo sabía
él, concediendo á su enemiga los honores de la palabra, que era como
decir la beligerancia, estaba perdido, porque la muy picotera le
fascinaba con sus retóricas, y después se lo comía como la serpiente
se come al conejillo. Por eso, valía más no exponerse al peligro de
la fascinación: nada de trato, nada de familiaridades, ni siquiera el
saludo, para no dejarla meter baza y hacer de las suyas.
Á veces oficiaba de _legado pontificio_ el padre Gamborena, y á éste
le temía Torquemada más que á Donoso, porque siempre acababa echándole
sermones que le ponían triste, y llenaban su espíritu de zozobra y
recelo.
Una tarde, cuando ya se hallaba D. Francisco muy mejorado de su
dolencia, y había vuelto al tráfago de los negocios, entró en casa más
temprano que de costumbre, huyendo del frío de la calle, que era seco
y penetrante, y en la galería baja se encontró al misionero, que se
paseaba leyendo en su breviario.
—¡Qué oportunidad, y qué felicidad, mi señor Marqués!—le dijo dándole
los brazos, con los cuales el otro cruzó friamente los suyos.